Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 33
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Capítulo 33

Matías escuchó cómo su madre se despedía por teléfono hasta el martes siguiente.

Había fijado una cita con un posible cliente para esa tarde, una cita en la que debían estar los dos.

La había agendado sin que siquiera cruzara su mente la posibilidad de preguntarle a Matías.

Que Beatriz hubiera contemplado eso era pedirle peras al olmo.

Por eso, la pilló tan desprevenida cuando Matías le reprochó que no le hubiera preguntado antes.

La prioridad de Beatriz siempre había sido la empresa. Por debajo, ella misma y su egocentrismo. Y a años luz de esas dos, su marido cuando lo tenía, sus hijos, sus amistades, sus escasas aficiones.

Matías tenía clarísimo que sus prioridades no iban a ser las mismas. Que arriba del todo iba a estar su familia: Lucía, sus hijos, su tía Lola, su hermana. Y, por debajo, a la par, su trabajo y su vida personal. Para tenerlo tan claro, le estaba saliendo fatal.

Matías no acababa de ver la trampa que se había tendido a sí mismo.

La forma en la que había asumido que se era un buen gerente era dando la vida por la empresa: las horas, la energía, la ilusión, y la salud física y mental, porque así lo había visto desde pequeño.

De forma que si se mantenía fiel a sus valores y dedicaba tiempo a sí mismo y a su familia, nunca se vería tan bueno como su madre para la empresa.

Mientras que si hacía lo imposible por emularla, se cabreaba y entristecía por no atender a su vida personal como deseaba.

Así que estaba muy cabreado por encontrarse en la tesitura de tener que pedirle a su madre que cambiara la hora de la reunión o de advertirle de que debería irse antes.

Habló con ella y se maldijo por no haberle mentido. Qué cosa más desastrosa de conversación. Quizá, solo quizá, si lo que tenía después hubiera sido alguna cita médica, incluso algún compromiso de sus hijos, podría haber sido diferente. Pero era Lola. Y, además, «para tonterías».

Beatriz sentía como una especial fortaleza la insensibilidad, por lo que el argumento del cáncer lo desestimó por ridículo.

Si tenían que dejar que afectase a su trabajo todas las personas que conocían con cáncer no harían otra cosa.

Matías la intentó hacer ver que aquello era una reducción al absurdo: primero, porque el horario del ensayo era más que razonable para no estar trabajando a esas horas, y segundo porque no se podía comparar a Lola con un conocido cualquiera.

Error. Beatriz se tomaba como un ataque directo y personal cada vez que Matías insinuaba lo importante que era su tía Lola para él. Una cosa era que ella no se hubiera preocupado lo más mínimo en interpretar su papel de madre por propia elección, y otra cosa era que se lo arrebataran.

¿Con qué consecuencias? Pues que seguro que los siguientes martes tendrían, casualmente, que salir tarde del trabajo por uno u otro motivo.

La había cagado. Con lo fácil que hubiera sido llegar tarde ese día al ensayo o decirle que le había dado fiebre.

Aunque tampoco esto último hubiera valido de tanto, porque al fin y al cabo su madre iba a trabajar con fiebre, con diarrea, con esguinces, sin poder hablar o con lo que hiciera falta.

Siempre se había jactado de faltar solo una semana al trabajo por cada uno de los dos partos.

Pero, bueno: Matías ya tenía asumido que su madre lo consideraba débil (de salud, de carácter y de todo).

—Y, entonces, ¿cómo está eso? ¿Ahora te vas a casa de tu tía?

—le preguntó Beatriz una vez hubieron terminado la reunión.

Matías asintió mientras recogía a toda prisa.

Y Beatriz continuó—: Anda, mira qué bien.

La próxima vez que me digas que no puedes llegar más tarde a casa ya te lo recordaré —lo provocó con una sonrisa.

—Hasta mañana —se despidió Matías sin mirar a su madre a los ojos.

Mientras conducía de camino a casa de Lola, tarde, Matías iba pensando en que algo tendría que hacer con eso porque ya le sobraba con decepcionar continuamente a su madre, y con haberla cagado con Lucía, como para fallarle también a su tía con los ensayos.

Le mandó un audio y procuró demorarse lo mínimo.