Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 32
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Capítulo 32

Nada más entrar a casa, Olga se quitó el sujetador y a su mente vino, como siempre que lo hacía, aquella gloriosa frase de Los Simpson : «¡libres domingos y domingas!».

Jaime estaba sentado en el sofá, viendo la tele. Pensó en el buen rato que había pasado con Ester esa tarde, en que la noche anterior la podría haber alargado mucho más y, de repente, la invadió toda la rabia que había ignorado todo el día.

La estrategia que había venido adoptando estos últimos años, la de pasar de puntillas por las cosas, la de no profundizar en lo que sabía que le iba a suponer algo de incomodidad, cada vez se le hacía más cuesta arriba.

En otra ocasión, ni loca habría sacado el tema del wasap después del día que habían pasado y, de hecho, estuvo tentada de dejarlo pasar… pero, por algún motivo, no pudo.

—Jaime, el wasap de ayer parecía bastante importante como para que no hayas sacado el tema en todo el día, ¿no?

Jaime quitó la vista de la tele y la miró, extrañado. Como si ese wasap no hubiera tenido lugar o no hubiera sido para tanto.

—¿Cómo? —se limitó a responder.

—Anoche. Me mandaste un wasap bastante bajonero.

— Mmm , no. De hecho, era bonito. Si te decía que te echaba de menos y que podríamos salir también nosotros —contestó Jaime.

—Un tema que no te había venido a la cabeza hasta, precisamente, la única noche que yo salgo al cabo de las mil —dejó caer Olga—. Muy oportuno.

—Estás viendo mala intención donde no la hay. Como siempre. —Dicho esto, quitó el volumen de la tele.

Qué rabia le daba. Cómo se encabronaba Olga con los «siempres» y los «nuncas», con los «todos», los «nadies» y los «nadas».

—¿Qué pretendías entonces? Sé sincero. ¿Contabas con que diera de lado a los otros tres para ponerme a escribirte? —le preguntó Olga.

—¿Qué tres? —se extrañó Jaime.

Olga se quedó un poco parada. No le había ocultado a Jaime que iba Lucía, pero tampoco se lo había dicho. No quería mentir pero tampoco le apetecía dar ninguna explicación.

—Matías, su mujer y Ester.

—¿Fue la mujer de Matías? —Olga asintió—. ¿Y yo por qué no? Ni siquiera me dijiste que iba una pareja. Obviar ese detalle sí me parece oportuno, fíjate. —Típico de Jaime, usar las propias palabras de Olga contra ella a la primera oportunidad.

—Pues más que nada no te dije de venir porque no me pareció bien ir dos parejas y que Ester fuera sola cuando acaba de separarse —se explicó—.

Y, de todas maneras, cada pareja es un mundo.

Ellos a lo mejor salen siempre juntos, y nosotros somos, los dos, no yo sola, más independientes —desafió Olga.

Jaime obvió la segunda parte de la explicación.

—O sea, que fuisteis una pareja, que me imagino que estarían juntos la mayor parte del tiempo, claro, y tú con la divorciada a saber en qué plan.

Olga abrió muchos los ojos al escuchar esa indirecta. Habría querido decir que a qué venía esa insinuación gratuita e infundada. Pero por su boca salió:

—¿Qué coño dices?

—Bueno, ya se sabe la fama de las recién divorciadas.

—Que. Qué. Coño. Dices —volvió a repetir Olga palabra por palabra—. Primero no sé a qué fama te refieres. Cada vez eres más machista y más casposo, tío. Y, segundo, como si Ester se folla a cinco tíos uno detrás de otro. ¿Qué tendría que ver eso con lo que yo haga o deje de hacer?

—¿Sabes qué pasa? Que si ocultas cosas y te pillan, pues luego da que pensar —atacó Jaime.

—Yo no te he ocultado nada desde el momento en el que considero que no te lo tengo por qué decir.

Igual que no te he dicho lo que cené ni dónde estuve.

Pero cuanto más de esto —dijo Olga mientras señalaba a ellos dos, haciendo referencia a esa discusión— menos me va a apetecer llevarte a ningún sitio.

Lo que me faltaba ahora —dijo, levantándose y yéndose, casi más para ella o para el aire que para el propio Jaime—, un marido celoso.

Olga dio por zanjada la conversación y se fue a la habitación más triste que enfadada, escuchando que Jaime decía de fondo «cómo te vas cuando te interesa, ¿eh?». Pero había algo más que tristeza por ahí dentro ¿Nervios? ¿Ansiedad? ¿Agitación? Sería hambre.

Se metió a la cama, cogió el móvil y se puso a ver reels , uno tras otro, scrolleando sin parar, anestesiando al cerebro. La app de salud digital la sacó de golpe de la aplicación y la obligó al volver al mundo.

Vio, entonces, que Matías había enviado al grupo de WhatsApp del teatro una foto de la noche anterior que había provocado mucho cachondeo. Y también vio un mensaje privado de Ester:

Ester:

Oye, no te dije nada… muchas gracias por la merienda y por la compañía y por los consejos. Prometo que tengo una mejor versión cuando no estoy en un momento de crisis :)

Olga:

No se merecen! Me lo he pasado muy bien. Creo que tal cual estás ya eres una gran versión ❤

Ester:

Una cosilla… porfi, no digas nada de lo de anoche.

Olga:

De lo del yogurín?

Ester:

Sí. Ay, por favor, no me lo recuerdes

Olga:

Joder, me estás pidiendo que me guarde un cotilleo muy jugoso… jajaja

Ester:

Porfiii… :(

Olga:

Jajaja claro que no digo nada. Pero que te conste que lo veo una tontería. Joder, no te ha calado ni una sola de las palabras que te he dicho jajaja

Ester:

¡Que sí! De verdad que sí. Pero aún así… Sigo sin estar muy orgullosa. Sé que no es nada malo, y cambiaré el chip. Sé que lo haré.

Olga:

Yo solo con que me digas cuál es tu puñetero libro favorito me conformo.

Ester:

Jaja ok, el martes te lo digo.

Olga:

Venga, vale. Me aguantaré la intriga hasta entonces.

Ester:

Que descanses. Hasta el martes. Besos.

Olga:

Igualmente, un beso, que descanses. Hasta el martes!!