Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 31
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Capítulo 31

Olga abrió los ojos con una sonrisa en la cara, pensando en que la sinvergüenza de Ester la había dejado en leído y sin saber su libro favorito. Tardó dos segundos en que la realidad la arrollara como un tren. Jaime. El wasap mierdoso. El nubarrón negro.

Pero Jaime no estaba en la cama ni estaba en casa.

Olga se duchó, tomándose su tiempo, para tratar de quitarse de encima un dolorcillo de cabeza que no era otra cosa que el precio a pagar por la noche que se había pegado.

Barato le pareció. Bajo el agua fresca recreó los grandes momentos; lo había pasado tan bien…

Hacía tiempo que no se había sentido así de viva y libre.

Cuando Jaime llegó a casa lo hizo con chocolate con churros, un beso y un cordial «¿Qué tal la noche?

» mientras repartía el desayuno entre los dos.

Olga bajó la escopeta que traía cargada al ver que, al parecer, Jaime no pensaba retomar la conversación que había iniciado por WhatsApp la noche anterior.

Prefirió dejarse llevar antes que hacer el esfuerzo que requería sacar el tema.

Luego se fue, como cada domingo, a visitar a su madre. Jaime quiso acompañarla y, mientras Olga pasaba tiempo con ella, él se dedicó a hacer algunos arreglillos en la casa. Como su padre volvió para comer, Jaime propuso pedir algo a domicilio.

A Olga le faltaba sueño, así que volvieron a casa y durmieron juntos la siesta, cosa que no ocurría desde hacía tiempo.

Mientras abrazaba a Jaime y le ponía la pierna encima pensó en por qué no podía ser siempre así…

y ahí terminó de cavilar. Se durmió pensando en que quizá estaría bien que se fueran de viaje.

Al despertar, cogió el móvil y se encontró un wasap de Ester.

Ester:

No he dormido nada. Llevo toda la noche llorando pensando en lo que hice…

Olga:

En lo que hiciste de qué?

Ester:

En liarme con ese…

Olga:

No flipes. Dime dónde vives, que paso a por ti.

Ester esperaba en la puerta de su bloque cuando vio aparecer al principio de la calle un coche oscuro, deportivo, reluciente y precioso que traía la música a todo volumen.

Ester envidió mucho a Olga; no recordaba la última vez que había hecho eso.

Porque disfrutar de esa forma de la música que le gustaba era solo la punta del iceberg .

Un gran bloque de hielo que estaba conformado por un buenísimo estado de ánimo, motivación a la hora de entrenar, sentido del humor, una libido alta, energía para hacer lo que le daba pereza, encontrarse favorecida y segura de sí misma…

Todas esas cosas iban juntas: cuando se sentía así, tenía el pack completo, y sí podías verla parada en un semáforo cantando a pleno pulmón.

Pero, salvo la noche anterior, últimamente no había ni rastro de esa Ester.

Nada de música; ni alta ni baja. Cocinar, lo mínimo.

Ya ni hablemos de organizar menús o compras.

Tampoco comprarse ropa o hacerse las uñas.

Ni hablar de organizar planes o emprender cosas nuevas.

Y mucho, demasiado, de sofá, de Glovo, de redes sociales y de series.

Al subir al coche, le agradó comprobar que estaba igual de impoluto que por fuera.

Siempre le había parecido estúpido el estereotipo de que las mujeres tenían la casa muy ordenada pero el coche hecho un desastre porque ella misma tampoco lo cumplía.

Nada más entrar la embriagó el aroma de Olga, el mismo que había percibido la noche anterior cada vez que se le acercaba.

No le preguntó nada porque siempre había pensado que era un poco perturbador dejarle saber a alguien que te dedicabas a olerla.

—¡Avicii!

—¡Sí! ¿Te gusta?

—¡Me encanta!

Hasta que llegaron a su destino, fueron escuchando al DJ al mismo volumen que traía Olga, y solo con eso el ánimo de Ester empezó a mejorar.

Eso, o que el de Olga era contagioso. Ester la observaba: la forma en la que conducía y maniobraba con una sola mano le recordaba a la conducción de Álvaro pero, a diferencia de este, Ester se fijó en que Olga no olvidaba ni un solo intermitente y tenía una conducción, en general, y aunque algo veloz, cívica.

Gesticulaba mucho al hablar, por lo que podía parecer distraída, pero sus ojos estaban atentos y Ester podía ver cómo su mirada alternaba entre los espejos y la calle.

Cuando llegaron a la cafetería se acercaron al mostrador y Olga no pudo evitar sonreír al ver cómo los ojos de Ester hacían chiribitas ante semejante variedad de cupcakes , repostería casera y todo tipo de cookies , dulces y tartas que, además de apetitosas, eran auténticas obras de arte.

—Dijiste anoche que eras golosa, ¿no? —le preguntó Olga con una sonrisa—. Era esto o salir a entrenar. Suerte has tenido de que sea domingo.

El local era el típico decorado como si fuera la casa de una abuela pero en moderno, cosa que había estado muy de moda pero como diez años antes. Hay veces en que las modas se toman su tiempo para penetrar en los pueblos. No obstante, el lugar era acogedor.

Se sentaron en unas cómodas butacas y disfrutaron del café, que venía con su correspondiente dibujito hecho con la espuma. Al verlo, Olga preguntó:

—¿Qué opinión te merecen los sitios en los que te clavan solo por lo bonito que es todo?

—¡Que merece la pena! —exclamó Ester con la boca llena de cupcake . Olga mordió su cruasán de mantequilla y añadió:

—Hostia, ¡qué bueno! Sí merece la pena, sí. —Olga cerró los ojos para intensificar el resto de sentidos—. ¿Y bien? ¿Qué te ha tenido llorando toda esta noche?

Ester posó sus ojos en el plato, rebañó con el dedo parte del chocolate líquido que rellenaba su cupcake y se lo llevó sin prisa a la boca. Levantó la vista y vio a Olga mirándola, atenta y paciente.

—Yo no soy así. Yo nunca he sido de liarme con un desconocido y para casa. No me gusta —declaró.

—¿Pero hubo sexo y todo? —cotilleó Olga.

—¡Qué dices! ¡No! Ya lo que faltaba…

—Yo qué sé. Es para hacerme una composición de la situación.

—No, no. Ni loca. Yo no soy tan liberal como tú —dijo Ester.

—A ver. Si yo liberal soy, pero también es verdad que llevo más de veinte años con la misma persona —razonó Olga.

—Pero si has estado con mujeres y todo…

—¡¿Yo?! —le cortó Olga—. ¿Como que con mujeres?

—Bueno, en el «yo, nunca» dijiste que…

—¡Dije que me besé con una chica! —la volvió a cortar—.

¡Una vez! ¡Un beso una vez con dieciséis años!

Pero ahí ya vi que a mí me gustaban las p…

—se corrigió sobre la marcha— eeehhh , el…

asunto más que a un tonto un lápiz y, sea como fuere, al año siguiente empecé con Jaime —explicó.

Ester rio—. Pero, y digo yo: y si no te gusta ¿por qué lo hiciste ayer? ¿Demasiado alcohol?

—No, qué va. Sabía lo que hacía perfectamente. Lo hice… pues porque me apetecía —reconoció Ester.

—¿Entonces? ¿Dónde está el problema? —Olga, tan práctica como era, no le veía ningún «pero».

—¡El problema es que estoy casada aún! Y el problema es que esto no estaba en mis planes. —A Ester se le encristalaron los ojos—. Yo estaba buscando un bebé con Álvaro. ¡Llegué a estar embarazada de él! ¿Qué narices hago liándome con tíos en una discoteca como una quinceañera? —dijo, enfadada.

—A ver, a ver. No mezclemos cosas. Estarás aún casada, pero relación no tienes ninguna.

No has hecho nada malo. Y entiendo que tus planes hace pocos meses eran otros.

Pero en la vida pasan cosas, Ester. ¿Por qué vas a aferrarte a los planes que tenías con Álvaro si ya no van a volver nunca?

—preguntó. Al escuchar estas últimas palabras, lágrimas cayeron por las mejillas de Ester.

—A lo mejor ese es el problema. Si actúo como soltera… va a ser verdad que estoy sola —dijo Ester, abatida.

—No, no. Soltera no es sola —se apresuró a aclarar Olga—. Y, actúes como actúes, la realidad es la que es. ¿O es que quieres intentar volver con Álvaro?

—No, qué va. Ya no podría… Pero todo me recuerda a él.

Vivo en la misma casa, duermo en la misma cama, hay cosas que compramos juntos…

Cuando hago la compra ahora es solo para uno…

¿y tú sabes lo triste que es cocinar solo para uno?

Cuando leo en el sofá, él no está en la otra punta con el iPad.

Me sobra espacio en el cajón del lavabo, en la balda de la ducha, tengo medio armario vacío…

Cuando abro Netflix me aparecen las series que teníamos a medias y las que teníamos pendientes…

Aún no he sido capaz de ponerme una peli un viernes por la noche… —se lamentó.

—No estás narrando nada que no sea lo más normal del mundo —la hizo ver Olga—. Tienes que pasar el duelo. Tómate tu tiempo.

—Si lo sé. Pero el caso es que siento que va más allá.

Siento que tengo un vacío, que no me reconozco.

—Tomó aire para intentar no volver a llorar—.

Olga: desde antes de conocer a Álvaro quería casarme y tener hijos.

Nunca me planteé estar con casi cuarenta años así.

Mi yo jovencita estaría tan decepcionada… —reflexionó Ester.

—El drama te nubla. Treinta y seis años no son casi cuarenta, lo primero.

Casi cuarenta tengo yo, que tengo cuarenta y tres.

—Olga sonrió, satisfecha, y le sacó una sonrisa a Ester—.

Y quizá tu tú jovencita estaría decepcionada…

pero sería un error derivado, precisamente, de esa juventud, de esa inexperiencia de vida que te hace pensar que algo que planeas con veintipocos años te va a valer para siempre.

—¿Cómo lo haces? —preguntó Ester a Olga, quien levantó los hombros en señal de no entender—. ¿Cómo haces para que parezca tan fácil?

— Mmm , recuérdame que te enseñe una cosa cuando te deje en tu casa —le pidió Olga.

Cuando decidieron irse, Olga pagó la cuenta mientras Ester iba al baño, de forma que ya la estaba esperando en la puerta cuando salió. Le quitó importancia al agradecimiento de Ester por invitarla mientras salían, rápido, porque les sujetaba la puerta un chico que iba a entrar con su familia.

La mala suerte de los pueblos: Ester tuvo que pasar por delante de Álvaro y de «la camarada» con sus dos criaturas; tuvo que contemplar la estampa familiar que a ella le había sido arrebatada.

Olga se dio cuenta tarde cuando, viendo que Ester no venía detrás, se giró y se la encontró de pie en el quicio sin salir, sin dejar entrar, mirando a Álvaro y sin decir nada.

—¡Ester! Vamos, que esta buena gente quiere entrar —dijo Olga con la mayor de las sonrisas en su cara, acentuando el «buena gente» más de lo necesario.

Se sentaron en el coche. Olga arrancó pero no se movió. Se esperaba otro derrumbe por parte de Ester, pero esta se limitó a decir:

—Bueno, antes o después me los tenía que encontrar, ¿no? —Calló un par de segundos y, con una sonrisa triste, dijo—: ¿Avicii?

Cuando llegaron a casa, antes de bajar del coche, Ester le recordó a Olga aquello que le había dicho que le enseñaría.

Olga se miró a sí misma y su propia ropa, calculando la mejor manera de acceder, y comenzó a desabrocharse la camisa de manga larga.

Sacó su brazo derecho y le enseñó la parte interior.

Tenía un pequeño tatuaje de una rama de bambú.

Olga le explicó que se lo había hecho cuando su madre había enfermado; que siempre se había sentido muy reconfortada con el concepto de resiliencia porque, con ella, se podía afrontar todo en la vida: aceptación y adaptación.

Continuó con cómo el bambú podía ser sometido a presión y volver a erguirse, como podía doblarse sin romperse, cómo era fuerte y flexible.

Y ahora se lo enseñaba a ella para que no se le olvidase que volvería a levantarse después de aquello.

Todo eso le explicó pero Ester no se enteró, porque desde el momento en el que Olga se quitó la camisa tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por mantener los ojos en el tatuaje.

Esa noche en la cama, al cerrar los ojos, le venían dos imágenes a la mente: Álvaro con su nueva familia entrando a la cafetería y las tetas de Olga desbordándose del sujetador.