Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 30
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Capítulo 30

Una gran noche de farra. Eso le habían encomendado a Ester y eso había organizado con total diligencia, como era de esperar, como todo lo que hacía en la vida.

Una vez cuadraron el día, se encargó de reservar el Uber que los llevaría a la ciudad de al lado, donde tenían mucha más oferta de ocio y de fiesta.

Ya que se había tomado en serio la petición de Matías de pegarse una fiesta como si fueran veinteañeros, reservó en una pizzería frecuentada por universitarios cuyo menú consistía en dos entrantes, una pizza , un postre y jarras de sangría o cerveza ilimitadas.

—Me siento vieja —comentó Olga en un momento dado de la cena.

—¡Uy! ¿A santo de qué? —dijo enseguida Lucía.

—¿Os vais a creer que esta ha sido la primera vez que he cogido un Uber? ¿Cómo es posible esta diferencia generacional, si solo te saco siete años? ¡Que he echado la cuenta! Maldita seas, Ester —la miró, enfadada.

—No es tu culpa. La gente de tu edad —dijo, exagerando inocencia al hacer referencia a su edad— suele tener dinero para taxis.

—¿Nos acaba de llamar viejos? —preguntó Lucía a Matías y Olga.

—Nos acaba de llamar viejos —confirmó Matías mientras hacía una pelota con su servilleta de papel y se la lanzaba. Olga y Lucía la imitaron, y Ester se cubrió de los proyectiles con ambas manos.

La cena transcurrió entre conversaciones agradables, risas y bromas. Cuando llegó la cuenta, advirtieron que la bebida —que habían sido no pocas jarras— se había cobrado aparte, aunque en la app por la que había reservado Ester aparecía incluida.

Esta se lo señaló al camarero y exigió la cuenta correcta.

Los demás le restaron importancia porque, aun con bebida, la cena no resultaba cara, pero, para Ester y su rectitud, era una cuestión de justicia, de modo que insistió, sin dejarse intimidar por la chulería del camarero ni por el encargado que apareció después.

—Mira, que no me comáis la cabeza. Que pagáis la cuenta o llamo a la policía —amenazó.

Olga saltó de su silla para comerse al señor pero Ester, calmada, la contuvo con su mano. Matías y Lucía se habían levantado también para increparlo.

—No os preocupéis —los tranquilizó Ester. Y se dirigió al encargado—: ¿Quieres que pague la cuenta? Sin problema. Tráeme la hoja de reclamaciones.

—¿Cómo?

—Tú me traes la hoja de reclamaciones, yo hago la reclamación y luego te pago la cuenta —dijo Ester, sosteniéndole la mirada.

Al final, encargado y camarero se retiraron y regresó solo este último con la cuenta corregida, que Ester pagó con toda tranquilidad. Una vez afuera, los tres la ovacionaron mientras se dirigían al siguiente destino, bromeando sobre lo ocurrido.

—«Bueno, pues entonces la que llama a la policía soy yo» —dijo Olga imitando a Ester.

—¡Qué vergüenza! —se rio Ester de sí misma—. Todos sabemos que era un farol, ¿no?

—¡El camarero no! —exclamó Matías.

Llegaron a una taberna de dudoso aspecto pero con mucho ambiente. Era el típico local de transición entre cena y discoteca, con mesas pegajosas rodeadas de banquetas igual de pegajosas.

—¡ Harry Potter ! —exclamó Lucía por encima del barullo.

—Pero ¿cuál de todos? —preguntó Ester partida de la risa.

— Eeehhh , ¡el quinto!… creo —respondió Lucía.

—¿Cómo va a ser tu libro favorito el quinto de Harry Potter , si encima lo llamas así: «el quinto»? —preguntó Ester.

—«El quinto… ¡creo!», ¡que es peor! —bromeó Matías sobre su mujer.

—Venga va, va. Siguiente, ¿cuál es el vuestro? —preguntó Lucía.

— Guerra y Paz —contestó Olga.

—¡No te creo! —dijo Ester sorprendida.

—Y haces bien —dijo Olga riéndose—. Lo leí, lo leí: y ni fu ni fa. Pero es que ojo cuidao que aquí hay nivel. Si no te parece suficiente el quinto de Harry Potter , yo no puedo decir el mío.

—¡Que lo diga! ¡Que lo diga! ¡Que lo diga! —canturreó Matías. Lucía reía a gusto, observando cómo a su marido le estaba subiendo la cerveza por momentos.

Lola había ayudado a su sobrino a entender a Lucía, lo que había hecho que esa tensión que reinaba entre ambos se relajara y, tras tantas semanas tan ajenos el uno al otro, ahora parecían recién enamorados.

Olga dio un largo trago de cerveza, laaargo largo, para evitar contestar, pero Matías no paraba de aclamarle, añadiendo a la consigna un ridículo bailecito, lo cual hizo que Olga se atragantara de la risa y saliera la cerveza despedida de su boca.

Ester se sujetaba la barriga, que le empezaba a doler de reírse tanto.

Olga se fue al baño a limpiarse y al poco, entró Ester corriendo y gritando:

—¡Me meo! ¡Me meo! ¡Pasooo!

—Tío, qué desastre —se lamentó Olga.

—¡No pasa nada! —le gritó Ester desde el váter—. Lo único es que vas a oler a barra de bar.

—¡Qué borde! Ahora te quedas sin saber mi libro favorito —dijo Olga a Ester, que acababa de abrir la puerta y se ajustaba el cinturón.

—¡No! Dímelo porfi, porfiii —pidió Ester con una cara de perrito abandonado que a Olga le hizo mucha risa.

—Que no. Que bajo esa apariencia dulce ¡eres malvada! Lo veo —replicó Olga.

—Venga. Tú me dices el tuyo y yo te digo el mío. No me puedes dejar así ¿y si no me lo he leído y me estoy perdiendo una obra maestra? —trató Ester de convencerla.

—Te lo has leído seguro.

—Bueno, tú prueba a ver…

— Matilda —confesó Olga.

—¿ Matilda , Matilda ? ¿La Matilda de Roald Dahl? —preguntó Ester.

—Sí, la Matilda de Roald Dahl, ¿algo que decir? —retó Olga con picardía.

— Matilda es increíble. ¡Qué buena elección! —contestó alegre, Ester.

—Me estás vacilando —le dijo Olga.

—¡Yo nunca haría semejante cosa! —le contestó Ester, guiñándole un ojo y saliendo del baño, dejando a Olga con una sonrisa en la cara.

El alcohol siguió circulando como si fueran jóvenes inconscientes.

Nadie pensó en los hijos que tendrían que cuidar al día siguiente ni en la casa que tenían por limpiar ni en el marido que aguardaba su llegada.

Se habían propuesto pegarse una fiesta como las de su juventud y vaya si lo estaban cumpliendo.

En toda fiesta adolescente que se precie, llega un punto en el que alguien tiene una maravillosa idea que, a partir de cierto nivel de alcohol en el cuerpo, no suele encontrar oposición.

Matías se levantó de sopetón, fue corriendo a la barra y volvió, triunfante, con una jarra de algo de color indeterminado y cuatro vasos de chupito que descargó en la mesa al grito de «¡Yo nunca!

». Lucía se llevó las manos a la cara a la vez que se reía, sin creer lo que veían sus ojos.

Animaron a Matías a empezar, ya que había sido el instigador.

Pues bien… Matías nunca se había hecho un tatuaje, y Lucía y Olga bebieron.

Olga nunca había vivido en el extranjero, y Ester y Lucía bebieron.

Ester nunca había puesto los cuernos, y Lucía bebió, para sorpresa de Matías.

A lo que ella se excusó con un «¡Tuve vida antes de ti, cariño!

». Lucía nunca había robado nada y Olga y Matías bebieron.

Pero ya se sabe lo que pasa con este juego, que tarda una media de seis preguntas en derivar a terrenos eróticofestivos.

—Yo nunca me he besado con alguien del mismo sexo —dijo Lucía.

—Pero ¿qué tipo de beso? ¿Un pico? —interrumpió Ester, preocupada siempre de seguir correctamente las reglas de los juegos.

—¡No! —respondió Lucía—. Un beso, beso. Con lengua —precisó. Olga bebió.

—¿Yo sola? ¿Yo sola bebo? ¡Venga ya! Muy poquita sinceridad veo yo aquí. —Olga fingió indignarse—. ¿Se puede saber qué hicisteis en vuestra adolescencia? ¿No explorasteis ni un poquito? Ay madre… que estamos hablando de un mísero beso.

—Yo nunca, yo nunca… —intervino Ester para reclamar su turno— he pagado por sexo. —Todos los ojos se posaron sobre Matías, pero nadie bebió.

—¡Menos mal! —exclamó Lucía— Este juego me va a costar el divorcio, ya veréis.

—¡ Nooo ! —exclamó Matías, que se abalanzó sobre Lucía y la abrazó, impidiendo que se moviera—. ¡No me abandones! —Y empezó a comerla a besos mientras esta se lo quitaba de encima como a un mosquito y Olga y Ester reían. —¡Mi turno! Yo nunca he usado un vibrador.

Olga bebió y exclamó indignada:

—¡Yo no juego más! Estáis haciendo trampas. ¿En serio, Lucía? —Esta negó con la cabeza y se dirigió a Ester—. ¿En serio?

Ester negó riendo y dijo:

—Yo que sé, nunca me ha hecho falta. Siempre he estado con Álvaro.

—Toma. Y yo con Jaime. Tendrán que ver los cojones pa’ comer trigo —contestó Olga—. ¡En fin! Yo nunca… ¡he practicado sexo en público!

—¡Espera, espera! —intervino Ester—. ¿«En público» te refieres a un lugar público aunque estuvieras a cubierto o…?

—Me refiero a con riesgo de que te pillen —aclaró Olga. Los demás bebieron. En concreto el trago de Ester despertó una gran ovación.

—O sea, un vibrador no, pero en público sí. ¡Vaya, vaya! —se sorprendió Olga—. ¡Yo algún día quiero escuchar esta historia!

—¡Vamos a bailar, ¿no?! —propuso Ester, desviando el rumbo de la conversación. A continuación, se levantó, dijo «¡ wooow !» y se volvió a sentar con poco equilibrio, para risa de los demás, que estaban en un estado similar.

El grupo se trasladó, entonces, al club de moda, donde Ester y Olga dieron la vuelta de reconocimiento que todo soltero tiene que dar nada más entrar para ver cómo está el percal (poco importaba aquí que Olga no lo estuviera, porque iba haciéndole la cobertura a Ester).

—Joder con la juventud… —le dijo Olga al oído a Ester.

—¿Con algún joven en concreto? —preguntó Ester.

—Aquel del polo azul que está en la barra. ¿No me digas que no está para un empujón?

—Está muy bien, sí. Y el de su lado también es muy guapo. Tengo poco criterio, Olga, ¿no ves que llevo seis meses sin conocer varón? —se lamentó Ester.

—¡Vamos a acercarnos! —dijo Olga con decisión.

—¡No! —exclamó Ester con vergüenza.

—Calla. Si no vamos a hacer nada. Quiero comprobar si sigo en el mercado —le restó importancia Olga.

Se acercaron a la barra, haciéndose hueco entre toda la gente.

Olga, detrás de Ester y pegada a ella, pidió a gritos dos copas a la camarera y, mientras se las servían, se puso a hablar con los chicos de al lado con tal desparpajo y seguridad, riendo, gesticulando y contándoles a saber qué, que Ester no podía evitar contemplarla, con tanta envidia como fascinación.

En un momento dado, tras un rato de bailoteo y un poquillo de tonteo, lo suficiente para que Olga constatara que, de querer ligar, aún tendría su público, sacó el móvil para ver la hora y vio que tenía un wasap de Jaime.

Un tocho de wasap. Avisó a Ester, que estaba hablando aparte con uno de los chicos, y se fue al baño para leerlo tranquila.

Se encontró con una enorme parrafada en la que Jaime le expresaba su tristeza porque a él también le gustaría que saliesen así de fiesta y por todo lo que fueron y ya no eran y lo que solían hacer y ya no hacían.

Olga sintió que le hervía la sangre. Ya no sabía si es que era ella que se enfadaba por todo o era Jaime que lo hacía todo a mala intención.

Pero lo que ella vio ahí fue un tema de conversación para hablarlo largo y tendido en persona, nada urgente y que podría haber esperado al día siguiente sin problema, enviado solo para hacerla sentirse mal por haberse ido de fiesta sin él.

Sea como fuere, le cortó el rollo y eso la cabreó, porque estaba convencida de que esa, y no otra, había sido su intención.

Al volver del baño, vio a Matías y Lucía bailando y riendo con el mismo buen rollo que ella acababa de perder, y sintió una punzada de envidia al ver cómo se hacían confidencias al oído, se besaban…

en fin, cómo tonteaban como recién enamorados.

Le pareció un gran mérito. Buscó con la mirada a Ester y se sorprendió al encontrarla bailando con muchísima soltura la bachata que sonaba con el guapísimo chico con el que la había dejado hablando.

En un giro inesperado de la noche, el yogurín se lanzó a besar a Ester, quien le devolvió un señor morreo.

Olga se aseguró de que Ester estaba en buenas condiciones y sabiendo lo que hacía.

Cuando lo constató, se alegró por ella, no sin cierta punzada de nostalgia, echando de menos esa adrenalina que ya nunca iba a sentir, y se fue a casa sin despedirse, con el regusto amargo de la conversación que tenía pendiente con Jaime.

¿Por qué tenía que cagarla así? ¿Por qué no dejaba de complicarlo todo? Olga odiaba esa sensación oscura que sentía orbitar sobre ella, esa sensación de que la pareja no está limpia, de que hay algo que la enturbia.

Al poco de subir al taxi, recibió un wasap de Ester, preocupada porque había desaparecido. «Qué linda», pensó. Y le respondió:

Olga:

Me he cogido un taxi, como buena señora que soy :)

Ester:

Jajaja ¡qué traición desaparecer así!

¿Cómo no me has dicho nada?

Olga:

Y cortarte el rollo?

No iba a ser yo la que te impidiera romper la racha de seis meses ;)

Ester:

¡Anda ya!

Olga:

Por cierto, me tienes que enseñar a bailar así

Ester:

Jajaja ¡trato hecho!

Olga:

Oye, y tu libro favorito?