Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 28
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Capítulo 28

—«Los caminos del Señor son inescrutables», Matías —recitó Lola.

—Los caminos del Señor son una puta mierda; no me jodas, tía —contestó Matías, enfadado.

— Shhh —trató de tranquilizarlo.

Hacía un mes y pico que se habían enterado del cáncer de Lola y Matías no podía soportar la aceptación que mostraba su tía.

No quería ni pensar en la posibilidad de una vida sin ella, no se veía capaz.

Y aunque era cierto que no todos los diagnósticos de cáncer tenían que tener un final fatídico, en su cabeza solo cabían pensamientos catastróficos.

Matías se encontraba en el peor momento de su vida.

Desde el mes anterior, cuando la había cagado monumentalmente con su mujer y sus hijos, el ambiente con Lucía estaba enrarecido.

Por supuesto, se había disculpado con sus hijos de forma sincera, había reconocido el error, les había hecho saber que no eran merecedores de eso, y para los niños había sido suficiente.

Pero para Lucía Matías había cruzado una línea.

Había conseguido perdonarlo, pero no bajaba la guardia e insistía en el «tienes que hacer algo con eso».

Matías defendía que solo había cometido un error, que había perdido los nervios en un mal día, pero a Lucía le preocupaba haber visto la sombra de su suegra y le daba miedo que volviera a ocurrir.

Matías se negaba a ver al monstruo dentro de él.

—¿Cómo es posible que Lucía me juzgue así? ¿Tú crees que, si hubiese sido ella, yo estaría haciendo lo mismo? —preguntó a su tía, medio queriendo saber, medio buscando apoyo.

—¿Pero crees que es lo mismo? —preguntó Lola con tiento. Matías, que la conocía como a la palma de su mano, le contestó:

—Tú no crees que sea lo mismo.

—Yo te he preguntado si tú lo crees —insistió Lola.

—Pues no veo por qué no iba a serlo —respondió Matías.

—Pues porque sois personas diferentes —rebatió Lola—, con pasados y vidas muy diferentes. Si Lucía hubiera hecho lo que tú, probablemente tendría más posibilidades de quedarse en un hecho aislado. Eso creo que es lo que piensa ella —le explicó Lola.

—Bueno, ya, pero ¡qué injusto! Yo nunca había hecho nada así hasta ahora —se quejó Matías.

—Lo que quiero decir es que si a alguien como Lucía, con unos padres y una infancia normal, se le va la pinza como a ti y luego se arrepiente y lo enmienda se puede presuponer que va a quedar en algo aislado.

Si le pasa a una persona que desde niño ha sufrido lo que tú con tu madre… ojo —dejó caer Lola.

—¿Tú te crees que con lo que yo he sufrido y sufro con mi madre sería capaz de hacerle lo mismo a mis hijos? —preguntó Matías, más triste que ofendido.

—Adrede, por supuesto que no —contestó Lola—. Pero si solo bastase el haberlo sufrido para no reproducirlo no habría adultos maltratadores que fueron niños maltratados o jefes tiranos que fueron empleados explotados.

—Tía, me estás destruyendo —dijo Matías abatido—. ¿Crees que Lucía piensa, de verdad, que puedo llegar a ser como mi madre?

—Eso parece, cariño. No que lo piense, más bien creo que lo teme. —Lola lo cogió de la mano.

—¿Y tú? —preguntó, triste, Matías.

—Yo te conozco desde que naciste, te he criado más que tu madre, y sé que no, Mati, nunca serías así.

Porque sé que el cariño que te dimos tu padre y yo también caló.

—Lola calló unos segundos—. No obstante, sí creo que tienes mucho que sanar y también entiendo que Lucía te lo pida.

Y, de hecho, me parece una buenísima señal.

Lo contrario, sería dar por perdida una relación. Tienes una mujer maravillosa.