Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 27
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Capítulo 27

—No se me ocurre algo más disparatado ahora mismo, Ana. Pero le he tenido que decir que sí. No se va a morir, claro que no se va a morir. Ya conoces a Lola, es una roca. Pero ¿y si sí? No iba a ser tan despreciable de decirle que no —se excusaba Cecilio con su mujer.

Con el paso de los meses, Cecilio se había sentido cómodo hablándole a una lápida.

Al principio, susurraba o solo pensaba. Poco a poco, se iba dirigiendo a su mujer en tono más conversacional, pero siempre atento a que nadie pudiera percibir que estaba moviendo los labios.

Pero esos reparos se disiparon poco a poco, y Cecilio terminó teniendo largas y animadas charlas con su mujer.

—Pero no sé cómo lo voy a hacer. Solo encuentro la paz aquí.

Mi vida solo tiene sentido mientras te acompaño y te hablo.

¿Qué pinto yo haciendo el tonto sin que tú lo veas?

—Cecilio se emocionó y se le encristalaron los ojos—.

¿Se supone que tengo que ser feliz, Ana?

Nadie puede ser feliz si le arrancan el alma.

—Calló y se quedó meditando sobre sus propias palabras.

Cecilio se conservaba muy bien. La genética había estado de su parte y mantener buena parte del pelo, en su juventud castaño y entonces entrecano, contribuía a que no aparentase los casi setenta años que tenía.

También los buenos hábitos de vida habían influido en que luciera así de bien: buena piel, de un bonito moreno; buen porte, con unos hombros que dejaban entrever la constitución que un día tuvo y que no había perdido; agilidad y, hasta unos meses antes, buen humor.

Se odiaba a sí mismo cuando se sentía cenizo, porque siempre había sido justo lo opuesto, pero más se odiaba cuando no.

Tras enterrar a Ana se había convencido de que nunca volvería a ser feliz.

Casi más bien se lo había impuesto. ¿Cómo iba a poder seguir afirmando que ella había sido la luz y la alegría de su vida si, después de morirse, seguía riendo y bromeando como si ella aún viviera?

De ninguna manera. Una voz familiar lo sacó de sus pensamientos, sobresaltándolo:

—Pero ¡¿qué ven mis ojos?! Si va a ser verdad que siempre estás aquí.

—¡Olga! ¡Qué sorpresa! —dijo Cecilio, levantando las cejas.

Olga tomó asiento a su lado, sin esperar invitación. Llevaba un vaso de café granizado con pajita.

—Pues mira. Es el santo de mi abuela y mi madre siempre subía a traerle unas flores. Y como ella no puede, pues lo hago yo —le explicó Olga—. Y se me ha ocurrido venir a ver si estabas, pero de verdad que me ha sorprendido encontrarte.

—No lo dije por decir —reconoció Cecilio—, me paso aquí las horas.

—Pero ¿y qué haces aquí tanto tiempo, hombre de Dios? —preguntó Olga, casi alarmada—. Que yo entiendo que quieres ver a tu mujer. ¡Pero el día tiene muchas horas! —Dio un trago largo al café.

—¡ Pufff ! —suspiró Cecilio—. Pues sobre todo hablo con ella. También leo, escucho la radio, hago crucigramas. Limpio la lápida, riego las flores, riego las del hermano de Lola también…

—¿Quieres? —Olga tendió el vaso a Cecilio.

—A ver si con un poco de suerte queda algo de covid, ¿no? —preguntó Cecilio, más con tono de broma que de crítica, porque a pesar de lo dicho lo cogió y dio un sorbo—. Está rico.

—¿Y ahora estabas de cháchara con Ana? ¿Te he interrumpido? —preguntó Olga.

—Pues justo de esto le hablaba. —Olga lo miró sin entender, y Cecilio se explicó—. ¿Por qué tengo yo que disfrutar de este trago de café?

—¿Tú sabes que si Ana estuviera aquí te habría contestado con una colleja? —La ocurrencia hizo reír a Cecilio—. ¿Cómo no vas a tener derecho a ser feliz? Ana te haría muy feliz, pero no creo que fuera la fuente de toda tu felicidad. Te gustarían otras cosas, digo yo.

—Sí, claro que las tenía. Pero Ana daba sentido a todas ellas.

Yo me lo pasaba muy bien cuando quedaba con mis amigos, porque sabía que llegaba a casa y me reencontraba con Ana.

Yo me sentía valorado en mi trabajo y me gustaba, pero nunca dejó de ser una herramienta para ganar un dinero que disfrutar con mi mujer.

Y así todo. Sin ella, nada tiene sentido…

—se lamentó Cecilio. Olga no contestó, y Cecilio vio que estaba mirando la foto—. Guapísima, ¿a que sí?

—Desde luego; está claro quién era el guapo de la pareja —bromeó.

—Mira. En eso coincidimos. Creo que habríamos tenido hijos muy guapos, de haber podido —divagó—. Tú no tienes hijos, ¿cierto?

La pregunta personal pilló por sorpresa a Olga, quien recordó con angustia el episodio del Predictor.

—No, no. No —contestó.

—Tres «noes». —Cecilio sonrió.

En ese momento Olga recibió una llamada.

—Dime (…) ¿Por qué? (…) Pues estoy en el cementerio.

(…) A ponerle flores a mi abuela. (…) Como todos los años (…) Pero ¿y qué más te dará?

¿Te molesta? (…) No lo sé, pero ¿quieres algo o no?

(…) ¿Cómo que este viernes? Si te dije que no.

(…) Bueno, ellos podían pero yo no. (…) Ninguno hasta que no se termine la obra.

(…) Jaime, que no me comas la cabeza. El viernes no puedo ni voy a poder.

Lo cambias. O vas tú solo, lo que quieras.

—Y colgó, sin parecer especialmente afectada.

Cecilio pensó, con tristeza, que esa forma de hablarse tenía pinta de ser la tónica general.

Le pareció superinjusto que el destino no premiase a parejas como la que Ana y él formaban con una larga y feliz vida juntos pero sí permitiese envejecer juntos a parejas que, a todas luces, no se hacían felices.

Claro que, como le habían enseñado a Cecilio de pequeño, «los caminos del Señor son inescrutables».