Capítulo 26
«Vale… ¡Ya te echo de menos! Hasta el lunes.
Te qui…». Y otra vez: «Vale… ¡Ya te echo de menos!
Hasta el lunes. Te qui…». Y, de nuevo: «Vale…
¡Ya te echo de menos! Hasta el lunes. Te qui…
». Y así estaba Ester sin parar de reproducir una y otra vez en su cabeza los cinco segundos de mierda que deseaba no haber escuchado.
Conocía a la dueña de esa voz porque tenía un timbre bastante particular y porque había coincidido con ella en repetidas ocasiones, cenando, charlando y bromeando tan a gusto.
Indudablemente, era la compañera de departamento de Álvaro.
Su «camarada», como él la solía llamar, aludiendo a lo mucho que habían sufrido juntos, a lo mucho que se habían apoyado el uno en el otro, la única persona que podía entender lo que era estar allí dentro, estar absorbido por ese trabajo y por ese bufete.
Ester siempre se había alegrado de que quedase al menos alguien de los que habían empezado con él y que pudiese dar fe de todo lo que Álvaro se había esforzado, con quien él pudiese compartir toda esa presión… Además, siempre había pensado que era una tía muy inteligente y válida.
En el minuto que había pasado desde que Ester había escuchado el audio hasta que había hablado con Álvaro, esa dichosa frase terminaba de mil maneras: «te qui-ero contar un cotilleo del que me he enterado», «te qui-ero enseñar esto que me he comprado», «te qui-taré tu sitio como no llegues pronto».
Pero, una vez que Álvaro se negó a reproducirlo, Ester tuvo claro que eso era un «te quiero» como un castillo.
Ester se metió bajo la ducha, tratando de que el agua caliente se llevara las lágrimas y, junto a ellas, los restos del sexo que acababan de practicar. Le invadió la rabia pensando en ello. Salió de la ducha y, empapada, cogió su móvil para escribirle por wasap, no sabiendo muy bien con qué fin:
Ester:
Si no lo hubiera perdido, estaría a punto de tener un hijo tuyo…
Se echó una toalla por encima, se encogió sobre sí misma, abrazándose las rodillas y, sentada en el suelo delante del calefactor, lloró hasta perder la noción del tiempo. El ruido de la puerta de casa la sacó de su ensimismamiento.
Ester se encontró frente a un Álvaro de ojos rojos y mirada gacha que le pidió hablar.
Mientras se vestía, con todo su cabreo y tristeza, pensaba en cómo se tendría que arrastrar y en lo mucho que le tendría que suplicar para seguir juntos; pensaba en si, incluso, le exigiría que cambiara de trabajo, que fueran a terapia de pareja y quién sabe cuánto más necesitaría ella para poder perdonar eso.
Perdonar eso . ¿Qué era eso ? ¿Un desliz?
¿Un tonteo? ¿Dónde estaba el límite entre lo que podría perdonar y lo que no?
Qué impacto le causó comprobar que Álvaro no tenía ninguna intención de pedirle una segunda oportunidad. Que lo sentía, porque le hacía daño a ella, pero que no se arrepentía. Esto no se lo dijo así de claro, pero ni falta que hizo.
—¡¿Enamorado?! ¡Resulta que se ha enamorado…
! ¿Y esto cuándo coño ha pasado? —Ester diciendo palabrotas era una terrible señal— ¡Dime!
¿Estabas enamorado cuando decidimos tener un hijo?
¿Y cuando me dejaste embarazada? ¿Y tooodo el tiempo después que lo seguimos intentando?
¡¿Y cuando estábamos follando antes?! ¡¿También estabas enamorado de la otra?
! —lo increpó. Álvaro no respondió a nada de eso.
Álvaro había tenido la esperanza de que, siendo sincero, al menos, pudieran tener una ruptura civilizada.
Si Ester se paraba a pensarlo bien, opinaba él, no había una forma buena de hacerlo.
Uno no rompe un matrimonio a la primera de cambio por una tontería, por una pequeña atracción, por un calentón.
Y Álvaro había intentado no cagarla. O eso sentía él.
Eran muchos años ya de compañerismo y amistad con esta chica, y nunca había pasado nada.
Los dos se habían conocido con pareja, con las que se terminaron casando.
Ella había sido madre dos veces. Pero su matrimonio no había resistido a lo que supone la llegada de un segundo hijo, y se había divorciado.
Aun así, ambos habían seguido siendo solo amigos.
Suficiente tenía ella con lo suyo, y Álvaro siempre se había mostrado plenamente enamorado de Ester y nunca había habido en su comportamiento brecha alguna por la que se pudiera colar una tercera persona en su matrimonio.
Hasta que la hubo. El día en el que, de repente, mirando el ordenador por encima de su hombro, ella te hace un comentario sobre tu perfume.
El día en el que tú le halagas la ropa y ella te contesta con un «a ver si así pillo, que estoy que me subo por las paredes» que a lo mejor ni siquiera va dirigido a ti, pero que te hace empezar a verla de otra manera.
El día en el que reparas en su escote y resulta que te da un cosquilleo con el que no contabas.
El día en el que se sincera contigo y comparte unas confidencias que hace que os aproximéis a otro nivel.
El día en el que, sin esperarlo, te hace un halago más directo sobre tu físico y piensas, complacido, en que se ha fijado en ti.
El día en el que tú te acercas más de lo necesario cuando estáis viendo algo juntos y te sientes cómodo con ello.
Y ella te da un masaje en el cuello el día en el que lo tienes reventado porque te has quedado hasta tarde para ayudarla a llegar a su plazo.
Y un día que se te escapa, sin querer queriendo, medio en broma medio en serio, algo más subido de tono, que encuentra una réplica del mismo estilo.
Hasta el día en el que ella te está eternamente agradecida y «¡ay!
¡si es que te comería la boca!» y tú no lo cortas como debieras.
Y no solo no lo cortas, sino que el próximo favor que le haces viene con un «ahora sí que me vas a tener que comer la boca», seguido de un «no me tientes, que no respondo de mí».
Y ya con tantísima tensión en el aire, solo falta una chispa para que se prenda la mecha.
Una chispa que, sin ir más lejos, puede ser ese día en el que ha surgido un marrón enorme; en el que habéis pasado un montón de angustia juntos; en el que habéis trabajado a destajo para solucionarlo; en el que, satisfechos y aliviados de haberlo sacado a tiempo, os habéis tirado, rendidos, en el sofá de la sala de descanso, y en el que, solo con girar las cabezas, ya no ha hecho falta más para que toda la tensión acumulada reviente por los aires.
A partir de ahí, a meterle inconsciencia y disfrutar de lo que tienen las relaciones furtivas.
Un te meto mano cuando nadie lo ve, una mirada de complicidad que nadie detecta, fotos que ves y borras al momento, un saltarse la comida para comerse otra cosa, un fingir tener trabajo hasta tarde para probar el sofá y la mesa y la pared y el sillón.
Esa obsesión provoca que esa persona esté a todas horas presente en tu cabeza.
Y, sin saberlo, empiezas a confundir encaprichamiento con enamoramiento, y te empiezas a decir que esto es lo que deberías sentir en tu matrimonio y que algo debe de fallar si no es así.
Ahí ya sabes lo que tendrías que hacer, pero ya te sientes un mierda.
Ya empiezas a pensar en cómo le voy a hacer esto, no se lo merece, la voy a dejar destrozada…
Y decides no afrontarlo. Y justo es ahí cuando pasas de sentirte un mierda a serlo.
Cuando te puede la cobardía, cuando disfrazas tu falta de arrojo con protección a tu pareja.
Y te convences de que la puedes hacer feliz dejándola al margen de esto. Cagada.
—¡Vete a tomar por el culo! —sentenció Ester.
Álvaro tenía una mezcla enorme de dolor y alivio. Porque, aunque a las malas, ya estaban las cartas sobre la mesa. Ya era libre para poder ser feliz con la otra. Pero, pese a no estar enamorado de Ester, la quería y no quería hacerle daño.
Mientras Ester permanecía sentada en el sillón que había junto a la ventana del salón, mirando a la nada, Álvaro fue a hacerse una maleta rápida para poder irse cuanto antes.
Ester no respondió a su despedida, y con el portazo se sorprendió a sí misma pensando que qué suerte que al menos el piso fuese suyo.
¿Qué se supone que tenía que pasar ahora? ¿Cómo iba esto? ¿Se tenía que divorciar o qué? No se le ocurría nada más disparatado.