Capítulo 25
—¡Ay! ¡Qué nervios! —dijo Lola con visible excitación, cuando ya los tenía a todos reunidos.
Esta vez había colocado una mesa redonda en el centro de las sillas en corro, de modo que el rollito Alcohólicos Anónimos había desaparecido. También había puesto unas varillas que despedían una fragancia muy agradable.
—¡Qué bien huele, Lola! —le dijo Ester, complaciente.
—¡Superbién! —confirmó Matías mientras le daba un abrazo que la cubría toda y muchos besos. El resto los miraron con una inevitable sonrisa. —¡Qué pasa! La quiero mucho, ¿vale?
—¡Yo también te quiero, mi vida! —le contestó—. Ale, vamos manos a la obra. Que hoy tenemos una sesión interesante por delante: ¡vais a conocer a vuestros personajes!
—Padre, Hijo, Espíritu Santo —susurró Cecilio, encomendándose al de arriba, lo cual hizo sonreír al resto.
—Bueno, en primer lugar, que sepáis que es una historia de amor con un final bonito, para que los abuelitos se queden con buen sabor de boca.
La obra está ambientada en los años setenta y cuenta la historia de Candelaria y Santiago.
Y se divide en dos etapas: Candelaria y Santiago jóvenes —Ester y Matías— y Candelaria y Santiago adultos —Olga y Cecilio—.
—¡Oye! —interrumpió Olga para quejarse—. ¿Por qué Matías es joven y yo vieja, si somos de la misma edad casi?
—En primer lugar —le respondió Lola—, no he dicho vieja, he dicho adulta.
De hecho, tú tienes la edad que interpretas o un poco menos.
Son los demás los que interpretan personajes mucho más jóvenes.
¡Pero eso es lo de menos! Pensad que si el Chavo del 8 era interpretado por un señor de cuarenta años y a nadie le pareció raro, nosotros podemos hacer lo que queramos con un poco de caracterización —sentenció.
—A mí no me vas a maquillar —le retó Cecilio.
—Ya veremos. No os adelantéis. Venga, sigo.
—¿Y quién ha dicho que no fuera raro que el Chavo del 8 y todos los demás fuesen adultos? —interrumpió Olga—. ¡Era grotesco!
—¡ Shhh ! ¡Loca! No te metas con el Chavo del 8 —susurró Matías.
—¡Pasaré por alto el sacrilegio! Pero solo porque quiero seguir —dijo Lola, aparentando ofenderse.
Lola procedió a explicarles a los otros cuatro la trama de la obra, en la cual Candelaria y Santiago tienen un romance imposible que deciden no continuar por el bien del otro. Ambos personajes se reencuentran de adultos y deciden retomar el romance al que en su día no dieron alas.
—¿Retoman? ¡Uuuhhh! —intervino Olga—. ¡Cecilio! ¡A lo mejor nos tenemos que dar el lote!
Cecilio se rio, para sorpresa de Ester, que no comprendía cómo Olga había sido capaz de hacerle esa broma justo a él. Ester envidió esa capacidad para no pensar mucho las cosas, o bien para que le dieran igual las consecuencias.
—Nadie se va a tener que dar el lote. No queremos alterar a los ancianos—. Lola se sonrió.
—Vaya por Dios —simuló lamentarse Cecilio, ganándose un guiño de ojo de Olga.
—Olga, no me alborotes el gallinero. Venga, ¿sigo?
—preguntó. Todos asintieron—. La obra va a estar estructurada en tres actos y un epílogo, intercalando escenas del presente y del pasado.
En todo momento estaréis los cuatro en escena, pero solo interactuarán los dos personajes del tiempo correspondiente.
En teoría, querría cambiar de una escena a otra con juegos de luces, pero no sé si tendremos logística. Si no, ya veremos.
Lola les siguió explicando la estructura de la obra, aunque paró al ver a su sobrino.
—Cariño, qué cara estás poniendo. No soy Shakespeare, pero, joé, disimula un poco —le riñó su tía.
—No, ¡qué va! Si me encanta. Está muy chulo, de verdad. Solo es que estoy pensando que esto tiene una pinta de tener que estudiar una cantidad de texto… que me estoy agobiando antes de empezar —dijo Matías.
—¡Yo te ayudo, Matías! Que he sido opositora y leí varios libros de técnicas de memorización. Ya verás como sí puedes —lo animó Ester.
— Ufff , pues que rulen esas técnicas, porque yo hace mil que no memorizo tochos de estos… —se lamentó Olga.
—Que nooo —los tranquilizó Lola—. Que no es tan larga, ya veréis. Fijaos en Cecilio, qué tranquilo está. Se la pela completamente —bromeó.
—Pero completamente —apostilló él.
Lola terminó la explicación y, para su sorpresa, Ester comenzó a aplaudir, contagiando a los demás con su entusiasmo. Lola se avergonzó un poquillo y pronto cortó para seguir con el ensayo.
—¡Primera dinámica! —dijo en voz alta para captar la atención de todos—. Ester y Olga, al sofá; Cecilio y Matías, aquí en la mesa. Vamos a merendar. ¿Qué queréis: café, infusión, refresco?
Matías y Olga optaron por un refresco mientras que Cecilio, Lola y Ester tomaron tés e infusiones. Lola subió a la cocina y bajó con una bandeja. Sirvió las bebidas en la mesa redonda y en la mesita baja que había junto al sofá.
—Vamos a tratar de que os familiaricéis con vuestros personajes y os vayáis metiendo en sus cabezas.
Para eso, vamos a hacer una entrevista. ¿Os imagináis poder hablar con vuestro yo joven?
¿O con vuestro yo del futuro? Pues es lo que vamos a hacer: una charla entre Candelaria joven y adulta y una entre Santiago joven y adulto.
¡Lo que os salga! No hay forma de hacerlo mal.
En quince minutos os aviso y ponemos en común.
¿Dudas? —inquirió. Todos negaron con la cabeza—. Pues el tiempo comienza… ¡ya!
Lola se acomodó con su infusión y el móvil en un sillón, y se colocó los cascos para escuchar algo. Algo que parecía tenerla entretenida y sonriente todo el rato.
Olga se quitó las zapatillas y subió ambos pies al sofá, sentándose como los indios de cara a Ester.
Mientras que esta se apoyó de lado en el respaldo, subiendo una rodilla.
Olga sujetaba el coletero con la boca mientras, con la espalda bien recta, trataba de recoger en un pseudomoño alto su enorme melena morena y rizada a fin de ponerse cómoda para la tarea.
Ester miraba con atención y, cuando Olga estuvo lista, le dijo:
—Dios mío, ¡qué envidia de pelo!
—No lo envidiarías tanto si me vieras desenredándolo, y menos si vieras la cantidad de productos que me tengo que echar para que se quede un rizo decente y no parezca que he metido los dedos en un enchufe. —Olga terminó de acomodarse el pelo—. ¡Bueno! ¿Entramos en harina?
—¡Claro! Vamos allá. ¿Empiezo? —preguntó Ester. Olga asintió. Ester dudó—. Me da un poco de vergüenza. —Sonrió y vio a Olga sonreír. Continuó—: ¡Hola, Candelaria!
—¡Hola! —contestó, divertida, Olga—. ¿Cómo estás?
—Fatal. Me he ido a enamorar de mi jefe que, por supuesto, está casado. Cupido iba borracho cuando me disparó —respondió Ester.
Olga no se esperaba esa contestación y se rio a gusto. A partir de ahí, los nervios se disiparon y comenzaron a hablar con total tranquilidad. Entretanto, Cecilio y Matías hacían lo propio. Matías se limpiaba las gafas con la camiseta mientras Cecilio daba un sorbo de su taza.
—Parece que vayamos a grabar un podcast — rompió el hielo Cecilio.
—¡Un podcast ! —rio Matías—. Oye, eres un moderno tú, ¿eh? —le dijo, pretendiendo halagarlo—. Mi madre es de tu edad más o menos y ni idea de lo que es un podcast ; vamos, me juego el dedo meñique del pie.
—¡Qué va! La moderna era Ana. Yo me voy a estancar en noviembre de 2022.
A partir de ahí, ninguna actualización. —Y prosiguió—: Santiago, qué bien te veo.
Quién pillara… ¡Lola! —la llamó Cecilio, sacándola de su ensimismamiento con el móvil.
Ella pausó lo que estaba escuchando y le contestó elevando un poco la barbilla—. ¿Cuántos años tenemos?
—Pues no sé exactamente, Cecilio. Pues veintipocos y cuarenta y muchos. ¿Te vale?
—Me vale. Sí. —contestó Cecilio a Lola. Y continuó—: Decía: Santiago, qué bien te veo, quién pillara los veintipocos.
—Con veintipocos a todos se nos ve bien. De lo que yo me alegro es de verte tan estupendo con cuarenta y muchos —contestó Matías—. Oye, una cosa: no sé si la estoy cagando con Candelaria.
—Ya te lo digo yo que sí que la estás cagando —contestó Cecilio.
Pasado el tiempo estipulado, Lola llamó la atención de los cuatro e invitó a las chicas a volver a la mesa para poner en común lo que habían sacado de la dinámica.
Comenzó hablando Olga:
—Nosotras hemos terminado discutiendo. Porque yo trataba de hacerle ver a la joven Candelaria que no tendría por qué haber decidido por Santiago, que correspondía a él tomar la decisión de su vida y cómo quedaba con su familia y con sus negocios —argumentó Olga—.
Si de verdad era un amor verdadero, no debía de haberlo dejado pasar de esa manera.
—Y yo le contestaba que, precisamente, por ser un amor tan fuerte, yo miraba por él antes que por mí —completó Ester la explicación—. Porque cuando quieres tanto a alguien, ¿no prefieres que esté bien sin ti a mal contigo? No hemos llegado a ningún acuerdo.
—¡Bien! Interesante. ¿Y vosotros? —les preguntó Lola a Matías y Cecilio.
—Yo le he preguntado al Santiago adulto si se arrepentía de la decisión que yo, Santiago joven, había tomado —explicó Matías—. ¡Y el hijo de su madre no ha tenido nada de clemencia! —miró, enfadado, a Cecilio, sacándole a este una carcajada.
—Pues claro que no he tenido clemencia. Tenía que abrirte los ojos, pedazo de necio.
Estoy de acuerdo con Ester en que, cuando quieres tanto a alguien, miras por esa persona por encima de tus propias necesidades y deseos.
Pero ambos habrían sido mucho más felices juntos.
Si no cerca de su familia, y en esa ciudad, en la que seguro que habrían sido objeto de cotilleos y desprecios, y con ese trabajo y prestigio social de Santiago, lo habrían sido lejos de la familia, en cualquier otro lugar y con menos dinero y posición—.
Cecilio había cogido carrerilla—. ¡Qué chorradas son esas de «como te quiero, te dejo ir»!
Si quieres a alguien, luchas por esa persona.
De repente, Ester se levantó, musitó una disculpa y se fue andando, rápido, al baño, con la cabeza agachada. Todos los demás se quedaron helados, especialmente Cecilio, que no sabía si tenía algo de culpa de lo que fuera que acabase de pasar. Lola intervino:
—Cecilio, si es que eres un romántico.
—Joder. Perdón. No sabía… yo no…
—No, hombre. Que era coña —lo cortó Lola—. Algo le habrá removido. Vamos a darle un poquito de tiempo, y si no sale voy.
No hizo falta: al cabo de pocos minutos, Ester volvió con los ojos algo rojos.
—¿A quién tenemos que pegar? —le dijo Olga.
—Me apunto —añadió Matías.
Ester les ofreció una sonrisa triste.
—«Si quieres a alguien, luchas por esa persona», ¿verdad? —preguntó Ester a Cecilio mientras se desplomaba en su silla—. ¿Y si no luchas por esa persona? Es porque no la quieres… es innegable.
—Hay que ser un… un patán para no quererte a ti, hija —le dijo Lola, cariñosamente—. Pero en la vida hay patanes, por desgracia.
Los demás intuyeron de qué iba la cosa.
—Lo siento, Ester —se lamentó Olga—. Es verdad que no se puede forzar a nadie a seguir enamorado… pero no por eso duele menos.
—Si solo fuera eso… —dijo Ester, con un deje de amargura—. Hace medio año, más o menos, me enteré de que mi marido tenía una amante —confesó Ester.
—Linda, eso lo define a él, no a ti —la consoló Lola. Esa idea caló en Ester e hizo que cambiara su semblante—. ¿Te encuentras mejor?
—Sí, sí. Podemos seguir, tranquila. Perdonad la interrupción —se excusó Ester.
Lola les dio un descanso y desapareció del mapa por un rato.
Matías aprovechó para hacer una llamada.
Cecilio, Olga y Ester se quedaron charlando.
Cecilio trataba de hacerle ver a Ester que lo que entonces parecía un drama podía dar paso a cosas fantásticas que no se habrían dado de otra manera, y a Olga se le encendió la bombilla.
—¡Claro! «Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?». —Al ver la cara de extrañeza de los otros dos, se explicó—: La fábula, ¿no la conocéis? Me la contaba mi madre.
»Iba sobre un campesino al que le pasaban cosas que sus vecinos iban calificando como de buena o mala suerte y él siempre respondía eso: «Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?
». ¿Que se le pierde el caballo? Mala suerte.
¿Que el caballo vuelve con un montón de caballos más?
Buena suerte. ¿Que, domando al caballo, su hijo se rompe la pierna?
Mala suerte. ¿Que el ejército recluta a los jóvenes y a su hijo no, por su pierna rota?
Buena suerte. —Ester sonreía, escuchando a Olga; y Cecilio la miraba, muy interesado—.
¿Que tu marido te pone los cuernos? Mala suerte.
—Mala suerte, buena suerte, ¿quién sabe? —concluyó Ester—. Qué bonita, muchas gracias, Olga.
—Me alegro de que te haya gustado —dijo Olga a Ester—. A mí me ayuda mucho a relativizar. ¿Y tú, qué? —le preguntó a Cecilio al reparar en que se había quedado pensativo.
—¿Sabéis esa sensación de escuchar algo y que, automáticamente, te venga alguien a la cabeza y pienses «se lo tengo que contar»? Aún me pasa con Ana. Mucho. Todo el rato. He pensado que le iba a encantar este cuento cuando lo escuchara… —dijo Cecilio, triste.
La segunda parte del ensayo fue más dinámica y distendida: practicaron expresiones, voces, miradas y formas de moverse y desplazarse. Al finalizar el ensayo, Lola les propuso:
—Oíd, estaría guay que en alguno de los ensayos de los viernes salgamos a picar algo después. ¿Podría ser, porfa?
—Lo mío es un sí total. Los viernes noche eran mi noche de Netflix con Álvaro, así que cualquier plan que no me haga pensar en ello será bienvenido —dijo Ester.
—Me coordino con Lucía; pero yo creo que sí, claro. Aunque a mí lo que me hace falta es una fiesta como Dios manda, rollo universitario. —Matías se quedó soñando despierto con una sonrisa en la cara.
—¡Uh! A eso también me apunto —dijo Ester.
—¡Yo sí a todo! Así como filosofía de vida, en general —exclamó Olga.
—Yo no a todo —dijo Cecilio.
—Así como filosofía de vida en general —añadió Olga, ganándose una mirada mitad odio y mitad ternura de Cecilio.
—Bueno, Cecilio, de fiesta no, pero cenar tendrás que cenar. Lo mismo te da —intervino Lola.
Cecilio ya no contestó, lo que Lola interpretó como un sí. Se despidió, dándole a cada uno de ellos uno de esos abrazos sentidos, apretados, que invitan a olvidarte del mundo y a perderte en ellos.
—¡Aún no os habéis ido y ya os estoy echando de menos!