Capítulo 24
—¿Y porque tenga cáncer le tienes que decir que sí? —preguntó Jaime a Olga.
—¿Tú me escuchas cuando hablo? No le he dicho que sí porque «tenga» que hacerlo, sino porque quiero —respondió Olga.
—No lo entiendo —contestó Jaime.
—Bueno, tampoco es que necesite ni tu permiso ni que te parezca bien —replicó Olga, molesta.
—¿Y para qué me lo cuentas, si te da igual lo que diga?
—Yo qué sé, Jaime, tío. Por hablar. Qué pereza, macho… —dijo Olga, cansada.
—Bueno, iré a verte hacer el ridículo —bromeó, con esa porquería de humor que tenía—. Ahora, tendré que hablar yo con la mujer esa porque para mí no tienes tiempo y para ella has sacado cuatro horazas a la semana. Que me diga cómo lo hace. ¡Tendré que tener yo cáncer para que me hagas más caso!
A lo que Olga pensó, pero se abstuvo de decir en voz alta, que lo que tendría que ser era menos gilipollas para que le hiciera más caso. Si él supiera lo mucho que «la mujer esa» sabía de ellos dos.
Al no conocer Lola de nada a Jaime, ni de hecho a nadie del entorno de Olga (salvo sus padres, por razones médicas), esta siempre se había sentido muy libre de hablarle a Lola acerca de su relación sin sentirse juzgada y, no sabía por qué, sin sentir que estuviera traicionando o ridiculizando a Jaime.
Olga le compartía las cosas del día a día que le molestaban.
Un día era «¿pero tú te crees que ha ido a los toros?
¡¿A los toros?! ¿Hay que decir que sí a todo porque sea de trabajo, aunque vaya en contra de tus principios?
». Otro día era «tío, hoy ha venido Daniel con su nueva novia y ¿cuánto tiempo crees que ha tardado en decirle a la pobre chavala lo que estudió, lo listo que es, lo bien que hace su trabajo y, casi si me apuras, lo mucho que gana?
». También había otras veces de «… pues me molestó, porque parece que cuando algo se me da bien o destaco en algo, es una tontería; o cuando encajo y estoy a gusto en algún grupo, son unos payasos.
Es brillar un poco en algo, y él lo tira por tierra».
Casa de la madre de Olga. Noviembre de 2022
Esto no era un monotema, pero sí lo suficientemente recurrente como para que terminara por llamar la atención de Lola.
Un día, en uno de esos desahogos —esa vez porque Olga lo acusaba de tener muchísimos prejuicios raciales y Jaime a ella de ingenua, idealista y de vivir alejada de la realidad—, Lola la tanteó:
—¿Te puedo preguntar una cosa personal?
—Depende. ¿Me vas a preguntar algo que yo estoy evitando preguntarme? —contestó Olga, intuyendo por dónde iba Lola, la cual sonrió con su respuesta.
—Tú sabes que si tienes una enfermedad la tienes igual, te la hayan diagnosticado o no, ¿verdad? —le siguió el rollo Lola.
—¿Me acusas de querer vivir en la ignorancia? —preguntó Olga.
—No te acuso. Solo me pregunto por qué. Si sabes que tienes una enfermedad, al menos le puedes poner remedio —contestó Lola.
—A veces el remedio es peor que la enfermedad. Mira el cáncer: a lo mejor estás ahí tan a gusto con tu tumor que molesta pero poco, y coges y te das quimio y te revientas entera.
—Y por muy poco que moleste ese tumor ¿podrías vivir con él toda la vida sabiendo que puede haber una vida ahí afuera libre de cáncer? ¿Y por mucho que te reviente la quimio, si te permite luego estar sana, no habrá merecido la pena? —planteó Lola.
—Hostia, Lola. Me he perdido —dijo Olga, y estalló en una carcajada, contagiando a Lola—. El tumor es Jaime, pero ¿la quimio qué sería?
—A ver, Olga: ¿tú tienes motivos para seguir con Jaime?
—¿Cómo que motivos para seguir? ¿Qué iba a hacer? ¿Divorciarme? —contestó, extrañada—. ¿A qué santo?
—Bueno, no he dicho nada. A lo mejor no estamos viendo lo mismo. Olvídalo —dijo Lola.
—No, cabrona. ¿Cómo lo voy a olvidar? Si resulta que la persona que más conoce mi relación cree que es una puta mierda. —En contra de lo que pudiera parecer, no había reproche en su voz.
—Yo no he dicho semejante cosa. Pero muy bonita no parece, siento decirlo —se aventuró a decir Lola.
—Eso no te lo voy a negar… No es una relación de cuento, pero funcionamos. Y Jaime siempre ha estado ahí a la hora de la verdad —defendió Olga.
—Ya, imagino… pero eso es lo mínimo exigible, ¿no? Quiero decir, faltaría más que en los peores momentos no puedas contar con tu marido —reflexionó Lola.
—Pues por ahí pasa, ¿eh?
—Eso seguro. Siempre hay alguien peor que nosotros. Pero eso no significa que nosotros estemos bien. Es como ¿qué prefieres comer: pan con mierda o mierda sola? —bromeó Lola.
—¿Hemos ascendido a mi marido de tumor a pan con mierda? —rio Olga. Y añadió—: Bueno, cambiando de tema: ¿cómo llevas lo del bulto ese que te habías notado? ¿has ido a vértelo ya?
—No. La semana que viene voy. Ya te contaré. Estoy un poquillo nerviosa.