Capítulo 23
A Matías le dio un vuelco el estómago cuando vio la penosa nota que había sacado en la Selectividad.
A su mente no vino ni su padre ni su tía, ni vino todo el esfuerzo que había empleado estudiando, ni lo que le dirían o pensarían sus compañeros o profesores.
A su mente únicamente acudió la cara de decepción de su madre, la mirada de asco, el resoplido y las palabras afiladas o, peor, el silencio despreciativo.
Tenía nota de sobra para estudiar lo que quería, no había problema real.
Pero, cuando se trataba de su madre, ni Matías podía ser racional ni a ella le valían argumentos.
El hecho de que la nota fuera indiferente no le iba a quitar un ápice de importancia y dramatismo al asunto, porque, según Matías barajaba en su cabeza, su madre iba:
-O bien a poner en duda que hubiese estudiado tanto como decía o aparentaba.
-O bien a criticar su método de estudio por ineficiente.
-O bien a dejar caer que era tonto, si es que había sacado esa nota con tanto estudiar. Con el consiguiente vaticinio de fracaso en la carrera (y en la vida, de paso).
-O bien a acusarlo de ser un gandul por contar con que ella le salvaría el culo dándole trabajo en la empresa.
Trabajo de Matías. Enero de 2023
El estómago de Matías se encogió exactamente igual que veintisiete años antes al ver su nota de selectividad. Miraba, angustiado, la pantalla del ordenador porque se acababa de dar cuenta de una cagada grande: había cotizado mal un precio, un precio que su madre ya le había dado al cliente.
Recordaba con nitidez cuándo lo había hecho, las prisas que su madre le había metido, cómo la había tenido mirando por encima del hombro, cómo le reprochaba, mientras estaba en ello, su lentitud.
Matías sabía que no podía siquiera hacer un conato de excusarse con eso: su madre nunca iba a reconocer su parte de culpa.
Cotizar los precios era una de las pocas cosas que Matías había conseguido actualizar, convenciendo a su madre en su día de la ineficiencia de calcularlos a mano. Lo había defendido con gran vehemencia, y esa vehemencia le caía ahora como una losa de cien kilos.
Como cuando en su día había visto su nota de Selectividad, en pocos segundos a la cabeza de Matías vinieron todas las opciones de conversación: poner en duda su valía, sacando a relucir sus defectos; cuestionar el método (zanjando cualquier explicación con un «sí, lo que tú quieras, pero a mí, haciéndolo a mi manera, esto no me ha pasado en cuarenta años»); echarle un gran sermón sobre los errores que a menudo cometía, tirando de hemeroteca; amenazándolo solo por el mero hecho de amedrentarlo (pues muchas veces lo decía y nunca lo había hecho, pero así dejaba bien claro cuánto sufría la empresa por su causa) con retirarle de su sueldo el beneficio que dejaban de obtener; o exponer diversos y variados escenarios catastróficos que podrían darse de repetirse ese error.
Pensándolo bien, no había por qué elegir.
Beatriz era bien capaz de marcarse un pleno.
Y eso que, en realidad, el perjuicio para la empresa no era para tanto.
Lo que a ella la desquiciaba era la insuficiencia de Matías.
Al igual que con la nota de Selectividad, a Matías no le aliviaba que no hubiera habido consecuencias graves, en la medida en que eso a Beatriz no le importaba.
Matías apagó la pantalla del ordenador, maldiciéndose por el error, y se encaminó a casa. No se perdonaba el ponerse a sí mismo en una posición que permitiera a su madre machacarlo. Conforme más lo pensaba, más aumentaba su rabia.
Condujo sin música, con los brazos en tensión, rápido, de forma casi temeraria, pensando en unos cuantos escenarios más. Llegó a casa al límite: la ira y el hastío luchaban por salir. Entró, huraño, metido en sus pensamientos.
Normalmente, cruzar ese umbral le resultaba renovador y le permitía dejar fuera la mucha porquería que solía traer.
Ese día el nubarrón lo acompañó dentro de casa.
Se encontró a sus hijos jugando con construcciones y declinó secamente la invitación a unirse, que con tanta ilusión le habían hecho.
Su mujer levantó la vista de lo que estaba cocinando y lo miró.
Lo miró sin ningún trasfondo, pero Matías sintió esa mirada y pensó que lo que le faltaba ahora eran reproches de su mujer.
Se fue directo a darse una ducha y, cuando salió, su hijo mayor se dirigió a él:
—¡Papá! ¿Jugamos al Uno?
—¿No te he dicho que no tengo ganas de jugar? —le contestó, enfadado. Solo quería que el mundo lo dejara en paz.
— Bueeeno , vaaale . —Su hijo se fue, decepcionado, pero no tanto como se sentía su mujer.
—¡Yo sí quiero jugar un par de partidas! —intervino Lucía, que dejó lo que estaba haciendo para sentarse con ellos en la colchoneta.
Matías se tiró al sofá con el móvil a intentar evadirse del mundo. Pero de lo que intentaba desprenderse ese día lo tenía pegado a la piel.
Lucía volvió a ponerse a cocinar y Matías seguía con el móvil.
—¡Niños! Hora de recoger, a la ducha y a la cama. —Y añadió, dirigiéndose a su marido—: ¿Te encargas, Matías?
Matías chistó y dejó el móvil con un aspaviento, mirando a su mujer.
—¿De qué me tengo que encargar? —le preguntó con hartazgo. Lucía tomó aire y lo soltó de golpe.
—De tus hijos a los que no has visto en todo el día. ¿O tengo que decirte paso a paso lo que hay que hacer?
—No me toques los cojones, Luchi. Hoy no.
Lucía sintió que hervía por dentro y, por toda respuesta, posó sus ojos sobre Matías y le sostuvo la mirada. Por los niños, decidió no seguir con la discusión. Estos, percibiendo una tensión que nunca habían presenciado, recogieron sin remolonear y se fueron al baño, seguidos de Matías.
Lucía siguió a lo suyo, pensando en lo enfadada que estaba.
Sabía reconocer cuando el malestar de su marido venía por su madre, por lo mucho que le afectaba y lo susceptible que se ponía.
Pero ella había decidido compartir su vida con él, no con su suegra, y de eso tendría que hablar con Matías cuando estuviera más calmado.
En ese hilo de pensamientos estaba cuando, de repente, ocurrió algo que ocurría, quizá, en muchas casas, pero desde luego no en la suya.
—¡Me voy a cagar en la hostia ya! ¡Joder! —gritó Matías, seguido de un—: ¡Ah! ¡Ahora lo sientes! ¡Yo sí que lo siento!
Lucía fue corriendo a ver lo que había pasado.
Se encontró a Matías con el pijama y el pelo mojados.
Suponía Lucía que a algún niño se le habría escapado la alcachofa, que había acabado apuntando hacia él y empapándolo; cosa que si hubiera ocurrido cualquier otro día habría sido motivo, incluso, de risas.
—¡Mira que os he dicho que tuvierais cuidado! —increpó a sus hijos. Y, viendo que Lucía entraba por la puerta, cargó contra ella también—: ¡¿Se puede saber por qué coño hay que ayudar a los críos a ducharse con esta edad?! ¡¿Es que son inútiles o qué?!
Los dos nenes, de ocho y diez años, estaban en la ducha de pie, desnudos, quietos y asustados. Lucía miró a Matías. Este la evitó mientras se secaba con una toalla y salió del baño sin mediar palabra. Entonces, Lucía se dirigió a sus hijos lo más serenamente que pudo:
—No pasa nada, chicos. Ha sido un accidente, ¿verdad? —los tranquilizó. Ellos asintieron despacio—. Ale, terminad de ducharos y lavaos los dientes, porfa. Ahora iré yo a la cama en un ratito. Cogeos un cuento.
Matías había desaparecido de la escena. Lucía ya había terminado de acostar a los niños y él ni siquiera se había asomado a la habitación.
Se metió en la cama y se tapó con el nórdico, cabeza incluida.
Y ahí, en su burbuja, lloró pensando en que había llegado el día que muchas veces había temido y que, esperanzada, había querido pensar que nunca llegaría: el día en el que él viera a Beatriz a través de Matías.
Lucía le había dado todo el espacio y comprensión del mundo, había confiado en que lograría gestionarlo.
Se había puesto seria cuando había empezado con los ataques de ansiedad, pero aun así no lo había presionado, pues entendía que abordar ese tema tenía que venir de él mismo.
Pero discutir delante de los niños, faltándola al respeto, despreciarlos, gritarles, amedrentarlos…
de ninguna manera lo iba a tolerar. Determinó que Matías debía enfrentarse a lo que había hecho, por el bien de él, de la pareja y de la familia.
Al cabo del rato, se encontraron en el salón. Lucía se sentó en el sofá, al lado de Matías, mirándolo. Este, que parecía algo más tranquilo, se dirigió a su mujer:
—Cariño, perdóname, he tenido un día… —empezó. Lucía levantó la mano.
—¡Ni de coña, no te atrevas! —espetó en voz baja—. No te pienses que esto lo vas a arreglar con una disculpa porque no. No te perdono. Y ya veremos si te puedo perdonar.
Matías se quedó helado y se le humedecieron los ojos. Lucía le habló sin reblandecerse lo más mínimo, terminando de abatirlo:
—¿Sabes quién estaba llorando también? Tu hijo pequeño en la cama —prosiguió.
A Matías le empezaron a caer unos lagrimones que hicieron que a Lucía se le empañaran los ojos.
Pero esta continuó con la misma frialdad—: No te lo voy a consentir, Matías.
Escúchame bien: no vas a tratar así a nuestros hijos, y no me vas a tratar a mí así.
Si quieres que sigamos siendo una familia, soluciona lo que tengas que solucionar.
Lucía se levantó y su fue a la cama. Matías, que había esperado una conversación reconfortante, un abrazo, un perdón, una redención… se encontró solo en el sofá del salón, frío, hundido y sintiéndose la mayor mierda.
Al día siguiente, no volvió a casa a comer, como era habitual. Le dijo a su tía Lola de comer juntos, buscando refugio en ella, como siempre hacía. Pero la buscó en el peor de los días.
—Siento escuchar todo esto, Matías —le dijo suavemente cuando él terminó de relatarle lo ocurrido—. Y siento más no poderte ser de ayuda, no tengo la cabeza centrada.
—No te preocupes, tía. Solo con poder desahogarme ya es mucho. ¿Qué te pasa a ti? —se interesó Matías, pues era cierto que la veía algo distraída.
Lola le contestó con un silencio y un desvío de la mirada que hizo que Matías frunciera el ceño. Por fin, le dijo:
—Tengo cáncer, Matías.