Capítulo 22
—¿Soy muy rastrero si me divorcio? —preguntó Carlos a Lola.
—Alabado sea el Señor, con sus ángeles y sus santos —respondió Lola.
—¡Uala! Te acaba de poseer el espíritu de mamá. —Ambos rieron, pensando en ella—. Te lo digo en serio, Lola. Yo ya sé que mucho he aguantado. Pero ¿y Matías e Inés? —cavilaba Carlos—. ¿No es rastrero dejarlos a su merced?
—La respuesta corta es que no —contestó Lola. Su hermano la apremió a que siguiera—. Y la respuesta larga es que no, de ninguna manera —concluyó Lola.
—Así, sin más —dijo Carlos, entre la afirmación y la pregunta.
—A ver, tienen trece y quince, no son tan pequeños. Y, míralo de esta manera, al menos así siempre van a tener su refugio contigo, donde tú estés —Lola reparó en algo—. Que por cierto ¿dónde va a ser eso?
—Ah sí, eso. Pues en tu casa, para empezar —contestó Carlos.
—Ah, bueno. Gracias por avisar, hombre. Pero temporal, ¿eh? —advirtió Lola.
No fue tan temporal. Beatriz se sintió ofendida, traicionada, despreciada, herida. Ella no era el perfil de mujer a la que dejan, y menos a la que deja un hombre del perfil de su marido. Ni hablar. Habrase visto.
Reaccionó por puro ego. El amor que en algún momento de su vida había podido tener por su marido hacía tiempo que había desaparecido.
No estaba triste por la historia que terminaba, por los años que habían pasado juntos, por los profundos cambios que sufriría la familia.
Más bien su pensamiento fue un «cómo te atreves» seguido de un «ya verás, ya».
Sin lugar para la lógica o el sentido común.
Beatriz, con mucho más dinero y contactos que Carlos, se enzarzó en una batalla legal de la cual este salió reventado.
Le dolió que la madre de sus hijos quisiera destruirlo de esa manera pero, si era sincero consigo mismo, no le sorprendía.
Al menos, viviendo con Lola, Inés y Matías podían pasar algunas tardes o fines de semana no solo con su padre, sino también con su queridísima y divertidísima tía.
Beatriz aumentó aún más su odio hacia Lola porque fue quien impidió que Carlos se hundiera en el fango.
No solo le dio cobijo hasta que él pudo sacar la cabeza sino (y sobre todo) un hombro sobre el que llorar, un oído al que hablar, unos brazos en los que guarecerse.
Desde el mismo momento en el que Beatriz decidió hundir la vida de Carlos, una joven Lola se convirtió en su enemiga número uno.
Juventud de Lola. 1994
—¡Anda! Tenemos por aquí a una rompe familias— dijo, altiva, Beatriz a sus dos amigas con las que paseaba, al cruzarse a Lola.
Lola valoró si ignorar el comentario o no.
En dos milésimas de segundo pensó que Beatriz era el tipo de persona que se crece cuando el de enfrente se achanta, y que callarse entonces solo iba a hacer que la cosa fuese a más.
Por lo que paró, se acercó a ella, para sorpresa de Beatriz, y le replicó, tranquila y segura:
—Tu familia la has roto tú sola con tus idas de cabeza. Que estás mal de la cabeza.
—¿Vas a negar —preguntó, desafiante, Beatriz— que fuiste tú quien le metió las ideas de divorciarse a tu hermano?
—Estás paranoica. La idea la tuvo él solo. Yo lo que hice fue felicitarlo por tomar tan acertada decisión. —Lola aguantaba el tipo, tratando de que no se entreviera su nerviosismo.
—Menudo favor me hiciste. Tu hermano y tú, dos muertos de hambre. Bendito el día en el que me alejé de esta chusma de familia —atacó Beatriz, buscando el asenso de sus amigas, que sonrieron ante su comentario.
—Mucho dinero —dijo Lola, aparentando tranquilidad— pero muy poquita clase.
—Y comenzó a caminar sin despedirse. Cuando escuchó un «cerda» por lo bajini, que no tenía claro si había venido de su excuñada o de alguna de las otras dos, se giró y levantó la voz—: ¡Señoras!
Por favor, aprendan a comportarse, que ya pasan de los cuarenta las tres, no sean ridículas.
Una de las grandes debilidades de Beatriz era lo mal que llevaba cumplir años, por eso Lola había recurrido a ese golpe bajo.
Pero pronto se arrepintió. Era cierto que no se podía dejar pisotear, pero debía haberlo hecho sin herir su orgullo.
Porque Beatriz tenía un arma contra Lola (y, de paso, contra su exmarido), que eran sus hijos.
Para proteger a Matías e Inés, ni Lola ni Carlos les contaban todas las tropelías que había hecho su madre, tanto en el divorcio como después.
Pero no podían controlar lo que Beatriz hiciera con sus hijos, ni cómo los tratara ni lo que les dijera.
Durante mucho tiempo tras el divorcio, estuvo especialmente cabrona. Luego se cansó, y volvió al nivel normal de cabronismo . Pero aguantar esa cantidad de porquería en edades adolescentes acentuó en Matías e Inés su tendencia natural.
Inés empezó a rebelarse, a suspender, a frecuentar precisamente las amistades que más le aconsejaban evitar, a alcoholizarse de más los fines de semana, a fumar.
El pack completo de adolescente resentido.
Mientras que Matías se recluyó más en sí mismo, tratando de conciliar a todas las partes, intentando complacer, haciendo suyos problemas de adultos y tomándose responsabilidades que no le correspondían.
Juventud de Lola. 1995
—De verdad, Lola. Te juro que a veces preferiría pillarlo con una borrachera o con un porro o algo. Le va a dar algo como siga estudiando, con el agobio que lleva encima —confesaba Carlos a su hermana mientras se tomaban un café con un bizcocho que él había cocinado.
Lola se metió un pellizco del dulce a la boca antes de contestar.
—Te entiendo. Me duele verlo sufrir tanto por todo, autoexigirse tanto. Pero es que no sé qué más podríamos hacer tú y yo. Ya le hemos dicho por activa y por pasiva que todo está bien, que no tiene que demostrar nada, que tenemos claro cuánto se esfuerza y que lo importante es eso…
—Ya, Lola. Pero ambos sabemos que el problema no somos tú y yo.
—Carlos bebió un trago de su café, perdiéndose en sus pensamientos, y luego añadió—: De verdad, no sé qué voy a hacer con este chico…
He intentado que Inés se lo lleve por ahí, pero no quiere ni oír hablar de salir hasta que termine la Selectividad.