Capítulo 21
— ¿Encanto? —preguntó, extrañado Álvaro—. Esa es de dibujos, ¿no?
—Sí, pero dicen que está chulísima —respondió Ester.
—¿No prefieres que nos pongamos una peli de Netflix, como todos los viernes? —preguntó Álvaro, con algo de pereza—. ¡Estoy agotado!
— Nooo , porfi, porfi. Llevamos toda la tarde limpiando, me apetece salir de casa.
—Ester se acercó a Álvaro, seductora, cogiéndolo por la cintura—.
Te propongo este plan, a ver si el agotamiento te lo permite: nos duchamos juntos tranquilamente, vamos al centro comercial, picamos algo rápido y llegamos a la sesión de las diez y media.
Álvaro estaría cansado, pero su libido no se había dado cuenta.
De modo que aceptó el plan solo con escuchar la primera frase.
Ester reconocía que el físico de su marido no era el de antaño.
Tantas horas en el despacho, con poquísimo tiempo para el deporte (la pachanga de los sábados tampoco podía hacer milagros), tantos días de comer fuera, el estrés y un descanso tan deficiente habían hecho mella en su buena forma.
El pelazo que tenía cuando se habían conocido en la universidad había clareado; la mandíbula tan marcada y definida había adoptado, con el aumento de peso, rasgos más suaves; los abdominales marcados pasaron a mejor vida.
Pero nada de eso había disminuido la atracción que sentía Ester por Álvaro, porque admiraba su inteligencia, su sentido del humor y sus habilidades sociales.
Y porque lo seguía viendo guapo, seguía perdiéndose en su sonrisa y en sus ojos, se seguía derritiendo con su olor.
Hacía tres semanas que tenían de baja a la persona que los ayudaba a limpiar en casa, y esa tarde de viernes se habían puesto ambos, mano a mano, a hacer limpieza a fondo.
Dentro de todo, había terminado siendo una tarde divertida.
Pusieron la lista de reproducción conjunta de solo temazos a máximo volumen en el altavoz.
Así que estuvieron motivadísimos, limpiando, sí, pero también bailoteando, cantando con la fregona, sorprendiendo al otro con algún que otro paso arrimado…
Se dieron una merecida ducha, que fue mitad ducha mitad sexo, y se trasladaron a la cama para terminar. Se arreglaron y pusieron rumbo al cine. Una vez en el descansillo, a Ester se le encendió la bombilla:
—¡El agua! ¡No he cogido la botellita! —Y entró corriendo a casa, dejando a Álvaro en el rellano mientras esperaba al ascensor y sonreía, pensando que su mujer era verdaderamente tierna.
Si algo fastidiaba a Ester era pagar el dineral que te pedían en el cine por el agua.
Estaba dispuesta a pasar por el aro de las palomitas, pero el agua siempre se la llevaba de casa.
Y allí estaba, en la cocina recién limpia y reluciente, rellenando la botella con el grifillo de la osmosis, mientras miraba fijamente el piloto del altavoz Bluetooth y recordándose que no se le olvidara apagarlo antes de irse para que no se quedase sin batería.
Y, de repente, el altavoz habló. Cinco segundos. Lo que tardó Álvaro en darse cuenta de que no había quitado el Bluetooth.
En pocos segundos, a la cabeza de Ester acudieron millones de pensamientos sobre cómo podría terminar esa frase que acababa de escuchar a medias.
Cuando empezó a sentir que se mareaba, obligó a su cabeza a que parara, respiró hondo y trató de controlar sus manos pues acababa de darse cuenta de que estaba temblando.
Como la flecha que sale disparada del arco y viaja hacia el blanco, directa, decidida, sin titubeos, así salió a buscar a Álvaro.
En su cabeza solo tenía un deseo, una necesidad: que hubiera una explicación para aquello, que fuese un malentendido.
Pero, en cuanto salió al rellano y vio el rostro demudado de Álvaro, sus esperanzas se esfumaron.
—¿Puedes poner ese audio entero? —preguntó Ester, con más nerviosismo que enfado.
—No, Ester —se limitó Álvaro a contestar. No pudiendo sostener la mirada de no dar crédito de Ester, entró de nuevo al piso, esquivándola, y se fue directo al salón.
Ester lo siguió y lo encontró con la mirada perdida a través de la ventana. Gritó su nombre para tratar de lograr alguna reacción por su parte. ¿Por qué no lo estaba negando? Se acercó y lo zarandeó, y logró que hablase. Lo que dijo fue lo peor que Ester podría haber escuchado:
—Lo siento. Soy un mierda. —Los ojos de Álvaro se encristalaron.
—¿Que eres un mierda? ¿Qué clase de explicación es esa? —le reclamó Ester—. ¿Se puede saber qué coño ha pasado y cómo se arregla esto?
Ester se sentía en una realidad paralela. ¿Le estaba siendo infiel su marido, su perfecto marido con el que tenía una relación perfecta y ningún motivo de queja? Quien respondió a esta pregunta fue su estómago cerrándose por completo y lanzando una arcada a su garganta.
Álvaro se fue, porque no podía hacer frente a esa conversación. Y eso fue casi tan rastrero como la propia infidelidad.