Capítulo 20
Lola estaba feliz de poder contar con los cuatro.
Fijaron dos días a la semana de ensayos, no sin dificultad, porque entre los horarios de trabajo de Matías y la muy activa vida social de las tres mujeres fue todo un encaje de bolillos.
El único que no puso pegas fue Cecilio, a quien, precisamente, lo que más le sobraban eran huecos libres.
—¡Bueno, bueno! —empezó Lola, quien no podía ocultar su entusiasmo. No le cabía más sonrisa en la boca ni más brillo en los ojos.
Lola había despejado el sótano, empujando sofá, mesa y sillas hacia las paredes para dejar el mayor espacio posible.
Había colocado cinco sillas en círculo y los había invitado a tomar asiento.
No le terminó de gustar el resultado, porque la escena recordaba un poco a Alcohólicos Anónimos, pero así se quedó.
—¡Bueno! ¡Vamos allá! Para empezar, vamos a hacer un juego para que nos podamos presentar como Dios manda y conocernos un poquito.
—Al escuchar «juego», Cecilio se pasó las manos por la cara y Ester dio un respingo.
Lola continuó—: Se llama «dos verdades y una mentira».
Cada uno tendrá que presentarse y decir tres afirmaciones sobre sí mismo: dos verdaderas y una falsa.
El resto, tendremos que adivinar cuál es la falsa.
¿Entendido? —preguntó. Todos asintieron—.
Venga, empiezo yo. —Lola se puso en pie y dijo—: Me llamo Lola, y ¿cuál es falsa?
: uno, soy voluntaria en Cáritas; dos, llevo el pelo tintado; y tres, durante una época fumaba.
Lola se sentó y el resto comenzaron a debatir.
Después de intercambiar opiniones, no llegaron a ningún acuerdo.
Matías sabía que la primera era verdadera, pero dudaba entre las otras dos.
Como no recordaba a su tía fumar nunca escogió la opción tres como falsa.
Olga dio por hecho que la del tinte tenía que ser verdadera y, por lo que la conocía, le cuadraba lo de Cáritas, por lo que escogió como falsa también la opción tres.
Cecilio, sin embargo, pensó que la opción uno era la falsa.
Por último, Ester escogió como falsa la opción del pelo tintado.
—Pues ha acertado… ¡Ester! —dijo Lola como si de un concurso se tratase.
Todos aplaudieron, contentos, y Olga intervino:
—¡Un momento! ¿Cómo que «llevo el pelo tintado» es la falsa? ¿Por qué yo con cuarenta y dos años tengo canas y tú, con cincuenta y los que sean, no? —preguntó, fingiendo indignación.
— Aaahhh … —contestó Lola, misteriosa— tengo un retrato por ahí guardado que envejece por mí —bromeó—. ¿Y cómo lo has adivinado, Ester?
—Pues a ver… —pensó Ester—. Una vez, después del gimnasio, dejaste tu mochila en el maletero y había un montón de bolsas con ropa. En aquel momento me pareció un poco raro, pero ahora me ha cuadrado con lo de Cáritas.
»Por otra parte, recuerdo que me contaste una historia de cuando estudiabas y mencionaste algo de que ofreciste un cigarro o te ofrecieron un cigarro o algo así. Y, por último, no te he visto nunca jamás raya del pelo.
—¿Conque Cáritas? —preguntó Cecilio—. Nunca te habría hecho de Iglesia…
—¡Ja! Pues para esto es el juego —respondió Lola—. Vamos, Ester. Has acertado, así que tu turno —la animó.
Ester mostró una sonrisa nerviosa, se puso en pie y dijo:
—Hola, me llamo Ester, y ¿cuál es la falsa?: primera, tengo un Golden; segunda, soy profesora de Lengua Castellana y Literatura en un instituto; y, tercera, levanto sesenta kilos en peso muerto.
Al escuchar la tercera afirmación, Olga levantó la vista con interés y frunció los ojos, escrutándola.
—¿Cuántas repes ? —preguntó Olga.
—¡Cinco! —contestó Ester con una sonrisa.
Como no se conocían de nada, todos fueron escogiendo por descarte.
Matías pensó que las tres eran muy creíbles.
Según su opinión, tenía pinta de ser de la clase de persona amorosa y tierna que considera a su mascota como un miembro de la familia.
Además, no había dicho «perro», había dicho «Golden», algo demasiado específico como para ser inventado.
Y si, según dijo el último día, llevaba al menos tres años —cuando conoció a Lola— entrenando, bien podía ser verdadera la tercera.
Lo que le dejaba, por descarte, que la falsa era la dos.
Cecilio, por su parte, dedujo que, si bien todos sabían que iba al gimnasio, sesenta kilos le parecían muchos, por lo que la falsa sería la tres.
Había dudado entre esa y la del Golden, porque su ropa estaba sospechosamente libre de pelos, pero, pensando que bien le pegaría ser una de esas personas adictas al rulo adhesivo, se quedó con la primera opción.
Olga expuso que claro que sería capaz de levantar el peso que había dicho. También le cuadraba que fuese profe de Lengua y la dio por buena, sobre todo por descarte, porque opinaba que la falsa era la del Golden: de haberlo tenido, lo llevaría indudablemente de fondo de pantalla del móvil.
Ester intervino antes de dejarla continuar:
—¡Pero bueno! Me siento espiada. —Rio.
— Sorry not sorry. Tenía que sacar información, y cuando has sacado el móvil para mirar la hora se me han ido los ojos…
Si es que ya os dije que los juegos sacan lo peor de mí —se defendió Olga.
Y añadió—: Por cierto, que no era mi intención, pero también te he visto el patrón de desbloqueo… por si te lo quieres cambiar.
Ester rio de nuevo.
—Bueno, pues como no podía ser de otra forma, después de semejante labor de investigación, ha acertado… ¡Olga! —dijo Ester. Olga se levantó y le chocó la mano.
—Soy malísimo en este juego —se lamentó Matías, divertido.
—Pero ¿no es muchísimo, sesenta kilos? —preguntó Cecilio, sorprendido.
—No, en peso muerto no —aclaró Ester—. Olga levanta muchííísimo más, seguro.
—¿Y eso? —preguntó Olga, un poco fuera de juego.
—¡Salta a la vista! —dijo Ester, dándolo tanto por hecho que avergonzó (y halagó) a Olga—. ¿Tengo razón o no?
—Sí. Unos cuantos más, sí —reconoció.
—Pero, entonces —intervino Matías— ¿no tienes un Golden ni ningún otro perro?
— Nooo —contestó, tristona, Ester—. Mi marido… bueno… exmarido, o lo que sea…, nunca ha querido tener perro. A mí me habría encantado.
Todos quedaron un poco parados al escuchar esa mención ambigua que hizo Ester sobre su relación con Álvaro. De modo que Matías decidió iniciar su turno. Se levantó, se aclaró la voz, tiró a hablar, le salió un gallo, se volvió a aclarar la voz, le dio la risa, la controló y, ya por fin, dijo:
—Hola a todos, soy Matías, y ¿cuál es la falsa?: ¡uno!, soy un gran repostero; ¡dos!, de adolescente solía ser el delegado de mi clase; ¡tres!, me encantan los deportes de riesgo.
Curiosamente, sin necesidad de debate sobre ello, todos dieron por verdadera la segunda afirmación. Ester y Olga tomaron por falsa la primera, repostería, mientras que Cecilio tuvo por falsa la de los deportes de riesgo.
—¡Oye! ¿Y por qué todos tenéis tan claro que era delegado de clase? —Matías no pudo pasarlo por alto—. No pensaba que fuera tan obvio.
—A ver… jugar a juegos de mesa de joven en vez de salir de fiesta huele mucho a delegado —bromeó Olga—. ¡Seguro que Ester también lo era!
—¡Pues sí! —admitió la aludida, orgullosa y divertida—. Pero y ¿quién ha acertado: Cecilio o nosotras? —preguntó.
— Ceciliooo . —Matías levantó el pulgar hacia este—.
Así que te has ganado una tarta de queso que hago que te mueres.
Y vosotras dos, mujeres de poca fe, no. Y ¡por cierto!
Que sí que me gustaba salir también. ¿A que puede uno saber pegarse una buena fiesta y que, a la vez, le gusten los juegos de mesa?
—preguntó Matías a Ester en busca de su complicidad.
—Por supuestísimo que sí —lo apoyó Ester—. A mí se me daba bien eso de bailar hasta las tantas. Creo que aún sería capaz… si puedo salir en zapatillas.
—¿ Sííí ? —dijo Olga, provocadora—. Eso lo quieren ver mis ojos.
—¡Ale, estupendo! —intervino Lola, redirigiendo la atención—. ¿Quién es el siguiente? ¿Cecilio?
—Venga, vale. Matías: te tomo la palabra con lo de la tarta de queso. —Cecilio le sonrió y continuó—: Hola a todos, soy Cecilio, y ¿cuál es la falsa?: uno, he hecho el Camino de Santiago cuatro veces; dos, he visto una aurora boreal; y tres, sé bailar bachata.
Como un resorte, todos saltaron a proclamar, con absoluta e incuestionable certeza, que la falsa era la tercera.
Cecilio había aprendido a bailar bachata yendo a clases con Ana y lo llegó a disfrutar muchísimo y de verdad.
La echaba de menos, lo cual lo llevó a pensar en cómo debía de haberse ensombrecido su carácter para que unos desconocidos lo viesen tan serio cuando él nunca se había sentido así para nada.
Si ellos lo hubieran conocido cuando Ana vivía…
Cecilio observó a cada uno de ellos, creando un poco de expectación, antes de responder:
—La falsa es la dos: nunca he visto una aurora boreal.
Las reacciones de incredulidad no se hicieron esperar, y Cecilio aguantó las chanzas y ovaciones estoicamente. A Matías, entonces, le entró la curiosidad:
—¿Y cuatro caminos no son muchos?
—¡Eso pienso yo! Pero la que no pensaba así era mi mujer, y «donde va la soga, va el pozal» —recitó, y el resto sonrieron al escuchar el refrán—, así que cuatro caminos que me casqué.
—Bien jugado, Fred Astaire de la bachata —le dijo Lola a Cecilio.
—Ya le gustaría a Fred Astaire —le contestó Cecilio.
—Bueno, bueno, qué gran juego, Lola. Qué descubrimiento. Todo esto habrá luego que demostrarlo, ¿no? ¿O qué? —bromeó Olga.
—¡Cada cosa a su tiempo! —contestó Lola—. Venga, que quedas tú.
—Vamos allá —dijo Olga, enérgica, al tiempo que se frotaba las manos—. A ver, a ver… Hola a todos, me llamo Olga, y ¿cuál es la falsa?: una, que odio las aceitunas; dos, que he visitado siete países fuera de la Unión Europea; y, tres, que mi verdadero nombre es Olga Noelia.
Tras el oportuno intercambio de opiniones, esta fue la deliberación: Cecilio y Matías, fans ambos de las aceitunas, pensaron que la falsa era la primera, porque cómo era posible con lo buenas que estaban y la infinita variedad que había que no le gustara ninguna; mientras que Ester pensó que la falsa era la segunda, por la cantidad de tiempo y dinero que hace falta para viajar tan lejos.
—O sea, que ¿tengo pinta de llamarme Olga Noelia? —dijo Olga—. ¡No habéis acertado ninguno!
—¿Y no te llamas Noelia por tu madre? —intervino Lola, sorprendida.
—Ha sido trampa. Sí tengo nombre compuesto, pero no ese. Nací el dieciocho de agosto, y mi abuela insistió en que no se me podía quitar el nombre de la Santa, así que me cascaron Olga Elena. Pega igual de mal que Olga Noelia —reconoció Olga con fastidio.
—¿Y qué problema tienes con las aceitunas? —le reprochó Matías.
—¡Calla! No me gusta ni el sabor ni el olor, y me jode cualquier comida que las contenga —explicó Olga con cara de asco.
—A mí las aceitunas no me sorprenden, sé de varias personas a las que no les gustan, aunque a mí me encantan también —dijo Ester—. Lo que no conozco es mucha gente que haya viajado tantas veces tan lejos siendo tan joven. ¡Qué envidia! ¿Dónde fue?
—¡ Uyyy ! ¡Gracias por lo de joven! Ufff , pues a ver.
A América he ido cuatro veces. La primera vez, en la uni, fuimos con mis suegros a Nueva York; poco después, muy jovencica aún, estuve de voluntariado en Ecuador un mes; en mi viaje de novios, hace unos nueve años, fuimos a la costa oeste de Estados Unidos; y poco antes de la pandemia, a Argentina —relató Olga.
—Ay… Argentina… —dijo Cecilio con un deje amargo que sorprendió a todos, e incluso a él mismo, porque había sido, más que otra cosa, un pensamiento en voz alta—. Perdona, Olga. Sigue, sigue.
—No pasa nada. También fui a una boda en India, de un amigo de la familia de mi marido; a Marruecos; a Tailandia y Camboya, que fue el mismo viaje; viajazo, por cierto.
Tras algún intercambio más de experiencias viajeras, Lola tuvo que intervenir:
—Se nos ha terminado el tiempo y solo nos hemos presentado. Hay que ver qué palique tenéis, Dios mío —bromeó—. Tendremos que ser más ágiles, si no, no llegaremos listos a la fecha del estreno y haréis el ridículo.
—Tía, a veces eres un encanto —ironizó, cariñosamente, Matías.