Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 19
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Capítulo 19

—Espero no haberos preocupado mucho el último día —dijo Lola, tras agradecer a todos que vinieran de nuevo, y disculparse por el abrupto final de la anterior reunión—. Os debo una explicación.

Cecilio, Ester, Olga y Matías miraban a Lola sin hacer el más mínimo sonido o movimiento.

—Ya han pasado tres meses, más o menos, desde que me enteré de lo del cáncer y esto va así.

La noticia es un puto jarro de agua helada y el resto del viaje, una montaña rusa.

Pues lo del otro día no fue una buena noticia.

Pero sin más. No quiero darle más importancia, porque no quiero vivir por y para el cáncer ni tener en él todos mis pensamientos.

Quiero seguir adelante, así que os pregunto: ¿qué tengo que hacer para convenceros de que hagáis la puñetera obra de teatro?

Olga fue la primera en tomar la palabra:

—Venga. Yo sí me apunto. Tampoco creo que me cueste el divorcio. Aunque te advierto que mi calidad interpretativa debe de ser paupérrima.

—¡Ay, «paupérrima», me encanta! —le salió del alma a Ester. Olga la miró y entrecerró los ojos, tratando de adivinar si se burlaba de ella o si había sido una reacción genuina.

—¡Gracias, gracias! —le contestó Lola, contenta. A continuación, posó su mirada sobre Ester—. Ester, ¿qué me dices? Yo creo que te vendrá bien un poquito de distracción… —Lola le dirigió una mirada que solo ellas dos supieron interpretar.

—No, si como venirme bien me vendría bien un «mucho» de distracción… Ahora, que sea capaz… —dudó Ester.

—¡Bueno! Una oportunidad para darte cuenta de que eres capaz de más cosas de las que pensabas —le contestó Lola, resuelta—. ¿Cuento contigo?

— Pfff … yo qué sé… bueno —cedió Ester—. Ya veremos qué sale de aquí.

—¡Genial! No te vas a arrepentir. ¡Ya verás! —le dijo Lola, muy animada. Y dirigió su mirada hacia Matías—: Respecto a ti… —le dijo con los ojos entrecerrados, lo cual hizo sonreír a su sobrino— te he solucionado el problema.

—¿Qué problema? —contestó Matías, pensando en qué habría hecho su tía esta vez.

—¿Tú no me dijiste que no podías porque no querías cargar más a Lucía con los críos?

Pues la llamé y moví unos hilos y, en definitiva, y en lo que nos importa, mientras ensayemos tus hijos van a estar a buen recaudo y Lucía disfrutando de un maravilloso tiempo para ella misma —expuso Lola, satisfecha.

—Define «a buen recaudo» —contestó Matías.

—¿Y qué más da? Tú fíate de tu tía —le contestó Lola.

—Si yo me fío de mi tía. Solo quiero saber que tenemos el mismo concepto de buen recaudo —respondió Matías.

—Ay, Señor, ¡qué cruz! —Lola fingió desesperarse—. Mi vecino, el guiri de tres casas para arriba, tiene una nieta a la que le ha parecido bien ganarse un dinero haciendo de canguro en inglés cada vez que tengamos ensayo. Y lo pago yo. ¿Alguna objeción? —preguntó Lola, entre la broma y el desafío.

— Mmm , en verdad está increíble. ¿Dices que Lucía lo sabe y está de acuerdo? —preguntó.

—Que sííí —contestó Lola.

—Bueno, pues no puedo negarme en ese caso. Te lo has currado —admitió Matías—. Hala… aquí te queda el hueso duro de roer —dijo Matías, señalando con el pulgar a Cecilio.

Cecilio miró a cada uno de los presentes, terminando de posar sus ojos en Lola, la cual le aguantó la mirada. Se notaba que los engranajes de su cerebro estaban funcionando a pleno rendimiento y que se estaba librando, en directo, un debate interno.

Abril 2023. Semana anterior. Banco del cementerio

—Lola, no me puedes pedir eso. ¿A qué santo tanto interés? Búscate a otro, mujer —trataba de rechazarla Cecilio.

—Me vas a hacer hablar en serio —le dijo Lola.

—Pues no estaría de más —contestó Cecilio.

—A ver… —dijo Lola, tras unos segundos de silencio—.

Tienes razón. No tienes por qué ser tú. Pero, aparte de que me sentiría muy apoyada contigo por todo lo que entiendes de teatro, y de que, con lo crítico que intuyo que eres, creo que no me dejarías hacer mucho el ridículo…

aparte de eso… —Lola se tomó dos segundos antes de continuar— es que te tengo mucho aprecio, Cecilio.

Igual te parezco una loca porque nos conocemos ¿cuánto? ¿tres o cuatro meses nada más?

»Pero hemos compartido este banco casi a diario en este tiempo y sé tanto de ti y de tu dolor, y te he compartido tanto del mío que te siento muy cercano.

No quiero poner aquí a cualquiera. Además…

—se quedó pensativa— si… bueno… si yo me muero sin que se haya podido representar creo que tú serías capaz de sacarla adelante.

—¡Lola! Ya estamos con eso —la riñó Cecilio.

—¡No! ¡«Ya estamos», no! —se enfadó Lola—.

¿Por qué no dejas de hacer como que no pueda pasar?

Para tu información —continuó, airada—, cuando os dejé el otro día en mi casa me dieron una noticia de mierda —los ojos de Lola se encristalaron—.

¡Así que no cuentes con que esto vaya a ir bien, porque no tiene pinta!

—terminó de decir mientras se levantaba para irse.

Ya de pie, pensó que no debía irse sin despedirse y se giró para decirle a un Cecilio que se había quedado descolocado un simple: «Nos vemos otro día».

Esa noche, Cecilio recibió un wasap de Lola:

Lola:

Siento si te he presionado. En mi situación me está costando a veces no ser egoísta. Pero entiendo tu falta de ganas. Es totalmente comprensible. Y te pido perdón

Cecilio se quedó dándole vueltas a esa frase que había dicho Lola. Era él quien estaba siendo egoísta; sentía que, con su desgracia, estaba legitimado para no pensar en nadie más que él. «Ana no se sentiría orgullosa».

Abril 2023. Sótano de Lola

Con ese pensamiento se quedó Cecilio, y era el que le estaba rondando mientras tenía agarrado el colgante de madera del cuello, ese anillo con el que en su día le había pedido matrimonio a su mujer y al que siempre se aferraba cuando la tenía en mente. Por fin, se decidió a hablar:

—Ana querría que te ayudase a realizar este deseo. Cuenta conmigo —dijo Cecilio, solemne.