Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 18
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Capítulo 18

—¡No puede ser! A ver si puedes decir una tontería más grande —le espetó a Matías su madre.

—Para ti todo lo que no se haga como se ha hecho siempre no se puede hacer y no va a funcionar —contestó Matías, pasando por alto la falta de respeto.

—¿Si hacemos lo que dices y no funciona lo pagas tú de tu sueldo? —lo desafió Beatriz.

—Dios mío —esquivó Matías.

—¿Ves? No estás tan seguro de tener razón —respondió, con chulería, Beatriz.

—Pero es que no se trata de tener razón sino de lo que es mejor para la empresa —replicó.

—Mira, cuando yo tenía tu edad era lo suficientemente inteligente como para escuchar a los que tenían más experiencia que yo.

—No flipes, mamá. Cuando tú tenías mi edad el abuelo venía aquí, si acaso, de visita. Ya había soltado más riendas de las que tú vas a soltar en la vida, a este paso —le recriminó Matías.

—Desde luego que no voy a soltar riendas mientras demuestres, con esas ideas, que no has aprendido nada. No, mientras siga mi dinero aquí.

—Pues tendrás que entender que habrá cosas en las que discrepemos, y esta es una de ellas —dijo Matías con toda la valentía que pudo.

—Eres tú el que tendrás que entender que puedes discrepar lo que te dé la gana y que no va a servir de nada —le espetó su madre—. No te pago por pensar, te pago, y muy bien pagado, por obedecer. Así que, hala, tira, no tengo todo el día para estar discutiendo tonterías —zanjó Beatriz.

«Obedece». Y Matías obedecía. Siempre lo había hecho y siempre lo haría. Sus conatos de rebeldía siempre se quedaban en eso, en meros intentos. Era capaz de manifestarle a su madre opiniones contrarias y mostrarle su desacuerdo. Pero le era imposible desobedecer una orden directa.

Recordaba el día en que su mujer le había puesto palabras a aquello, uno de tantos en los que Matías se estaba desahogando con Lucía sobre lo que había hecho o dejado de hacer o dicho o dejado de decir su madre.

«— … ¡y luego entra como si nada y entonces, ¿qué?

, ¿eh?! ¿Ya hacemos como que nada ha pasado?

¿Como si las palabras no tuvieran consecuencias?

Yo de verdad que no sé por dónde cogerla…

—Matías paró de hablar y miró a su mujer, que estaba ojeando el móvil—.

Pero, chica, no pases de mi cara de esa manera.

Disimula un poco al menos —bromeó Matías.

— Shhh , calla. Que no estoy pasando de tu cara, espera —respondió Lucía, que no quitaba la vista del móvil y deslizaba el dedo por la pantalla.

—Pero ¿sigo hablando o me callo? —Ante el silencio de su mujer, prosiguió—: A mí es que ya me da ansiedad lo de tener que estar a la expectativa de ver con qué pie se ha levantado ese día para…

—¡Ay! Un segundo —lo interrumpió Lucía—, que ya casi lo tengo —Matías esperó y, al poco, Lucía dijo—: Aquí lo tengo. Ya sé cómo se llama lo que te pasa con tu madre.

—¡Fantástico! ¿Y cómo se quita? —le contestó Matías, irónico.

—Bueno, quitarse ya sabes que se quita con muuucha terapia —replicó ella. Matías puso ojos en blanco porque Lucía aprovechaba cualquier oportunidad para mandarlo al psicólogo—. Pero escucha qué definición más buena. Lo tuyo se llama «temor reverencial».

—Temor reverencial… —Matías saboreó las palabras.

—A saber: temor de desagradar a ciertas personas a quienes se debe respeto y sumisión —recitó Lucía.

—Pero ¿y esto de dónde sale? —preguntó, intrigado.

—Es un concepto jurídico que salió ayer en la conversación mientras tomábamos café —explicó Lucía.

—Joder —se rio Matías—. Seríais las más cultas de la cafetería.

—Qué tonto eres. Salió porque Paula nos estaba explicando un caso que tenía en el despacho. Tú imagínate que nos casamos…

—¿Es una indirecta esto? ¿Te quieres casar? —interrumpió Matías, abriendo mucho los ojos y simulando estar esperanzado. Lucía le lanzó una mirada traviesa.

—Imagínate que nos casamos —continuó—, pero tú en verdad no quieres —Lucía sonrió al ver a Matías negar fervientemente— y solo lo haces por temor a la reacción o decepción de tu madre.

Pues Paula tiene un cliente que quiere pedir la nulidad por eso.

Y cuando nos lo estaba explicando pensé: «¡Esto es lo que le pasa a mi marido! » —explicó Lucía.

Tras pedirle que le repitiera la definición de aquello, Matías se quedó dándole vueltas. No sabía si el término exacto era «temor». Pero que existía una fuerza invisible que lo empujaba a no decepcionar a su madre, existía. Llamó por teléfono a su hermana:

—¡Inés! Mira qué dice Lucía: ¿tú crees que tengo, y cito textualmente, un «temor de desagradar a ciertas personas a quienes se debe respeto y sumisión»?

—¡Mi cuñada es buenísima! —rio Inés—. ¿Qué ha hecho la mamá ahora y por qué no la mandas a la mierda?

Que su hermana, su mujer y su tía lo instaran a alejarse de su madre solo hacía que Matías se sintiera peor; como si resultara que él pudiese elegir.

Parecía su decisión, pero no: la fuerza invisible que se lo impedía era muy difícil de explicar; en tanto en cuanto ni siquiera a sí mismo podía explicárselo.

Últimamente, le había dado por pensar cómo sería su vida si su padre hubiera sobrevivido a aquel accidente.

¿Trabajaría con su madre? Igual no. Su padre, a diferencia de ella, siempre lo había animado a descubrir sus talentos, a explorar de qué forma Matías podía contribuir al mundo, a probar sin miedo a equivocarse diferentes opciones hasta encontrar la alternativa que lo hiciera feliz y le diera la mejor vida posible en todos los sentidos.

Con ese discurso de su padre, probablemente no habría calado tanto el de su madre acerca de continuar con la empresa, del mucho dinero que ganaría para mantener a su futura familia y de la pena que sería que un negocio que funcionaba tuviera que cerrar por no tener a nadie que lo dirigiera.

¿Tendrían sus hijos un abuelo paterno que ejerciese como tal?

Porque lo que tenían ahora era una figura distante, sin ningún interés por sus nietos, por perder su tiempo con esas cosas de niños: festivales de final de curso, cumpleaños, noches de pelipizza , excursiones…

Más allá de darles cien euros en su cumpleaños y otros tantos en Navidad, la implicación de Beatriz con sus nietos era la que le pudiera servir para inmiscuirse en la vida de su hijo y criticar sus decisiones: por qué esa ropa, por qué ese colegio, que qué pocos límites, que cuántas modernidades absurdas, que si en mi época esto, que tú lo que tendrías que hacer es lo otro…

A diferencia de todo eso, Matías sí imaginaba a su padre recogiendo a los niños del colegio, jugando con ellos a las cartas y llevándolos a la feria.

¿Y como suegro? A Matías le daba rabia que su mujer no lo hubiera podido conocer.

Si Carlos hubiese vivido, Matías lo imaginaba siendo tan cariñoso con Lucía como lo había sido con él, porque había sido una persona cálida y afectuosa.

Matías podía recordar muchas escenas de su infancia llenas de abrazos, de besos, de juegos, de cosquillas, de conversaciones y de ternura a su lado; incluso en los momentos difíciles.

Adolescencia de Matías. 1993

—Mati, campeón, lo siento mucho —dijo Carlos a su hijo mientras este lloraba sin consuelo.

—¡Que no quiero! —repetía Matías obcecado.

—No llores, cariño. Nos veremos mucho, ya verás como sí —intentaba consolarlo su padre.

—¡Me voy a vivir contigo! ¡Nos vamos los dos! —exigía Matías.

—No se puede…

—Pero ¡¿por qué?! —gritaba Matías, sintiéndose impotente.

—Porque vuestra madre es vuestra madre y tenéis que vivir con ella. Cuando seáis mayores, podréis vivir conmigo.

—¡Pues no quiero! No quier… —La voz de Matías se ahogó en un llanto.

Carlos lo abrazó con el alma rota. Divorciarse era la decisión más dura que había tomado en su vida porque sentía que traicionaba a sus hijos al dejarlos a merced de su madre.

Pero no podía soportar seguir dándoles ese clima familiar nefasto.

Prefería verlos menos a que siguieran viviendo en una casa en la que las discusiones y las faltas de respeto se habían convertido en la tónica habitual.

—Escúchame, Matías, mírame. —Carlos logró captar su atención y que su hijo se serenase—.

Eres una persona maravillosa: eres valiente, eres fuerte y vas a estar bien.

Tu hermana y tú le dais sentido a mi vida, os quiero más que a nada en el mundo y este cambio va a ser a mejor —explicó.

Matías negaba levemente con la cabeza—. Matías, sé que lo terminarás entendiendo.

No hay nada, nada, que justifique que te quedes donde te tratan mal.

Casa de Matías. 2021

Muchos años después, Matías se flagelaba a sí mismo, recordando esa frase de su padre. Sentía que le fallaba al soportar todo el sufrimiento que le generaba seguir al lado de su madre. Sentía que, al igual que su hermana, su tía y su mujer, su padre, desde la tumba, también le gritaba «¡huye!».

Claro que luego se daba cuenta de que no tenía salida.

A dónde iba a ir sin estudios específicos porque los dejó inacabados al morir su padre y nunca los retomó; con cuarenta y tres años y sin más experiencia que la de la empresa de su familia; teniendo que pagar el colegio de sus dos hijos, la hipoteca, los dos coches, los gastos familiares…

La rueda volvía siempre al mismo punto: por no ser capaz de lidiar con su madre, tendría que buscar un trabajo con un sueldo mucho menor; su mujer, por tanto, tendría que cambiar la media jornada por completa y los niños…

pues ya se verían con quién; seguramente tendrían que separarlos de sus amistades y toda su rutina al no poder seguir pagando el colegio privado; tendrían que dejar de viajar, de salir a cenar fuera tan a menudo, de permitirse ciertos caprichos…

Si no hubiera más remedio… Pero es que sí lo había: que él no se dejara afectar por su madre.

—¡ Matíaaas , he entrado con mi llave, que no sé si es que no va el timbre!

—Lola entró a la casa, gritando, mientras trataba de localizarlo.

Conforme se acercaba a la cocina, se alarmó al escuchar unos sonidos parecidos a jadeos.

Recorrió, corriendo, el pequeño tramo que le faltaba para llegar hasta él y lo encontró en el suelo, con las manos en el pecho, cubierto de sudor, llorando y con la respiración aceleradísima—.

¡Matías! Mati, mi vida, estoy aquí. ¿Qué te pasa?

—No… no… no puedo res-pi-rar —logró articular Matías.

—Tranquilo, cariño, tranquilo —Lola trataba de calmarlo, forzándose ella a hacer lo mismo. Se sentó en el suelo junto a él.

—Mi pecho… —decía Matías, llorando, sin poder llegar a coger todo el aire que necesitaba.

—Mati, escucha mi voz. —Lola ya había visto eso otras veces, aunque nunca en su sobrino—. Respira conmigo, escucha mi voz. Inhala. —Lola cogió aire para ayudar a Matías a seguir el ritmo de su respiración—. Aguanta… y exhala.

—Tía… me muero, ¡me muero! —exclamaba Matías, convencido de que se le iba la vida.

—No te mueres. Matías, va a pasar, ¿me oyes? Va a pasar pronto. Inhala conmigo… aguanta… exhala. Estoy contigo, no te voy a dejar. Otra vez: inhala… aguanta… exhala.

Al cabo de un buen rato, cuando empezó a remitir el ataque de ansiedad, Lola le dio agua y comenzó a hablarle hasta que, poco a poco, todo pasó.

—No le digas nada a Lucía, por favor. No quiero preocuparla —imploró Matías.

—No pienses en eso ahora, cariño, ya lo hablaremos. Esto es un aviso muy gordo…

—Sé que me lo tengo que mirar, y lo haré, de verdad que lo haré. En cuanto tenga un poco de tiempo lo haré.

—En cuanto tengas tiempo… —Lola no pudo evitar el reproche.

—Que sí, de verdad. Creía que me moría, no veía nada y yo… creía que me estaba dando un infarto. —A Matías se le quebró la voz y Lola no quiso insistir más.

—¿Sabes que te quiero, mi vida, mi amor, mi cielo? —le dijo, achuchándolo un poco.

—Yo sí que te quiero mucho, tía. Espero que no te vayas a quedar ahora muy preocupada por mí.