Capítulo 17
—Alivio —contestó Cecilio a su mujer.
—¡Anda! Nunca lo habría dicho. ¿Y por qué no… no sé… tranquilidad, alegría, calma…? —preguntó Ana.
—Si solo puedo elegir una palabra, sí, diría que «alivio». ¡Estoy jubilado! No solo no tengo marrones encima, tampoco los tengo a la vista. No tengo presión de ventas ni preocupaciones —expuso Cecilio.
Cecilio y Ana siguieron alargando la charla en la cama, sin ninguna prisa por levantarse, porque no había ningún horario con el que cumplir.
Cecilio se estaba adaptando a su vida de jubilado como si esa —y no la de los últimos cincuenta años— fuera la vida para la que estaba hecho; en gran parte porque Ana había estado ansiando ese momento.
Lo que ocurre a algunos jubilados de que en el momento en el que no emplean medio día en su trabajo ya no saben lo que hacer no le podría ocurrir en la vida a Cecilio, sencillamente porque Ana no le iba a dejar hueco para eso.
—¿Qué te atrae más? ¿Asia o Sudamérica? —preguntó Ana frente al portátil. Cecilio la miró, frunciendo el ceño.
—¿Qué tramas? —le preguntó por respuesta.
—No tramo, cariño —contestó Ana sonriendo—. Planeo nuestro viaje de jubilación.
—¿Nuestro? —Cecilio rio—. Que yo sepa el que se ha jubilado soy yo.
—¿No tenemos gananciales? Pues tu jubilación es nuestra jubilación. ¿O después de treinta y nueve años de casados vas a querer irte solo de viaje ahora? —lo retó Ana, divertida.
—¿Solo yo? ¡Ni hablar! Donde va la soga va el pozal —dijo Cecilio mientras se abrazaba a Ana, sin permitirle el más mínimo movimiento.
—Ah, vale. Ya me parecía a mí —contestó Ana dándole un beso a Cecilio—.
¿Me devuelves mi movilidad, si eres tan amable?
Que un viaje a… ¡Argentina! no se organiza solo.
—Ana volvió a enfrascarse en el portátil, no sin antes encomendarle una tarea a su marido—: Mira, mientras termino con esto, échale un ojo al horario que está ahí y me dices en qué turno quieres que nos apuntemos a bachata, que tengo que hacer hoy la inscripción.
—Pero ¿y yo no tengo tiempo para mí solo? —Cecilio disfrutaba escuchando las réplicas de su mujer a todas las tonterías que él quisiera decir.
—¡Claro! No pasa nada si no quieres. La alternativa es ser uno de esos señores que pasa sus días en el bar.
¡Está genial también! Mira: empiezas el día con un carajillo, pasas el tiempo en la misma banqueta que ya tendrá la forma de tu culo —todo un lujo—, viendo la tele y rodeado de enriquecedoras conversaciones.
¡Incluso te puedes entretener con la tragaperras!
Con un poco de suerte, en poco tiempo te vuelves un adorable alcohólico, ludópata y viejo cascarrabias.
— Mmm , visto así, prefiero la bachata.
—¿Ves como sí, tesoro? —Ana le guiñó un ojo a Cecilio—. ¡Te quiero!
Y Cecilio vaya si la quería. Entre amigos, Cecilio solía decir que para cada uno su mujer era la mejor. Pero en su fuero interno no lo pensaba ni un poco. Sabía que, como la suya, no había otra.
Ese inicio de la jubilación fue tan idílico como lo habían imaginado. Ana y Cecilio habían pensado mucho en esta etapa, y la habían planeado bien.
Quisieron adelantarse a todos los problemas que habían ido detectando a su alrededor.
Porque tenían claro que llegar a la jubilación justos de dinero era desastroso y les iba a causar preocupaciones e infelicidad.
Pero ¿y qué había de llegar con dinero pero sin salud?
No tenían ninguna intención de pasar su tiempo libre alternando entre el ambulatorio y la farmacia.
¿Y qué había de llegar con dinero y salud pero sin saber qué hacer por no haber hecho otra cosa en la vida que trabajar? De ninguna manera.
Casa de Cecilio. Noviembre 2022
—Anita, me ha mandado un wasap mi sobrino: que si quedamos esta noche a cenar los cuatro —dijo Cecilio a su mujer, que leía tranquilamente en el sofá, con las piernas encogidas, mientras se tomaba una infusión calentita.
—Perfecto, guapo. Aunque recuerda que mañana tenemos que estar pronto en la estación de autobuses —contestó Ana.
—¡Genial! ¿Alguna sugerencia? ¿Italiano? ¿Mejicano? ¿Chino? —preguntó Cecilio.
—Que elijan ellos, me parece todo bien —contestó Ana, sonriendo. Y volvió a enfrascarse en su lectura.
Esa misma tarde, Ana pidió a Cecilio que anulara la cena porque se encontraba regular. Este le mandó un wasap a su sobrino excusándose. Lo que nunca, ni en sus peores pesadillas, habría imaginado era que tuviera que llamarlo dos horas después:
—¿Sí?
— ...
—¿Tío? Tío, ¿qué pasa?
—¿Puedes venir? —acertó a decir Cecilio, con voz de autómata.
—¡Tío! Claro, pero dime, ¿qué pasa? —se alarmó su sobrino.
—Ven, por favor —dijo, ya llorando, Cecilio.
Su sobrino apareció al cabo de diez minutos escasos, y encontró la ambulancia en la puerta de casa de sus tíos.
Dejó el coche subido en la acera, entró al rellano, que estaba abierto, subió las escaleras de tres en tres con el corazón saliéndosele por la boca e irrumpió en el piso para encontrarse una estampa que no olvidaría nunca: su tía Ana, su adorada tía Ana, tendida en el suelo del salón, muerta, y su tío Cecilio, su queridísimo tío Cecilio, no abrazado sino aferrado a su cuerpo sin vida, llorando como un niño y sin parar de repetir:
—Ana, no me hagas esto. No me hagas esta putada, Ana. No me hagas esto, Ana. No puedo, Ana, no puedo. No me hagas esto.
El sobrino de Cecilio se acercó a él, se arrodilló a su lado, posó la mano sobre su espalda y, con suavidad, lo llamó. Cecilio se giró hacia él, lo abrazó, llorando amargamente, sin parar de repetir:
—No puede ser. Esto no está pasando. No puede ser. No es real. No puede ser.