Capítulo 16
Qué bien le sentaría a Olga en ese momento hacerse unos esprints para templar los nervios. Eso, o un copazo.
Tenía sobre sus manos las instrucciones de un test de embarazo y no hacía más que pensar «¡a estas alturas!
». Estaba enfadada, asustada y angustiada.
Solo quería verificar que tenía claro cómo iba aquello de las rayitas, pero sus manos temblaban tanto que el papel no dejaba de moverse y no atinaba a leer lo que necesitaba.
Y no estaba enfadada con nadie más que con ella misma.
Jaime quería tener hijos y Olga nunca le había dicho que no quisiera.
Ella misma no había sentido un especial rechazo a esa idea pero tampoco nunca se había llegado a animar.
Al principio, por jóvenes; más adelante, por líos de trabajo; después, cuando enfermó la madre de Olga, porque no tenía la cabeza para ello.
Pero, en su fuero interno, Olga sabía que todo lo anterior eran pretextos.
Había una razón más profunda e incómoda de reconocer: no tenía claro si quería que Jaime fuera el padre de sus hijos.
O, lo que es peor, sí lo tenía claro. Pero había confiado en que el paso de los años haría el trabajo sucio por ella.
Por eso ahora seguía repitiéndose: «No me puedo creer esto a estas alturas».
Olga no sabría decir cuándo se dio cuenta; porque eso no ocurre de un día para otro.
Que una relación se dilate en el tiempo no quiere decir que crezca y que no te haga sentir muy mal no quiere decir que te haga sentir bien.
Digamos que su relación con Jaime le permitía no dejar de vivir su vida como más o menos ella quería y le daba un número soportable de dolores de cabeza.
Que eso era un poco mierda lo veían los demás antes que ella.
Olga tenía muchas virtudes, pero no era reflexiva y contemplativa, no se molestaba en profundizar en sí misma y en plantearse cuestiones vitales.
Si las cosas funcionaban, funcionaban. Era una persona de acción.
Si no estaba probando un deporte nuevo, estaba planeando un viaje; si no quedaba con amigos de aquí, de allá o de acullá, estaba buscando a ver a qué actividad se podía apuntar; si terminaba de estudiar algún curso de formación de su trabajo, rápidamente llenaba ese hueco al perfeccionar algún idioma; siempre tenía libros por leer antes de acabarse los (siempre varios) que tenía entre manos y series y películas a la cola de las que estaba viendo.
Eso hacía que fuera una persona interesante, divertida y estimulante que contagiaba su entusiasmo y vitalidad. Pero tampoco es que fuera lo mejor para poner en orden su vida, porque ni siquiera se percataba de que a su vida le hiciera falta algo de orden.
Y por eso mismo estaba, más que otra cosa, enfadada mientras tenía el Predictor en la mano.
Era culpa exclusivamente suya haber llegado a ese punto.
En una época en la que su libido no era gran cosa (algo cuya causa tampoco se había parado a preguntarse) le sorprendió cuando su cuerpo respondió al buscarla su marido.
La mala suerte fue que los cogió en un hotel y que la falta de planificación los pilló sin ningún medio anticonceptivo fiable, cosa de la que se percataron cuando ya la cabeza tampoco estaba rigiendo mucho.
Y cuando entras a negociar con la cabeza cuando no está en condiciones, esta te dice lo que quieres oír: que cómo vas a ir a entrenar lloviendo, que cómo vas a entrar a clase con el día que hace afuera, que ya pondrás la lavadora mañana y, por supuesto, que muchísima gente hace la marcha atrás y que, por una vez, no va a pasar nada.
Sentada en la taza del váter, dejando caer la orina sobre el plástico, trataba, a través de la respiración, de contener la angustia. Se convencía a sí misma de las virtudes que tenía Jaime, que lo convertirían en un buen padre.
Podía recordar a Jaime desde que tenía uso de razón porque era amigo de su hermano de toda la vida. Pero, a diferencia de este, Jaime era un tío inteligente y aplicado, y los padres de Olga siempre habían procurado que siguiera sus pasos.
Cuando Olga, en BUP, había necesitado ayuda con las matemáticas no había sido, por tanto, el cabra loca de su hermano quien la había ayudado, sino Jaime, que estaba cursando primero de arquitectura.
Olga había quedado prendada de su inteligencia, de la forma en que explicaba, de la atención que recibía.
Jaime había empezado a verla con otros ojos, había percibido qué gran personalidad tenía y había llegado a sentir que Olga no regalaba esa admiración a cualquiera.
Adolescencia de Olga. 1996
— ¡Jaimeee! —Olga gritó su nombre en cuanto lo vio entrar por la puerta del garito, pero fue en vano porque con la música tan altísima no se podía oír nada. De modo que fue hacia él, corriendo, haciéndole gestos con la mano, gritando—: ¡He aprobado! ¡He aprobado!
—¡Olga! ¡¿Qué dices?! —Jaime giró la cabeza para que Olga pudiera hablarle al oído.
—¡Que he aprobado el examen! —le gritó, y Jaime la miró, muy contento por ella—. ¡Ven! —Olga lo cogió de la mano, lo llevó a la barra y pidió dos chupitos. Jaime quiso pagar, pero Olga se adelantó con firmeza—. ¡Por ti! —Brindó Olga—. ¡Por el mejor profesor del mundo!
—¡No! ¡Por la mejor alumna del mundo! —Brindaron, se tomaron los chupitos y se perdieron entre la gente.
Pasaron la noche de fiesta juntos, bailando arrimados y divirtiéndose. Se besaron y… ya fueron del tirón.
Casa de Olga. 2019
Olga dejó con cuidado el test en la repisa del lavabo, programó una cuenta atrás en el móvil y se alejó de ese plástico que amenazaba con explotar y hacer saltar su vida por los aires.
Si hubiera sido más observadora, más pausada, si se hubiese detenido a escucharse en todo ese tiempo, se habría percatado de que, como suele ocurrir con muchos amores de juventud, ambos individuos de la pareja crecen y evolucionan en distintas direcciones.
Y cuando te quieres dar cuenta la persona con la que estás probablemente a día de hoy no la querrías ni como amiga.
Lo que en la juventud era inteligencia y seguridad en sí mismo, había devenido en arrogancia y presuntuosidad; lo que al principio podía parecer divertido o despreocupado se había tornado en egoísta e incívico; lo que antes podía pasar por atrevido había terminado por ser maleducado o hiriente.
Por eso, aunque en esos tres minutos de espera Olga estaba haciendo fuerza por imaginar a Jaime sentado haciendo los deberes con su hijo, no podía evitar que le viniera a la cabeza la escena del día anterior en el supermercado:
«—Chico, ¿qué haces? —preguntó Olga, nerviosa.
—Ya estamos. ¿Qué hago, de qué? —contestó Jaime con hastío.
—El carro: ¿lo piensas dejar ahí? —le recriminó.
—¿Y qué más dará? Luego los recogen —contestó él, sin darle más importancia.
—¿Esta es la misma lógica de «tiro los papeles al suelo porque hay que darles trabajo a los barrenderos»? —preguntó Olga, impidiendo que la conversación terminara ahí.
—Joder, ¡qué pesadilla! ¡Ya lo coloco! —dijo Jaime mientras se iba con el carro.
A la vuelta, Olga no pudo evitar retomar el tema. Sabía que sería mejor dejarlo, pero algo se lo impedía.
—Es que no se trata solo de eso, Jaime. Es el trasfondo: el «me creo que todos están a mi servicio» y por eso ni me molesto en colocar el carro en su sitio ni en usar las papeleras ni en devolver lo que no quieres al estante de donde lo has cogido.
—¿Que yo me creo que todos están a mi servicio? ¿A qué coño viene eso? En qué mala hora he dejado el carro ahí en medio.
—Y lo peor es que no te das cuenta. ¡Pero es constante! Mira esta mañana con la camarera: ¡lo mismo! Como si fuera una chacha.
Jaime, ya dentro del coche, se quedó callado y con cara de verdadera tristeza.
Olga se empezaba a arrepentir de todo lo que le había soltado de golpe.
Era como si de un tiempo a esa parte solo tuviera ojos para lo malo que tenía su marido.
Estaba aburrida de discutir, sabía que con cada reproche provocaba una pelea totalmente evitable y, aun así, las palabras se le escapaban solas; no podía contenerlas.
Casi todo lo que un día le había gustado de Jaime parecía ser cosa del pasado y lo poco que pudiera quedar le resultaba imposible de apreciar.
—Olga, tía… a veces pienso que te doy asco. Te lo juro».
Ese día el test de embarazo dio negativo, y Olga rompió a llorar de alivio. Un alivio amargo.