Capítulo 15
Lola terminó de atarse los cordones de las zapatillas y levantó la mirada hacia Ester, por enésima vez, sin que esta se diera cuenta.
Lola podía, paradójicamente, escuchar el silencio que emanaba de Ester.
Solía ser, aunque discreta, parlanchina y dicharachera.
Siempre saludaba y se despedía de todas las chicas que pasaban por el vestuario, te sonreía si tu mirada se cruzaba con la suya o te hacía algún gesto divertido cuando pegaba la oreja a una conversación que no le correspondía.
Pero ese día, ni aun buscándola, te encontrabas su mirada, ni los «holas» y «adioses» encontraban respuesta en ella. Lola esperó a que se vaciara el vestuario.
Le había cogido cariño a esa chica joven, dulce y divertida, con la que, a pesar de la diferencia de edad, congeniaba mucho. A menudo tenía cosas curiosas que contar y opiniones interesantes sobre diversos temas.
—Ey, Ester. ¿Tienes prisa hoy? —le preguntó Lola cuando se quedaron casi solas.
—No —le contestó saliendo de su burbuja—. ¿Por?
—Por si nos tomamos un algo rápido —deliberadamente Lola simulaba no percatarse del bajón que llevaba Ester.
No quería ponerla en un compromiso, pero quería darle el espacio de poder desahogarse si lo necesitaba—.
Es que he tenido un día tan intenso hoy que me vendría bien bajar revoluciones antes de ir a casa…
Pero si no puedes no pasa nada, ¿eh? Otro día.
— Ehhh … bueno, vale —le contestó Ester—. Total, Álvaro aún no habrá llegado y, de todas maneras, tengo la cena medio hecha ya.
Con un Aquarius y un Nestea de por medio, Ester no tardó en contarle, entre lágrimas, el motivo de su tristeza.
Álvaro y ella habían decidido que ya estaban en un punto de sus vidas en el que un embarazo sería bienvenido, lo cual ocurrió pronto y sin dificultad.
Pero al acudir a la ginecóloga descubrieron que solo había un saco, sin embrión.
—Yo sé que es una tontería, que le pasa a muchas mujeres, que yo lo único que tuve fue un test de embarazo con un positivo, que soy joven y que no he tenido ningún problema para quedarme. Ya me lo han dicho hasta la saciedad —decía Ester, como excusándose por estar tan afligida.
—¡Ay, de verdad! Qué manía tiene la gente.
Perdona por quien te lo haya dicho —le contestó Lola—, pero eso son frases de mierda —añadió.
Ester levantó la mirada del vaso para atender a lo que Lola estaba por decir—.
Se dirán con buena intención, qué duda cabe, pero no hacen ningún bien.
Tu dolor es bien real, y tu duelo no es por una rayita en un plástico, sino por todos los planes e ilusiones que tu marido y tú teníais en la cabeza y que ya no serán.
Así que, sí, tienes todo el derecho a sentirte triste el tiempo que tú necesites.
Ester alargó sus manos por encima de la mesa para tomar las de Lola, y se las aferró en señal de cariño y agradecimiento.
—Gracias por tus palabras —dijo Ester, ofreciendo una sonrisa triste.
—¿Quieres oír una historia? —preguntó Lola a Ester, quien afirmó con la cabeza—.
Yo tuve un episodio de mi vida doloroso, dolorosísimo.
Si te digo que casi pierdo la vida, me quedo corta; la perdí del todo, y estuve en un pozo hondo mucho tiempo hasta que la recuperé —admitió.
Ester se sorprendió con el relato—. En ese tiempo, pocas personas estuvieron a mi lado.
Y no creo que el resto lo hicieran por malicia o porque no me quisieran.
Simplemente creo que las personas se encuentran incómodas con el sufrimiento ajeno.
Si estás triste, te quieren animar; si estás enfadado, te quieren serenar; si estás nervioso, te quieren calmar. Y si no pueden, entonces se alejan.
—Cien por cien —contestó Ester, que había escuchado a Lola sin perder detalle—. Tendemos a censurar las emociones desagradables, es verdad —reflexionó—. Qué bien sientas, Lola.