Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 14
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Capítulo 14

—Oye, ¿tú tienes una hermana que se llama Inés? —le preguntó Olga a Matías, aprovechando el silencio que se había hecho mientras Cecilio abría el Pictolín que se había ganado.

—Sí… —respondió Matías, descolocado con esa pregunta en ese momento—. ¿La conoces?

—¡Ya decía yo que me sonaba tu cara! No mucho, pero somos de la misma quinta y coincidíamos en nuestra juventud en los mismos antros —contestó Olga.

—Sí, es que mi hermana siempre ha sido bastante macarra —contestó Matías, sonriendo.

Ester, a quien no pudo más la intriga, intervino:

—Una cosa: ¿estamos pasando por alto que el señor —dijo, señalando a Cecilio— sabe por qué estamos aquí y nosotros no?

Lola tomó la palabra:

—¡Venga, basta de cháchara! Ester tiene razón. Cecilio: cuéntales qué cosa chula vamos a hacer.

—Yo no voy a hacer nada —contestó Cecilio.

—Veréis que en el fondo no es tan cenizo como parece —les dijo Lola a los demás.

—Teatro —cedió Cecilio.

—¡Teatro! —gritaron al unísono Olga y Ester, si bien la primera con curiosidad e ilusión y la segunda con incomodidad y casi espanto.

—Como ya sabéis —comenzó a contar Lola— hace ya muchos años que formo parte del grupo de teatro del pueblo.

Pues bien: desde hace un tiempo he estado escribiendo una obrita, y sería una ilusión enorme poder dirigirla…

bueno… mientras la salud me lo siga permitiendo —Silencio incómodo—. Todos a la vez no, por favor.

—Lo siento… —reaccionó Ester—. Yo… yo no he hecho teatro en mi vida, ni creo que me pudiera poner delante de público.

—¡Ah! Pero es algo muy sencillo —dijo Lola—.

Para representarlo en la residencia de ancianos en la semana cultural.

¿Qué os parece? Sin grandes pretensiones.

Es que llevo un tiempo pensando en dejar algo que me sobreviva, que perdure cuando yo ya no esté.

Algo tenemos que idear los que no hemos tenido hijos.

—Tía. Sabes que yo lo tengo complicado. Salgo tarde de trabajar, ya veo muy poco a los nenes. No le puedo poner aún más carga a Lucía —se excusó Matías.

—La verdad es que a mí también me reclaman en casa. Suficiente me echa en cara mi marido las muchas ocupaciones que tengo y el poco tiempo que le dedico a él. Puf, me da bajón nada más de pensar en su reacción —confesó Olga.

Cecilio la miró de reojo.

Lola, con el semblante decepcionado, perdió la vista en el vacío, mordiéndose el labio inferior y pensando.

Tenía claro que Cecilio iba a poner pegas, pero había confiado en que, si accedían los demás, él sentiría la presión suficiente como para avenirse a participar.

También contaba con que Ester no aceptase a la primera de cambio, pues no tenía un carácter muy echado para adelante, pero, por el mismo motivo, pensaba que no le costaría convencerla con súplicas, ánimos y sentido del humor.

Lo que no se había esperado eran las negativas de Olga y Matías.

No lograba adivinar si Olga había dicho la verdad o inventado una excusa.

Lo de su sobrino sabía que era cierto, y convencerlo pasaba por ofrecerle una solución.

La cabeza de Lola iba a toda velocidad conforme trataba de encontrar la manera cuando sonó su móvil.

—Lo siento, tengo que contestar. —Y subió por las escaleras para atender la llamada, dejando a los cuatro desconocidos solos en su sótano.

Olga rompió el silencio al dirigirse a Matías:

—Oye, que yo no era macarra, ¿eh? —Fingió cara de indignación—. Pero si lo que había en el pueblo en aquella época eran antros, qué podíamos hacer… A ver por dónde salías tú.

—Yo salía poco —contestó Matías—. Éramos más de pizzas en casa y juegos de mesa.

— ¡Ayyy! Me encantan los juegos de mesa —intervino Ester tímidamente.

—Uy, uy, uy, a mí no. O sea, sí, pero sacan mi lado chungo competitivo y, en vez de divertirme, estoy en tensión todo el rato —explicó Olga.

De repente, Cecilio intervino:

—Mi mujer y yo jugábamos mucho al parchís en el Ipad.

—¡En el iPad! ¡Qué modernos! —exclamó Matías, sorprendido.

—A mi mujer le encantaban todos esos chismes; cómo los manejaba… —dijo Cecilio, orgulloso.

Ester aprovechó que Cecilio parecía tener algo de intención comunicativa.

—Oye, ¿y puedo preguntarte cómo has sabido lo del teatro?

—El cementerio, que da para mucho —contestó Cecilio, para extrañeza del resto.

Comenzaron, de esta forma, a charlar entre ellos. Intercambiaron sus nombres, cosa que Lola no se había molestado en hacer, y no teniendo mayor tema en común que ella, pronto la conversación derivó en de dónde, cómo y por qué se conocían.

—Yo la conocí hace… —Olga desvió la mirada para echar la cuenta— pufff , ¡cuatro años ya! Madre mía, nunca me había parado a pensarlo.

»Mi madre tiene Alzheimer —relató Olga— y, cuando empeoró su estado, nos asignaron a una enfermera, Lola, que venía todos los miércoles a casa.

»Uno de esos días se quedó trabajando fuera de su turno para ayudarme con ella porque se había cagado tanto la pobre que se llenó toooda de mierda y fue un caos.

En compensación, cuando terminamos, se autoinvitó a un café —expuso, y Matías sonrió al reconocer perfectamente a su tía en ese gesto— y, hasta hoy, cada miércoles, nos tomamos uno. Y si puede ser con toña, mejor.

—¡Uy! ¡Toña! Con razón te la has ganado —rio Matías—. A mi tía le flipa.

—Y a ti también, si eres el sobrino que yo creo que eres —contestó Olga.

—Debo de serlo —contestó Matías—. Pero, vaya, no sabía yo que era famoso.

—Un poco —intervino Ester, sonriendo.

— Eeehhh , ¿en serio? ¿Qué os ha contado de mí, a ver, a ver?

—Pues que eres casi como un hijo —intervino Cecilio en contestación—. Tu tía te adora.

—La adoración es mutua —reconoció sin problemas Matías—. Aunque me siento un poco intimidado ahora mismo —bromeó—. ¿Y tú, Ester? Porque no logro cuadrar la diferencia de edad…

—A ver… ¿Tú tía qué tiene? ¿Cincuenta y…?

—Y seis —respondió Matías.

—Pues como veinte años nos llevaremos —contestó Ester tras echar unos cálculos rápidos—.

Pero yo ni lo noto. Nos conocimos en el gimnasio hace unos tres años, justo antes de la pandemia.

Y, quieras o no, tanto coincidir en los vestuarios, la charreta cuando nos quedábamos solas…

, vas cogiendo confianza, que si luego las cenas de navidad, que si empiezas a quedarte a tomarte un refresco al terminar…

Y cuando te das cuenta le estás compartiendo más cosas que a amigas de toda la vida.

—A este comentario hubo un asentimiento general.

Nadie verbalizó, pero no hizo falta para que quedara de manifiesto, que Lola era confidente de todos ellos, sin que ni ellos mismos (salvo, claro, Matías) pudieran explicarse muy bien cómo ni por qué.

Por algún motivo, con Lola te sentías cómodo y seguro, aun mostrándote vulnerable.

Existen unas pocas personas que reúnen esa combinación perfecta: ser capaz de escuchar lo que se dice e intuir lo que no; hacer sentir al otro que no está siendo juzgado; saber cuándo opinar, y hacerlo de forma cariñosa y amable; empatizar y equilibrar lo emocional con lo racional; derrochar sentido común.

—¿Y eso del cementerio? —preguntó Olga. Los tres miraron a Cecilio.

—A ver cómo lo explico sin que suene siniestro. ¿Habéis visto la serie After Life ? —preguntó Cecilio.

—¡Ya sé quién eres! —exclamó Matías—. ¡El señor del banco! Te tengo que agradecer que mi padre esté tan visitado.

—Me pierdo —dijo Olga.

—Y yo —añadió Ester—. Pero sí que he visto After Life . O sea que Lola y tú sois el protagonista y la señora con la que habla en el banco del cementerio.

—Precisamente —contestó Cecilio.

—Pero ¿y tu padre qué pinta en esto? —le preguntó Olga a Matías.

—Mi padre, el hermano mayor de Lola, está enterrado justo al lado de… —Matías miró a Cecilio y dejó la frase inconclusa—. Disculpa, es reciente lo tuyo…

—Al lado de Ana, sí. —Cecilio completó la frase—. Así conocí a Lola.

Se hizo el silencio y, por unos segundos, todos desviaron las miradas. Hasta que Olga se decidió a romperlo:

—Entonces… ¿tu padre es Carlos? ¡Claro! —ató cabos Olga—. Con razón te adora. Si piensa de ti solo la mitad de bien que de su hermano, ya es mucha admiración la que te tiene…

Pasado un buen rato, Lola se unió al grupo de nuevo, con un semblante y una gravedad en su voz poco habituales en ella, que cortaron la charla desenfadada en la que estaban metidos el resto.

—Os agradezco infinitamente que hayáis venido.

Lo siento. Tenemos que dejarlo por hoy. Solo os pido, os suplico, por favor, por favor, que accedáis a venir una vez más.

Solo una vez más —terminó de pedir, con las palmas de ambas manos juntas y los dedos en los labios en señal tanto de «por favor» como de «perdón».

Matías se quedó un poco rezagado con la intención de interrogar a su tía, preocupado. Lola se dio perfecta cuenta y, antes de que este pudiera decir nada, ella se adelantó para no dar pie a hablar en ese momento:

—Chist, calladito. Átate el cordón y tira para arriba.