Capítulo 13
Matías estaba viendo que otro miércoles más no iba a poder quedar con su tía y se estaba poniendo de mala hostia por momentos.
—Si esto va a ser tuyo, lo que no puedes pretender es irte a tu hora como un trabajador cualquiera —le espetó la madre de Matías a este.
—Cuando hay algo que hacer claro que no. Pero echar horas por echar, como si no hubiera vida fuera del trabajo… —contestó Matías, enfadado.
—Siempre hay algo que hacer —replicó Beatriz.
—Pues no veas entonces la trampa, ¿no? Siempre hay una excusa para no salir a una hora decente —reflexionó Matías con hastío.
—Estar todo el día pensando en salir no es como se saca un negocio adelante.
—Pero ¿quién ha dicho que yo piense eso y menos todo el día? —contestó Matías, indignado—. ¿Y qué quieres exactamente que hagamos ahora que no podamos hacer mañana?
—Sácame un listado de clientes y… —Lo que Matías siguió escuchando fue blablablá.
Ya no se molestó en preguntar para qué ni en poner de manifiesto que eso no urgía, ni mucho menos cogió la puerta y se fue, que era lo que de verdad él habría querido. Cada vez que se sentía cobarde con su madre, también se sentía un poquito más miserable.
Se metió al baño a mandarle un wasap a su tía para decirle que ese día tampoco podría ir a caminar con ella.
Porque ya lo único que le faltaba era que su madre le pillase dándole explicaciones a su tía.
Si ya le jodía que Matías tuviese la cabeza en otra parte cuando estaba en el trabajo, si hubiera sabido que era por quedar con Lola habría hecho algo para que se quedaran allí hasta medianoche.
La animadversión entre las cuñadas era recíproca.
Beatriz siempre culparía a Lola de que Carlos se divorciase de ella.
Cosa por otra parte esperable, porque si Beatriz era incapaz de reconocer un error de normal, no iba a reconocer que su marido se alejase de ella por ella misma: evidentemente, había habido una mano negra, la de Lola, que había malmetido.
—Vale, pues ya está, todo claro. Si luego todo lo demás te saliera igual que esto qué maravilla, ¿eh?
—¿Qué es «todo lo demás» que no me sale bien? —preguntó Matías.
Beatriz tenía el poder de desquiciar a Matías. Y lo sabía y lo saboreaba. Y Matías se abofetearía a sí mismo cada vez que entraba al trapo con su madre. No había forma humana de lograr un halago de esa boca.
—¡Uy! ¿Quieres que apunte en una libreta todas las veces que te equivocas? —lo retó su madre.
—Mañana nos vemos —dijo, ignorando el comentario, al tiempo que salía por la puerta.
Matías cogió sus cosas y se fue a casa, con los ojos encristalados de furia.
Y, a la vez, repasando en su cabeza todos sus últimos errores cometidos.
Sentía una presión brutal en el cuello y en las cervicales.
Menos mal que ya llegaba a casa. Menos mal que allí tenía a Lucía y a los niños, que eran su hogar y su refugio.
Entró por la puerta y se encontró con que Lucía salía de la habitación de los niños, a los que acababa de acostar.
—¿Qué ha pasado, cari? —le preguntó su mujer mientras se acercaba a darle un beso.
—Mi madre… Estoy hasta los cojones, de verdad. Ven, dame un abrazo porfa. —Y se fundieron en uno largo y apretado.
—Matías, tienes que hacer algo con eso. No puedes estar así… —le dijo su mujer muy suavemente, sabiendo que era un tema muy delicado, por el que ya habían discutido muchas veces.
—No es fácil…
—Ya lo sé, ya. Pero la mitad de días no llegas a acostarlos…
—Luchi, joder. Lo que menos necesito es que tú vengas a reprocharme ahora —contestó Matías, decepcionado.
Lucía puso cara seria y se giró sin decir nada, camino de la cocina. Matías, por supuesto, sabía que aquello no había sido un reproche. Cómo le jodía en el alma cagarla con Lucía por haber discutido con su madre.
Sentía como si tuviera una pelota situada entre las costillas que no le permitía coger todo el aire que necesitaba.
Inspiraba lo más profundo que podía y era totalmente infructuoso, porque el aire no pasaba de ahí.
Entró al baño y se puso a llorar; así, al menos, logró que la pelota se hiciera más pequeña.
Después de un buen rato se encontró algo mejor, con más espacio en el pecho, aunque con la cabeza embotada.
Cuando entró a la cocina Lucía ya había terminado de cenar y estaba recogiendo los platos. Matías se acercó y la abrazó, y su mujer le devolvió el abrazo, cariñosa y cercana. Mientras estaban abrazados Matías le susurró un «lo siento» y Lucía le devolvió un beso en la mejilla.
«Al menos —pensó Matías— mañana ya es jueves».
En momentos de reflexión, Matías se preguntaba cómo se había convertido en una de esas personas que están toda la semana deseando que llegue el viernes; todo el año deseando que lleguen las vacaciones; a la vuelta de las vacaciones, cogiendo el calendario para ver el próximo puente; y amargado los domingos desde el momento de abrir los ojos por la mañana.
Por suerte, su mujer y sus hijos, sus amigos y sus aficiones eran los que hacían que su vida valiese la pena; por eso, le dolía especialmente que el trabajo desplazara alguna otra esfera.
Cuando, como ese día, no quedaba con su tía ni llegaba a acostar a sus hijos.
Como cuando les había dicho a sus amigos de pádel que se buscaran a otro porque él no se podía comprometer a llegar a tiempo todos los martes.
Como cuando había dejado la academia de inglés porque no encontraba hueco.
—Me siento absorbido, tía. Absorbido y amargado. Es un monstruo gigante que está comiendo cada vez más terreno. Es horrible la sensación de que cada vez ocupe una porción más grande de tu vida lo que más te amarga —se desahogaba Matías con Lola.
—Lo siento, Matías. De verdad que lo siento —Lola no sabía qué más decir que no hubiera dicho ya. Aunque no podía dejar de intentarlo—: Hay más vida ahí fuera.
—Ya, pero si me voy yo ¿quién se va a quedar? ¿mi hermana? ¿mis primos? —se lamentaba Matías—. ¿O cerramos y se quedan todas las familias en la calle?
—Y ¿por qué razón iba a ser tuya esa responsabilidad? —le preguntaba Lola, tratando de hacerlo reflexionar.
—Mi madre tendrá sus muchas cosas, pero siempre ha llevado bien la empresa y la ha hecho crecer.
Y, sinceramente, que se vaya a cerrar cuando se jubile porque yo no sea capaz de soportar su carácter de mierda nos lleva a lo mismo.
Todas las familias de los trabajadores, los clientes que cuentan con nosotros…
, todos van a verse afectados porque yo soy un cobarde de mierda incapaz de coger el toro por los cuernos —dijo Matías, más enfadado con él mismo que otra cosa.
—¡Qué cerril eres a veces, hijo! —le espetó Lola a su sobrino.
Matías fantaseaba con que todo terminara pero sin que fuera su responsabilidad.
Sentía alivio al imaginar que su madre se enfadaba con él y lo despedía; que el sector entraba en crisis y la empresa quebraba; o que iba tan bien que venía otra más grande y la compraba y se hacía cargo…
E incluso, más allá de todo eso, sentía que se quitaría un enorme peso de encima si su madre se muriera.
Y no tenía problema en reconocerse a sí mismo su deseo de que las tornas se hubiesen cambiado, que la que hubiera muerto en un accidente de tráfico hubiera sido ella.
Se planteaba, incluso, si la echaría algo de menos, si la lloraría…
De lo que sí estaba convencido era de que, incluso aunque llegase a sentir pena, el alivio sería infinitamente mayor.
Lola, por mucho que se la llevaran los demonios, era muy compasiva con su sobrino, porque había estado en la infancia de Matías y sabía cómo y de dónde y por qué venían sus traumas y sus fantasmas.
Infancia de Matías. 1991
—¡ Wooow , Mati! Enhorabuena, cariño —felicitó Lola a un sonriente y exultante Matías mientras le devolvía el boletín de notas—. Estarás orgulloso.
—Bueno, tanto como «orgulloso» —intervino su madre. Matías y Lola la miraron, algo sorprendidos, porque Beatriz ya había visto las notas y no había hecho ningún comentario.
—Pues claro que orgulloso —contestó Lola, a quien le hacía falta poco para encararse a su cuñada.
—A mí me parece que poner el rasero tan bajo solo va a hacer que aspire a ser un mediocre en su vida. —Beatriz jamás tenía problema en hablar de su hijo, con este delante, como si no lo estuviera.
—Pues a mí me parece que conseguir aprobar una asignatura que se te resistía, a base de esfuerzo y constancia, es admirable y una gran cualidad para la vida —defendió Lola a su sobrino.
Lola se estaba metiendo en un berenjenal con su cuñada, pero no podía permitir que Matías escuchase esas barbaridades sobre sí mismo y que asumiese que eran verdad.
—Pues parece ser que no habrá habido ni el suficiente esfuerzo ni la suficiente constancia, ¿no crees? Porque no deja de haber sacado un suficiente. Vamos, o eso o lo que no hay es la suficiente inteligencia…
Matías contemplaba la escena, alternando la mirada entre las dos.
—Pues según lo veo yo…
—Bueno, tampoco importa lo que tú veas porque no es tu hijo, ¿no? —la interrumpió Beatriz con una sonrisa de autosuficiencia.
—¡Lola! —Matías, Lola y Beatriz se sobresaltaron al escuchar a Carlos—. Salid afuera un rato, que ahora mismo se hará de noche —dijo el hermano de Lola, aparentando serenidad pero con una tremenda cara de enfado contenido.
Lola y Matías salieron a la calle, pero Matías se quedó sentado en la acera, apoyado en la fachada, con cara de preocupación. Lola tomó asiento a su lado y le pasó el brazo por encima. Su sobrino se recostó contra su pecho.
—¿Sabes? Yo siempre suspendía historia en el colegio —le contó Lola a su sobrino.
—¿En serio? —contestó Matías con visible alivio.
—¡Claro! Me era imposible memorizar tantos nombres de reyes, tantas fechas, tantas batallas…
¡ Ufff ! ¡Qué horror! Y no pasó absolutamente nada— confesó Lola.
Matías la atendía—. Porque no hay nadie a quien se le dé todo bien —y añadió, susurrándole al oído—: ni siquiera a tu madre. —Le guiñó un ojo.
—Mamá y papá discuten muchas veces por mi culpa —dijo Matías al cabo de un poco.
—No es por tu culpa, cielo. Los niños nunca sois responsables de lo que hacen los adultos. Nunca.
—Pero ¡es que siempre discuten por mí! —se lamentó Matías—. Nunca discuten por Inés.