Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 12
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Capítulo 12

—Pero ¿quién es tan friki de tener descargada la app de la RAE? —rio Jaime, buscando en los demás una complicidad que no encontró.

—Pues no veo qué tiene de malo —contestó Jana, la amiga de Olga, tratando de disfrazar la molestia con indiferencia.

—Lo que sí es malo es burlarse de la gente que tiene intereses diferentes a los tuyos —cortó Olga, tajante, a su marido.

—Bueno, bueno… ya salió la fiera —siguió riendo Jaime.

La cara de Olga mutó: apretó los labios, las fosas nasales se le abrieron. Su respiración se aceleró y sintió que le hervía la sangre.

—Chicos, ya está bien por hoy, nos vamos —dijo Olga a sus amigos al tiempo que recogía rápidamente sus cosas. Miró a Jana y le lanzó un «lo siento» sin voz.

—¿Nos vamos? ¿por lo que he dicho? ¿en serio? Yo flipo —dijo Jaime con sorpresa mientras se levantaba de la silla—. ¿Vosotros lo veis normal? —preguntó a los amigos de Olga, la cual ya estaba casi llegando al coche. Ellos desviaron la mirada.

Cuando Jaime entró en el coche en el que Olga lo esperaba, se quitó lentamente la mascarilla, la guardó con cuidado en su funda y le dijo:

—Tú cada vez estás peor de la cabeza, Olga.

—¿Yo estoy peor de la cabeza? Lo que pasa es que tú cada vez eres más… imbécil.

—¿Por hacer una broma?

—Mis amigos ya conocen tus bromas de mierda, por desgracia para ellos —le espetó con desprecio—. ¡Te juro que como me vuelvas a decir «fiera»…! —gritó Olga.

—¿Es eso? ¿Porque te he dicho «fiera»? Vaya tela. Me parece increíble. ¿No lo ves un poquito desproporcionado? —dijo Jaime con toda la tranquilidad del mundo.

Para Olga, «fiera» no era solo una palabra.

Y Jaime lo sabía. Y Olga sabía que Jaime lo sabía.

Olga se negó a explicarle a Jaime que, escoger justo esa, de entre todas las palabras que podría haber usado, era jugar sucio.

Era usar el adjetivo que solo él sabía que la ponía en el disparador para que su reacción pareciese desproporcionada y quedase, efectivamente, como una histérica.

Ya habían discutido mil veces por esa palabra, porque «fiera» es lo que Jaime le decía cada vez que quería ridiculizar o coartar a Olga. Claro que él nunca lo reconocería.

«-Jaime, ese comentario que acabas de hacer está fuera de lugar y además es muy machista.

- Cuidao , que ya está la fiera feminista».

O

«-Jaime, ¡que te he dicho que no! ¡que no quiero!

- Vaaale , fiera, tranquila».

O

«- Shhh , que no os oiga mi mujer diciendo eso que se pone hecha una fiera».

La manipulación era flagrante. Y Olga no dijo nada, porque en eso consistía: si le daba toda esa explicación iba a quedar aún más como una loca. Apretó la mandíbula de la impotencia. Bajó del coche y se fue andando.

Casa de los padres de Olga. 2020

—Un café con leche por aquí… y una manzanilla por allá —dijo Olga mientras colocaba en la mesa de la cocina de sus padres sendas tazas para ella y para Lola.

—¡Qué ratico más bueno! Mira que me levanto yo contenta los miércoles sabiendo que nos toca café con charreta —dijo, risueña y sincera, Lola.

—Ay, sí que es verdad. Tendría el mundo que pararse en estos ratos… —En la frase de Olga había un regusto a queja.

—¿Todo bien? —preguntó Lola.

—Sin entrar en detalles, bien —contestó Olga con una media sonrisa.

—¿Y entrando en detalles? —inquirió Lola—. Si te apetece entrar en detalles.

—No, si no es nada. Más de lo mismo. Discutí con Jaime el sábado y aún arrastro el cabreo. Pero, en fin, que ya estamos bien… Bueno, no del todo, pero lo estaremos. Es solo que no entiendo qué necesidad tiene a veces la gente de ser hiriente con gente a la que quiere.

—Siento escuchar eso —dijo Lola, comprensiva—. ¿Discutís mucho?

— Pfff… pues no sé, supongo que como todo el mundo. Pero luego tiene sus cosas muy buenas. Nadie es perfecto.

—No, eso desde luego —contestó Lola—. Alguna debe de tener, a juzgar por cómo habla tu padre de él. Siempre está «esto se lo digo a mi yerno y lo arregla», «seguro que mi yerno esto lo sabe», «lo hablo con mi yerno y él se entera»…

—Ya… —contestó Olga con semblante reflexivo— mi padre lo adora.

Y es verdad que Jaime se porta increíble con él.

Bueno, con todos nosotros. Es de familia de pasta, ¿sabes?

Dinero y contactos, lo típico… Y, sin pedirlo nunca y mucho menos reprocharlo, se gastaron lo que hizo falta para ayudarnos a acondicionar la casa: la cama articulada, la grúa, la silla de ruedas…

Y luego cambiamos todas las puertas para que fuesen más grandes, la rampa de la entrada la tuvimos que hacer, reformamos el baño porque antes tenía bañera…

—Sí, parece muy generoso.

—Mucho. Mis padres no tenían dinero para todo eso y yo tenía, pero no suficiente.

Y mi hermano, bueno, sin comentarios… —terminó de explicar Olga—.

Además, que se desvive con mi padre. Siempre está atento a sus necesidades, le trae detalles, le da conversación.

La verdad es que me encanta verlos juntos.

—¡Pues ya lo tienes, entonces! Te pones una careta de tu padre y así no discutís más —bromeó Lola—. ¿Y tú con tus suegros te llevas igual de bien?

—¡Sí! Muy bien. Mis suegros siempre me han tratado como a una hija más.

¿No ves que Jaime y yo empezamos muy jovencicos?

De hecho, yo estudié la carrera lejos de casa y, durante todo el tiempo, estuve viviendo en un piso que tenían ellos allí, que podrían haber tenido alquilado perfectamente…

Y cuando vamos a verlos se alegran muchísimo.

Nos lo pasamos muy bien. —contó Olga con una sonrisa melancólica.

Tras unos segundos de silencio dijo:

—Bueno, ¿y tú qué? ¿qué planes tienes para hoy?

—Pues, en teoría, los miércoles me voy a caminar con mi sobrino; nos movemos, nos da el aire y nos ponemos al día. Pero hoy aún no me ha dicho nada, así que no sé.