Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 11
17%

Capítulo 11

—La obra con la que estoy es infumable. Mira que me gusta el teatro, pero esta manera de estudiarlo hace que lo aborrezca —le decía Ester a Álvaro por teléfono.

Ester había sido una de esas personas que estudia la carrera convencida de lo que quiere.

Muchos de sus amigos y amigas habían optado por carreras con fama de fáciles, por carreras con salidas, por carreras con prestigio…

En su círculo no cabía otra opción prácticamente que no fuera estudiar en la universidad (no cabía, en realidad, nada que se alejara de unos ciertos estándares).

El propio Álvaro había elegido Derecho por unas expectativas futuras, no porque la carrera en sí le apasionase.

Se conocieron al poco de empezar la carrera, en una típica fiesta universitaria: una macrofiesta que se celebraba en un parking junto a la universidad, con música, infinidad de jóvenes, barreños de sangría, neveras de playa llenas de cervezas y cero urinarios a la vista.

Ester estaba con sus amigas, bebiendo y charlando. Pronto se desmadró todo. No tenía claro qué llevaba esa sangría porque con dos vasos ya empezaba a sentir la cabeza algo turbia; su risa, fácil; y su personalidad empezaba a mutar a una no común pero muy divertida extroversión.

Ester, tan moderada, supo parar ahí y pasarse a tiempo al agua.

Lo cual le dio la oportunidad de contemplar aquel espectáculo que, para unos ojos sobrios, era dantesco.

Sus amigas fueron absorbidas por la masa de gente.

A una la pilló vomitando entre unos setos, aunque muy mal no estaría porque al rato la volvió a encontrar con un vaso en la mano.

A otra se la encontró meando entre dos coches, apoyada en ellos para mantener el equilibrio, mojándose los pies y enseñando el culo a todo el que pasara por allí.

A una tercera la vio liándose con uno. A otra más, bailando encima de una tarima improvisada.

Ester se sentó en un bordillo, se encendió un cigarro y siguió observando con fascinación el show , mientras pensaba ya en la retirada. De repente, un chico alto, apuesto, de mandíbula marcada, con pelazo, bien vestido, se sentó a su lado.

—¿Me das fuego? —le pidió Álvaro mientras le sonreía. Ester rebuscó en su bolso y le tendió el mechero—. ¡Gracias! —le dijo él, encendiéndose el cigarro. Ella se lo devolvió, pero permaneció allí sentado—. ¿Tu primera vez?

—¿En una de estas? Sí. —Echó un vistazo a su alrededor y añadió—: Mucha tela, ¿no? Mira que yo soy la primera a la que le gusta salir de fiesta, pero esto es otro nivel.

—Si te vieras la cara… —le comentó Álvaro, riendo, achinando los ojos.

—Pero estoy entretenidísima —contestó Ester.

—¿No bebes? —preguntó, con curiosidad, Álvaro.

—He empezado bebiendo eso que llamáis «sangría».

A la segunda me he dado cuenta de que llevaba por lo menos matarratas.

—Se notaba que Ester aún estaba bajo sus efectos, puesto que, de lo contrario, no habría tenido la osadía de hablarle tan abiertamente y con esa seguridad a un chico como ese—. ¿Y tú?

—Yo hoy conduzco, así que nada de matarratas. — Álvaro rio—. ¡Joder!, ¿ves a aquellos dos que se están liando allí? —dijo, señalando en una dirección—. Él es colega mío, y estaba vomitando hace diez minutos.

— Diooos , qué asco —dijo Ester mientras hacía una mueca entre la risa y el asco—. ¿Ese? ¿El de la camisa azul y los chinos beige ? —preguntó. Álvaro asintió—. Pues si no me equivoco, y no me equivoco, ella se estaba liando con otro hará como media hora. —Ambos rieron con la situación.

—Tenemos aquí nuestra pequeña Sodoma y Gomorra —dijo Álvaro. Ester sonrió para sus adentros con la referencia bíblica.

Pero no le dio tiempo a decir nada porque, de repente, Álvaro dijo «¡joder!» y se fue corriendo, dejándose el móvil, con la cartera y el paquete de tabaco encima, en el suelo, justo donde los había colocado al sentarse. Ester los cogió y se los metió en el bolso.

Álvaro había salido pitando al darse cuenta de que un amigo suyo se estaba peleando.

Ester quedó fascinada al ver su intervención: con el arrojo justo para meterse en medio; con la inteligencia suficiente para no involucrarse en la pelea; con la labia precisa para convencer al otro de que su amigo había bebido mucho y que no se preocupara que se lo llevaba ya de allí; con la fuerza y el carácter suficientes para lidiar con su amigo, que seguía envalentonado; y con la lealtad de meterlo al coche en contra de su voluntad.

Ester sintió que ya no pintaba nada en esa fiesta, pero no tuvo más remedio que quedarse porque no sabía cómo localizar a ese chico cuyas pertenencias custodiaba en su bolso, del que no sabía ni su nombre, con la esperanza de que tarde o temprano apareciese.

Lo hizo bastante tarde y, a modo de disculpa y agradecimiento, invitó a Ester a cenar una hamburguesa en el centro comercial de al lado.

Con ya nada de matarratas en su cuerpo, Ester pudo comprobar que la conexión que había percibido era real y, al parecer, recíproca.

—Me he llevado un buen susto —le comentaba Ester a Álvaro mientras comía poco a poco sus patatas—. No estoy yo acostumbrada a estas cosas. ¿Cómo está tu amigo?

—Bueno… lo he dejado durmiendo la mona. Mañana tendrá algún que otro morado. Por desgracia, no es la primera vez. Mi colega es de los que no sabe beber; con la segunda copa ya va volando. Y, encima, si hay algo más que alcohol pues peor.

—No fastidies, ¿sí? ¿Qué había consumido? —preguntó Ester, entre escandalizada y fascinada.

—Ni idea. A mí de todo lo que no sea alcohol me dejan al margen. No es mi rollo. Pero estaba claro que esa cara de desquiciado era por algo.

—Ay, ¡no me digas! Yo no he fumado ni un mísero porro en mi vida —confesó Ester.

— Ufff , tampoco te pierdes nada. Yo un par de veces solamente y no me gustó la sensación.

—Sonó una notificación y Álvaro consultó su móvil y soltó una carcajada.

Lo giró hacia Ester para enseñarle el SMS: « Kbrón, t visto pico y pala con 1 tía y lg has desaparcido.As triunfao o q? Stoy n MSN. Entra y m ctas».

—«Cuando esté en casa te aviso» —relató Álvaro en voz alta a la vez que escribía la respuesta—. «Me pillas cenando con ella». Ale, ya está, ya tienen cotilleo para rato.

Ester sintió mariposillas en el estómago.

Le vino a la cabeza el último medio noviete que había tenido que prácticamente renegaba de ella en público, a pesar de que en la intimidad parecieran novios de toda la vida.

Por lo que esa nula intención por esconderlo (más bien todo lo contrario) la hizo sentirse segura y contenta.

Terminó siendo una primera cita chulísima en la que congeniaron, hablaron sin parar, hilando unos temas con otros, rieron, e intercambiaron teléfonos y el Tuenti, como estaba mandado.

Su relación pasó, sin saltarse ninguna fase, por todas las que, para ellos, eran de rigor: unas cuantas citas; un mucho de tonteo por Messenger; las primeras fotos juntos en Tuenti; el primer beso; muchas más citas con muchos más besos y mucho magreo; una conversación sobre el «qué somos» y «a dónde vamos»; tras un tiempo prudencial, ni mucho ni poco, su primera vez, bonita y romántica para, por fin, pasar, poco después del medio año, a conocer a la familia.

En todo ese tiempo había conocido a Álvaro lo suficiente como para admirarlo y enamorarse hasta las trancas. Había visto que, al contrario que la mayoría de chicos de su edad, tenía la cabeza bien amueblada y las ideas claras sobre qué quería hacer con su vida.

Por su parte, Álvaro sintió que ambos buscaban lo mismo.

Ester le cayó como un regalo en medio de tanto caos de personas como había en su entorno y no le hizo falta nada para adorarla porque era, justamente, adorable.

Era culta, ocurrente, interesante, con sentido común.

No solo era buena persona sino que lo animaba a él a serlo, a sacar su mejor versión.

Le dio a Álvaro una motivación extra para ser ese gran abogado con que él soñaba en convertirse.

Le encantaba toda ella: su piel clara, sus mejillas sonrosadas, su cuerpo menudo. Le encantaba hacerla reír y ver cómo se formaban esos pequeños hoyuelos. Y le gustaba hacerla rabiar un poquito con su punto más débil.

Casa de Ester. 2018

—Dios mío, estoy reventado. Ayer andé como veinte mil pasos.

—¡Álvaro! Ya estamos.

—No pienso decir «anduve», ¡me niego!

—Pues entonces di «caminé», pero patadas al diccionario en esta pareja no, ¿eh? —contestó Ester, simulando indignación por enésima vez.

Todas sus amistades definían a Ester como una friki: le encantaban las curiosidades del castellano, las etimologías, disfrutaba con los comentarios de texto, tenía un enorme vocabulario y se interesaba por ampliarlo, le fascinaba la gramática y disfrutaba con todo tipo de literatura.

Álvaro solía reírse de ella porque, cuando se compraba un móvil nuevo, la primera app que se descargaba, después de WhatsApp, era la de la RAE.