Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 10
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Capítulo 10

Cecilio se giró conforme escuchó las pisadas de Lola.

Como venía siendo habitual desde el día en que se habían conocido, ella lo encontró ocupando el banco.

Según la vio venir, con su andar ligero, su cuerpo menudo, su sonrisa en la cara al verlo, Cecilio le devolvió la sonrisa y le hizo hueco en el banco en señal de bienvenida.

—Hoy te has retrasado —dijo él por todo saludo.

—Buenas tardes para ti también —respondió Lola. Se quitó la mochila que llevaba por bolso, tomó asiento y la colocó entre los dos antes de continuar hablando—: Y, oye, ni que tuviéramos la obligación de estar aquí.

—Bueno, yo al menos tengo una excusa. Lo tuyo es masoquismo —replicó Cecilio.

—¿Masoquismo? Perdona, lo mío es terapéutico, me enfrento a mi realidad.

—No, hasta el día en el que estés ahí dentro esa no va a ser tu realidad. Y eso ni tiene que ser pronto ni tiene que ser por este cáncer. Sin embargo, Ana sí está ahí dentro y de ahí no va a salir.

— Mmm —Lola quedó pensativa, escogiendo cuidadosamente las palabras—, ¿tú crees?

—¿No es mi realidad que mi mujer está en esa lápida?

—Sí, claro, eso es obvio. Pero ¿tú crees que el venir aquí es enfrentarte a tu realidad?

¿O huir de ella? Yo vengo aquí como forma de perderle miedo.

Estoy tratando de reconciliarme con mi destino —expuso Lola.

Cecilio abrió la boca para intervenir, pero ella levantó la mano para impedírselo y continuó—: Sí, sí, no digas nada.

Que vale, que puede ser que salga de esta y bla, bla.

Pero el caso es que lo que sí sabemos es que tu futuro inmediato no es este, tus próximos muchos años de vida no están en esa lápida.

Están en todo lo que dejas de hacer por estar aquí.

—¿Y qué se supone que tendría que hacer? ¿disfrutar de la vida? —preguntó Cecilio, irónico.

—La verdad es que esa pregunta me duele.

Cecilio reflexionó durante unos segundos.

—Lo siento —se lamentó mientras arrugaba levemente los ojos—. Ha estado fuera de lugar que lo diga.

Lola se perdió en sus reflexiones, como le sucedía a menudo.

Le gustaba escuchar a la gente como quien escucha tocar a una orquesta y trata de diferenciar cada instrumento por separado antes de dejarse llevar por el conjunto al completo.

Lola percibía lo que las personas decían al hablar, sí, pero también lo que expresaban con el cuerpo, con la mirada, con la voz, y también con lo que callaban.

Por ejemplo, las palabras concretas de Cecilio habían sido: «Ha estado fuera de lugar que lo diga ».

No se estaba arrepintiendo de lo que sentía, sino de exteriorizárselo a ella y del dolor que le podía causar haciéndolo.

Cuando comprendió eso, Lola se juzgó a sí misma por haber minimizado el sufrimiento de él solo porque el de ella era mayor.

«Bueno, ojo —reflexionó para sí—, era mayor… o no».

—¿Sabes de qué me acabo de dar cuenta? De que yo pienso que estoy en la peor de las posiciones posibles, porque ¿qué hay peor que esta incertidumbre que tengo yo ahora? Pero tú no estás de acuerdo —le dijo a Cecilio mientras lo miraba con curiosidad.

—Lola, no hagas que me meta en un jardín.

—No, hombre. Si me estoy tratando de disculpar. Todo este tiempo que llevamos hablando siempre he dado por hecho que yo estoy más jodida, y me he dado cuenta de que he estado minimizando tu dolor por compararlo con el mío.

—Tu cabeza no para, ¿eh? —dijo Cecilio, fascinado—.

Pero es que, Lola, tienes tu parte de razón…

¿Cómo crees que me siento al verme como la persona más desgraciada sobre la faz de la tierra cuando solo —hizo con los dedos el gesto de comillas— se ha muerto mi mujer?

Con todo lo que hay por ahí. Empezando por tu situación y siguiendo por cosas mucho más horribles.

Lo que me ha pasado a mí les pasa todos los días a infinitas personas, pero yo sigo pensando que da igual, que este dolor solo lo puede tener y entender quien tuvo a Ana como yo la tuve.

—Te entiendo. Ojalá pudiéramos pasar los sentimientos por el filtro de la razón, ¿verdad?

, pero es lo que hay. Juzgarte de esta manera por algo que tampoco es que puedas controlar solo te va a hundir más; y, aparte, es injusto.

Bastante tienes ya, como para sentirte mal por sentirte mal. Vamos, digo yo…

—Ya… Gracias, Lola —replicó Cecilio, que se quedó pensando en sus palabras.

—Un poquito de autocompasión no te vendría mal —continuó hablando ella—. Tengo una meditación que, si quieres, te la paso que…

—¡Lola! —le interrumpió Cecilio— que no pienso meditar, no insistas.

—Bueno, bueno. Ya te traeré al lado oscuro —contestó Lola, riéndose.

—¿Por qué te has retrasado hoy? —cambió Cecilio de tema.

—Tuvimos que cambiar el ensayo de teatro del otro día y lo pasamos a hoy.

—¡Teatro! Pero, bueno, Lola, ¡qué polifacética! —contestó Cecilio con un entusiasmo que sorprendió a Lola—. A Ana y a mí nos encantaba ir al teatro.

Cecilio y Ana iban a ver teatro cuanto podían.

A veces, sencillas representaciones en el pueblo y, otras, en el teatro principal de la capital.

¡Cómo disfrutaban planeando esas citas! Desde que salía la programación ya iban anotando todas las funciones que les interesaban.

Ana se encargaba de sacar los tickets y reservar el restaurante.

El día en cuestión, se arreglaban, iban con tiempo y daban un paseo por la ciudad, recorrían sus calles, cogidos del brazo, charlando sin prisas.

A buena hora iban al teatro y, al terminar, cenaban.

No hacían nada muy transgresor, lo justo para no oxidarse. Y para divertirse mucho juntos.

Cecilio y Ana habían sido un gran ejemplo de resiliencia.

Habían recibido uno de los palos más grandes que puede tener toda pareja que desea tener hijos, como era el hecho de descubrir que no iban a poder, y se habían sobrepuesto a ello.

Todo el amor, el tiempo, la dedicación, las ganas y la ilusión que no pudieron poner en sus hijos las pusieron el uno en el otro y, ambos, en su relación.

Aquellos fueron años muy duros, de muchas desilusiones, de muchas decepciones y de muchísimas lágrimas.

Por parte de los dos. Se habían casado jóvenes, con poco dinero, pero con mucho amor.

Ana trabajaba en una peluquería, y Cecilio como botones en un banco, gracias a los contactos de un tío suyo.

Pronto valoraron sus muchas cualidades, lo que lo hizo progresar rápidamente: a pesar de su juventud, era una persona formal, con la cabeza bien sentada, trabajador, observador, diligente y con don de gentes.

Esperaban, con ilusión, el momento en el que Ana se quedara embarazada.

Pero este no llegaba y no llegaba y seguía sin llegar.

Al principio, su madre, sus vecinas, las clientas de la peluquería y las madres de sus amigas la tranquilizaban, diciéndole que ya llegaría, que a veces no era tan rápido ni tan fácil.

Pero pasaron los meses, y con los meses pasaron los años.

Y ya la gente dejó de dar ánimos y esperanzas y dejó de preguntar.

Juventud de Cecilio. 1986

El día en el que, por fin, consultaron un especialista y les confirmaron que Ana nunca podría tener hijos, esta se vino abajo.

Al volver a casa de la consulta, se derrumbó en el sofá y lloró amargamente.

Cecilio se sentó a su lado y posó una mano sobre su espalda, respetando su espacio y sus lágrimas.

Ana levantó la cabeza, y con sus grandes ojos azules de largas pestañas, brillantes y rojos a causa de la llorera, lo miró y le dijo:

—Perdona. Lo siento, es mi culpa. Tú tenías una ilusión y yo… lo siento, lo siento… —Y volvió a empezar a llorar a mares, escondiendo su cara mientras no paraba de repetir las disculpas.

—Anita, ¡Ana! —Cecilio levantó la voz para sacarla del bucle—.

Te quiero —le dijo mientras apoyaba ambas manos en sus mejillas—.

Te quiero todo lo que se puede querer. Escúchame bien, mi vida: esto no cambia nada entre nosotros, no me debes nada, no me has fallado… Si alguien aquí te ha fallado soy yo.

—¿Cómo? No digas tonterías —le contestó ella, tranquilizándose algo.

—Si piensas que tengo algo que perdonarte, he fallado como marido. Si en todos estos años no he conseguido transmitirte que tú eres quien da sentido a mi vida, quien la completa, solo tú, sin necesidad de nada ni nadie más, es que he fallado.

—Lo dices para hacerme sentir bien…

—¿Para ti cambia algo entre nosotros ahora que sabemos que no podemos?

—No es «no podemos», es «no puedo».

—Bueno. A lo mejor en otras parejas es así. Nosotros somos un equipo, ¿o no? —preguntó Cecilio. Ana asintió levemente—. Lo que nos pasa, sea a ti o a mí, nos pasa a los dos. Este equipo ha recibido un duro revés, y este equipo, junto, se va a sobreponer.

»No quiero insultar a tu inteligencia diciéndote que en realidad me daba igual no tener hijos.

Quería teneros, sí, pero como una pata más de un proyecto de vida cuyo eje central eres tú.

Y ese proyecto de vida tiene muchas otras patas, y si nos ha fallado una nos apoyaremos en todas las demás —explicó.

Ana escuchaba a Cecilio pero no decía nada—.

Yo no quería tener hijos como ilusión de toda mi vida.

Quise tenerlos porque te conocí a ti, porque tú ibas a ser su madre.

»A ver si consigo expresarlo bien… Lo mejor de viajar contigo a París no es París, es ir contigo; lo mejor de ir a cenar al restaurante más lujoso no es el restaurante ni su comida, sino ir contigo; lo mejor de hacer el amor juntos no es el sexo sino que sea contigo.

Pues lo mejor de tener hijos contigo era el «contigo», mucho más que el tenerlos.

Lo que sea, que sea contigo. Si no, no lo quiero.

—Cariño… no te puedo querer más. No sé qué he hecho en esta vida para merecerte.

Superado aquel duelo, llegaron a barajar la idea de la adopción, pero familiares y amigos, con mejor intención que conocimiento, los desanimaron con desalentadoras historias sobre lo difícil, caro y duro que sería.

No se sintieron con fuerzas. Y terminaron por hacer justamente lo que Cecilio había dicho: apoyarse en las otras patas de su relación.

Banco del cementerio. Marzo de 2023

—¿Os encantaba el teatro? Qué casualidad —respondió Lola a Cecilio.

—Mucho. Yo conocí a Ana en el grupo de teatro del colegio, ¿sabes? Y luego fue una constante en nuestras vidas.

—A mí siempre me ha encantado el teatro, me trae tan buenos recuerdos. —Lola se perdió brevemente en sus pensamientos—. ¿Con qué obra estabais cuando os conocisteis?