Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 9
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Capítulo 9

—Como me apetece el Pictolín, y aunque, conociéndote, puede ser cualquier cosa, yo digo que… —Matías se tomó un par de segundos para pensar y dijo por decir— ¡que quieres jugar al Twister!

—Me voy —soltó Cecilio conforme escuchó eso.

—Que no, hombre, Cecilio, no te vayas. Que, obviamente —dijo mirando a Matías con fingida mala leche—, no os he hecho venir para jugar al Twister. —Se dirigió hacia él, lo tomó de la mano y lo acercó a una silla—. Ven, siéntate, porfa. No te vas a quedar ahí de pie como si estuvieras deseando irte.

—Es que estoy deseando irme —replicó Cecilio.

—Ya, ya. Pero tampoco hace falta que se note tanto.

Lo tenemos claro. ¿Lo tenéis claro? Cecilio manifiesta su más absoluto disgusto por estar aquí.

—A Cecilio se le escapó una media sonrisa mientras cedía a la presión de las manos de Lola en sus hombros y se dejaba sentar en una silla—.

Tú míranos con cara de desprecio si quieres, pero no te vayas.

—Nos vas a encomendar una misión por si al final te mueres —dijo Olga, intentando adivinar.

Lola estalló en una carcajada sincera, sorprendida con la ocurrencia y divertida por la franqueza.

Mientras que Ester abrió tanto los ojos y subió tanto las cejas, mirando a Olga, estupefacta ante tal osadía, que hizo que Olga se quedase parada, pensando en la cagada que posiblemente acababa de cometer. Lola se rio al ver su cara de pánico.

—Tranquila, Olga. Todos los que estáis aquí sois de absoluta confianza y estáis todos al tanto de lo del cáncer.

—Aun así, perdón. Ha sido una torpeza grandísima —se disculpó Olga, inusualmente seria. Y continuó, cambiando ya el tono—: Y perdón también porque no pretendía hacer humor negro. Pero conociendo esa cabecita loca que no para, no me extrañaría.

—Bueno, bueno… os vais calentando. Sí que podría considerarse una especie de misión… Pero no es por si me muero. De hecho, tiene que ser antes. Es una ilusión que siempre he querido cumplir. Y, viéndole las orejas al lobo, prefiero ponerme manos a la obra.

—Ahí, tía. Sin presiones —dijo Matías.

—Un poco a chantaje emocional sí que suena —añadió Olga.

—¿Insinuáis que estoy jugando la baza de que no os podéis negar a ayudarme sin quedar fatal? Pues sí, la estoy jugando —reconoció Lola.

—¿Nos necesitas a los cuatro? ¿Quieres conseguir algo que no puedes tú sola? ¿Es algo de construir, de idear, de ir, de ejecutar? —inquirió Ester, tratando de adivinar.

—Sí que os necesito a los cuatro. No lo puedo conseguir sola. Y, entre todas esas opciones… es algo de hacer —contestó Lola.

—Dios, ya lo sé. Y ni de coña, Lola. Conmigo no cuentes —dijo Cecilio.

Lola le lanzó una mirada divertida de falso reproche.

—¡Ya lo creo que cuento! Si alguien es imprescindible en esto —no os ofendáis los demás— eres tú. Necesito toda tu sabiduría y experiencia —respondió Lola, cameladora.

—Sabes perfectamente que no estoy en condiciones. Además, una cosa es estar a un lado —donde yo tengo esa gran sabiduría y experiencia al parecer irremplazables— y otra muy diferente es estar al otro, que es lo que me temo que pretendes —argumentó Cecilio.

—Son dos caras de la misma moneda. No me digas que nunca has ansiado pegar el salto, verlo todo desde la otra perspectiva.

Olga los miraba con curiosidad. Ester atendía, poniendo todo su esfuerzo en tratar de adivinar de qué hablaban. Matías escuchaba, paciente, disfrutando del rumbo que iba tomando la conversación.

—¿Podríamos dejar de hablar en clave? —imploró Ester.

Lola simuló darse por vencida con Cecilio, quien ya sabía de antemano que iba a ser el hueso más duro de roer, y le lanzó el Pictolín prometido. Él lo agarró al vuelo y ella se giró hacia los demás.