Capítulo 8
—Pero ¡¿cómo que tres o cuatro?! Detrás del uno, el dos; y detrás del dos, el tres.
Que verás tú cómo, con cada hijo, el tiempo de buscar el siguiente, ¡y las ganas!
, se vuelven más difíciles de encontrar.
—La señora que hablaba le guiñó el ojo al mencionar eso de «las ganas», mientras las otras, las que ya habían pasado por ahí, reían escandalosamente y asentían.
Había que ver lo que gustaban las bromas picantes a las señoras de cierta edad.
A Ester le había costado al principio acostumbrarse a esas conversaciones de vestuario, en las que se podía hablar de cualquiera de las cosas de las que hablarías tomándote un café pero con un escenario que al principio le había parecido tirando a grotesco para pasar, más adelante, a ser sencillamente pintoresco.
Todo un desfile de culos tersos o con celulitis, planos o redondos; tetas grandes y pequeñas y grandísimas y pequeñísimas, sometidas ya, o aún no, al efecto de la gravedad; pubis con cero pelos, con todo pelo o con toda la gama intermedia; cuerpos fornidos, delgados, rectos, curvos, grandes de arriba y finos de abajo, grandes de abajo y finos de arriba; piernas con y sin pelos, axilas con y sin pelo, pelos en zonas en las que muchos hombres no saben que muchas mujeres tienen pelos…
Y todos esos diferentes cuerpos sin parar de hacer cosas mientras te hablaban: enjabonarse el pelo, aclararse la entrepierna, secarse con la toalla, echarse crema hidratante en las piernas, ponerse espuma, desenredarse, echarse desodorante.
Lo primero que hizo Ester cuando se sacó la plaza fue apuntarse al gimnasio.
La razón principal era que preparándose la oposición había descuidado casi todos los aspectos de su vida y lo que más le preocupaba era que había engordado.
Significativo esto, porque te alejas de tus amistades, irremediablemente ves a tu novio menos de lo que te gustaría, dejas de lado aficiones y reduces al mínimo tu tiempo libre…
Pero lo que más le preocupaba a Ester era haber engordado.
Nunca le habían sobrado kilos (según los cánones de belleza imperantes), y no le gustaba.
Y la hacía sentirse insegura. Por eso se había convertido en asidua.
Con su trabajo de profesora ya asegurado gozaba de más tiempo libre para recuperar todo lo que había dejado de lado estudiando.
La lástima, lo que más le pesaba, era que ahora era Álvaro el que no tenía tanto tiempo.
El bufete en el que trabajaba era uno de tantos bufetes de renombre en los que entras como pasante, cobrando muy poco y aprendiendo mucho.
Y, conforme pasan los años, si consigues ir saliendo victorioso de los Juegos del Hambre, vas ascendiendo cada vez más, cobrando cada vez más y echando cada vez más horas.
Ester comprendía que ella ya había tenido su momento de no estar tan presente, y que ahora le tocaba a él.
Y que en unos años, pocos si Dios quería, tendrían su momento para los dos.
Para poder sacar adelante el proyecto más ilusionante que tenían como pareja.
Época universitaria de Ester. 2009
—¿Sabes quién es la chica esta de mi clase, la pelirroja del pelo corto? —le preguntó Ester a Álvaro, mientras se tomaban una tostada en el Club Social.
Les encantaba ese break en las clases en el que se podían ver y almorzar juntos. Ese día estaban solos, así que Ester aprovechó para intentar sacar un tema que le rondaba en la cabeza pero que no se atrevía a comentar abiertamente para no ser «la loca que ya de novios te aprieta para tener hijos».
—Sí, claro. Con la que te tocó hacer un trabajo el cuatrimestre pasado, que te sorprendió porque pensabas que era como muy pasota pero resultó ser ¡casi! tan aplicada como tú —Álvaro le sonrió con la broma.
—¡Justo! Esa. Pues ¿sabes qué? Resulta que está embarazada. Oí algo pero a saber si era verdad. Pero hoy la he visto después de un tiempo que ha estado sin venir y sí.
—¡Vaya tela! Qué putada.
Ester sintió una punzada en el estómago.
—Hombre… tanto como putada. Dicen que al final un niño siempre es una alegría… —tanteó Ester.
—Bueno, claro. Mejor que una enfermedad. Eso es lo que decía siempre mi madre. Pero, joder, que te pase a mitad de carrera… ¿Ahora qué va a hacer? ¿Podrá terminar? Es complicarse la vida sin necesidad. Yo flipo con que a la gente le sigan pasando estas cosas.
—Ya. Eso es lo malo. Que te pase aún estudiando. Me muero solo de imaginar que me pasara a mí —pensó en voz alta, adrede, Ester.
—Calla, qué mal rollo. ¡Ni lo menciones!
Hubo un silencio. Ester no sabía si forzar la conversación o no, pero optó por callar.
Ante la duda, solía escoger la prudencia.
Miró a Álvaro que ya había terminado de almorzar y estaba ahora algo distraído, mientras le daba caladas a su cigarro.
Se quedaba embobada observando cómo fumaba: esos labios, esas manos grandes, esos ojos profundos, esas cejas marcadas, la nuez (esa nuez), esa sonrisa con hoyuelos…
Al poco, Álvaro volvió de su ensimismamiento con una sonrisa y, sin borrarla de su cara, le pasó el cigarro a Ester, mirándola a los ojos.
—Eso a nosotros no nos va a pasar. Terminaremos la carrera.
Yo entraré en un despacho y tú estudiarás las opos, y cuando tú tengas tu trabajo fijo y yo esté ganando un pastizal como un abogado de reconocido prestigio —le encantaba esa expresión—, nos casaremos y, entonces, ahí sí, ya que vengan todos los niños que haga falta.
Booom. El estómago de Ester se relajó de golpe y su cuerpo soltó toda la tensión que había estado conteniendo. Se limitó, no obstante, a sonreírle a Álvaro por la ocurrencia que había tenido y un poco también porque ella no estaba tan convencida de que fuera tan fácil forrarse siendo abogado.
Gimnasio de Ester. 2020
A veces, Ester no se sentía parte de su generación.
¿Qué clase de millennial era? Una podía querer casarse y ser madre como una parte más de un proyecto de vida, pero que esa fuera la mayor de las ilusiones sin la cual no se iba a sentir completa…
Incluso las escandalosas señoras del gimnasio habían sido condescendientes con ella.
El vestuario se había quedado en absoluto silencio después de que se hubieron marchado.
—¡Dios mío, qué paz! Parece que haya pasado un huracán —le dijo sonriendo la única otra rezagada que había quedado.
—Totalmente. Qué locura, ¡y qué vitalidad! —contestó Ester, devolviendo la sonrisa.
—Espero que no te hayan quitado las ganas de tener hijos.
Frente al espejo, Ester terminó de cepillarse la melena corta y rubia.
Le quitó los pelos al cepillo y los tiró a la papelera.
Volvió a su sitio y, mientras guardaba metódicamente todas las cosas en su bolsa de deporte, miró con sus brillantes ojos color miel a la mujer que le hablaba, valorando qué responderle.
— Nooo , no. En parte, las entiendo. Supongo que para muchas de ellas, las que se hayan dedicado a la casa y los críos, cada hijo más era multiplicar el trabajo por mil —dijo Ester, conciliadora.
—Ya te digo yo que sí. Estas de corresponsabilidad no han oído hablar en su vida. La más afortunada tiene, como mucho, el codiciado marido voluntarioso que te ayuda si se lo pides. Y con eso ya es la envidia de las demás —dijo su compi con una sonrisa malévola.
—Mi marido y yo en eso somos más modernos. Yo hago más en la casa, es verdad, pero porque él llega tardísimo de trabajar. Pero cuando tengamos hijos tiene pensado hablar con sus jefes para acoplar los horarios y poder estar en casa más tiempo. Ya veremos.
—Me alegro de que no te haya afectado lo que te han dicho. La gente da consejos no solicitados con una facilidad de la leche —comentó con un deje de indignación la mujer.
—A ver. Me han hecho sentir un poco ilusa. Pero yo soy feliz con nuestros planes y nuestros proyectos —reconoció Ester.
—Bueno… Si admiten que es posible otra forma de tener una familia sin que suponga sacrificarte toda tú por ello, eso debe de hacerlas sentirse estafadas.
Es mucho más fácil pensar que lo que conoces, que lo que has vivido, es lo que hay.
Para ti y para todas. —Como Ester parecía haberse quedado pensando en la reflexión y no respondió, añadió—: ¿Quieres un Pictolín?