Capítulo 7
«Buah, cómo me entraría una toña ahora. Vuelve, Lola, vuelve.
Inspira. Expira. Inspira. Expira. Concéntrate en la respiración.
Sé consciente de todo tu cuerpo, del peso de las extremidades, del latido del corazón.
¡Uy! Tenía que llamar al técnico de la lavadora.
Shhh , calla. Inspira. Expira. Ostras, se me ha olvidado sacar el salmón del congelador.
Shhh concentrada. Inspira. Expira. Insp…
¡Ey! ¡¿Ahora qué?! El móvil. ¿El móvil? ¿No lo tenía en silencio?
». Siempre que meditaba lo ponía en silencio.
Si el móvil sonaba, seguramente sería Matías: de las dos únicas personas que tenía en contactos prioritarios, con diferencia la que más le llamaba.
—¡Lindo! ¡Estoy bien! Intentaba meditar, pero tranquilo, que no estaba en mi mejor día —contestó, feliz de escuchar a su sobrino—.
¡No me digas eso! Hace un siglo que no me invitabas a desayunar toña, y tengo muchas ganas de ver a los nenes.
Y a Lucía, claro. Pero vas a tener que admitir la negativa, sintiéndolo mucho.
—Rio, escuchando a su sobrino reprocharle las calabazas—.
¡No seas malo! ¿Qué quieres que haga, si tengo una vida tan apasionante?
La culpa es tuya, que me llamas con diez minutos de margen y asumes que voy a estar disponible —le recriminó, divertida—.
Eso es, te pasaré mi agenda. De momento, apunta: los sábados por la mañana, aquagym.
Aunque solamente le sacaba diez años, Lola quería a su sobrino como a un hijo.
O más que a un hijo, viendo a según qué padres y madres hay por ahí.
Y estaba segura de que él la quería como a una madre.
Al menos, más que a la arpía, manipuladora, hija de una hiena que tenía él.
Cada vez que pensaba en lo adorable que era Matías, en la suerte que tenía Lucía de tenerlo (que no quitaba que él no la tuviera con ella) y en lo afortunados que eran sus hijos, le invadía la rabia al ver la madre que le había tocado.
Beatriz de los cojones. Y un poco también le invadía la rabia contra su hermano y lo rematadamente mal que había elegido.
Quizá es lo único que ella le podía reprochar en la vida.
Cuando Carlos y Beatriz se conocieron, Lola era una cría muy pequeña.
Entre Carlos y Lola había habido un hermano más y varios abortos, lo que había hecho que se llevaran tantos años.
Según a cuál de los dos hermanos preguntaras, Lola había sido un error no deseado o un regalo inesperado (el que decía lo segundo era Carlos, al que decía lo primero Lola lo había mandado a tomar por culo de bien jovencita).
Cuando Lola nació, Carlos era un adolescente con sus cosas de adolescente, claro está, pero al fin y al cabo familiar y cariñoso.
Se enamoró de su hermanita desde el minuto cero; también porque aquella era una zalamera de mucho cuidado desde el mismo momento en que había descubierto que había un mundo que la rodeaba.
Para Carlos, pasó a formar parte de su normalidad darle de comer a su hermana, bañarla, sacarla a pasear, hacerle jueguecitos, leerle cuentos.
Cuando Lola era una niña, Carlos no es que sustituyera a sus padres, pero los complementaba, y para ella él era tanto un referente y un pilar como lo eran sus padres.
Infancia de Lola. 1975
—Jesusito de mi…
— … vida
— … eres niño como…
— … yo.
—Por eso te quiero…
— … tanto
— … y te doy mi…
— … corazón.
—Tómalo, tuyo es…
— … mío no.
—Buenas noches, Lola. Besito…
—¡No! No te vayas aún. Porfiii…
—¿Qué quieres? —Carlos no podía evitar sonreír ante aquella escena que se repetía cada noche. A decir verdad, le habría decepcionado un poco que Lola se hubiera dado la vuelta para dormir sin más.
—¿Me haces cosquillitas en el pelo?
— Veeenga . —Carlos notaba cómo Lola estaba intranquila—. Bichillo, ¿qué pasa? Tienes que intentar dormir.
—Es que me viene un pensamiento malo a la cabeza…
—¿Un pensamiento malo? Cuéntame.
—Esa chica… Beatriz, es tu novia, ¿no? —preguntó ella sin girarse.
—Sí —contestó Carlos, con reservas, sin saber a dónde quería llegar su hermana.
—Y te casarás con ella, ¿no?
—Bueno, aún es pronto. Pero sí me gustaría, sí. ¿Eso te preocupa?
—Sí. —Lola se dio la vuelta y Carlos pudo ver, en la penumbra, que lo escrutaba con los ojos en busca de una respuesta sincera—. Porque te irás de casa, ¿verdad? Cuando alguien se casa ya no vive con sus padres y con sus hermanos.
—Pero si ya pasé un montón de tiempo fuera el año pasado cuando hice la mili, y estuviste bien, ¿verdad?
—Sí, pero eso no era para siempre. Y si te casas sí te irás para siempre.
— Mmm… —Estaba claro que Lola había estado rumiando bastante esa preocupación antes de escupirla, y no se merecía que Carlos simplemente desviase la atención a otra cosa. De modo que se tomó unos segundos para pensar qué respuesta iba a dar.
—Tienes razón en que si me caso con Beatriz ya no viviría en casa, y entiendo que eso te ponga triste porque, ¿sabes?
, a mí también me pone triste. Así que necesito tu ayuda: tenemos que idear un plan para que, cuando eso pase, no dejemos de vernos —dijo.
La expresión de los ojos de la niña cambió de la tristeza a la curiosidad.
Si algo le encantaba a Lola era tener una misión—.
Haz una cosa: cierra los ojos, relájate y piensa en todas las ideas que se te ocurran y mañana en el desayuno me las cuentas, ¿vale?
Aun con todo el cuidado del mundo, a Lola le dolió en el alma cuando, un par de años después, su hermano se casó y se fue de casa. Pero se había tomado muy en serio la misión que su hermano le había encomendado aquella noche, y estaba más que preparada.
Beatriz, la mujer de Carlos, a diferencia de la mayoría de chicas de su edad, trabajaba fuera de casa, en la fábrica de su padre, tantas horas como cualquier hombre.
Por eso, la idea que les propuso Lola fue más que bienvenida por el matrimonio: a cambio de unas pocas pesetas, ella los ayudaría con ciertas tareas ligeras del hogar.
Esto le permitiría pasar tiempo en casa de su hermano y verse con frecuencia.
Y, de paso, podría ir ahorrando un dinerillo.
Cuando a los dos años nació Matías, la ayuda al matrimonio pasó de la casa al cuidado del niño.
Lola ya era una señorita responsable que podía cuidar perfectamente del bebé, y Beatriz necesitaba quien sostuviera a la criatura mientras ella trabajaba, por lo que cuando Lola salía del colegio su tiempo lo dedicaba a su sobrino.
Entre Beatriz, Carlos, Matías y Lola parecían haber encontrado un equilibrio que contentaba a los cuatro.
Al cabo de otros dos años, nació Inés. Matías e Inés eran la noche y el día.
Un poco como Carlos y Lola. Conforme fueron creciendo, poco a poco fueron necesitando menos la atención de su tía, y esta tuvo que ir centrándose cada vez más en sus estudios.
Pero aún seguían manteniendo todo el contacto que podían.
Muchos domingos, Lola acostumbraba a llevárselos a un parque a las afueras del pueblo, que tenía un estanque.
Infancia de Matías. 1988
—¡Tía! Shhh , mira… una rana allí. ¿Ves la rama verde que está inclinada? Pues un poco a la derecha, al lado de esa piedra plana —le indicaba Matías, emocionado.
—La veo, la veo. Pst, pst, Inés, ven, ven —llamó a su sobrina—. Despacio, ¿ves ahí la rana? ¿Al lado de esa piedra?
—¡Sí! Ualaaa… —A los cinco segundos Inés salió corriendo.
Lola iba mirando alrededor de vez en cuando para no perder de vista a Inés.
Durante los treinta minutos que estuvieron ella y Matías buscando ranas y ardillas, Lola pudo ver a Inés: subida en un árbol, lanzando piedrecitas al estanque, arrancando una ramita para alcanzar algo del agua, hablando con un matrimonio que iba paseando y acariciando a su perro, subiendo corriendo por un terraplén y saltando desde él, haciendo barro con el agua y la tierra del estanque o cogiendo flores para hacer un ramo.
Pues más o menos así era siempre. Matías era fácil e Inés difícil; Matías más dócil e Inés más rebelde; Matías más complejo e Inés más simple y, por ende, más libre.
Más tarde, Lola pensaría que quizá esa relación tan cercana y estrecha que había tenido con sus sobrinos, una relación que iba mucho más allá de la habitual, había sido suficiente para satisfacer el muy moderado instinto maternal que parecía tener, muy alejado del de la mayoría de sus amigas que afirmaban querer tres o cuatro hijos.