Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 6
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Capítulo 6

Matías adoraba el olor de la toña. Todos los sábados por la mañana iba temprano a la confitería a comprar una para desayunarla en casa todos juntos cuando los niños se despertasen.

Lo primero que hacía cuando cogía la bolsa era abrirla, meter la cabeza dentro y aspirar profunda y calmadamente su aroma.

Por unos segundos, retrocedía treinta y pico años en el tiempo. Por unos segundos, no era el salón de su casa sino el del piso donde había vivido de pequeño; tampoco era él el que entraba por la puerta de casa con una toña, sino su padre.

—¡Buenos díaaas ! ¡Quien no esté en la mesa en cinco minutos se queda sin toña! —gritaba al aire, contento.

Al instante, se oía la puerta de la habitación de Matías, que acudía, raudo y veloz, a la llamada de su padre.

Solícito y formal. A los varios minutos, con la certeza de que la amenaza de dejarla sin toña no se iba a materializar, salía su hermana, dos años menor.

Sin prisa, arrastrando los pies y dejándose caer sobre la silla, mientras se preguntaba qué necesidad había de hacer eso tan temprano.

Los tres desayunaban tranquilamente mojando la toña en leche mientras charlaban y hacían planes para el fin de semana.

Ya que hacía bueno, cogerían las bicis esa mañana y pasearían por el cauce del río.

Bien pensado, ¡podían hacerse unos bocatas y comer en el merendero!

Por la tarde, después de las duchas, podían jugar al Monopoly ¡o al Hotel!

Y terminar el día con una peli que alquilarían del videoclub y con palomitas en casa.

Matías fue a prepararse. Al entrar de nuevo a la cocina para rellenar su botella de agua, ataviado con ropa de deporte y dispuesto a ver de qué iba a querer el bocadillo, se encontró a sus padres hablando con semblante serio.

—Mati, cariño. No podemos hacer todo eso tan chulo que acabamos de planear. Me estaba contando mamá que acaba de fallecer el padre de nuestra amiga Victoria, la mamá de tu amigo Julio, y tenemos que ir a acompañarla —le explicó su padre.

— ¡Nooo! ¡Jooo! ¡No quiero! —gritó Matías—. ¡Quiero que nos vayamos con la bici!

—Claro que quieres, amor. Y yo también querría. Me apetecía mucho. Pero tenemos que irnos con Victoria —le dijo, comprensivo, su padre.

—¡Que no! Que se vaya solo mamá —replicó Matías.

—Mati. No puede ser. Tenemos que ir los dos. Son momentos duros y tenemos que apoyarla —siguió explicando con paciencia su padre.

—Pero ¿y no podéis ir más tarde? ¿Cuando volvamos de la bici? Aunque no…

—Venga, ya está. Tanta explicación… —lo cortó su madre—. Si no se puede, no se puede.

—¡Sí se puede, pero no queréis! —Estaba tan triste como enfadado, y lloraba amargamente.

—Ale, pues eso mismo. No queremos —dijo, impaciente, su madre. A lo que Matías se puso todavía peor.

El padre intentó abrazarlo, pero él lo rechazó con un gesto del hombro. Al cabo del rato, seguía berreando:

—¡¡No es justo!!

Su madre, ya habiendo perdido la poquita paciencia que tenía, le espetó:

—¡Matías, por Dios! ¡Ya está bien! Si quieres llorar, llora, pero llora bajo, que yo no te oiga.

Se quedó haciendo pucheros en el sillón y, desde ahí, miraba a su hermana, que se había puesto los dibujos en la tele y no parecía afectarle lo más mínimo el cambio de planes. Su padre vino y se arrodilló delante de él. Ahora sí, Matías lo abrazó. Al separarse, su padre lo miró, sonriendo.

—¿Sabes una cosa que te va a poner contento? —El tono de su voz hizo que Matías lo mirase esperanzado—. ¿Sabes quién va a venir a pasar el día con vosotros mientras nosotros estamos fuera? —le preguntó con los ojos muy abiertos para contagiarle la ilusión.

—¡¡¡La tíaaa !!! —contestó Matías, dando palmas. Su padre asintió y le guiñó un ojo.

—¡Carlos, ¿va o qué?! —gritó la madre desde el recibidor.

—Sí, ya estoy —contestó él mientras se despedía de Matías con un rápido abrazo y le lanzaba un beso a su hija—. Mati, en quince minutos está la tía aquí. ¡Pasadlo bien!

Conforme salían por la puerta, Matías percibió retazos de lo que le iba diciendo su madre a su padre «…entender que el mundo no gira en torno a él, lo que faltaba…». Borró eso de su mente y, a cambio, la llenó con un montón de ideas de lo que podrían hacer durante ese día con la tía.

Casa de Matías. 2018

Matías sacó la cabeza de dentro de la bolsa de la toña, volvió al presente y cogió el móvil.

—¿Cómo está mi tía favorita? —saludó, feliz de escucharla al otro lado de la línea—. Escucha, vístete que paso a por ti en diez minutos y te vienes a desayunar a casa. ¡No admito un no por respuesta! ¡Llevo toña!