Capítulo 5
—¡Y se sentó en la mesa! ¡Cogió la silla, se sentó, y se puso a hablar como si nada! —terminó de contar Olga, indignada, como si el hecho de que su marido se hubiera unido a su noche de cervezas fuese el más grande de los sacrilegios.
¿Que por qué le estaba contando esto a la enfermera que curaba a su madre?
A menudo se lo preguntaba. No tenía más remedio que admitir que habían desarrollado una amistad muy random .
Existen amistades de toda la vida, otras que surgen en el trabajo, por amigos o actividades comunes…
. La de ellas había empezado gracias a una gran cagada.
No metafórica, no. Literal. «El destino es caprichoso», solían bromear.
En el fondo, para lo gordo, Olga era reservada.
No lo parecía porque tenía tan poca vergüenza y sentido del ridículo, y te contaba tantas cosas, sin remilgos ni tapujos, que parecía una de esas personas transparentes de las que llegas a conocer en cuatro cafés que te tomes con ella.
Pero lo que había en el fondo fondo fondo, no lo compartía con nadie.
Quizá porque ella misma era la primera que no quería hurgar tan profundo, y lo que no te reconoces a ti misma difícilmente lo vas a compartir.
Olga no era hija única pero como si lo fuera.
Tenía un hermano mayor que vivía en Chile: se fue allí a trabajar, se enamoró de una chica, formó una familia con ella y allí se quedó.
Y ni él volvió ni ella fue nunca. Todo bien, tampoco es que tuviesen una relación tan estrecha.
Todo bien hasta que la madre de Olga enfermó.
Ahí dejó de estar todo bien. Porque que pasara de ella, vale; elecciones que haces en la vida, decisiones que tomas.
Pero que reaccionase como lo hizo cuando le dijo que a su madre le habían diagnosticado Alzheimer precoz, con sesenta y un años, le pareció rastrero, sucio y mezquino.
Él le dijo algo como «siento estar tan lejos de vosotras, qué pena leer lo que me cuentas.
Mamá no se lo merece. Qué injusta es la vida.
Ojalá tuviera forma de ayudar desde aquí».
Lo que ella interpretó como «menudo marrón inesperado, no pienso moverme de aquí, suerte, hermanita, apáñatelas».
Y apáñatelas no solo con tu madre, sino con cómo va a lidiar tu padre con eso.
Porque, por mucho que Olga estuviese al pie del cañón desde el principio y siempre, el que con sesenta y cuatro años iba a dedicar todo su tiempo, energía, fuerzas, ilusión y salud mental en cuidar de ella iba a ser su padre.
Fueron momentos muy duros para los dos, padre e hija. Fue un proceso largo, porque no fue fácil llegar al diagnóstico. Para cuando dieron con la tecla, el deterioro de la madre de Olga era ya bastante importante y siguió avanzando a toda velocidad.
Aparte del dolor obvio, de ese luto de mierda que pasas al ver cómo esa persona deja de ser ella, fue también duro porque la vida se les puso patas arriba.
Casa de los padres de Olga. 2018
—¡Me cago en su puta madre! —gritó Olga en voz baja (se acostumbraron a gritar y maldecir en voz baja para no perturbar a su madre) mientras apretaba los dientes y lanzaba el teléfono al sofá.
—¡Olga! Por Dios. ¿Qué pasa? —le preguntó su padre.
—Pasa que estoy hasta los cojones de la incompetencia de la gente. No sé qué mierdas han hecho ahora que he ido a la farmacia y no le salen los pañales, y no hay forma de hablar con su médico ni me cogen el teléfono, así que me va a tocar presentarme allí otra vez.
—Ah, pues, si vas, pídeles un bote de los de análisis de orina. Y, espera, que falta la guinda del pastel. —Olga lo miró con cara de «y, ahora, ¿qué más?» y su padre sacó una carta del armario y se la tendió—. Han denegado el agravamiento de grado de dependencia.
—¡¿Cómo?! —le contestó, arrebatándole el documento.
Olga parecía que iba a explotar, pero empezó a deshincharse por momentos. Se sentó en el sofá, leyó directamente el final de la carta, la dejó a su lado y se echó hacia delante, poniendo sus manos sobre su nuca, como queriendo hacerse bicho bola y olvidarse del mundo exterior.
—Yo flipo, de verdad que yo flipo. Pero si no se puede mover. El puto problema es que le pasaron el test hace meses.
Siempre andaban con esas. Los problemas y responsabilidades crecían por doquier. Y ambos no hacían más que apagar fuegos.
2017
Cuando Olga se enteró del diagnóstico, se volvió loca leyendo, investigando, preguntando, informándose de todas las maneras que se le ocurrían…
Quería tener la sensación de control de algo que escapaba totalmente a su control.
Fue su forma de procesarlo, y cometió la torpeza de pensar que era la única posible y correcta.
—¡Hola papá! ¿Qué tal? ¿Cómo habéis pasado el día?
—Bien, sin mucha novedad, qué te voy a contar. Y tú, ¿qué tal?
—Igual. Voy de camino al gimnasio. ¡Por cierto!, te quería preguntar… no me dijiste nada del documental que te pasé. ¿Lo viste?
—No.
—Pues cuando lo veas ya me dirás. Me resultó superinteresante.
—No creo que lo vea, Olga. No quiero ver tantas cosas.
—Pero ¿cómo es eso? Cuanto más informados, mejor, papá. Tenemos que estar preparados para lo que pueda pasar. Y ahí te vienen testimonios y curiosidades y te…
—¡Olga, ya está bien, coño! ¡No sé en qué mundo vives, joder!
—la interrumpió su padre bruscamente—. ¡¿Tú no entiendes que a lo mejor no quiero saber tanto?
! Que yo solo quiero a mi mujer, ¡y ya no voy a tener a mi mujer!
Y nada de lo que haga, ni por mil documentales que vea, va a cambiar eso —finalizó, con la voz rota por el llanto.
Olga cambió el rumbo del gimnasio a casa de su padre.
En el quicio de la puerta lo abrazó y le pidió perdón, y se maldijo a sí misma por haber estado tan ciega.
Y cambió su foco de preocupación. El juego de «madre con Alzheimer» ya se lo había pasado, de modo que pasó al de «cuidar del cuidador» porque, al fin y al cabo, de su madre cuidaba su padre, pero de su padre no cuidaba nadie.
Tan metida como había estado en su labor, no se había percatado de cómo, con el transcurso de los días, los ojos de su padre brillaban menos, sus ojeras se marcaban más, sus bromas iban perdiendo intensidad, su conversación se tornaba menos interesante.
Y en ese abrazo en la puerta de casa, lo vio todo de golpe. Y se sintió fatal.
A los pocos días, tomó una determinación:
—Papá, escúchame atentamente.
— Escúchote atentamente. —Le encantaban ese tipo de réplicas.
—Dos cosas tienes que hacer.
—Dos cosas tengo que hacer.
—¡Papá! Calla y escucha, joé . Cosa número uno —dijo levantando el dedo pulgar—: vas a retomar el senderismo de los domingos.
Y cosa número dos —dijo levantando el índice—: elígete una tarde de la semana, la que quieras, libre para ti.
El día que fijemos yo me lo arreglo en la clínica y me vengo y tú te vas, te tiro de casa toda la tarde.
—Sí, hombre. ¿Cómo vas a no trabajar una tarde? ¿Y tus pacientes?
—Papá, tengo a dos fisios más aparte de mí y un montón de trabajo de ordenador que por desgracia no puedo delegar.
Por supuesto que hubo resistencia por parte de su padre.
Por supuesto que Olga tuvo que convencerlo de que no era mal marido ni egoísta por eso, y de que a ella incluso le vendría bien esa tarde para hacer el papeleo del trabajo que siempre se le resistía.
Al final, tiró del argumento que tantas veces había usado con sus amigas cuando habían sido madres, el único argumento que podía con la culpa: «necesitas cuidarte para poder cuidar; no lo hagas por ti, hazlo por mamá, para poder cuidarla mejor».
De esta forma, dos nuevas citas se fijaron en el planning semanal de Olga.
Los domingos pasaba la mañana acompañando a su madre: la peinaba, le masajeaba, le cantaba o le hablaba.
Cogía un libro y se ponía cerca de ella a leerlo.
Le daba de comer. Y, si su padre llegaba a tiempo, comía con él y echaban juntos la tarde.
Olga nunca había pensado que tendría la oportunidad de estrechar más los lazos con él a su edad, y era bonito.
La vida, que es así de cabrona: te arrebata poco a poco a tu madre pero, a cambio, te brinda la oportunidad de unirte aún más a tu padre.
Y los miércoles, tal y como habían quedado, Olga salía de trabajar, se tomaba algo ligero, y se iba rápido a casa de sus padres porque le gustaba llegar a tiempo a la cita que tenían a las 14:30 con la enfermera del centro de salud que supervisaba a su madre.
Se la habían asignado para que, semanalmente, revisara si había que hacerle alguna cura o si había algo que llamara su atención.
También los formaba en los cuidados que esta necesitaba y les resolvía cualquier duda que pudiesen tener.
Su padre marchaba pronto, porque ya contaban con él para comer un menú en el bar del centro cívico y pasar la tarde jugando al dominó, a la petanca, al mus o a lo que se terciara.
La enfermera terminaba de recoger, se despedía cariñosamente de la madre de Olga y se iba.
Y Olga, de nuevo, se quedaba un ratito, que empleaba en teletrabajar, si le hacía falta, o en ponerse una serie, pero siempre cerquita de su madre.
Casa de los padres de Olga. 2019
Uno de esos miércoles, el padre de Olga se fue algo antes porque tenía que pasar a recoger a un amigo.
—Claro, papá, ve tranquilo.
Olga se despidió luego de la enfermera y se dirigió a donde su madre con la intención de acomodarse, como siempre, en el sillón de al lado. Antes de que la enfermera llegase a abrir la puerta de la casa escuchó a Olga gritar:
—Pero ¡¿esto qué eees ?!
Lógicamente, deshizo sus pasos para asegurarse de que todo estaba bien. Y se encontró a Olga de pie frente a su madre, con los brazos cruzados y una mano en la barbilla en modo análisis de la situación, y a su madre toda desbordada de caca.
—¿Lo ves? ¡La infusión de sen funciona muy bien! —dijo la enfermera, partida de risa.
—Eso es ver el lado bueno de las cosas. —Olga también estalló en carcajadas—. Dios, no sé por dónde meterle mano a esto.
—Nada, esto en un momento lo tenemos solucionado, no te preocupes —dijo la enfermera mientras dejaba sus bártulos en la mesa y se quitaba la chaqueta.
Olga habría querido sentirse autosuficiente pero, aun con todo lo que había aprendido sobre cuidados de personas dependientes, no tenía tanta maña como para hacer eso sola. Así que acogió el ofrecimiento con visible alivio.
—Ale, ya está en marcha la lavadora. Muchísimas gracias, de verdad. No sé qué habría hecho sin ti —le dijo Olga.
—Pues si tuviera que apostar, habría dicho que habríais terminado las dos cubiertas de mierda —bromeó la enfermera.
—¡No lo dudes! —Olga miró el reloj—. Jolín, me sabe fatal, son casi las cuatro menos cuarto ya.
—La hora perfecta para un café, ¿tienes cafetera?
—Claro. —A Olga le agradó su atrevimiento; pensó que autoinvitarse a un café era algo que podría haber hecho ella perfectamente—. Y te digo más: he traído una toña recién hecha.