Capítulo 4
—Eso no se lo creía nadie, hombre, eso no podía ser real.
Ni una voz más alta que la otra, una paciencia infinita, ningún reproche…
¡que no, hombre, que no! —Trago de cerveza—.
Sabéis que yo nunca se lo compré; en todos los lados cuecen habas.
—Trago de cerveza y fin de la cerveza y fin del discurso. Eructo.
La que así hablaba y bebía y eructaba era Olga.
Ninguno de los otros tres que estaban allí pareció extrañarse ni del discurso ni del eructo.
Más bien la miraban, divertidos, embobados.
Olga era ese tipo de persona, atrayente toda ella.
Esa inmensa melena morena y rizada que se le venía a la cara cuando la llevaba suelta; esa nariz afilada y ojos rasgados que destacaban cuando se recogía el pelo en algo parecido a un moño; esa voz, que te quedarías horas escuchando y con la que sentaba cátedra aun sin pretenderlo; esa forma de hablar tan segura de sí misma, tan directa; esa complexión atlética.
Ese jueves noche, como todos, se había reunido en el Irish Pub con sus amigos Pablo, Daniel y Jana.
Daba gracias a la vida por ese rato a la semana que los cuatro habían contribuido a que fuera sagrado.
Incluso cuando Pablo había sido padre, incluso cuando Jana había estado opositando, incluso cuando la madre de Olga había enfermado, incluso cuando Daniel se había divorciado…
todos trataron de seguir manteniendo los jueves de cerveza. Era terapéutico.
Lo venían haciendo desde que determinaron que eran oficialmente adultos con vidas de adulto. La época universitaria había quedado atrás hacía más años de los que querían admitir; algo así como veinte.
—Que aproveche —dijo Jana—. Pues yo no conocía a otra pareja igual. Madre mía, si ellos se han separado, no sé qué será de nosotros.
Después del preceptivo brindis de cada quedada, y mientras contaba con todo lujo de detalles el ridículo (con cierto componente escatológico) que había hecho ese día, Olga pasó de la carcajada irreprimible a la seriedad, el ceño fruncido en señal de extrañeza y un leve giro de barbilla, con la mirada puesta en la puerta.
Los demás, como es lógico, giraron las cabezas.
— ¡Hombreee! ¡Don Jaime! ¡Dichosos los ojos! —dijo Pablo, alargándole la mano cuando este llegó hasta ellos.
—Cómo os cuidáis, ¿eh? ¡Tendría yo que montarme una de estas también! —contestó Jaime.
—Tan fácil como unirte. Píllate esa silla —le dijo Daniel mientras corría la suya para hacerle un hueco.
Jaime se sentó en la mesa con ellos.