Capítulo 3
Ana no podía dejar de llorar. De llorar y asentir. Cecilio, con todo lo grande que era, medía, arrodillado, casi lo mismo que Ana de pie. Él también lloraba. Lloraba y sonreía.
Otro chico se habría avergonzado de no tener dinero para comprar un anillo en condiciones.
Otra chica habría pensado algo así como «qué futuro voy a tener con este, si no tiene ni para un anillo decente».
Otro chico habría necesitado impresionar (o convencer o engatusar) a otra chica.
Pero no eran un chico y una chica; eran Cecilio y Ana.
Y a Cecilio y Ana les bastaba y les sobraba con un anillo de madera de olivo.
A Cecilio y Ana, de hecho, no les hubiera hecho falta anillo.
Ni anillo ni convite ni traje y vestido; ni siquiera casarse.
Hay parejas que no te las crees. Tu cabeza piensa que es imposible que sean tan perfectos el uno para el otro.
«Seguro que mienten, seguro que no es oro todo lo que reluce, seguro que es postureo».
Por supuesto, muchos de los que dicen eso lo hacen para justificar sus relaciones de mierda, claro.
Y se cuentan la historia de forma tal que resulta que lo más saludable para una pareja es discutir a menudo (porque hay que decir lo que uno siente); hablarte de malas maneras (porque al final si no puedes ser tú mismo con tu pareja con quién ibas a serlo); querer prácticamente huir de casa (porque es muy necesario el tiempo para uno mismo); tratar de imponer tu criterio (porque, si no, estás renunciando a tu esencia)… y así.
Pero Ana dio con Cecilio, y Cecilio dio con Ana.
Y ambos tuvieron la suerte de haberse fijado en una persona sensata.
Que podría pensarse que menuda cualidad tan poco atractiva la sensatez.
Y, cierto es que, con veinte años escasos que tenían cuando se conocieron, la sensatez no es una cualidad que uno suela buscar ni que resulte destacable.
Con esa edad, cuando aún mandan más las hormonas que el cerebro, uno se fija más en esas curvas que se intuyen, en esa mirada de James Dean, en el trozo de rodilla que no debería de estar asomando, en esa risa descarada, en esas demostraciones de hombría que destilan testosterona a manta…
¿Qué pasó, entonces, para que Ana se fijase en Cecilio, que era más Tony Leblanc que Marlon Brando? Que el padre de Ana, si fue mal padre (que lo fue) fue aún peor marido. Para la época, uno normal, uno de tantos, nada a destacar. Alcohol, infidelidades, autoritarismo. Lo típico.
Infancia de Ana. 1967
Al poco de morir su padre, porque tuvieron la grandísima suerte —ellas en particular y la sociedad en general— de que murió joven, Ana y su madre mantuvieron una conversación pequeña pero poderosa.
—Mamá… ¿te puedo preguntar algo?
—Claro, mi vida. —Su madre dejó a un lado la labor de punto de cruz para prestarle toda su atención.
—Vas de luto… pero no estás triste, ¿no?
—No, Ana. No estoy triste. Eres una niña muy observadora. Voy de luto porque es costumbre, pero no estoy triste.
Si la madre de Ana hubiera sido diferente, si hubiera pensado que mejor que la niña tuviera buen recuerdo de su padre, o que su hija no era lo suficientemente madura como para entender, habría maquillado la realidad.
Pero Ana ya tenía nueve años, era una niña inteligente y su madre creyó que no le hacía ningún favor ocultándole la verdad.
Más bien al contrario: o le dejaba bien claro lo que había o corría el riesgo de que terminase por idolatrar al padre (porque todos los muertos son buenos) y, por extensión, condenarse a sí misma.
De modo que le cogió con dulzura ambas manos, la miró a los ojos y continuó:
—Tu padre era mala persona y hemos tenido suerte de que se muera.
No estoy triste, no. Tampoco contenta. Lo que estoy es aliviada.
Si hubiera podido elegir, no me habría casado con él.
Tu padre no me quería. No miraba por mi felicidad ni porque estuviera bien, no me respetaba, ni me cuidaba, ni mucho menos me protegía. Eso no es amor, Ana.
—Lo entiendo, mamá. Yo tampoco estoy triste.
«Eso no es amor». Ese era el resumen de todo. Ya descubriría qué sí lo era, pero, al menos, Ana tenía claro lo que no.
Infancia de Cecilio. 1963
¿Y qué pasó, entonces, para que Cecilio se fijase en Ana? Que, sin él ser consciente, empezó a anhelar, por encima de todas las cosas, tener lo que tenían sus padres.
Los padres de Cecilio fueron un matrimonio como todos en cuanto a estructura.
El padre que trabajaba fuera de casa y la madre dentro; el hombre proveía y la mujer disponía.
No es que fueran especialmente progresistas, no es que vivieran adelantados a su época.
Lo importante, lo fuerte, lo que marcó a Cecilio, es lo que había detrás.
Recordaba a su madre masajeando los pies de su padre, pero también a su padre masajeando los hombros de su madre; los recordaba jugando a las cartas juntos, acusándose de hacer trampas, riendo; recordaba la mirada que pretendía ser de reproche, pero que guardaba más ilusión que otra cosa, cuando el padre de Cecilio gastaba dinero en comprar flores para su madre.
Gracias a que sus padres tuvieron una relación tan bonita y amable Cecilio creció en un hogar en el que se sintió seguro, en el que se sintió libre de ser él, en el que experimentó la felicidad no solo de que te quieran, sino de querer abiertamente.
Asumió de forma natural que podía admitir sus errores sin miedo, que podía mostrarse vulnerable.
Juventud de Cecilio. 1979
Así que, como Cecilio tenía tan claro lo que quería encontrar y Ana lo que no iba a tolerar, en cuanto se conocieron se reconocieron.
Y cuando, al poco, empezaron su relación ya supieron que el resto de lo que les quedaba de vida sería juntos; juntos y felices.
Lo que construyeron fue tan grande, tan sólido y perfecto que era difícil de creer.