Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 2
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Capítulo 2

—Buenos días, ¿puedo? —dijo Lola mientras hacía un gesto con la mano hacia el hueco vacío del banco.

—Buenos días. Sí —contestó Cecilio secamente mientras se echaba a un lado sin que hiciera ninguna falta.

Enseguida, Lola se dio cuenta de que no es que hubiera sido seco, es que no le salía más voz de la garganta.

Ese hombre llevaba un buen rato llorando, y ella había venido a cortarle todo el rollo porque los hombres de esa generación no lloran en compañía.

O directamente no lo hacen. Cuando Bosé cantaba aquello de que «los chicos no lloran», este ya sería un señor hecho y derecho, según calculó Lola.

«Pues menuda cagada», pensó. Y estaba valorando si no sería mejor levantarse e irse cuando el hombre retomó el llanto de forma tan intensa que la hizo sentir más vergüenza que pena; ahora sí que estaba feo irse, pero peor estaba ignorarlo.

Menudo panorama. Era consciente de que debía decir algo pero no sabía qué, porque en su mente hizo un rápido repaso de cómo se podían dar las conversaciones:

«—¿Está bien?

—Fantástico, solo es que me gusta llorar delante de desconocidas».

«—No llore, hombre.

—Ay, sí, perdone que la incomode con mi sufrimiento».

«—¿Puedo ayudarlo?

—Pues… ¿sabe usted resucitar muertos?».

Hay veces en la vida en que los nervios nos pueden y nuestro cerebro cortocircuita. Eso debió de pasarle a Lola cuando, finalmente, y tras descartar las anteriores, le dijo:

—Esta de aquí que hace esquina… —mientras lo decía ya se estaba arrepintiendo, por lo que la frase terminó más bien en el cuello de su camisa— es mi lápida. —Pues aún podía cagarla más. «¿En qué momento he pensado que esto era mejor que el silencio?».

—¿Cómo? —El asombro y el verse forzado a articular palabra hizo que el llanto del hombre remitiese y que la respiración se le relajase.

Cecilio cogió un pañuelo, se limpió las lágrimas y miró a aquella mujer sentada a su lado.

Parecía bastante más joven; él le sacaría más de una década seguro.

Era menuda, de ojos verdes y piel clara salpicada de pecas, y su pelo, castaño cobrizo, estaba recogido en una coleta despeinada.

Como Lola seguía callada, él carraspeó y dijo:

—¿Ha dicho «su lápida»?

—Sí, perdón. Ha sido una tontería.

—No, no. Me viene bien la distracción. Siento el espectáculo —se disculpó Cecilio, avergonzado.

—No, por Dios. No se disculpe. La que lo siente soy yo, que he venido a invadir su intimidad. Tendría que haber pasado de largo y haber vuelto en otro momento.

—Imposible —Para sorpresa de Lola, Cecilio hizo una mueca parecida a una sonrisa triste—. Desde que murió mi mujer —dijo, señalando la foto de la lápida contigua a la de Lola—, me paso aquí los días. Ya tendría usted que venir a una hora intempestiva para encontrar el banco vacío.

—Vaya, lo siento.

—Gracias.

Hay que ver lo que nos cuesta a veces mantener los silencios incómodos.

—Ana —leyó—. Qué guapa.

—Era guapísima. Y eso era lo de menos. —Cecilio cerró los ojos, perdiéndose en sus recuerdos, y el chocar de los párpados provocó que los lagrimones que había contenido resbalaran por su mejilla y dejaran surcos visibles. No se molestó en volver a secárselas.

Lola pensó que ahí iba a tomar carrerilla y empezar a recordar a su mujer y a contarle su vida desde el día en que se habían conocido. En lugar de eso, Cecilio abrió los ojos, tomó aire y dijo:

—«Su lápida», ¿entonces?

—Confiaba en que iba a hacer como que no lo había oído.

Cecilio se rio ante la sinceridad de Lola y, al distenderse el ambiente, esta se atrevió a mirarlo a la cara con más detenimiento y se dio cuenta de que se había equivocado en su primera apreciación. Ese señor no era tan mayor; sería justamente de la quinta de Bosé, rondaría los setenta.

Miró la inscripción de la lápida. Efectivamente, Ana se había muerto antes de tiempo. Y, a juzgar por la poca entereza de Cecilio, había sido inesperado.

—Por cierto, soy Lola.

—Cecilio.

—Pues, respondiendo a tu pregunta —continuó, pasando a tutearlo sin permiso y sin aviso—, es mi lápida… Y la cosa es que… creo que no tardaré en estar dentro. Nunca se sabe, claro está, o eso te dicen… Puto cáncer.

Cecilio flipó todo lo que se podía flipar. A partes iguales por la noticia y porque ella se la hubiera contado. ¿Quién comparte ese tipo de informaciones con desconocidos? Esa revelación tan cruda y, sobre todo, tan íntima lo dejó totalmente fuera de juego.

—Puto cáncer.

Y se quedaron con el «puto cáncer» rebotando en sus cabezas. Por algún motivo, el silencio ya no era incómodo, lo que permitió a Cecilio tener la sensatez suficiente como para no decir lo que estaba pensando: «ojalá yo no tardase mucho en estar ahí dentro».

Cecilio quería morirse. No sentía que matarse fuese del todo con él, aunque tampoco lo había descartado.

De vez en cuando, se sorprendía fantaseando sobre las formas en las que podría quitarse la vida.

Nunca había intentado nada, pero sentía una especie de macabra tranquilidad al saber que, si en algún momento no soportaba tanto dolor, tenía esa salida.

Le daba rabia el sentimiento de injusticia, de impotencia, que lo asaltaba ante el hecho de que una mujer como la suya se hubiera muerto.

Como si el ser excepcional en todos los sentidos te salvara de algo.

Como si las desgracias atendiesen a la razón.

Estaría bien que la vida te compensase así: para el que es buena persona y trata de hacer siempre lo mejor, años de vida, salud y prosperidad; y para los hijos de puta, enfermedades y padecimiento. Pero no.

A menudo, Cecilio se quedaba enredado en ese tipo de pensamientos porque no lograba procesar que un buen día, por la mañana, hubiese amanecido en la cama con su mujer, como en los últimos cuarenta y tres años, y ese mismo día, por la noche, ya no tuviese mujer con la que irse a la cama; así, de golpe, sin ver por dónde le había venido la hostia.

A veces, sentado en ese banco, cerraba los ojos y se ponía a recordar una y otra vez ese momento; venga a llorar y venga a llorar…