Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 1
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Capítulo 1

Cuando entierras a un ser querido esperas (casi más bien necesitas) que el entorno te acompañe: que sea un día triste, tal y como te sientes tú (y si puede ser que llueva tanto como estás llorando tú, mejor); que sea un día desapacible, con viento, feo…

acorde al vacío y a la oscuridad que sientes dentro.

Porque, si no, ¿qué? Si en el cielo brilla el sol mientras que dentro de ti está todo negro, significa que al mundo se la traen al pairo tus desgracias.

Si las nubes no lloran contigo, entonces seguro que por ahí hay gente riendo, enfadándose, ilusionándose y preocupándose por cosas sin ninguna importancia.

Y eso te hace sentir insignificante: descubres, con absurda sorpresa, que tu mundo no es el mundo.

Y que, aunque para ti se pare y se rompa en mil pedazos, para los demás todo sigue igual.

Pues ya lo siento por todos los que han venido a este último adiós, porque se les ve bien jodidos, pero hoy ha salido un día precioso.

Para ser enero hace una temperatura la mar de buena, el sol brilla en el cielo, no hace ni pizca de aire.

Y este cementerio, además, es tan acogedor…

lleno de árboles, de pajarillos cantando, de coloridas flores. Lleno, paradójicamente, de vida.

Para más inri, el mejor rincón de todo el cementerio es el mío.

Ojo, que no es ninguna tontería. Me podría haber tocado estar embutida en un nicho, con vecinos por todas partes y poco espacio para las flores; o una lápida de las que están siempre en penumbra y con musgo; o la pobre desgraciada que está al lado de los contenedores; o aquella junto a las fuentes, toda rodeada de avispas…

Pero me ha tocado esta maravilla de lápida que hace esquina, soleada, en un rincón tranquilísimo en la parte antigua del cementerio.

He tenido mucha suerte (bueno, toda la suerte que se puede tener cuando a una la acaban de enterrar).

Lo más chulo es que justo enfrente tengo un banco estratégicamente colocado bajo un algarrobo.

Confío mucho en que ese banco me asegure un mínimo de calidad en las visitas.

Nada de llegar, rezar un padrenuestro, mirar con lástima mi foto, si acaso leer mi epitafio y a la siguiente lápida.

Yo quiero que la gente venga, se ponga cómoda, me cuente.

Una cosa que me encanta de este pueblo es la cantidad de gente que viene a despedirte hasta el final.

En las ciudades yo creo que todo se suele terminar con el funeral.

Cuando acaba la misa se va cada mochuelo a su olivo, y solo la familia estricta, y quizá algún pariente muy cercano, se traslada al cementerio; pero en este pueblo vienen todos en comitiva, qué sé yo por qué.

Se ve que es prioritario que el electricista de confianza de la familia supervise la labor de los sepultureros.

Estos pobres hombres trabajan con decenas de ojos clavados en sus nucas y en sus manos, de las que penden las cuerdas que amarran el ataúd.

Mientras van bajándote, hay un silencio sepulcral.

Miradas de aprobación o desaprobación de la gente mayor; miradas de estar flipando mucho (pero, a la vez —o precisamente por ello—, incapaces de apartarse) de los más jóvenes; y miradas de absoluta tristeza e incluso desgarro de los más afectados.

Es un momento tan doloroso: la materialización de la despedida. Pero también es un momento de alivio.

Mientras alguien se está muriendo (por enfermedad, como en mi caso), la angustia mayor (de los amigos y familiares, me refiero) se siente conforme se acerca el final.

Cuando la muerte es inevitable, una vez que llega, alivia.

Porque no te empiezas a encontrar mejor cuando esa persona querida está agonizando y apagándose; solo puedes empezar a remontar a partir del instante en el que muere. Y el entierro es el punto y final.

Sin duda, se duerme mejor la noche en la que acabas de enterrar a tu ser querido que la noche que va a ser su última.

Así que, bueno, aquí estamos. Ya parece que se va despejando.

Una vez que se han ido los sepultureros, poco más queda por hacer.

Ahora se irán todos, comentando lo injusta que es la vida, alabando mis virtudes, obviando mis defectos, recordando anécdotas, imaginando cuánto me echarán de menos…

Hasta que lleguen a casa, retomen sus rutinas y se acuerden de mí cada día un poquito menos.

Como es normal y sano. No se lo voy a reprochar.

Si tuviéramos que cargar con la tristeza de perder a alguien intacta tal cual el día de su muerte seríamos muertos en vida.

Y, cómo no, aquí está Cecilio, dándole uso al banco. Ya sabía yo que este no se iba de aquí a su casa.

En honor a la verdad, no es mérito mío cien por cien. Quizá, hoy sí se quede para acompañarme a mí, pero lo cierto es que yo ya lo conocí en este banco.