Me vais a perdonar la encerrona
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Prólogo
Olga estaba en un taburete bajo, con la espalda hacia delante, los codos sobre las rodillas y la barbilla apoyada en sus manos entrelazadas; Matías, relajado en un extremo del sofá, con la espalda apoyada; Ester, en la otra punta, sentada en el borde, con las piernas juntas, en tensión; Cecilio, de pie, visiblemente incómodo, con los brazos cruzados, cerca de las escaleras, como preparado para huir.
Y Lola, frente a ellos, encantada con el escenario que tenía delante.
De las cinco personas que estaban reunidas en el sótano de casa de Lola, solo ella sonreía con una ternura divertida, posando sus ojos alternativamente en cada uno de los otros cuatro.
Estaba disfrutando del momento, de ver sus caras de expectación, de observar cómo entre ellos se estudiaban con la mirada.
Creía poder oír los pensamientos de cada uno.
Los cinco constituían un grupo heterogéneo: desde los treinta y seis años de Ester hasta los setenta años de Cecilio; desde el semblante calmado de Matías a la explosividad que se adivinaba en el de Olga.
Tras unos momentos de deleite, Lola tomó por fin la palabra:
—Me vais a perdonar la encerrona. A ver, a ver… Este… —dijo mientras rebuscaba con dificultad en el bolsillo de sus vaqueros. Tras unos segundos sacó un pequeño tesoro que observó con cara de Eureka— ¡Pictolín! para quien averigüe por qué estáis aquí.