Capítulo 25
J uliette mira la hora y se afloja un poco el nudo de la corbata antes de levantarse de su mesa.
Ha dejado pasar todo el día antes de intentar hablar con Vivianne, porque de haberlo hecho por la mañana como le hubiera gustado, el riesgo de que hubieran acabado con otra discusión que no resolviera nada era muy elevado y la habría dejado de mal humor el resto del día.
Se acerca a la puerta, la abre y va directamente al despacho de Vivianne, saludando con un gesto de cabeza a la pobre Amber, que ha tenido que soportar el mal humor de las dos mujeres desde que Juliette llegó a Nueva York.
Entra sin llamar, no porque quiera provocarla, o sí, porque a Juliette le pone mucho que Vivianne Fox la atraviese con sus miradas enfurecidas. Y ahora se lleva una de estas porque la jefa de la oficina de Nueva York está al teléfono cuando ella entra, y le molesta mucho la interrupción.
—Mejor seguimos mañana, ahora tengo una reunión —miente Vivianne, y cuelga el teléfono con un golpe seco.
—Descarada y mentirosa —murmura la ejecutiva, como si estuviera orgullosa de ella.
—¿Qué quieres, Juliette?
Vivianne se cruza de brazos a la defensiva, lo que no sabe es que el gesto le abre un poco la camisa por encima del escote, donde se clavan los ojos de la rubia.
—Hablar contigo.
—Te quedan dos minutos de mi horario laboral —dice Vivianne tras comprobar la hora—, úsalos bien.
—No es sobre trabajo, es sobre nosotras.
Juliette se acerca a la mesa, pero Vivianne levanta una mano para que se detenga mientras se levanta.
—Tienes la fea costumbre de pedir cosas en el sitio menos adecuado.
Juliette parpadeó, y su sonrisa se curvó ligeramente: lo que Vivianne acababa de decir era una versión adaptada a la situación de lo que ella le dijo cuando la morena quería acostarse con ella en su despacho.
—Sí, supongo que en eso he aprendido de la mejor. ¿Podemos hablar entonces?
—¿Ahora quieres hablar? ¿Ahora no vas a ser una perra maleducada como ayer? ¿O es que las cosas solo se hacen cuando tú las dices?
—Cuidado con el tono, Vivianne —la señala y después se muerde el labio—, pero dicho esto, sí fui una perra, y con una basta, así que no lo seas tú también.
Vivianne no tiene claro si quiere reírse o tirársela aquí mismo, pero se queda quieta, imperturbable.
—No vamos a hablar aquí de esto —dice al fin.
—Me parece bien —concede Juliette—. ¿Tu piso o mi hotel?
—Ni uno ni otro, quiero un sitio neutro donde no exista el peligro de que acabemos en la cama antes de hablar. Estoy harta de esto, necesito que aclaremos las cosas de una vez antes de que te marches.
—¿Y qué propones?
Vivianne coge su bolso y le hace un gesto para que la siga, y media hora después un taxi las deja frente a la puerta del Billi's.
Juliette miró la entrada intentando no mostrar su descontento, y se impresionó aún más cuando entraron al local, pequeño, ruidoso, donde iba cualquier tipo de persona menos una oficinista.
—Hola, Viv —saluda Bill desde el otro lado de la barra, mientras atiende a un cliente—. Veo que vienes acompañada, ¿lo mismo para las dos?
Vivianne se gira hacia Juliette.
—¿Quieres whisky?
Ella levanta las cejas, todavía intentando asimilar que de verdad van a tomar algo aquí.
—Sí, creo que lo necesitaré.
La morena le hace un gesto a Bill y ambas se sientan en una mesa vacía.
—Este sitio no te pega, ¿en serio vienes aquí?
—Varias veces por semana desde hace no sé cuántos años —responde Vivianne—. Y puede que no me pegue, pero me siento cómoda. Bill es un buen tipo y estoy segura de que te caerá bien cuando lo conozcas.
—Eres una jodida caja de sorpresas, Vivianne Fox.
—Sí, supongo que sí —murmura ella—. Gracias, Meryl —dice cuando la chica deja sus vasos en la mesa.
—He estado pensando un poco en mi comportamiento del otro día —empieza Juliette—. En realidad, mi amiga me ha abierto los ojos. Creo que me pasé, que no reaccioné bien.
—No, no lo hiciste, te quedaste con lo primero que dije y entraste en bucle —reprocha la morena.
—Sí, y lo siento, así que —Juliette carraspea, porque estas cosas le cuestan mucho—, por favor, di lo que querías decir.
—En realidad yo también he de pedir disculpas —la sorpresa atraviesa la expresión de Juliette cuando la escucha, y Vivianne sonríe—.
Tú tenías razón desde el principio. Estos dos días he pensado mucho en ello y la única manera de que esto funcione es haciendo lo que propusiste.
Ni tú puedes dejar tu vida en Chicago ni yo la mía aquí.
Hemos de ser pacientes y esforzarnos, pero reconozco que estaba muy asustada con eso.
Con la idea de la distancia, de no verte todos los días y…
—¿Y qué? —insiste Juliette.
—No sé, también un poco de miedo por si conoces a alguien —admite sonrojada.
Juliette suelta una carcajada repentina y después se inclina hacia delante.
—Nena, mírame, ¿crees que tengo ese tipo de habilidades sociales?
Lo mío siempre ha sido quedar con mujeres para…
Bueno, ya me entiendes. Tengo cincuenta años, Vivianne, y tú eres la primera mujer que me ha hecho sentir algo diferente, algo que no quiero que se acabe por muchos malditos kilómetros que nos separen.
Terminó de hablar en seco: Vivianne la miraba con una sonrisa estúpida.
—¿De qué te ríes?
—Vuelve a llamarme nena, por favor, no sabes cómo me he puesto.
Juliette se queda estupefacta primero, pero después se inclina un poco hacia delante y Vivianne la imita, pensando que va a darle lo que quiere.
—Lo haré cuando te lo ganes, y eso no volverá a ser aquí.
La mueca exagerada de Vivianne la hace reír, y eso logra que la poca tensión que quedaba entre ellas desaparezca del todo.
—Estoy de acuerdo en que tenía razón —Juliette hace una pausa y bebe—, pero eso no justifica mi reacción.
Debí escucharte en lugar de cabrearme, pero me asusté, di por hecho que para ti se terminaba cuando me vaya mañana, que no estabas dispuesta a intentarlo y que habías estado jugando conmigo todos estos días.
—Supongo que no eres tan segura como aparentas —comenta Vivianne.
—No, para esto no. Ni tengo seguridad ni experiencia, pero espero poder mejorar en todo eso practicando contigo.
Juliette no se ríe ni lo dice de forma provocadora, para ella es una realidad, quiere hacer esto. La mujer que tiene delante la vuelve completamente loca y por nada del mundo quiere irse de la ciudad sin estar en paz con ella ni tener claro que las dos quieren ir en la misma dirección.
—¿Qué te parece si cuando ya estés instalada de nuevo en Chicago, soy yo la que va a verte el primer fin de semana? —propone Vivianne—. Después puedes venir tú y…
—¿Sabes cuál es una de las ventajas que tiene ser la directora ejecutiva de Axis? —la interrumpe Juliette.
—No, ¿cuál es?
—Que puedo permitirme trabajar desde casa algunos días, y tú también.
Eso nos permite alargar un poco el fin de semana y no reducirlo solo a dos días.
Podrías venir el viernes, o el jueves, y marcharte el lunes o el martes.
Trabajamos desde mi casa y así pasamos más tiempo juntas, y lo mismo podemos hacer cuando yo venga aquí.
La sonrisa de Vivianne empieza a estirarse en sus labios muy despacio mientras su mirada avellanada permanece fija en la mujer que tiene delante.
Juliette procesó ese momento como algo que se le grababa en la retina y que quería repetir más veces, y se dijo que a partir de ahora se esforzaría por arrancarle más sonrisas como esa a la morena.
—Esa idea me gusta bastante —murmura Vivianne.
—Sí, a mí también.
—Se te podría haber ocurrido antes —le reprocha.
—Primero tenía que asegurarme de que no iba a cansarme de ti en pocos días, ya sabes, por ese carácter explosivo que tienes —bromea.
—Ya veo, ¿y qué has concluido?
—Que separarme de ti mañana me va a joder más de lo que esperaba, y que se me harán muy largos los días hasta que vengas a verme.
Vivianne asiente y la sonrisa lenta vuelve a aparecer en su expresión.
—Creo que ahora sí es un buen momento para que nos vayamos a mi piso —opina la jefa de la oficina de Nueva York, y Juliette no tarda ni un segundo en dejar un billete sobre la mesa antes de levantarse, sin siquiera haberse terminado la copa.