Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Epílogo
100%

Epílogo

L os dedos de los pies de Vivianne se curvan por completo cuando la siguiente embestida toca un punto dentro de ella que la mata de placer.

—Nena, si haces que lleguemos tarde… —Juliette da dos golpes de cadera y Vivianne gimotea—, voy a castigarte y no de la manera que te gusta.

La amenaza —de alguna manera— hace que la directora de la oficina de Nueva York sienta una pulsión que se instala en su vientre mientras el orgasmo empieza a formarse tan rápido que, sin estar preparada, explota llevándose por delante su cordura y la fuerza en sus brazos que, aparte de las rodillas, eran lo único que la sostenía sobre el colchón, por lo que cae desmadejada con el cuerpo tembloroso.

A los pocos segundos, Juliette se tumba sobre su espalda con cuidado, pero sin sacar el falo de goma con el que hasta ese momento la estaba follando. La lengua caliente de su chica recorre el sudor de su cuello y deja varios besos por su piel húmeda.

—No sabes lo mucho que disfruto follarte así —Juliette mueve la cintura y el consolador se clava más hondo—. Me vuelve completamente loca.

La respuesta de Vivianne es tirar su brazo hacia atrás y empujar el cuerpo de Juliette más hacia ella.

—Ni se te ocurra —Juliette se levanta, saliendo de su chica despacio—. Vamos a perder la reserva si no es que antes me matas. Tengo cincuenta años, nena, puedo morir de un infarto si seguimos. Venga, a la ducha.

Vivianne aún está demasiado mareada como para siquiera reírse, pero si de ella dependiera, no saldría de esa cama en horas.

La relación con Juliette ha resultado una sorpresa que superó las expectativas que la morena había creado en su mente. Llevan casi cuatro semanas pasando los fines de semana juntas, y esta es la segunda vez que Vivianne visita Chicago para disfrutar de unos días junto a su chica.

Su vuelo aterrizó hace unas horas, y la directora ejecutiva la estaba esperando frente a la puerta de llegadas con un pequeño ramo de flores. No había rastro de una sonrisa, pero a Juliette le brillaron los ojos cuando por fin estuvieron frente a frente.

Se fueron a casa con la intención de ducharse y cambiarse para ir a cenar a un sitio en el que es casi imposible conseguir una reserva para cualquier mortal, pero que la rubia con sus contactos pudo conseguir para esa noche.

Vivianne estuvo fascinada con la idea desde que se lo dijo, pero en cuanto tocó los labios de Juliette al llegar a la habitación, el resto del mundo dejó de importar.

Ella la necesitaba dentro, llevaba días deseándolo porque, durante la última semana, su jefa no paró de provocarla con mensajes que parecían inocentes y fotos que mostraban lo justo.

—Te ves preciosa —Vivianne se muerde el labio inferior cuando observa a Juliette terminar de abotonarse la camisa blanca.

Esa es otra faceta que ha conocido en estas cuatro semanas: Juliette Baxter dejando los trajes únicamente para ir a trabajar a Axis mientras varía entre conjuntos seductores, pero con ese estilo que tanto la caracteriza.

Pantalones de corte recto con camisas de manga larga que se ciñen a ese cuerpo que tanto le gusta.

Vivianne también la ha notado más relajada, sobre todo cuando trabajan desde alguna de las casas en Nueva York o Chicago; de hecho, en la última reunión que tuvieron por videollamada con todos los jefes de oficina de la compañía, la morena estaba con ella —en espacios separados— y Juliette iba vestida de cintura para arriba, con bragas debajo y zapatillas cómodas.

—Es imposible que me digas eso —Juliette alarga un brazo y Vivianne le coge la mano. La rubia se coloca detrás de ella frente al espejo—. Mírate, eres exquisita.

Vivianne se ríe y la piel le brilla. Qué diferente es estar con una mujer…

qué diferente es estar con ella. Cuando llegan al restaurante, ambas están impresionadas.

Es un salón grande, pero con las mesas ubicadas de tal manera que los comensales tienen bastante intimidad.

Los techos son altos, las luces tenues y el sonido de las conversaciones apenas un murmullo.

Los camareros parecen deslizarse por los pasillos con confianza y desaparecer con la misma rapidez con la que dejan los platos sobre las mesas.

—Aquí tenéis la carta —una mujer más o menos de la edad de Vivianne les entrega un elegante cartón blanco—.

El menú es cerrado, una degustación creada por nuestro chef François Rembrant.

El maridaje está incluido y en breve empezaremos a serviros.

Buen provecho, y si tenéis alguna duda, estamos para resolverla.

La camarera se aleja de la mesa y en un segundo, la pierden de vista.

—Vaya, esto es muy bonito —Vivianne recorre el salón con la mirada, fijándose en cada detalle.

—Espero que la comida sea igual de impresionante —contesta Juliette—. Me han dicho que lo es, pero prefiero decidirlo por mí misma.

Si alguien viera desde fuera el gesto de Juliette, pensaría que está teniendo una cita horrible, porque a pesar de que ha ido relajándose con el paso del tiempo junto a Vivianne, deshacerse de décadas de malas caras no es fácil.

Vivianne le toca los dedos por encima de la madera y la rubia levanta la comisura de los labios.

—Estoy feliz de haber venido —Vivianne lo menciona porque un cambio de planes inesperado iba a hacer que Juliette viajara a Nueva York a pesar de que no le tocaba hacerlo.

—No puede seguir controlando mi vida —Juliette apretó la mandíbula mientras hablaba con Vivianne por teléfono varias noches atrás—. Querías venir a este sitio, me tomó dos semanas lograr que alguien nos consiguiera esta reserva. No quiero cancelarlo.

Hace cuatro días, Juliette recibió una llamada del Evergreen Medical Residence, en la que le notificaban que Clarice Baxter había iniciado —otra vez— una huelga de hambre para manifestar su incomodidad en el centro y exigir que su hija la llevara a vivir con ella.

De forma automática y sin poder frenarlo en ese momento, Juliette accedió a ir a Nueva York a hablar con su madre, pero justo una hora después y como enviada por el mismísimo Jesucristo, Elizabeth Thompson la llamó para hacerle una consulta y ella acabó contándole lo del aviso de la clínica.

—Maldita vieja bruja —bramó Elizabeth—. Óyeme bien, Juliette, esto tiene que parar. Clarice está perfectamente atendida, y ya pagas una fortuna por ese lugar.

—Lo sé, es que…

—No —la cortó su amiga—. Esa zorra del infierno intentará manipularte hasta después de muerta. Cielo, hace décadas no te veía feliz y nadie, salvo tú misma haciendo una estupidez, puede estropear lo que tanto te ha costado conseguir.

No hizo falta otro impulso que ese y pensar en la sonrisa de Vivianne cuando le dijo que cenarían el viernes en el restaurante que quería conocer, así que Juliette llamó a August Bretton y lanzó su última amenaza.

—No solo sacaré a mi madre de vuestra residencia, es que pienso demandaros por incompetencia, incumplimiento de protocolos sanitarios y falta de adaptación de la dieta a necesidades médicas especiales —Juliette lo dijo con un sonido que parecía el de una cascabel—.

No me haga ir a Nueva York a decírselo en persona.

Cuando colgó el teléfono, se sintió ligera y supo que había hecho lo que su mente necesitaba. Elizabeth tenía razón, a Juliette le había costado estar bien y no iba a permitir que su madre lo estropeara una vez más.

—Esto está buenísimo —suelta Juliette cuando se lleva el bocado de pato añejado con remolacha asada a la boca.

—Joder, sí —Vivianne cierra los ojos mientras mastica—. Tenemos que encontrar un sitio así en Nueva York.

Juliette asiente, aún perdida en los sabores.

—Si te apetece, puedes invitar a Sloane a nuestra próxima cena —lo dice con un tono nervioso y repentino que a Vivianne le hace fruncir el ceño—. Si estamos… ya sabes, juntas, debería conocerla un poco más, ¿no?

Vivianne sonríe y la directora ejecutiva de Axis sabe que ha elegido bien.

—Me apetece, sí, y así celebramos su nuevo puesto.

Sloane Price lleva unos días trabajando con Victoria Bob y parece realmente encantada.

—¿Qué tal lo lleva? —se interesa Juliette.

—A pesar de que siempre le cuesta adaptarse, Vicky ha tomado precauciones que la han hecho sentir bien. Ha tomado el control del proyecto central y yo la veo entusiasmada.

La conversación se extiende entre porciones ridículas de comida carísima y sorbos de vino exquisito mientras las dos mujeres hacen lo que se está volviendo costumbre: hablar de todo, contar anécdotas que las van conociendo más, y planear una corta escapada a San Francisco.

Cuando salen, el aire fresco de la noche las hace suspirar y, como es habitual, miran calle arriba y abajo para dar un paseo, pero Vivianne detiene los pasos de Juliette sujetándola por la mano.

Se coloca frente a ella y pasa las yemas de los dedos por su cuello mientras la mira directamente a los ojos.

—Has perdido —susurra Vivianne mientras levanta las comisuras en una sonrisa arrogante.

Juliette frunce el ceño.

—¿Cómo dices?

—Un día me dijiste que si te desafiaba, perdería —Juliette ahora eleva una de sus cejas—. Intenté no hacerlo, incluso me prohibí mirarte de cierta manera, pero al final te desafié, y no perdí.

La rubia pone sus manos en la cintura de su chica.

—Yo tampoco —la besa suavemente—. He ganado y no sabes cuánto agradezco que me dieras aquel despacho de mierda que me hizo enloquecer… enloquecer por ti.