Capítulo 24
V ivianne lleva cinco minutos con la mirada perdida mientras su mente trabaja como una locomotora a máxima velocidad.
Se siente rara, como vacía, y eso, por supuesto, tiene nombre y apellido.
Juliette Baxter puede ser una mujer extraordinaria, hermosa y con la capacidad de realizar proezas con esas manos que ni siquiera un cirujano experto lograría, pero también posee el poder de romper un alma con unas pocas palabras y la expresión correcta.
Es por ese motivo que la jefa de la oficina de Nueva York apenas pudo dormir anoche y el resultado es que hoy es mitad zombi, mitad zorra sin escrúpulos.
—Te he dicho que no me pases llamadas —escupe cuando el sonido de su teléfono sobre la mesa la hace saltar.
—Lo siento, señora Fox, no es para pasarle una llamada, es para recordarle que en treinta minutos tiene la videollamada con Chicago.
Vivianne cuelga comportándose como una maleducada, pero en ese momento tiene la mente tan nublada que no puede evitar actuar como alguien que no ha aprendido modales jamás.
La maldita llamada con la sede central es otro de los motivos por los que su cuerpo se mantiene rígido como una tabla y con los nervios a flor de piel.
La lista que llevó a Juliette a tener que estar todo este tiempo en la ciudad finalmente se ha cerrado; de hecho, el último nombre fue añadido hace más de siete días, pero, al parecer, el presidente de la compañía, el señor Long, está manteniendo reuniones con los jefes de oficina una vez se ha tomado la decisión final de los recortes.
Para ella, tener que ver a Juliette tiene dos lecturas: la primera es que podrá verla, hablar con ella y que le deje explicarse el comentario de ayer, que evidentemente malinterpretó.
La segunda es tener que aguantar su posible mal humor —peor que el de la propia Vivianne— y que acaben como al principio, chocando.
Suspira con hastío y se pone de pie. Hoy es uno de esos días en los que Vivianne Fox se viste para matar, para que la gente gire el cuello cuando la ve pasar.
Lo hace porque lo necesita; se siente vulnerable cuando una discusión socava su seguridad, y uno de los bálsamos que suelen ayudar es verse en el espejo y confirmar que siempre puede conseguir lo que se propone.
Camina hacia la sala que tiene reservada para hacer la reunión y, cuando pasa junto a la mesa de la pobre Amber, la chica finge estar demasiado ocupada para no tener que cruzar miradas con la malfollada de su jefa.
—Hola —saluda Vivianne cuando llega hasta la puerta de la sala y coincide con Juliette. La mujer debió de hacer lo mismo: apurar hasta el último minuto para no tener que pasar por un momento incómodo demasiado largo.
—Hola —sí Juliette Baxter fuera una perra de cuatro patas, sin duda sería un rottweiler que ladraría justo como ahora en vez de hablar.
Ambas ocupan un puesto en la mesa, distantes, pero de una manera que de algún modo las hace quedar en la visión periférica de las dos.
Se entretienen abriendo sus portátiles y Juliette se conecta a la red para que la videollamada pueda proyectarse en el televisor que tienen al frente.
Por suerte, el señor Long es puntual y al cabo de unos segundos empieza la reunión.
—Habéis hecho un buen trabajo —las elogia el hombre después de los saludos—. Sé que no es fácil tomar este tipo de decisiones, pero Axis Integration Group va a indemnizar como corresponde a todos los trabajadores que…
Vivianne está bastante segura de que el presidente de la empresa ha memorizado ese discurso corporativo y absurdo para repetirlo en cada una de esas llamadas.
El hombre hace movimientos ensayados, ladea un poco la cabeza, sonríe ligeramente y se toca la corbata en un gesto que parece descuidado pero que sin duda no lo es.
La tortura dura más de media hora, en la que hacen un repaso breve sobre los nombres de la lista, y tras dos nuevas felicitaciones la llamada llega a su fin.
Juliette ha actuado como siempre, directa y sin un ápice de simpatía.
Ha llevado su propio resumen y ha contestado con firmeza cada pregunta que ha hecho Long, todo esto sin mirar ni una sola vez a Vivianne.
Cuando la rubia se levanta y coge el portátil para salir de la sala, la jefa de la oficina de Nueva York la imita e intenta hablar con ella.
—Lo de ayer… —comienza Vivianne, y unos ojos muy azules la atraviesan.
Juliette no escucha otra cosa desde ayer que ruido.
Para ella lo que estaba teniendo con la morena era un acuerdo satisfactorio para ambas partes, o al menos eso era lo que pensaba hasta que Vivianne por fin le soltó lo que llevaba atravesado en el pecho desde hacía días.
Toda esa organización que había logrado compartimentar en su mente se derrumbó en el mismo momento en que escuchó ese «no tengo muy claro que tu plan vaya a funcionar» y su cerebro no entendió otra cosa que «no eres suficientemente interesante como para estar contigo después de que te vayas de Nueva York».
Sí, sabe que está exagerando, pero es algo que no puede evitar; así funciona ella tras haber pasado tantos años bajo el yugo narcisista de su madre, algo que, después de décadas, aún le sigue afectando.
—¿No tienes trabajo que hacer? —la interrumpe Juliette con la voz helada.
Vivianne la mira y le gustaría zarandearla, pero suaviza la voz para que Juliette entienda que no busca una confrontación, sino aclarar un malentendido.
—Me gustaría aclarar lo de ayer; creo que…
—No estoy para gilipolleces, Vivianne —golpea el suelo con su zapato de tacón—. No sé con quién estás acostumbrada a tratar, pero conmigo no se juega.
Da media vuelta y sale de la sala dejándola con la palabra en los labios.
Se apresura a entrar en ese agujero que tiene que llamar despacho, recoge sus cosas con rapidez y sale directa a los ascensores.
Juliette no puede estar un minuto más en ese edificio: la corbata le aprieta demasiado y, por más que tire del nudo, el oxígeno no le circula bien.
Cuando pone un pie en la calle no siente ningún alivio; todo lo contrario: la ansiedad empieza a golpearla.
Se sube a un taxi que se detiene en la acera en cuanto ella levanta la mano y le escupe la dirección al taxista.
Se abre los botones del chaleco y cierra los ojos mientras intenta calmar la respiración. Jodida Vivianne Fox, que además hoy parecía que había salido de un desfile de moda, con ese traje color vino y los tacones tan altos como elegantes.
—Vaya, sí que has tenido que meter la pata hasta el fondo —Elizabeth Thompson se hace a un lado y la deja pasar. Juliette le besa la mejilla y camina hasta el salón—. Tienes una suerte tremenda; Tina no volverá hasta dentro de dos horas, por lo que podré escuchar con calma lo que has hecho.
—¿Y por qué piensas que he hecho algo? —ladra la rubia mientras la fulmina con la mirada.
Elizabeth camina con la misma elegancia de siempre y se sienta en su butaca favorita.
—El tono, Juliette, el tono —la mujer cruza la pierna con tranquilidad—. Cuídalo frente a mí.
La directora ejecutiva se deja caer en el sofá con un resoplido de frustración.
—Vamos a dejar a un lado este teatro infantil y empieza a contarme qué ha pasado con esa mujer que tanto te gusta —Elizabeth sonríe de medio lado cuando Juliette levanta las cejas—. Cariño, ninguna otra cosa te haría aparecer por mi casa sin avisar.
Juliette se remueve incómoda; a veces detesta lo mucho que la conoce su amiga.
—Teníamos un plan. Vivianne y yo —comienza diciendo—.
Seguiríamos conociéndonos y, cuando yo tuviera que volver a Chicago, ambas haríamos lo necesario para vernos.
Ella estuvo de acuerdo, pero a la vez empezó a comportarse diferente; no sé, se quedaba ausente como si estuviera pensando en algo todo el rato.
—¿Otra persona? —inquiere Elizabeth, y frunce el ceño.
—No, no hay nadie más. Es que ahora no cree que vaya a funcionar —se toca el cabello y desliza su palma hasta la coleta ajustada—. Quizá es que no le merece la pena el esfuerzo.
La mayor de las dos deja que los segundos caigan entre ellas para que el silencio haga su parte. Después clava los ojos en Juliette, igual que hace décadas cuando la joven entraba en un bucle autocompasivo por cosas que solo estaban en su cabeza.
—¿Te lo dijo expresamente?
—¿El qué? —pregunta la rubia.
—Eso de que no merece la pena el esfuerzo.
Niega, aunque lo hace con rabia porque sabe qué dirección van a tomar las palabras de Elizabeth.
—Según lo que me has explicado, Vivianne nunca ha estado con una mujer; incluso me hablaste de un divorcio reciente —Juliette asiente—.
Tienes que entender, Juliette, que las mujeres no somos tan prácticas ni tan descorazonadas como los hombres.
Nosotras tenemos la necesidad imperiosa de sentirnos seguras, de que la persona a la que queremos también nos quiera, y tener una relación a distancia es un gran paso, sobre todo siendo adultas con pasados amorosos poco estables.
Elizabeth suspira, con los inicios con Tina flotando en algún lugar de su mirada.
—¿No te has fijado en la cantidad de lesbianas que atraviesan un país, incluso en transporte público, para ver a la mujer que les gusta?
—¿Y eso qué tiene que ver con lo que pasa entre Vivianne y yo?
Elizabeth chasquea la lengua como si estuviera hablando con una persona de inteligencia limitada.
—Que somos pasionales, Juliette, y una mujer como Vivianne, que viene de estar con un hombre —arruga la nariz y mueve los hombros fingiendo un escalofrío—, necesita que esa pasión que está sintiendo sea recíproca; que, si decide subirse a un avión para verte cada fin de semana, exista la certeza de que lo vuestro de verdad puede funcionar.
Dime una cosa: ¿la has hecho sentir segura en ese aspecto?
Juliette no contesta, porque no sabe qué decir. Ella perdió práctica en esto de las relaciones hace años; de hecho, lo que tuvo con la mujer sentada frente a ella fue fácil porque Elizabeth se encargó de llevar las riendas.
—Además, vuestro comienzo no fue precisamente un camino de rosas. Estarás de acuerdo conmigo en que eres una zorra insoportable cuando te lo propones, y con esa mujer te lo propusiste. Mucho.
Ahora es el turno de Juliette de chasquear la lengua y negar.
—Pudo haber dicho algo al respecto cuando le hice la propuesta —se defiende Juliette—, no después de mentirme durante días asegurando que no le pasaba nada para después soltarme que lo nuestro no funcionaría.
Elizabeth entrecierra los ojos.
—Imagino que tus habilidades en la cama siguen siendo tan buenas como antes, porque es la única razón que encuentro por la que esa mujer te haya soportado todo este tiempo —Juliette pone los ojos en blanco—.
No voy a ganar esta discusión, pero sé que te voy a hacer meditar en ello.
Te veías bien, cariño; esa fiera dentro de ti parecía adormilada.
Piensa en eso, en lo bien que te hacía sentir estar con Vivianne, y en si de verdad merece la pena seguir siendo tan terca como para no plantarte frente a ella y hablar como dos adultas de lo que va a pasar entre vosotras.
Juliette levanta la barbilla.
—Ya no hay nada más de que hablar.
Elizabeth hace un ruido con la boca y se pone de pie.
—Bueno, me aseguraré de mudarme pronto para no tener que ver tu anciano culo arrastrándose hasta aquí llorando por haber tomado las decisiones equivocadas —le hace un gesto con la mano para que la siga—.
Vamos a la cocina a preparar la cena antes de que llegue Tina.
Yo sí quiero conservar a mi mujer, y para eso hay que hacer esfuerzos.
Elizabeth le guiña un ojo y Juliette aprieta la mandíbula.