Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Tres semanas después.

A Juliette la despierta la luz cegadora de un relámpago que atraviesa la ventana e ilumina toda la habitación.

Abre los ojos de golpe a pesar del sueño, y lo que más la sorprende, cuando consigue ser consciente de dónde ha venido la luz que se ha colado a través de sus párpados, es que haya sido ese fogonazo y no el ruido potente de la tormenta contra los cristales lo que la haya despertado.

Es domingo y está amaneciendo, aunque la luz que entra en la habitación es más oscura de lo que debería porque el cielo está muy encapotado, pero eso no impide que vea con nitidez la figura de Vivianne a su lado.

La jefa de la oficina de Nueva York duerme bocabajo y la sábana la cubre hasta los hombros. Están en su piso y Juliette suspira con fuerza para intentar calmar los latidos que se aceleran en su pecho.

Han sido semanas densas en las que se han dedicado a lo que propusieron: conocerse. Casi todos los días después del trabajo, han hecho cosas como ir al cine, al teatro o simplemente disfrutar de una cena en un buen restaurante.

Juliette ha descubierto que Vivianne Fox no solo es una mujer atractiva y temperamental que explota cuando las situaciones la sobrepasan y no sabe cómo gestionarlas, ahora sabe que también es una persona muy cercana, cálida y sorprendentemente cariñosa que la ha mimado cada día.

Las dos veces que Juliette ha tenido que ir a ver a su madre en estas semanas, Vivianne se ha ofrecido a acompañarla.

—Te espero fuera, pero no quiero que vayas sola.

Eso fue lo que le dijo la primera vez y Juliette, acostumbrada a no necesitar a nadie y resolver todos sus problemas ella sola, estuvo a punto de negarse por inercia, pero tras unos segundos reflexionando aceptó, porque la vez que Vivianne la acompañó cuando la llamaron tras el amago de infarto todo había sido más fácil que cuando iba sola.

Se sintió apoyada, con la sensación de que si se caía, Vivianne iba a sostenerla.

Hace dos noches cenaron de manera improvisada con Sloane y Jenna tras encontrarse con ellas cuando salían de una exposición, y Juliette no solo no se sintió incómoda en compañía de las mujeres, sino que descubrió el amor infinito que se tienen las hermanas y eso la hizo comprender el malestar que provocó en la mujer que duerme a su lado el hecho de que Sloane Price estuviera en la lista.

Ahora están ahí y lo único que le apetece es despertarla para hacerle el amor y aprovechar el tiempo que les queda, porque Juliette regresa a Chicago el próximo miércoles y todavía le cuesta entender lo rápido que le ha pasado el tiempo al lado de Vivianne.

Está tan cómoda con ella que hasta se estuvo planteando presentarle a su amiga Elizabeth Thompson, pero desistió porque Vivianne lleva tres días comportándose de forma extraña, y eso tiene a Juliette bastante inquieta y algo molesta.

Cuando le pregunta si le pasa algo, la morena asegura que está bien, que son cosas suyas, pero Juliette está segura de que le miente: aunque no tenga experiencia en relaciones, sí la tiene con las mujeres en general, y ese comportamiento entre esquivo y ausente ya lo ha visto otras veces.

Decide levantarse y, al moverse, la mano de Vivianne se cierra sobre su brazo.

—¿Qué hora es? —pregunta sin abrir los ojos.

—Temprano, sigue durmiendo —responde Juliette, pero Vivianne no la suelta y, tras un bostezo, se da la vuelta y abre los ojos.

—¿Por qué sales de la cama tan temprano? Es domingo y está lloviendo, no hay un sitio mejor que este.

Juliette sonríe porque esta parte perezosa de Vivianne es algo que le sorprende y le fascina a partes iguales.

La primera vez que quiso vaguear en la cama, le pareció chocante teniendo en cuenta el tipo de mujer nerviosa que es, pero son estos contrastes los que más le gustan a la directora ejecutiva de Axis.

—Tengo hambre. Voy a ducharme y a hacer algo de desayuno. ¿Quieres que te lo traiga a la cama?

Ahora es Vivianne la que sonríe, y al mismo tiempo que lo hace siente una ligera opresión en el pecho, la misma que lleva días experimentando porque ella también ha descubierto cosas con su jefa: cuando está relajada, Juliette está muy lejos de ser esa ejecutiva estirada con una vara atada a la espalda.

Es espontánea, divertida y amante de la improvisación cuando están fuera del trabajo, y tiene un sentido del humor un poco sarcástico que hace que Vivianne se lo pase muy bien a su lado, y cada cosa que descubre de ella es una más que le atraviesa el pecho cuando piensa en que Juliette se irá en unos días y la dejará huérfana de su presencia; Vivianne se ha acostumbrado tanto a estar con ella que no puede soportar la idea de no verla.

—Me levanto y voy contigo a la ducha si no te importa —responde la morena, estirándose perezosa mientras mira de reojo por la ventana y después a Juliette, que se inclina sobre ella y la besa antes de levantarse.

—Me parece una idea genial.

Media hora después, las dos están en la cocina, duchadas y satisfechas, y mientras Juliette termina de preparar el desayuno porque ha insistido en hacerlo ella, Vivianne está inclinada sobre la isla central, con los brazos cruzados sobre el mármol y la mirada clavada en la ventana, completamente absorta.

Este es parte del comportamiento que tiene inquieta a Juliette, porque su amante tiene demasiados momentos como este desde hace días y eso vuelve muy incómodas para ella las situaciones que deberían ser normales.

—¿Vas a decirme qué te pasa de una vez? —explota de repente, apagando el fuego y dejando los huevos en la sartén.

Vivianne se incorpora y se gira hacia ella, sorprendida por el tono molesto y exigente.

—Ya te he dicho que no me pasa nada…

—Joder, Vivianne —Juliette se muerde los labios unos segundos y se pasa la mano por el cuello—, deja de mentirme a la cara.

Llevas días muy rara, te quedas pasmada cada dos por tres y a veces tengo la sensación de que ni siquiera me escuchas cuando hablamos, tienes la cabeza en otra parte y, si tiene que ver conmigo, quiero saberlo.

—Vale —cede Vivianne al fin, apartándose un mechón que le molesta de la frente—. Es que no tengo muy claro que tu plan vaya a funcionar.

—¿De qué plan hablas? —pregunta descolocada.

—De nosotras, de la distancia, no sé si funcionará, Juliette, yo…

—¿Ahora no lo sabes? —la corta su jefa, a la que el nivel de irritación se le ha multiplicado porque una parte de ella siente que Vivianne ha jugado con ella—.

Llevo días preguntándote si te pasa algo y tú negándolo cuando tenías muy claro que no estabas segura de esto.

Me has tenido nerviosa e inquieta, preocupándome e imaginando de todo, y ahora que faltan tres días para que me marche me dices que no estás segura.

Vivianne resopla, empezando a ponerse nerviosa porque no sabe cómo explicarse y encuentra exagerada la reacción de la ejecutiva.

—No digo que no esté segura de lo que siento, lo que digo es que…

—No funcionará —la interrumpe de nuevo—, lo has dicho muy claro. No crees que funcione a distancia, pero hace tres semanas, cuando lo propuse, te pareció perfecto, o puede que no y decidiste no decirme nada en ese momento.

Juliette está tan exaltada que le cuesta respirar. No sabe cómo se gestionan estas cosas, no las ha vivido y, por un momento, todo le da vueltas, pero enseguida sale esa parte de ella que la convierte en esa mujer que se autoprotege cuando tiene miedo.

—Pues esto es lo que hay; si esperabas otra cosa, yo no puedo dártela —no se ha expresado bien y lo sabe, y su tono prepotente tampoco está ayudando porque la mirada de Vivianne se ha endurecido.

—No te he pedido nada, tú me has preguntado qué me pasa y te lo estoy intentando explicar. ¿Es que no puedes tener una conversación adulta normal?

Juliette parpadea; el corazón se le desboca.

Puede tener una conversación, de eso está segura, pero no ahora mismo porque su cabeza se ha convertido en un hervidero de pensamientos cruzados que es incapaz de ordenar o entender.

Le gusta esta mujer, pero ¿qué les espera si Vivianne no está segura de que puedan avanzar?

Le encantaría encontrar las palabras para explicarle que ella sí que cree en esto, que está segura de que pueden conseguirlo si las dos quieren lo mismo, pero está tan ofendida —o asustada— por esa falta de confianza de Vivianne, que las palabras desaparecen de su boca y es incapaz de pronunciar ninguna cuando lo intenta.

La jefa de la oficina de Axis en Nueva York ve el ligero temblor en su labio y la furia mezclada con miedo en sus ojos.

Quiere acercarse y decirle que no pasa nada, que lo pueden hablar más tarde, pero Juliette, ante ese temor de mostrarse vulnerable, decide que no quiere estar aquí, que no necesita la compasión de esta mujer ni que la mire como si fuera un animal herido.

—No creo que haya que decir nada más —Juliette se sorprende al escuchar su voz, le sale en un tono bajo y ronco, pero las palabras han aparecido aunque no eran las que ella quería decir.

Se gira y sale de la cocina para ir a la habitación a coger su móvil y después al salón a por su bolso. Vivianne se queda en la cocina, congelada, incapaz de impedir que se vaya porque las últimas palabras de la ejecutiva la han golpeado como un martillo en el centro de la frente.