Capítulo 22
—Lo siento, lo siento, lo siento —se disculpa Vivianne, entrando agitada al Billi's, donde saluda al dueño alzando la mano mientras camina hacia la mesa donde ya la esperan sentadas Sloane, Jenna y Vicky Bob, con las que ha quedado para tomar una copa después de que su hermana propusiera reunirse aquí a las siete de la tarde.
—Tranquila, solo llegas quince minutos tarde —dice Vicky Bob con cierto tono mordaz.
Vivianne deja el bolso y se sienta ignorando el comentario.
—Gracias, Bill —dice cuando el hombre le deja un vaso de whisky delante.
—¿Dónde estabas? —pregunta Sloane.
Los hombros de su hermana se tensan porque, aunque lo ha intentado mientras venía de camino, no ha logrado dar con una excusa convincente para no decir que hace apenas una hora estaba follando con Juliette en su hotel.
No ha podido porque lo único que hay en su cabeza es el cuerpo de esa mujer y todo lo que le ha hecho con la lengua.
—Se me ha echado el tiempo encima ordenando cosas en casa —dice de repente, orgullosa de haber sabido responder bajo presión—. Bueno, ¿qué hacemos aquí? —pregunta, intentando que el tema no se centre en ella.
—No voy a aceptar la oferta de Axis —suelta Sloane a bocajarro.
El pulso de Vivianne se acelera mientras alterna la mirada entre su hermana y Jenna.
—Joder, qué alivio —dice sin poder evitarlo, porque la idea de que su hermana se alejara de ella la tenía muy inquieta.
Sloane sonríe.
—He aceptado la oferta de Vicky —explica señalándola con la cabeza, y Vicky Bob levanta los dedos con gesto de victoria, haciendo reír a Vivianne.
—Me alegro, Sloane, pero ¿te lo has pensado bien? —necesita asegurarse de que su hermana toma la decisión por los motivos correctos y no por ego.
—Sí. Jenna y yo lo hemos hablado y ninguna queremos marcharnos de Nueva York. Además, si me echan me darán una buena indemnización —levanta las cejas y sonríe, orgullosa.
—¿Solo lo haces por dinero? —Vivianne no sabe si todavía tiene el cerebro fundido por los dos orgasmos de esta tarde o si simplemente no está entendiendo a su hermana.
—Si me dejas terminar…
—Vale, lo siento.
Sloane coge la mano de Jenna.
—Hemos decidido irnos a vivir juntas, y para que cada una tenga su espacio lo mejor es que trabajemos separadas.
—Dios mío —Vivianne se emociona—, eso es genial, Sloane, me alegro mucho por vosotras.
Vicky Bob levanta su copa y todas brindan por la noticia.
—Bueno, ¿y tú qué? ¿Piensas hablarnos de lo que sea que tienes con Juliette? —pregunta Sloane, que últimamente no ha podido hablar con su hermana más que algunos minutos en el trabajo, porque desde que Vivianne se mudó —incluso antes— la jefa de la oficina de Axis en Nueva York apenas se deja ver.
—No sé qué explicar exactamente —dice Vivianne con un suspiro.
—Te ayudo —se ofrece Vicky—. ¿Estáis solo follando o es algo más serio?
A Jenna le hace gracia ver a su cuñada sofocarse de repente.
—No lo sé —su expresión se transforma, y pasa de estar ruborizada a pensativa.
—¿Cómo que no lo sabes? —Sloane frunce el ceño—. ¿No habéis hablado?
—Sí, hablamos sobre el tema hace un par de días, y Juliette tiene razón: no podemos precipitarnos, ella vive en Chicago y yo aquí, se irá en unas semanas y lo único que podemos hacer es disfrutar lo que tenemos por ahora.
Vivianne trata de sonar tranquila y convincente, pero Vicky le lanza una mirada que le deja claro que a ella no la ha convencido.
—Entonces, ¿lo vais a dejar en eso? ¿En un rollo entre jefa y empleada que pasan de odiarse a follar como posesas y después no pasa nada? —pregunta Jenna, sorprendida.
—No, no es eso —Vivianne coge una servilleta de papel, la rompe en varios trozos y hace bolitas con ellos.
—Estas semanas servirán para conocernos, es lo que propuso Juliette y me parece bien, es lo lógico. Si la cosa va bien entre nosotras, nos compaginaremos para viajar, ella vendrá a verme a Nueva York y yo a Chicago. Además, tiene a su madre aquí, así que a lo mejor puede escaparse más.
Vivianne omite que su madre no es precisamente un motivo que haga que Juliette quiera viajar, pero se convence de que lo hará y así se verán más, igual que también intenta convencerse de que eso es lo que quiere, de que puede conformarse con ver a esa mujer unos días al mes.
—Si viviera aquí, ¿crees que el plan que tenéis sería el mismo?
—pregunta Vicky, que conoce muy bien a su amiga y sabe que debajo de esa fachada de mujer inquebrantable se esconde alguien que lo da todo en las relaciones y no concibe la distancia, porque necesita ese afecto físico que solo te da poder ver a tu pareja aunque sea unos minutos cada dos días.
—Imagino que no, la cosa sería diferente. Obviamente lo hemos establecido así por la distancia; hemos de asumir que ella tiene su vida allí y yo la mía aquí.
De repente, recuerda que la mejor amiga de Juliette también vive en Nueva York, y eso hace que su pecho se afloje un poco, porque ese es otro motivo que Juliette puede tener para venir a la ciudad y, cuantos más tenga…
Vivianne se está agobiando y no sabe qué pensar.
Está de acuerdo en lo que hablaron, lo entiende y sabe que es lo correcto y, aun así, le cuesta respirar cuando piensa en que sus días al lado de Juliette tienen fecha de caducidad.
Que su jefa se irá a Chicago y ella seguirá en Nueva York, y después solo le quedará esperar a que sus agendas cuadren para verse.
—¿Queréis otra ronda? Voy a pedir a la barra, necesito estirar las piernas después de todo el día sentada.
La excusa es tan mala que Vicky se levanta tras ella y la sigue, apoyando los codos en la madera mientras esperan a que Bill pueda atenderlas.
—No te gusta ese plan —dice Vicky.
—Es lo correcto.
—No te estoy preguntando si es correcto, porque que lo sea no significa que tenga que gustarte.
Vivianne traga saliva y asiente.
—No me convence, no. Me ha costado admitirlo, pero estoy enamorada de ella y la idea de separarnos así, no sé, me da miedo que la distancia haga que no funcione.
—Lo hará si las dos lo queréis, Viv; céntrate en eso.
En una cosa le doy la razón: no habéis tenido tiempo de conoceros y su propuesta es la correcta.
Creo que ese espacio os vendrá bien, esos días sin veros; así sabrás si la echas de menos y ella a ti.
Al principio todo es follar y volverse loca, pero también está lo demás, que es lo más importante.
—Dice la mujer que nunca ha tenido una relación estable.
Vicky hace una mueca como si le hubiera dolido.
—Que no la haya tenido no quiere decir que no sepa cómo funciona.
De hecho, lo sé mejor que nadie porque lo que a mí me aterra es el compromiso; por eso sé lo que es la intensidad del principio y lo importante que es lo demás, porque ninguna mujer que me haya gustado ha aceptado nunca tener solo lo primero sin que yo me comprometa con lo segundo.
La morena agradece las palabras de Vicky, entiende lo que le quiere decir y que solo trata de darle motivos para que no se agobie, pero sin saberlo, la pelirroja la ha puesto más nerviosa: Juliette tampoco ha tenido una relación seria en su vida, y eso mete mierda en la cabeza de Vivianne, que ahora empieza a temer que eso, sumado a la distancia, sea una razón por la que Juliette no quiera implicarse más una vez se separen.
—Oye —dice Vicky, que no puede adivinar lo que piensa su amiga, pero sí sabe leer su expresión preocupada—. Tú le gustas a Juliette, ¿no?
—Sí —los labios de Vivianne se curvan en una sonrisa tonta.
—Pues céntrate en eso. Las dos os gustáis, y para empezar solo necesitáis eso.
Además, si es una mujer inteligente como la describes, no te dejará escapar, porque es muy difícil encontrar a una mujer resuelta como tú, atractiva y con un corazón enorme.
Deja de darle vueltas, Viv, y dedícate a seguir enamorándote de tu jefa y a hacer que ella se enamore de ti mientras la tengas cerca.
Cuando se marche solo estará pensando en cuándo volver para verte, estoy segura.
—Gracias, Vicky.
—¿Qué os pongo?
Las dos se giran hacia la barra al oír la voz de la mujer. Meryl está frente a ellas, con una coleta despeinada y las mejillas completamente rojas. Vivianne está a punto de hacer el pedido, pero la cara embobada de Vicky la detiene.
—¿Qué queremos, Vicky? —pregunta divertida.
Vicky Bob parpadea, se inclina sobre la barra apoyando los codos como si quisiera hablarle a la camarera en voz baja, y esta, como si estuviera hipnotizada, también se acerca para escuchar a Vicky Bob.
—Querría tu número de teléfono, pero mientras decides si me lo das, puedes poner otra ronda con lo mismo de antes.
Vivianne, que la ha escuchado perfectamente, se queda perpleja ante el descaro de su amiga, pero su rostro congelado no es nada comparado con el de la camarera: si antes estaba roja, ahora parece a punto de estallar, y tartamudea una respuesta que ninguna entiende antes de girarse para coger una bandeja y preparar el pedido con las manos temblando.
—Joder —dice Vivianne, tirando de Vicky hacia la mesa—. ¿Quieres que Bill la despida o qué? La has puesto tan nerviosa que…
Un estruendo de cristales contra el suelo las hace girarse para ver a Meryl mirando a sus pies con la boca medio abierta, como si no pudiera comprender el motivo por el que sus manos son tan torpes.
—Dios mío, es preciosa —murmura Vicky, con los ojos fijos en la chica mientras Bill suelta un bufido de resignación.