Capítulo 21
V ivianne se mueve por su apartamento de un rincón a otro, revisando que todo esté tan perfecto como lo ha dejado hace unos minutos y, tras confirmar tres veces que sigue impoluto, camina hacia la cocina.
Allí hace lo mismo: las dos copas alineadas sobre la encimera, una servilleta de tela blanca y el sacacorchos justo al lado.
Su hermana Sloane estaría muy orgullosa de ella, eso seguro.
Intenta relajarse por un momento, pero no puede porque el telefonillo emite un sonido metálico que por poco la hace trastabillar y tiene que sujetarse con fuerza a la puerta de la nevera.
—Sube —le dice al aparato sin siquiera preguntar de quién se trata, porque ella lo sabe muy bien—.
Cinco minutos después, Juliette Baxter sale de la pequeña caja mortal que supone el ascensor y camina hacia ella con el mismo gesto adusto con el que se pasea por la oficina, pero esta noche hay algo diferente que a Vivianne le deja la boca seca.
Su jefa lleva el cabello rubio suelto, que le baila rozándole los hombros, viste un pantalón blanco de corte ancho, unos mocasines negros a juego con un cinturón fino y una camisa de manga larga con varios botones sin cerrar que dejan ver esa piel tersa del pecho en la que Vivianne ha puesto su lengua en varias ocasiones.
—Hola —la saluda Juliette con un tono de voz modulado para no parecerse a la perra rabiosa que habitualmente es—.
—Hola —Vivianne empuja hacia otro lado sus pensamientos lascivos—. Pasa, por favor.
La rubia entra al apartamento y mueve los ojos durante unos segundos mientras lo registra todo.
Es un espacio bonito y sencillo, con una ventana a la izquierda que da hacia la calle y que, de día, deja entrar la luz.
El sofá es grande, parece de esos que se abren y se convierten en cama, y por alguna razón ese sofá no combina con Vivianne.
La morena hace un gesto con la mano para que la siga y le hace un corto recorrido que dura apenas un par de minutos; el tamaño del apartamento no da para más.
—¿Vino? —le pregunta la anfitriona cuando llegan a la cocina—.
La respuesta de Juliette es cogerla por la cintura y pegarla a la encimera. No lo hace con fuerza, es un movimiento más bien calculado, y de inmediato el calor del cuerpo de la jefa de la oficina de Nueva York la envuelve.
—Primero dime por qué estás tan nerviosa —Juliette pega la nariz a su cuello y la arrastra lentamente hasta la clavícula. Deja un beso ahí y levanta la cabeza—. No es la primera vez que estamos a solas fuera de la oficina—.
Vivianne la besa porque esa mujer la vuelve loca y, una vez más, confirma que realmente empieza a sentir mucho por ella.
—¿Dónde has dejado tu chulería? —Vivianne cierra los ojos al escuchar la pregunta porque Juliette ha adelantado su cadera y el estallido de placer que ha sentido la ha desestabilizado—.
Intenta recobrar el control de su cuerpo y, aunque le cuesta al principio, lo logra; entonces le muerde el labio inferior a Juliette y luego le pone una mano en el pecho para alejarla de ella.
—No sé a qué chulería te refieres —le dice con muchísima chulería—. Déjame servir el vino y nos sentamos en el salón—.
Juliette estira los labios y Vivianne le da la espalda para buscar la botella. Las manos le tiemblan ligeramente, parece que sea la primera vez que está en una cita o a solas con la persona que le gusta.
Cuando llegan al salón y ambas se sientan en el sofá, Juliette es la primera en tomar un sorbo de su copa y aprobarlo con un leve movimiento de cabeza.
—Bueno, ¿me vas a contar qué te pasa? —levanta una ceja cuando ve en el rostro de la morena la intención de contradecirla—.
Y no me digas que nada, porque si me mientes me enfadaré.
Algo te pasa y, si me incumbe, quiero saberlo.
Y si no tiene nada que ver conmigo, pero igual quieres contármelo, voy a escucharte—.
Si Juliette supiera que solo con esa frase acaba de ganar miles de números en la rifa que ha decidido organizar su corazón, sería más comedida con sus palabras.
—Eres la primera mujer con la que… —Vivianne no sabe cómo continuar la frase porque decir «besar» le parece poco y «follar» le parece vulgar. Qué hipócrita: hace un momento estaba deseando que Juliette se lo hiciera sobre la encimera—, me involucro—.
Le ha quedado bien, decide.
Juliette toma otro sorbo de su copa, aunque mantiene la mirada en los ojos marrones que la miran con intensidad.
—¿Eso es lo que te tiene así de nerviosa? —la pregunta descoloca a Vivianne—. Porque, aunque sea tu primera vez con una mujer, se nota que lo disfrutas mucho.
La cara le arde con una vergüenza que le cuesta medir, pero Juliette no miente: se ha deleitado como nunca.
—No se trata de eso —la corrige la morena—.
A mi edad no me esperaba que me pasara esto, y en cuanto he llegado a mi apartamento sabiendo que venías después, los nervios me han atacado porque me he dado cuenta de que, tras el divorcio, la única persona que me ha gustado de verdad eres tú. Una mujer que, además, es mi jefa.
El corazón de Juliette se acelera, porque una cosa es la evidente atracción que hay entre las dos y otra muy distinta que Vivianne le confiese que le gusta estar con ella, al parecer no solo como una mera aventura sexual.
—¿Te divorciaste hace mucho? —Juliette elige tomar el camino fácil—.
—Hace menos de lo que me gustaría —suspira Vivianne y se bebe casi todo el contenido de su copa de vino—.
Mi matrimonio llevaba mal mucho tiempo y yo no era consciente, ya sabes, todas las relaciones pasan por malos momentos, bla, bla, bla, pero la realidad es que Andrew siempre fue un marido de mierda, un egoísta que solo pensaba en él y limitaba mis gustos en todos los sentidos.
Solo fui capaz de abrir los ojos cuando las ofensas eran demasiado evidentes: «te has convertido en una vieja, Vivianne», «esa camisa te queda horrible», «tienes las tetas caídas»—.
La vena del cuello de Juliette se le marca tanto que escuchar esos comentarios la está consumiendo por dentro.
—Al final, tras el divorcio, me pidió perdón por todo, pero ya era demasiado tarde porque habían hecho mella en mí. Me mudé con Sloane y decidí cerrarle las puertas a las citas… hasta que llegaste tú—.
La directora ejecutiva ni siquiera vacila cuando abre la boca:
—Tú también me gustas —Juliette quiere decírselo porque, además de ser verdad, Vivianne Fox es una mujer preciosa por dentro y por fuera. Ese tal Andrew es un imbécil que merece quedarse sin huevos, si es que alguna vez los tuvo—. Tu exmarido no tiene ni idea de mujeres—.
Vivianne suelta una carcajada entre nerviosa y agradecida porque el comentario ha logrado relajarla al menos un poco.
Escuchar que lo que hay entre ellas es recíproco también hace que su cuerpo se destense, porque leer a Juliette Baxter es tan difícil como entender un texto en arameo, y que haya tenido la deferencia de ser directa es de agradecer.
—¿Tú has estado casada?—.
Juliette por poco se ahoga con el último sorbo de vino. Niega con la cabeza.
—Solo he tenido una relación en mi vida y fue hace muchos años, al comienzo de mi veintena. Luego entendí que compartir mi vida con alguien no era algo que se me diera muy bien—.
Vivianne levanta las cejas.
—¿Fue tan mala la experiencia?—.
—No, la verdad es que no; Elizabeth es ahora casi mi única amiga, lo ha sido siempre.
Yo era demasiado joven, ella ya tenía experiencia, había hecho suficiente dinero y nuestros objetivos no estaban al mismo nivel.
Yo necesitaba salir de Nueva York, conocer mundo, y ella me ayudó a hacerlo.
Fue duro para las dos, pero nos ha ido bien—.
Juliette sonríe porque a Elizabeth le ha ido mucho mejor en eso del amor, pero ella no puede quejarse: ha logrado muchas de las cosas que se ha propuesto, aunque la soledad le haya taladrando el cráneo de vez en cuando.
El silencio cae entre las dos. Es entre cómodo y raro porque hay una conversación pendiente —después de las palabras que acaban de compartir— que a ninguna de las dos le es fácil abordar.
Juliette no es de las que habla de estas cosas, no sabe cómo hacerlo, y Vivianne no quiere ser demasiado intensa y asustarla.
—Tenemos que ser conscientes de que tú vives aquí y yo en Chicago —para sorpresa de ambas, es Juliette la primera en hablar—. Que en unas semanas yo volveré a mi ciudad y tú seguirás en la tuya—.
A Vivianne no le gusta el camino que está tomando la conversación.
—¿Y qué propones? —pregunta con la molestia en la punta de la lengua—. ¿O solo vas a comentar lo negativo?—.
—Cuidado con el tono, Vivianne —los ojos azules le brillan con una chispa de maldad—. Tienes muy poco control en esa boca—.
De nuevo el pinchazo en el vientre la deja sin palabras. Maldita Juliette Baxter.
—Solo digo que disfrutemos el tiempo que me queda en Nueva York —hace una pausa breve—.
Si eres capaz de no hacerme enfadar, podremos conocernos un poco mejor.
No soy experta en relaciones, eso ya lo sabes, pero el sentido común me dice que para saber adónde nos lleva esto, tendremos que saber más la una de la otra—.
Vivianne no sabe si se siente cómoda con la propuesta.
No es que le parezca mal aprovechar todo el tiempo que Juliette esté en Nueva York para descubrir hacia dónde va lo que están sintiendo, pero es muy consciente de que la mayor parte del día lo pasan encerradas en la planta catorce de un edificio de oficinas, de que cabe la posibilidad de que la rubia, por su cargo, tenga que viajar a alguna otra ciudad en esos días, y el resultado es que todo se reducirá a encuentros de unas pocas horas a la semana, además de las noches que decidan dormir juntas.
Sin embargo, no cree que pueda poner algún tipo de objeción: está loca por los huesos de esa mujer y cualquier momento que pueda pasar a su lado lo va a aprovechar.
—Y si nos va bien, ¿qué pasará después? —Vivianne no puede evitar hacer la pregunta—.
Juliette lo piensa por unos segundos.
—Supongo que seguir viéndonos —se pasa la mano por la melena suelta y Vivianne se da cuenta de que también está nerviosa—. Ya sabes que mi madre está aquí y vengo más de lo que me gustaría, pero contigo en la ciudad podré viajar más a menudo para verte. Tú también podrás hacer lo mismo en Chicago—.
La inseguridad de Vivianne aflora como una mano negra y se engancha a su cuello.
Su fracaso matrimonial fue un duro golpe para ella; Andrew supo imprimir algo a lo que ella no logra ponerle nombre, pero la hizo desconfiada y no puede evitar tener dudas sobre el plan de Juliette.
No logra verse echándola de menos durante días, viéndola apenas los fines de semana, atrapada en una relación que vive entre aviones.
La cabeza le da vueltas; hay un ronroneo que está ahí molestándola, pero a la vez, desde el hombro donde se posa el diablillo, ese ser imaginario le dice que disfrute, que no todos los días te encuentras a una mujer como Juliette, de manos inquietas, lengua caliente y labios que te llevan al mismo cielo, pero sobre todo, alguien con quien tener conversaciones amenas, momentos irrepetibles y reconciliaciones que te hacen querer discutir una y otra vez.
—Vale —claudica Vivianne, y Juliette estira la comisura izquierda—.
—Tenemos un plan, entonces —contesta la rubia poniéndole una mano en el muslo—. Por cierto, no te he dicho lo guapa que estás—.
Vivianne se aprieta por dentro porque, de un momento a otro, la mirada de Juliette se ha oscurecido, y eso significa que mañana, cada vez que dé un paso, se acordará de lo que le hicieron en el sofá de su piso nuevo.