Capítulo 20
V ivianne está frente a la puerta del despacho de Juliette. Acaba de llegar a la oficina, ha pasado por el suyo, dejado sus cosas y salido de nuevo —ante la mirada sorprendida de Amber— para venir hasta aquí.
Apenas ha pegado ojo esta noche; se marchó del hotel de su jefa después de cenar con ella.
Se pasaron el día trabajando —más o menos— porque follaron dos veces por la tarde y estuvieron tonteando la mayor parte del tiempo.
No todo fue en vano, porque lograron ocuparse de dos nombres más en la dichosa lista y acordaron dejar el de Sloane para hablarlo en la oficina y evitar una discusión.
Ahora está ahí, tiene la entrepierna algo dolorida porque, después de tantos meses sin sexo, la maratón de ayer la cogió desprevenida.
Tiene el pulso acelerado y le cuesta un poco concentrarse: Vicky tenía razón —al menos en parte—; no puede asegurar que se haya enamorado de Juliette, pero está en ello.
La mujer le gusta mucho y admitírselo a sí misma la dejó descolocada porque, después de semanas pensando que la odiaba, ha descubierto que no es cierto: no odia a Juliette Baxter, sino que está loca por ella.
Golpea la puerta y abre sin esperar. Su jefa levanta la mirada de la pantalla y se recuesta en la silla mientras la observa.
Vivianne no puede leer su expresión; no sabe si la mujer frente a ella está a punto de vomitar algún improperio, de echarle una bronca por llegar un poco tarde o si solo la mira así porque recuerda todo lo que pasó ayer.
Es una de las cosas que más disfruta de ella, la incertidumbre de no saber por dónde va a salir.
—¿Cómo estás? —pregunta Vivianne tras cerrar la puerta.
Se queda de pie justo donde está, sin saber si debe acercarse o si es apropiado que rodee la mesa y la bese, que es lo que le apetece.
—Bien, ¿y tú?
La morena resopla y se acerca a la mesa.
—No evites la pregunta, Juliette. Sabes a qué me refiero.
Juliette aprieta los labios hasta convertirlos en una línea recta.
La pregunta es por lo que pasó ayer tras la llamada del centro donde está internada su madre.
Sigue sin gustarle que la vean en ese estado, pero la mujer frente a ella la mira de un modo tan sincero que está segura de que puede acostumbrarse a mostrarse vulnerable con ella.
—Estoy bien —asegura—. Fue el impacto del momento, pero ya está.
Vivianne acepta la respuesta porque, teniendo en cuenta lo que le cuesta abrirse a Juliette, es suficiente.
—¿Me vas a decir qué haces aquí o te vas a quedar ahí de pie, callada y poniéndome nerviosa? —pregunta Juliette.
La jefa de la oficina de Nueva York se humedece los labios y se toca la nuca, nerviosa. Sabe que está ahí como un pasmarote y que, si no reacciona, su jefa perderá la paciencia y le soltará algún exabrupto que la hará enfadar.
—Me gustas mucho —suelta de repente, armándose de valor para reconocerlo al fin en voz alta.
Las cejas de Juliette se levantan y se queda callada unos segundos, mirándola fijamente.
—Tienes la fea costumbre de decir ciertas cosas en los sitios equivocados.
—Sí, lo sé —reconoce Vivianne, nerviosa—, pero necesitaba decírtelo, aclararte que no me caes mal, que la otra mañana solo estaba asustada y dije cosas que no tenía que decir, y te pido disculpas.
—Siéntate —Juliette le señala la silla frente a ella con ese tono seco y autoritario que hace que el vientre de Vivianne se contraiga.
—No espero que digas nada —Vivianne se deja caer en la silla y se cruza de brazos, escondiendo las manos bajo las axilas para dejar de moverlas de forma absurda—. Solo quiero que lo sepas.
—Te agradezco tu sinceridad —Juliette se inclina hacia delante—, pero este no es el sitio ni el momento.
—Lo sé.
Vivianne parece aturdida y Juliette eleva levemente la comisura izquierda, disfrutando de esta versión nerviosa de la mujer que la vuelve loca con sus reacciones explosivas.
—¿Te parece si quedamos al salir de la oficina en mi hotel y retomamos esta conversación?
El pulso de Vivianne se acelera.
—¿Te importa si quedamos en mi nuevo piso? Hace dos días que lo tengo y todavía no lo he visto con luz natural.
Juliette se ríe y asiente.
—De acuerdo.
—Bien —Vivianne se levanta y se gira.
—¿Adónde crees que vas?
El tono impertinente de Juliette aparece y Vivianne sonríe para sí antes de girarse.
—Siéntate, vamos a aclarar de una vez el tema de Sloane.
La sonrisa desaparece del rostro de la morena, que vuelve a sentarse, acerca la silla y apoya los brazos en la mesa mientras Juliette abre un archivo en su portátil.
—Voy a ser directa: no puedo frenar lo de tu hermana, por muy buena que sea —y no lo pongo en duda—, para Chicago es una cuestión de números, como ya te dije.
La expresión de Vivianne se endurece y su cuerpo se pone rígido, pero hace un esfuerzo y se controla para no saltar, porque al final es consciente de que Juliette solo es un brazo ejecutor para una orden que viene de más arriba.
—Está bien —susurra Vivianne.
—No puedo frenar su despido en esta oficina, pero sí puedo ofrecerle una salida.
La mirada de la hermana de Sloane se levanta.
—¿Qué salida?
—En la oficina de Baltimore hemos tenido una baja inesperada; el jefe que la dirigía ha anunciado que se marcha dentro de un mes.
Sería darle a Sloane un puesto como el tuyo aquí en Nueva York, mantendríamos su sueldo actual durante lo que queda de año y, para el siguiente, si se ha adaptado, podríamos elevarlo al propio de ese cargo.
—Baltimore está a cuatro horas de aquí.
—Lo sé, pero es todo lo que puedo hacer; es eso o el despido.
Vivianne se pasa la mano por el pelo, agobiada.
—No la has conocido, ¿verdad? —pregunta, y se echa hacia atrás, derrotada.
—Solo de verla por aquí; no he tratado con ella —responde Juliette.
—A mi hermana le cuesta bastante relacionarse con las personas más allá de lo laboral. Es una maniática del orden y los espacios nuevos la ponen nerviosa.
Vivianne se levanta, porque no se trata solo de eso; la salida que le ofrece Juliette alejaría a su hermana de ella, pero también es consciente del favor que le está haciendo: la directora ejecutiva no tiene por qué ayudarla y, sin embargo, lo está haciendo.
—Sé que es mucho pedir, pero ¿existe la opción de que, si Sloane acepta el cambio, se le ofrezca un puesto en esa oficina a Jenna?
—¿A quién?
—Jenna Callahan, es programadora en esta oficina. Llevan un tiempo saliendo juntas y…
—Joder, Vivianne —Juliette niega con la cabeza y después se afloja el nudo de la corbata.
—Tienes razón, lo siento; ya has hecho suficiente y no…
—Puedo hacerlo. Los puestos de los programadores son fáciles de manejar. No sería inmediato, pero si hay una vacante en Baltimore para ese puesto, puedo ponerla la primera en la lista.
Los ojos de Vivianne se abren mucho y su sonrisa aparece, acelerando el pulso de Juliette.
—Ahora te besaría —dice la morena, mordiéndose el labio.
—Llevas semanas con una serie de comportamientos inadecuados en el trabajo; no veo en qué podría perjudicarnos uno más.
Vivianne tarda unos segundos en entenderla y después se levanta de golpe, rodea la mesa y se inclina sobre su jefa para besarla.
—Si no te importa, voy a hablar con Sloane ahora —susurra al incorporarse.
—¿Quieres que se lo diga yo? Imagino que será duro para ti hacer esto —se ofrece Juliette.
—Gracias, pero prefiero hacerlo yo.
—Adelante.
Vivianne le pide a Amber que haga llamar a la señorita Price y, diez minutos después, su hermana entra en su despacho y ella siente que se le cierra la garganta.
—No tengo mucho tiempo, Viv, ¿qué pasa? —dice Sloane, sentándose frente a ella mientras termina de escribir algo en su teléfono.
Cuando levanta la mirada ve la cara desencajada de su hermana y frunce el ceño. Vivianne está roja, retorciendo el puño de su camisa mientras mira a todas partes menos a ella. Demasiados años conociéndose como para que Sloane no sepa que Vivianne está histérica.
—Tengo que contarte una cosa, Sloane —empieza la mayor de las dos—. Dios mío, no sé cómo hacer esto —se frota las sienes, arrepentida de no haber aceptado la propuesta de Juliette.
—Si es por lo de mi nombre en la lista, no te preocupes; ya lo sé —dice Sloane.
Vivianne la mira, perpleja.
—¿Lo sabes? ¿Cómo puedes saberlo si yo no…?
—Me lo contó Vicky.
Las cejas de Vivianne se elevan hasta juntarse con su pelo.
—¿Y por qué coño hizo eso?
—Porque llevas semanas rarísima y estoy preocupada.
El día que me fui de ruta con Jenna y te quedaste en casa tirada en el sofá, estaba muy inquieta, así que cuando salí llamé.
Es tu mejor amiga, así que le rogué que si sabía algo me lo dijera, y como me notó preocupada, acabó contándome lo del despido.
Vivianne quiere matar a su amiga, pero en el fondo le agradece que le allanara el terreno.
—Sloane, he intentado…
—No pasa nada, Viv; no es culpa tuya. Vicky me ha ofrecido un puesto en su empresa y lo estoy valorando, así que no te preocupes.
—Yo también he conseguido algo; bueno, en realidad ha sido Juliette.
No es tan bueno como lo de Vicky, pero si te gusta trabajar en Axis, puede ofrecerte una vacante en Baltimore para ser jefa de oficina.
Se encargaría de poner a Jenna la primera de la lista si surge un puesto de programadora.
No quiero que te vayas de aquí, Sloane, y mucho menos de Nueva York —a Vivianne se le han humedecido los ojos—, pero háblalo con Jenna y valora lo que te convenga más.
Sloane se levanta, rodea la mesa y se inclina sobre su hermana para abrazarla.
—No te preocupes por mí —le susurra y le da un beso en la cabeza antes de incorporarse—. Hablaré con Jenna esta noche y veremos qué hacemos. ¿Cuánto tiempo tengo?
—No lo sé. Imagino que cuando terminemos de cerrar la lista se notificará a los afectados y, a partir de ahí, serán un par de semanas o tal vez hasta acabar el mes. Un escalofrío incómodo la atraviesa, pero cuando su hermana le sonríe con calidez desde la puerta, se siente más tranquila.
—De acuerdo. Ahora te dejo, que tengo una reunión.