Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

—Sí, sigue así —la voz le sale en un susurro, y no está segura de que Juliette siquiera la haya escuchado.

A las tres de la madrugada cayeron exhaustas en la cama.

A las siete de la mañana, Vivianne tenía la lengua en la abertura húmeda de Juliette y ahora la directora ejecutiva de Axis la tiene bajo el chorro de agua en la ducha, con la mejilla aplastada contra los azulejos mientras la folla con tres dedos, con una fuerza que hace que a la morena le tiemble el vientre.

—Si sigues conteniéndote llegaremos tarde —Juliette aumenta la velocidad de las embestidas—, y si llegamos tarde a la oficina, me enfadaré.

Es lo único que le hace falta a Vivianne para correrse, porque imaginarse a su jefa con la mandíbula apretada y las cejas juntas hace que se apriete por dentro y el éxtasis se la lleve por delante.

La mujer de los ojos fríos se pega a su espalda y la jefa de la oficina de Nueva York exhala con satisfacción. Juliette la sostiene mientras recupera el aliento y reparte besos por su cuello que le erizan la piel.

—Para —Vivianne levanta la barbilla para darle más acceso.

—Esa petición es nueva.

Sí, su jefa no miente; de hecho, la morena experimenta una vergüenza poco habitual en ella.

Se recuerda pidiendo más, casi rogando un orgasmo tras otro.

El sexo que ha tenido antes no tiene comparación con el que ha vivido esta noche con Juliette.

Ha sido apasionado, sensual, íntimo y, sobre todo, muy satisfactorio.

—Eres tú quien no quiere llegar tarde a la oficina —la respuesta a eso es Juliette mordiéndole el hombro con firmeza, dejándole los dientes dibujados como un recuerdo reconfortante.

Salen de la ducha y, como si fuera una rutina entre ellas, Juliette le deja una de sus camisas y unas bragas nuevas que la maravillosa Heather se ocupó de comprar el día que llegó al hotel, para que no se preocupara por recordar que tenía que mandar a lavar la ropa que iba ensuciando.

A Vivianne la camisa le aprieta un poco porque sus pechos son más generosos que los de Juliette, pero puede decir que le queda bastante bien.

—Con respecto a lo de Sloane, creo…

—En la oficina —la corta Juliette—, no tengo ganas de discutir tan temprano.

Lo dice como un hecho que va a ocurrir así Vivianne se esfuerce por no caer en el bucle que hasta ahora las ha definido.

La morena no dice nada, saca el pequeño estuche que siempre lleva en su bolso con algo de maquillaje y empieza a aplicarse un poco de color en el rostro.

De reojo mira a Juliette, que empieza a hacerse el nudo de la corbata, y no puede evitar que una corriente le invada el cuerpo.

No se trata de algo meramente sexual, es algo más.

Una especie de conexión que la ha hecho sentir muy a gusto en todo momento, además de comprendida ante su inexperiencia.

Le gusta Juliette, no solo le parece atractiva sino una mujer interesante y con la que piensa que puede compartir muchas cosas más allá del sexo.

—Mierda —Juliette chasquea la lengua con las manos aún en la corbata y la mirada clavada en su móvil, que está sobre la mesa y suena con una melodía bastante siniestra.

La rubia estira una mano y contesta, pero no se lleva el móvil al oído, sino que conecta el altavoz como si hubiera olvidado que no está sola.

—¿Señora Baxter? —pregunta una voz femenina.

—Sí.

—La llamamos del Evergreen Medical Residence; su madre está bien —Juliette detiene sus movimientos—, pero hace dos horas tuvo un amago de infarto.

Está controlado, los sanitarios la asistieron y la hemos trasladado al hospital general para que le hagan todas las pruebas pertinentes.

No puede ir a verla porque le estarán evaluando, pero si tiene alguna duda y quiere acercarse hasta aquí, estamos encantados de ayudarla.

Vivianne se queda paralizada, pero sobre todo cuando repara en el gesto de Juliette. Su jefa ha dejado caer los brazos a ambos lados de su cuerpo y mira el móvil como si fuera un explosivo a punto de detonar. Ha perdido el poco color que suele tener en su rostro y apenas pestañea.

—¿Señora Baxter? —la mujer al otro lado de la línea parece impaciente—. ¿Sigue ahí?

Juliette abre la boca, pero no consigue que ninguna palabra salga.

La corbata que ha estado anudándose se le ha apretado de golpe y la asfixia hasta dejarla sin oxígeno.

Intenta respirar, pero el aire no entra, y se lleva las manos a la camisa para abrírsela como sea.

Entonces levanta los ojos y encuentra la mirada conmocionada de Vivianne, perdida, sin saber qué hacer.

—¿Me escucha? —insiste la mujer.

Entonces Vivianne reacciona y da varias zancadas hasta coger el móvil.

—Sí, lo siento, la señora Baxter ahora no puede ponerse, pero de inmediato le doy su mensaje —Vivianne espera con paciencia a que la mujer le explique un par de cosas más—. Sí, gracias. Allí estaremos.

Cuando cuelga la llamada, su jefa está en un estado preocupante, como si ya no fuera de carne y hueso, sino de piedra.

—Juliette —le susurra para llamar su atención, pero sigue sin moverse.

La morena cree que es normal lo que le está pasando; ha recibido una mala noticia de su madre, le ha afectado demasiado.

No sabe que no puede estar más equivocada.

Lo que le pasa a Juliette Baxter es que esperaba que le dijeran que Clarice había emprendido otra vez su ronda de exigencias absurdas y, cuando ha escuchado que se trataba de un infarto, una parte de ella se ha alegrado.

Eso ha hecho que su cerebro haya entrado en un estado de conmoción al darse cuenta de que había estado a punto de celebrar la muerte de su propia madre y, aunque Clarice lo mínimo que se merece es eso, ella no quiere ser esa clase de persona.

Las manos de Vivianne se mueven con rapidez, la corbata desaparece y en cuestión de segundos tiene la camisa abierta. Sus dedos fríos le aprietan la nuca y de alguna manera logra que su mirada se centre.

—Tranquila, posiblemente sea un ataque de ansiedad, pero no dejaré que te pase nada.

A Juliette se le aprieta el corazón porque Vivianne lo dice con una naturalidad que la asusta. Y ella, que hace tanto tiempo no experimenta ese calor reconfortante de otra mujer, empieza a sentirse muy pequeña por dentro, tanto que quiere llorar.

—Eso es, respira, inténtalo con calma —ahora la jefa de la oficina de Nueva York tiene una mano en el pecho de su jefa y la mueve lentamente, haciéndole un masaje con el puño cerrado.

Unos minutos después, Juliette da una bocanada como si por fin saliera del agua tras una inmersión demasiado larga.

—Estoy… —traga saliva y Vivianne se mueve hasta la nevera para buscar una botella de agua—. Mejor. Me siento mejor.

Juliette da varios tragos cortos y se sienta en el borde de la cama con las piernas abiertas y el dorso inclinado hacia adelante.

Vivianne coge su móvil y teclea furiosamente mientras manda un mensaje. Luego busca en su agenda el número de su despacho y se lleva el aparato a la oreja.

—Amber —la chica la saluda y le pregunta en qué puede ayudarla—. La señora Baxter y yo trabajaremos fuera de la oficina hoy, pásame solo llamadas importantes, despeja mi agenda y comunícate con su asistente para que haga lo mismo.

A pesar del mal momento que acaba de pasar, Juliette tiene que morderse la lengua para no soltarle a Vivianne un «sí que eres eficiente cuando te lo propones», porque le parece un comentario de mal gusto después de que la mujer se haya tomado la molestia de gestionar una crisis que no es profesional, y de haberla despertado esa mañana con la mejor comida de coño de la historia teniendo en cuenta que era su tercera vez.

La morena se agacha frente a ella y Juliette piensa en lo guapa que se ve en ese preciso instante.

—Voy a pedir un coche —le dice con un susurro—, ¿adónde tenemos que ir?

—No tienes que venir, no es tu…

—¿Responsabilidad? ¿Problema? —Vivianne no cambia el tono de voz, pero se pone de pie—. Lo sé, pero no quiero dejarte sola en este momento a no ser que tú quieras lo contrario.

Juliette no responde y Vivianne entiende que una mujer como ella no es de las que dejan entrar a su vida a cualquiera de un momento a otro, pero antes de que pueda sentir tristeza, su jefa también se levanta.

—Evergreen Medical Residence —le dice—. Nunca sé la dirección; si pones el nombre en la aplicación de taxis, te aparecerá.

Bueno, parece que esa es la forma de la señora Baxter para aceptar la ayuda desinteresada.

Vivianne pide el transporte y no es hasta pasada una hora que llegan a la residencia. El tráfico de Nueva York es la peor pesadilla que existe para los que no quieren usar el atestado metro lleno de ratas.

Cuando entran en la residencia, parece que ya las estaban esperando, porque ese hombre delgado y extraño con el que habló Juliette la última vez está de pie junto a la entrada con las manos entrelazadas detrás de la espalda.

—Señora Baxter —el tipo extiende la mano y Juliette siente una repulsión inmediata.

Vivianne nota el gesto: su jefa pretende dejar al sudoroso hombre con el brazo levantado, así que ella se adelanta y le estrecha la mano.

El tipo sonríe, amable.

—Soy August Bretton, el responsable del Evergreen —se presenta ante la morena.

—¿Qué le ha pasado a mi madre? —la pregunta de Juliette se desliza por el aire como un cuchillo.

A August se le corta la sonrisa y mira hacia los lados, desconcertado.

—Si me acompañan a mi oficina, puedo ofre...

—Me gustaría saberlo ahora, señor Bretton, porque si no necesita nada de mí, entonces no voy a perder más tiempo yendo a su oficina para que me diga lo mismo que puede explicar ahora.

Vivianne podría no sorprenderse porque conoce el carácter de su jefa, pero lo hace porque esto no es una lista que depurar, se trata de su madre.

—Sí, bueno… —August tartamudea—. La señora Clarice Baxter ha sufrido una angina de pecho.

Desde anoche la hemos tenido en observación porque presentaba dolor en los brazos, pero no fue hasta esta mañana que ha empezado con opresión, dolor de pecho y falta de aire.

Está controlado y desde el hospital nos han confirmado que no ha llegado a ser un infarto.

—¿Algo más? —pregunta Juliette, sin apenas mover la boca.

El hombre abre los ojos, temeroso, porque no comprende bien la pregunta.

—Eh, no, creo que eso es todo.

Juliette da media vuelta y deja al hombre más confundido todavía. Vivianne gira el cuello y se encuentra con la espalda de su jefa abandonando el edificio.

—Gracias, señor Bretton —le dice, y empieza a caminar para seguirla.

Cuando pone un pie en la calle, la ve con el móvil en la mano y el ceño fruncido.

—Malditos coches —farfulla cuando Vivianne llega hasta ella—. Tendremos que esperar a que uno libre pase por aquí; en la aplicación no hay nada.

Vivianne levanta la mirada y detrás de Juliette, a unos metros, hay una cafetería con un logo gigante de color rosa. Eso servirá al menos para que Juliette se calme antes de seguir con lo que sea que quiera hacer.

—Te vendría bien una tila —sugiere Vivianne cuando entran, pero Juliette la fulmina con la mirada.

—Quiero un café, solo.

Vivianne hace el pedido y luego va con las bebidas hasta la mesa que ha elegido su jefa. Le entrega el vaso con el líquido oscuro y durante unos minutos no dicen nada.

—No tenemos una buena relación —Vivianne levanta la mirada y arruga las cejas—. Me refiero a mi madre y a mí; no nos llevamos bien.

La morena asiente sin saber qué decir; ella tampoco tiene una relación demasiado estrecha con la suya, pero sospecha que lo de Juliette es mucho más profundo.

—Es narcisista, egoísta y manipuladora —Juliette lo dice mirando el vaso entre sus manos—. No recuerdo otra imagen de ella que no sea esa. Desde que era una niña me responsabilizó por todo y se metió en mi cabeza para que siempre estuviera a su lado e hiciera lo que ella quería.

Vivianne extiende una mano sin pensarlo y le coge una a la rubia.

—Lo siento —es lo único que la jefa de la oficina de Nueva York logra decir.

—No tienes por qué, no es tu culpa —Juliette lo dice como si fuera algo lógico—.

El punto es que me marché de esta ciudad hace muchos años, lejos de ella, pero de alguna manera siempre se ha mantenido aquí —se señala la cabeza con el dedo índice mientras sigue anclada a la mano de Vivianne—.

Luego enfermó e hice todo lo posible para que estuviera bien cuidada, hasta que tuve que internarla: su movilidad pasó de un 70 a un 10 % en cuestión de meses. Me culpó de eso también.

Juliette suelta una carcajada, incrédula, porque decirlo en voz alta es peor todavía. No sabe por qué le está contando todo esto a Vivianne, pero lo cierto es que lo necesita y su cerebro no parece oponerse.

—Aquí vive de lujo y aún así se queja —Juliette se muerde los labios—. Cuando he recibido la llamada pensé que era otro de sus juegos y al escuchar lo del infarto sentí alivio —no le cuesta decirlo—, ¿eso en qué me convierte?

—¿En humana? —Vivianne pregunta, pero no espera respuesta—.

No te culpes por algo que tu madre ha sembrado en ti.

Yo tampoco tengo una buena relación con la mía; prácticamente nos abandonó a Sloane y a mí por un tipo del que se enamoró, y solo gracias a papá pudimos salir de esa casa.

Mientras duró su idilio de amor, jamás pensó en nosotras y ahora que está sola pretende que mi hermana y yo nos ocupemos de ella.

—¿Y no lo hacéis? —pregunta Juliette con curiosidad.

—No —la respuesta de Vivianne es firme y seca—.

Yo no lo pasé tan mal, pero Sloane sufrió mucho y eso jamás podré perdonárselo.

Hablamos alguna vez, pero me he negado en rotundo a ir a verla o a aceptar visitas.

Por eso te entiendo, Juliette, porque nuestros padres nos traen al mundo para protegernos, no para fastidiarnos con sus problemas y luego pretender que los queramos.

Juliette se lleva el vaso de café a los labios mientras asiente, incapaz de agradecerle a Vivianne sus palabras: Clarice Baxter también se ocupó de meterle en la cabeza que ser agradecida es una debilidad.

—¿Vamos? —dice Juliette, poniéndose de pie.

—¿Quieres ir a la oficina? —la morena empieza a caminar a su lado.

Juliette empuja la puerta de la cafetería y la deja salir.

—Trabajemos desde el hotel; si no tenemos interrupciones, podremos avanzar con la lista —mientras lo dice levanta la mano cuando ve pasar un taxi. El coche frena y ellas se suben—. El restaurante del hotel es muy bueno, podemos comer ahí.

Vivianne sonríe y le pone una mano sobre la pierna.

Juliette no le ha dicho gracias expresamente, pero quiere al menos agradecérselo invitándola a comer. Le cuesta mucho todo esto y Vivianne es consciente de que al menos lo intenta.