Capítulo 18
V ivianne está inquieta de una manera que no comprende.
No la ha visto, pero sabe que Juliette está en su despacho, porque hoy es miércoles —al fin— y la ejecutiva ya está en la oficina de Nueva York.
Vivianne no recuerda una jornada más larga que la de ayer, en la que no solo no la vio sino que tampoco tuvieron ninguna videollamada ni hablaron por teléfono.
Esperaba que al llegar esa mañana, Amber le dijera que pasara por el despacho de su jefa porque la rubia de trajes a medida había dado esa orden, pero su asistente solo la ha saludado, le ha dado un par de datos que le ha pedido y nada más.
Se ha pasado todo el día expectante, esperando que en cualquier momento la puerta de su despacho se abriera y esa mujer de mirada penetrante entrara con esa rigidez que la caracteriza y su halo de aire helado, pero es la hora de irse y Juliette no ha venido, y eso que lo último que Vivianne hizo fue dejarla con la palabra en la boca tras la discusión sobre Sloane.
Mira el reloj y se levanta. Tiene que marcharse antes y eso incluye pasar por el despacho ridículamente pequeño de su jefa para avisarla.
Un aleteo en el estómago en cuanto piensa en verla, acompañado de un pellizco un poco más abajo que empuja hacia algún rincón apartado de su mente para no prestarle la atención que merece.
—Hasta mañana, Amber —dice al salir de su despacho.
Vivianne sale al pasillo, camina unos cuantos pasos y se detiene frente a la puerta cerrada del despacho de Juliette, llama un par de veces y abre la puerta sin esperar respuesta.
—Hola —dice Vivianne, cerrando la puerta al entrar.
Otro cosquilleo repentino le vibra por el vientre cuando su jefa levanta la mirada y la clava en sus ojos marrones.
—Hola.
—Solo vengo para decirte que me marcho ya; en una hora me viene el camión de la mudanza y…
—Son las cinco de la tarde, estás en tu horario laboral, así que busca a alguien que se ocupe o llama a la empresa y cambia el día.
—¿Perdón?
Juliette se levanta y rodea su pequeña mesa, apoyándose al otro lado.
—¿Crees que puedes dejarme con la palabra en la boca en medio de una reunión y después venir aquí a pedirme algo? —pregunta Juliette, con los ojos convertidos en dos misiles que podrían atravesar a Vivianne en cualquier momento.
—No te lo estoy pidiendo, solo te estoy avisando.
Juliette expulsa el aire por la nariz y una sonrisa sarcástica se dibuja en su boca. Se incorpora y se mete las manos en los bolsillos de los pantalones.
—No sé quién te crees que eres, pero te he permitido demasiado. Cancela esa maldita cita o te juro que…
Juliette no puede completar su amenaza porque de repente tiene encima a Vivianne, que tiene las dos manos en su cuello y acaba de meterle la lengua en la boca con una desesperación que la ejecutiva no ha visto venir.
Las piernas le tiemblan y se humedece de inmediato, pero por mucho que desea seguir con esto, se ve obligada a detenerlo y apartar esos labios exquisitos de los suyos.
—¿A qué coño juegas? —espeta furiosa.
Vivianne tarda en reaccionar, todavía aturdida por su falta de control y por lo vacía que se siente sin esa boca caliente.
—¿Qué te pasa? ¿Tienes quince años y funcionas a base de calentones? Lárgate de mi puto despacho ahora mismo —la furia de Juliette asustaría a cualquiera, pero eso no funciona con Vivianne, que sabe que la mujer tiene razón y aún así no puede detenerse.
Recupera la distancia que ha perdido y vuelve a estrellarse contra su boca.
Juliette sabe que debe apartarla, pero la primera vez ya le ha costado demasiado como para intentarlo de nuevo, así que se permite disfrutar del beso y los jadeos de su subordinada unos segundos antes de lograr reunir fuerzas de nuevo.
Le pone una mano en el pecho y la empuja hacia atrás, despacio, mientras la mira con la sensación de que negarse el cuerpo de esta mujer es una de las cosas más difíciles que ha hecho nunca, pero tiene grabado a fuego todo lo que Vivianne le dijo en el otro despacho, y no piensa consentir que la morena que la mira con la respiración entrecortada juegue con ella.
—Lárgate ahora mismo o llamo a seguridad.
Vivianne se gira hacia la puerta, pero cuando está a punto de coger el pomo se da la vuelta y vuelve hasta Juliette, quedándose frente a ella mientras siente su mirada inquisitiva.
No sabe qué decir ni cómo explicar su comportamiento inmaduro, pero hay una fuerza imparable que la empuja hacia ella, y necesita sentir de nuevo todo lo que su jefa le hizo experimentar.
—Por favor —susurra de repente, y Juliette aprieta la mandíbula.
La morena la mira con el corazón desbocado, segura de que va a echarla del despacho de forma definitiva y ella tendrá que marcharse humillada y muy cachonda, pero tras un resoplido, Juliette se gira, cierra su portátil y coge su bolso.
—Aquí no; vamos a mi hotel.
Juliette apaga la luz y abre la puerta, girándose hacia Vivianne, que se ha quedado petrificada en medio del despacho mientras su mente asimila lo que va a suceder, algo que desea muchísimo.
Se da la vuelta y ambas salen juntas del despacho, y no es hasta que se meten en el ascensor cuando Vivianne logra reaccionar y recordar por qué se iba.
—Voy a llamar a mi hermana para que se ocupe de la mudanza —susurra, sacando su teléfono.
—Parece que al final sí que había alguien que podía hacerlo por ti.
El comentario mordaz de Juliette es como munición para la excitación de Vivianne, que tiene que apretar las piernas para detener el calambrazo que ha sentido entre ellas.
—Hola, Sloane, necesito que me hagas un favor —dice, justo cuando están saliendo del ascensor.
Juliette levanta la mirada de su trasero, donde se estaba deleitando, y frunce el ceño al oír el nombre de la hermana.
Vivianne le explica a Sloane, que sabe que hoy tiene la tarde libre, lo que necesita mientras Juliette detiene al primer taxi que pasa. Ambas se suben y, durante un par de minutos, Vivianne parece completamente ajena a todo y se muestra relajada mientras habla con su hermana.
—Si ves que no tienes tiempo no pasa nada, se lo digo a Vicky.
Juliette arquea una ceja; a falta de una persona, tiene dos a las que recurrir.
—Gracias, Sloane —dice antes de colgar.
—¿Resuelto? —pregunta Juliette, mirándola de reojo.
—Sí, mi hermana se ocupa —responde tensa, con las manos temblando.
La ejecutiva decide darle tregua y no alimentar lo que sabe que acabará en pelea si saca el tema de la mudanza, así que no abre la boca y recorren los cinco minutos de trayecto en silencio.
Vivianne la sigue por el pasillo del hotel y no duda ni un momento en entrar a la habitación de Juliette cuando esta abre la puerta.
—Si te arrepientes, este es el momento de que… —de nuevo, Juliette no puede terminar de hablar porque los labios ansiosos de Vivianne están sobre los suyos.
Se quita la chaqueta como puede y es la propia Vivianne la que afloja el nudo de su corbata y le desabrocha todos los botones de la camisa hasta dejarla completamente abierta, con la corbata colgando entre sus pechos.
—No sé qué me pasa contigo —susurra la jefa de la oficina de Axis en Nueva York, bajando la cremallera de su falda con torpeza hasta que consigue que la prenda caiga a sus pies.
Juliette decide que no va a preguntar lo que quiere decir con eso. Está muy harta de la inseguridad de esta mujer y de sus cambios de humor repentinos, pero sí piensa disfrutar de esto aunque solo sea esta vez.
Se acerca a ella, le quita la blusa y le desabrocha el sujetador mientras Vivianne hace lo mismo con su pantalón.
—Eres preciosa —susurra Juliette sin permiso de su cerebro.
La piel de Vivianne se eriza cuando le pasa la punta de los dedos desde los hombros hasta las muñecas, y jadea con brusquedad cuando la besa y la guía hasta la cama.
Se deja caer cuando Juliette la empuja y solo levanta la cabeza para ver —con desesperación y un deseo que la está consumiendo por completo— cómo la mujer desliza sus bragas por sus piernas y se arrodilla en el suelo.
—Dios mío —solloza Vivianne, temblando de arriba abajo cuando Juliette desliza un dedo por su abertura con los ojos fijos en su sexo.
No recuerda que nadie la haya mirado así jamás, como si lo que puede ofrecer fuera un manjar exquisito que no se puede probar todos los días.
—Por favor —suplica desesperada—, hazlo ya.
El temblor de su abdomen y sus muslos tienen a Juliette extasiada y su entrepierna empapada.
Se inclina y hunde la lengua entre sus pliegues, saboreándola con una calma que no tiene nada que ver con la imagen que proyecta.
Vivianne quiere llorar de pura satisfacción; se siente transportada al cielo o a algún lugar donde existe este placer que jamás había sentido, mientras Juliette se deleita entre sus piernas.
—Joder —jadea Vivianne, que no deja de temblar contra su boca ni de apretarla contra su sexo.
No sabe en qué momento ha colocado sus manos en la cabeza de su jefa y presionado para sentirla por completo, pero Juliette no se queja y, cuando de pronto la penetra con dos dedos y su lengua sigue presionando sobre su clítoris, Vivianne se derrama en su boca con un orgasmo largo y potente que le llena los ojos de lágrimas cuando acaba.
Se siente incómoda por un momento, porque Juliette se ha incorporado y se está tumbando sobre ella, y Vivianne no quiere que vea que no puede controlar sus emociones —sería mostrarle una debilidad con la que una mujer tan soberbia como Juliette Baxter podría regocijarse—, pero su jefa no hace nada de eso cuando ve su cara mojada; solo la mira durante unos segundos, seria, como si tratara de entender lo que sucede, y después pasa la mano derecha por su mejilla para arrastrar las lágrimas antes de besarla.
Es la primera vez que Vivianne se saborea en la boca de alguien de ese modo. Su marido no practicaba sexo oral y antes que él apenas guarda recuerdos con otros hombres, pero lo de ahora, su sabor en los labios y la lengua de esta mujer, es una de las cosas más placenteras que ha vivido.
—No tendré la misma destreza que tú —susurra, colocándose encima de Juliette—, pero te prometo que me esforzaré; necesito…
—Vivianne no sabe cómo decir en voz alta que está loca por devorar un coño por primera vez en su vida, pero su jefa le facilita las cosas y se abre de piernas para permitirle hacer lo que quiera.
Y la morena lo hace. La primera vez que pasa la lengua se detiene, pero no por rechazo, sino porque se siente extasiada y una especie de corriente le recorre todo el cuerpo cuando traga.
—Eres deliciosa, joder —murmura antes de ponerse de lleno con su tarea.
Juliette cierra los ojos, estira las manos por encima de su cabeza y las apoya en la pared mientras se retuerce de placer bajo la lengua inexperta de Vivianne, preguntándose si podría soportar esto cuando la mujer tenga más práctica.
La ejecutiva se corre cuando Vivianne tiene su clítoris entre los labios, trazando círculos potentes con la lengua mientras sus fluidos le empapan la barbilla.
Juliette tiembla como una hoja y le cuesta respirar; se siente febril y al borde del desmayo con los últimos coletazos del orgasmo.
Ha follado con muchas mujeres a lo largo de su vida, pero solo con una sintió este tipo de conexión y ese nivel de placer, aumentado por los sentimientos que tenía por Elizabeth Thompson, la única mujer de la que se ha enamorado, o tal vez ya no es la única.
Cuando el cuerpo de su jefa se relaja, Vivianne se queda ahí, mirando desde abajo cómo su torso sube y baja y la corbata —lo único que tiene puesto— se desplaza hacia un lado.
Se arrastra hacia arriba y la besa, y no tarda nada en correrse cuando Juliette mete una mano entre sus cuerpos y la masturba.
—Joder —dice aturdida, y ahoga un gemido gutural cuando Juliette la penetra y la deja sin aliento—.
Dios mío, no voy a poder con otro, Jul… —su voz se corta de golpe, porque su jefa empieza a follarla y Vivianne descubre que sí que puede, y que cuanto menos tiempo deja entre ellos, más rápido se corre.
Acaba bocabajo, con la cabeza aplastada contra el colchón mientras Juliette se frota en su trasero y se corre jadeando sobre su oído. Vivianne está exhausta, satisfecha y feliz.
—¿Quieres agua? —pregunta Juliette, que se ha levantado para sacar una botella de la pequeña nevera de la habitación.
Vivianne se incorpora y extiende la mano para cogerla y beber mientras observa el cuerpo desnudo de su jefa frente a ella.
—Gracias —dice devolviéndosela.
Juliette se termina lo que queda, la tira a la basura y se sienta a su lado.
—¿Sloane Price es tu hermana? —pregunta sin poder aguantar la curiosidad.
Vivianne frunce el ceño; su mente está demasiado dispersa ahora mismo para entender de dónde viene la pregunta.
—No, Sloane…
—No me mientas, y mucho menos cuando estoy desnuda —espeta Juliette—. Has llamado Sloane a tu hermana, y me parece demasiado casual que la defiendas como lo haces como para que no exista esta conexión.
La mueca en los labios de Vivianne confirma sus sospechas.
—No la defiendo porque sea mi hermana, aunque sí me joda que su nombre esté en la lista más que el de cualquier otro empleado, pero es buena, es muy buena en lo que hace, joder.
—Vale —Juliette levanta la mano—. Solo quería saberlo. Ahora puedes decidir lo que hacemos, porque o seguimos o nos ponemos a discutir, que es lo que pasará si continuamos con el tema. Elige.
Vivianne elige follarla sobre la moqueta.