Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

V ivianne Fox sabe que va levantando miradas y girando cuellos mientras camina hacia la inmobiliaria para firmar —por fin— el contrato de un piso que acaba de visitar.

Son apenas las ocho y media de la mañana, pero el bueno de Oliver le escribió ayer por la tarde y, después de disculparse por contactarla un domingo, le dijo que se había quedado libre un apartamento que era exactamente lo que ella buscaba.

Vivianne se mantuvo escéptica; hasta ahora el agente inmobiliario solo le había enseñado pequeñas ratoneras que nada tenían que ver con sus exigencias.

Aun así se dejó convencer, no sin antes decirle que el único hueco que tenía libre era a primera hora, muy temprano, y que era en ese momento o nunca.

Entonces, hace una hora ha estado recorriendo un salón acogedor con ventanas grandes, admirando sus suelos oscuros y una cocina pequeña, aunque suficiente para ella.

Hubo dos cosas que no le han gustado: el ascensor le ha parecido una trampa mortal y una mujer muy rara que cargaba un gato que llevaba puesto un vestido de muñeca bastante siniestro.

El resto ha sido más que aceptable y no ha dudado en decir que sí.

Cuando cruza una de las calles, el escaparate de una tienda le devuelve la imagen de una mujer espectacular, vestida con un traje blanco de chaqueta y falda, unas gafas de sol preciosas que le cubren medio rostro y una seguridad que, desde luego, no siente por dentro, pero que por fuera la proyecta como una auténtica reina.

Ayer decidió dejar de comportarse como la víctima mal herida en esta historia.

¿Qué está enamorada de Juliette Baxter? Patrañas.

A ella lo que le pasa es que una mujer increíblemente sexy le dio un orgasmo digno de aplausos y ovaciones después de haber estado tanto tiempo sexualmente medio muerta.

Sí, le atrae, eso no va a negarlo, pero también le atrae ese tipo que da las noticias de las siete, ¿cómo es que se llama?

Bueno, da igual; el hecho es que Vivianne es humana y no está ciega, además está en un periodo de vulnerabilidad insoportable que la hace pensar o sentir cosas confusas, y cuando está en ese estado, se arregla, se pone guapa y se dice al espejo que no hay nada que ella no pueda controlar.

—Pase por aquí, señora Fox —le dice Oliver con su habitual cordialidad cuando ella entra a la inmobiliaria—. Ha hecho una excelente elección y, gracias a que se ha decidido hoy mismo, no ha perdido ese piso porque ya estaban llamando muchos interesados.

Vivianne sabe que esa es la artimaña de los que trabajan en ese sector.

Recuerda cuando compró la propiedad junto a su exmarido: la agente le dijo que había una gran fila de compradores y que el que ofertara primero se quedaba con ella.

Ese mismo día firmaron los documentos de reserva y semanas después se dieron cuenta de que habían pagado más de lo que valía, solo por una absurda trampa muy bien elaborada.

En este caso le da igual; está desesperada por devolverle a Sloane la tranquilidad que le robó desde el momento en que se mudó con ella, además, el piso le ha gustado.

—¿Cuándo podéis entregarme las llaves? —Vivianne lo pregunta mientras va estampando su firma en varios folios.

—Mañana mismo si se hace efectiva la transferencia —la sonrisa de Oliver brilla—. Todo es más rápido porque teníamos toda su documentación y el historial crediticio, así que la aprobación ha sido casi automática.

Treinta minutos después, la jefa de Axis Nueva York camina por los pasillos de la planta catorce, con la barbilla levantada y el asa del maletín apretada en la mano. Sabe que llega tarde y se prepara para las miradas incendiarias de su jefa, aunque le importa una mierda lo que esa mujer piense.

—Buenos días, señora Fox —saluda Amber y sonríe amistosamente. A veces Vivianne detesta esa sonrisa y no sabe por qué. Es una tirana.

—Buenos días, Amber.

A pesar de que lo ha evitado, ha sonado un poco seca, pero intenta estirar los labios para disimular su estúpida actitud.

—He tenido que hacer unas modificaciones en su agenda y me gustaría comentarlas con usted.

Vivianne detiene sus pasos en seco y toma una respiración profunda para no matar a la mensajera. Sabe bien que este movimiento es obra de Juliette Baxter, porque nadie más se atrevería a cambiar algo sin su autorización.

—Ven a mi despacho —le dice, y sigue caminando hasta llegar a su mesa.

Vivianne se quita la chaqueta con calma porque si se deja llevar por toda la ebullición que está experimentando su cuerpo, se arrancará la prenda al estilo del personaje fantástico de color verde.

Juliette, diciéndolo de una manera menos vulgar, es como la pestaña que se mete en el ojo en medio de una reunión importante.

Escuece, pica, molesta y es muy difícil sacártela a la primera.

—¿Qué modificaciones has hecho?

Amber desbloquea la tableta que lleva en la mano y se sienta frente a su jefa.

—Sobre todo he despejado varias horas de hoy —la asistente toca la pantalla con destreza—.

La reunión con el departamento jurídico la tendrás mañana a las cuatro.

Todos estuvieron de acuerdo en cambiarla.

La del nuevo cliente de industrias, de las once, se queda igual salvo la última media hora; tendrás que cortarla.

Amber recita cada cambio, los horarios nuevos y las anulaciones mientras Vivianne escucha. Lo dice todo de carrerilla, como si quisiera terminar de leer y escapar de ahí.

—¿Cuál es el motivo? —la jefa se lleva una mano a la barbilla y se da varios toquecitos mientras espera la respuesta.

—La señora Baxter está en Chicago, no volverá a la ciudad hasta el miércoles y necesita reunirse con usted para avanzar con la lista.

Vivianne sabía la respuesta, o al menos la parte de quién era la culpable de esto; solo quería confirmarlo de boca de su asistente para después soltar cualquier maldición, pero las palabras se le han atascado en la garganta cuando ha escuchado que la rubia está fuera de Nueva York.

No entiende lo que está sintiendo, porque lo que debería ser es alivio, un par de días sin ese estrés que se está pareciendo mucho a una tortura; entonces, ¿por qué se siente perdida?

Juliette Baxter ha roto el esquema que Vivianne había configurado en su cabeza: venir a la oficina cada día irresistiblemente guapa con la barbilla levantada, cumplir con su trabajo y marcharse sin darle el placer a su jefa de amargarle la existencia ni seguir alimentando esa tontería de que está coladita por ella.

—¿Quiere que haga algún cambio más? —Amber la mira con curiosidad; Vivianne debe de tener en la cara una mueca ilegible.

—No —carraspea—. Gracias, Amber.

La chica asiente y se levanta para salir del despacho.

Cuando la puerta se cierra, Vivianne hunde la cara entre sus manos. No comprende nada; le cuesta descifrar lo que Juliette le hace sentir. Es como entrar a un parque de atracciones donde hay juegos y diversión, pero también casas del terror y una montaña rusa gigante.

Varias horas después, Vivianne aprieta y suelta una pelota de goma que ha comprado hace un rato en una tienda online que se la ha entregado en tiempo récord.

Lleva cinco minutos en espera frente a su portátil en una videollamada a la que su jefa aún no se ha conectado.

El día está siendo horrible; apenas ha comido porque tiene el estómago cerrado, además de haber parado para descansar entre reuniones no más de diez minutos.

—Buenas tardes —Vivianne se sobresalta al escuchar la voz, pero lo disimula como puede.

Juliette Baxter aparece abarcando toda la pantalla, con su mirada azul penetrante que se detiene un segundo en los ojos de Vivianne, su perfecto traje gris marengo con la corbata burdeos y el siempre despejado rostro gracias a la coleta bien hecha.

No se disculpa por llegar tarde, aunque la morena ni se molesta en esperarla.

—Buenas tardes —contesta Vivianne, y se remueve en su asiento. La pelota en su mano hace un sonido extraño, pero ella sigue apretando y soltando.

—Vamos con el siguiente nombre —anuncia Juliette sin mirar directamente a la cámara, porque está abriendo una carpeta marrón que tiene en la mano—. Sloane Price.

La voz de su jefa es la habitual, pero en el oído de Vivianne suena como un chillido.

Se supone que su hermana era de las últimas en esa lista; ella misma se aseguró de ello cuando una de las tareas que le asignó su jefa era ordenarla para trabajar por bloques.

No está preparada para esto, no ahora. Necesita argumentos sólidos porque Juliette es meticulosa, lo ha demostrado cuando han estado revisando los otros nombres, y un simple «es una buena trabajadora y me la quedo» no le bastará.

—Vivianne —la llama Juliette, y el nombre en sus labios suena exquisito.

—Lleva cinco años en la compañía y es una de las mejores profesionales que hemos tenido —es la respuesta de la directora de la oficina de Nueva York—. Sus entregables son óptimos, cumple con los plazos a rajatabla, ha salvado el proyecto de Crest Bank gracias a sus conocimientos y…

—Tiene un sueldo astronómico para alguien de su categoría —la corta Juliette, con los ojos pegados a la carpeta que sigue teniendo en la mano.

La pelota en la mano de Vivianne empieza a resentirse.

—Cobra lo que vale su conocimiento —espeta la morena, irritada—. Tiene formaciones que nadie en esta oficina tiene, sin hablar de… todo lo demás.

Vivianne tiene que cambiar al final su respuesta porque Juliette ahora la está mirando con una ceja levantada.

—Parece que conoces muy bien a la señorita Price —Juliette lo dice con ese tono glacial y detestable que suele usar.

—Lo que parece es que quien hizo esa lista no tiene ni la menor idea de la gente que trabaja en Axis —contraataca Vivianne—. Yo conozco a mis empleados, sé quién hace bien su trabajo y quién no.

Juliette no contesta de inmediato, solo para regocijarse en el espectacular sonrojo que a Vivianne Fox le produce enfadarse. Tiene los labios fruncidos, la mirada brillante y las cejas ligeramente juntas. Preciosa.

—La señorita Pri…

—¿Por qué ella? —Vivianne no puede frenar su lengua a tiempo—. Estaríamos perdiendo a alguien muy bueno en lo que hace.

Juliette cierra la carpeta con un movimiento brusco. La tal Sloane ya le está tocando bastante el coño porque Vivianne se empeña en defenderla y, aunque ha hecho lo mismo con los otros empleados, ni de cerca con tal intensidad.

—Es una cuestión de números, punto —Juliette lo dice como si estuviera aburrida—.

Por muy perfecta que sea según tu apreciación, le pagamos demasiado; los proyectos en los que ha participado han sido de los que menos beneficios hemos obtenido, y cuando metes todos esos datos en un ordenador, te dice que esa empleada no es rentable.

La morena separa los labios en un gesto de asombro.

—Un ordenador… —susurra Vivianne, a quien todavía le impresiona la frialdad de las altas esferas al tomar ciertas decisiones.

—Sí, exacto, ordenadores con programas especiales capaces de calcular variables muy precisas —la directora ejecutiva ladea una sonrisa falsa y vuelve a abrir la boca—.

Si no sabes cómo funciona, te aconsejo que te formes en el tema; una persona en tu cargo tiene que tener esos conocimientos.

Puedes preguntarle a Sloane Price dónde aprendió todo lo que sabe; quizá pueda aconsejarte.

—Que te jodan, Juliette —Vivianne acompaña sus palabras cerrando la tapa del portátil con una mano y lanzando la maldita pelota antiestrés contra la pared.

Se levanta con la respiración acelerada y mete sus cosas en el maletín con los dedos temblorosos.

Tal vez tenga que empezar a buscar un nuevo empleo por no saber controlar su boca, pero es, como poco, la respuesta que se merecía su jefa.

Por lo pronto, va a tomar un taxi hasta el Billi's; necesita al menos una docena de copas de whisky para calmarse.