Capítulo 15
V ivianne arrastra los pies por uno de los pasillos de la planta catorce como si volviera de una batalla campal con espadas y flechas que le han dejado el cuerpo exhausto.
Son las nueve de la mañana; se ha permitido llegar a esa hora porque el día anterior se quedó hasta pasada la medianoche trabajando en esa lista infernal —la culpable de que Juliette Baxter esté en Nueva York y que ahora Vivianne no pueda dejar de pensar en sus dedos llenándola por completo— porque se dio cuenta de que, si quiere que su jefa regrese a Chicago lo antes posible, tiene que buscar la manera de avanzar lo más rápido que sus responsabilidades le permitan en los nombres de los empleados que irán fuera de Axis por el recorte.
Ya no puede ni siquiera pensar en pasar horas junto a la directora ejecutiva debatiendo —por no decir matándose— mientras trabajan juntas.
La distancia es lo más razonable y ayer, después de que la mujer sufriera ese horrible ataque de ansiedad, no quedó nada claro de lo que vaya a pasar de ahora en adelante, así que Vivianne, fiel a sus palabras, lo primero que hará esa mañana será trasladarse a ese pequeño despacho que inicialmente era para Juliette.
Estará incómoda, lo sabe; estar ahí sin apenas luz y en un espacio tan reducido, pero está segura de que se sentirá infinitamente más tranquila sin ver esos ojos azules taladrándola ocho horas al día.
Todo eso se va al garete cuando empuja la puerta de su despacho —después de mascullar un escueto saludo a su asistente— y se lo encuentra vacío, sin la mesa frente a la suya ni rastros de Juliette Baxter.
—Amber —se gira Vivianne, y la chica se pone de pie para hablar de inmediato.
—La señora Baxter se ha mudado al despacho que usted le asignó al inicio —la chica señala con una mano la puerta cerrada—. Esta mañana se han hecho los cambios y está allí instalada.
Vivianne no sabe qué sentir y se odia por eso, porque el día anterior llegó a la oficina con una seguridad aplastante y le dijo a Juliette que no podían respirar en el mismo espacio.
Es imposible que dos personas que se caen mal puedan pasar mucho tiempo juntas, entonces ¿por qué su pecho se ha comprimido de esa forma y la respiración se le ha cortado al escuchar a Amber?
—¿Necesitas que haga algo? —Amber lo pregunta con el gesto contrariado porque su jefa se ha quedado como paralizada y le cuesta adivinar qué es lo que tiene que hacer ahora.
—No, ahora iré a hablar con ella —se gira y entra a su despacho para dejar sus cosas.
Antes de volver a verle la cara a Juliette, tiene que cerrar los ojos y hacer un ejercicio de respiración profundo.
No tiene demasiado claro por qué va a ese zulo que le ha asignado como despacho a su jefa, pero ante todo es humana y lo de ayer no la ha dejado tranquila.
Juliette no solo aparenta ser una mujer fuerte, es que Vivianne ha visto la persona de piedra que es, por lo que ese ataque de ansiedad muy mal controlado la ha dejado incómoda.
Sus pasos resuenan por el pasillo cuando camina hacia la puerta que la separa de su actual némesis y, cuando se siente lista, da varios toques a la madera.
Nadie contesta desde dentro, así que llama dos veces más antes de abrir, porque por un momento ha sentido un miedo nada ligero y teme que Juliette esté desplomada en el suelo víctima de un nuevo ataque.
Vale, está exagerando, lo sabe. El despacho está vacío, pero el olor de Juliette está tan presente que podría estar justo a su lado.
—¿Sabes si…? —Vivianne no acaba la pregunta. Señala con el pulgar hacia atrás cuando llega a la mesa de Amber.
—Ha salido y entrado varias veces —informa la chica—, pero no sé dónde está ahora.
La morena asiente y decide que es mejor concentrarse en el trabajo que devanarse los sesos por saber dónde está Juliette o si está bien.
—No me pases llamadas que no sean urgentes, por favor —pide la mujer y se encierra en su despacho.
Vivianne logra concentrarse en lo que está haciendo; invierte varias horas en revisar la lista —sí, la maldita lista—, luego se centra en dos reuniones, una de presupuesto que le ha parecido agobiante y otra sobre los objetivos que tiene Axis para el siguiente año.
El día ha pasado tan rápido que ni siquiera se ha dado cuenta de que no ha comido, y solo el ardor en el estómago le avisa de su olvido.
Toma la decisión de volver a ir al despacho de Juliette. Ahora se siente más tranquila y es capaz de izar una bandera blanca temporal con su jefa. No va a dar un discurso; tan solo se presentará allí y dirá que está libre para continuar la revisión que han dejado a medias.
—Hola —saluda Vivianne cuando encuentra la puerta entreabierta, y de inmediato se pone de mal humor porque se topa con la expresión de la rubia, que la mira como si quisiera fulminarla con esos impresionantes ojos azules.
Lo que ha sentido Juliette al ver a Vivianne no es algo que vaya a verbalizar, pero su corazón ha pegado un buen acelerón y su espalda ha empezado a sudar casi a la misma vez.
Está tan avergonzada por la debilidad que mostró ayer delante de ella que no se siente capaz de comportarse como una persona normal —al fin y al cabo, Juliette nunca lo ha sido; además, ¿qué es exactamente ser normal?
—, eso sin contar la vibración en su vientre, porque Vivianne Fox hoy está más preciosa que ningún otro día y ese ceño fruncido le queda muy bien.
—He acabado con lo que estaba haciendo, ¿nos ponemos con la lista? —Vivianne lo escupe como si cada una de esas palabras le pesara una tonelada.
Juliette levanta la barbilla y la mira un instante. Vivianne no puede ver nada más que frialdad y vacío.
—¿Ahora eres tú quien organiza mi agenda? —apenas mueve la boca; el siseo le sale a través de los labios como si fuera una bruja.
Vivianne aprieta la mandíbula y sus ojos color miel avellanado empiezan a oscurecerse con rapidez.
—No, no soy tu asistente para organi…
Vivianne se queda sin palabras cuando Juliette mueve su mano derecha como si estuviera intentando deshacerse de un perro molesto que viene a pedirle comida cuando ella está sentada a la mesa.
—No tengo tiempo —suelta Juliette—. Y te recomiendo que, en vez de intentar decidir cuándo tengo que trabajar en algo, te centres en organizarte. —Suelta un suspiro teatral—. Tus números este mes son un verdadero desastre.
Y con eso, Juliette mete el portátil en su maletín, se aferra al asa con fuerza y sale de la oficina pasando lo más lejos que ha podido de la morena.
Vivianne quiere girarse, cogerla de un brazo y enfrentarla directamente, pero no lo hace porque sabe que entre ellas tal cercanía no es buena. La última vez, ella acabó con espasmos alrededor de los dedos de Juliette, y eso no se va a repetir porque Vivianne no lo desea para nada.
—Espero que esa cara sea porque vienes a decirme que finalmente Clarice Baxter ha muerto.
Elizabeth Thompson abre la puerta de su casa con su habitual tono directo.
Viste un sencillo pantalón de lino claro y una camisa vaporosa que la hacen parecer la mujer adinerada que es.
Se hace a un lado para que Juliette entre y esta lo hace sin detenerse hasta llegar al salón y sentarse en el sofá con el mismo gesto contraído con el que ha llegado.
—Bueno, tomaré eso como un no, porque de lo contrario estarías celebrando —Elizabeth se sienta a su lado—, o eso espero.
—Mi madre está bien y sigue internada —Juliette se pasa una mano por la coleta.
—Entonces, ¿qué es lo que te pasa? Porque esta energía no parece nada buena.
Esta vez Juliette ni vacila ni se piensa siquiera en adornar las palabras.
Le cuenta a su amiga lo que está pasando en su oficina después de ese beso con Vivianne Fox.
Se guarda los detalles escabrosos —y deliciosos— porque no quiere ser tan precisa, pero sí le dice todo lo demás: las discusiones, los roces, las miradas y el ataque de ansiedad que la dejó en un estado casi catatónico, y cómo Vivianne se acercó a ella para calmarla.
—¿Hace cuánto has dejado de controlar estos ataques en público? —Elizabeth sabe de sus sufrimientos, pero también que Juliette es capaz de ejercer tal dominio sobre ellos que siempre ha podido pararlos cuando no está sola.
—No he dejado de controlarlos —Juliette endurece la voz—. Es esa jodida mujer, que hace cosas en mí. ¿Cómo me la quito?
—¿Cómo te quitas qué, Juliette?
—Esto —se pasa la mano por el pecho—, el que no pueda dominar lo que mi cuerpo siente cuando la tengo cerca.
El gesto de Elizabeth, siempre adusto, se suaviza en una sonrisa que hace que Juliette frunza el ceño.
—Esta mujer te gusta más de lo que pensaba —se lleva la mano a la barbilla, pensativa—. Quizá hasta te estés enamorando.
Juliette salta del sofá como si hubiera una jauría de ratas dentro.
—¿De qué coño hablas? —lo pregunta mientras se afloja la corbata, empezando a sentir la asfixia—. Es atractiva; negarlo sería una estupidez, pero ¿gustarme? ¿Enamorada? Estás desvariando.
—Cuidado con esa boca, Juliette Baxter —Elizabeth lo dice con calma y sonríe de medio lado cuando ve a su amiga estremecerse igual que cuando era apenas una joven perdida que no conocía el mundo—.
En todos los años que llevo conociéndote, jamás te he visto así por nadie: hecha un manojo de nervios, sin ese control que en ocasiones resulta obsesivo, ni con las pupilas dilatadas mientras dices el nombre de una mujer.
Elizabeth hace una pausa mientras se acomoda en el sofá y se cruza de piernas.
—Seamos honestas: las mujeres para ti siempre han sido simples placeres —elige bien las palabras; no quiere ser vulgar—.
Ninguna ha calado lo suficiente en ti como para que la nombraras siquiera una vez.
Solo esa profesora de yoga se ganó el honor, y porque te enseñó técnicas de relajación que te han ayudado.
—Era de yoga, no de pilates —corrige tontamente Juliette como si eso tuviera importancia.
Elizabeth suelta un suspiro de hartazgo.
—El caso es que esa mujer de tu oficina ha logrado cosas —a Elizabeth le brillan los ojos como si se sintiera orgullosa de esa desconocida—.
Y tú ahora tienes dos opciones: seguir siendo una vieja solterona y amargada, o enfrentar esto que estás sintiendo, hablarlo como una adulta y dar un paso adelante.
Juliette siente que se desmaya; puede que esté siendo algo dramática, pero es que para ella todo esto representa un gran problema.
Se ha construido una vida donde sus manías, sus gustos e incluso su mal humor están perfectamente ordenados y coexisten de una manera que le permite respirar.
También está el hecho de que no sabe nada de Vivianne: ¿y si está casada?
¿O tiene algún tipo de relación con esa mujer con la que la vio aquella noche fuera de la oficina?
Aunque todo eso tiene fácil solución con una conversación, lo que sí le parece grave es que la morena viva en Nueva York, la ciudad que le da urticaria y que no desearía visitar jamás.
—¿Has tomado una decisión o es que simplemente te has quedado pasmada?
Elizabeth lo dice con el tono de siempre, pero esta vez parece haberle bajado un par de puntos al volumen, porque alzar la voz en ese momento no le serviría de nada con Juliette.
—No estoy amargada y no necesito a nadie en mi vida —Juliette evita mirarle la cara a su amiga y se sienta de nuevo—. Mucho menos alguien tan insoportable como Vivianne Fox.
Miente y ambas lo saben, pero ni Juliette va a abrir más su alma ni Elizabeth pretende empujarla a un sitio que no le corresponde.
—Bueno, ya que hemos zanjado ese tema que tanto te inquietaba, ¿por qué no me cuentas cuándo piensas quemar la horrible casa donde creciste?
Juliette suelta una carcajada y agradece que Elizabeth tenga esa habilidad para sacarla de su trance cuando más lo necesita.