Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

—Buenos días —dice Sloane cuando entra en la cocina.

A Vivianne, que estaba completamente absorta porque desde ayer por la tarde tiene la cabeza como un bombo, se le escapa la taza de café entre los dedos y se estrella contra el suelo, llena de trozos rotos de porcelana marrón y salpica de café su traje blanco.

En cualquier otro momento habría maldecido incluso en idiomas inventados, pero se queda mirando el suelo como si ahí pudiera encontrar algo que le dé una explicación lógica a lo que pasó ayer en ese despacho diminuto.

Vivianne tiene temblores en las manos desde entonces, porque cada vez que piensa en lo que pasó —que son cincuenta y siete minutos de cada sesenta— un hormigueo le recorre el cuerpo de arriba abajo hasta llegar a su sexo, que se contrae en espasmos y la hace suspirar llena de ansiedad.

—Viv, ¿qué te pasa?

Sloane entra y aparta a su hermana hacia un lado para que no pise los trozos rotos. Vivianne levanta la mirada y no sabe qué decir; hace un momento tenía una taza de café entre las manos y ahora está destrozada contra el suelo, y ni siquiera sabe cuándo.

—Perdona, enseguida lo recojo.

—Yo lo hago —dice Sloane, cada vez más preocupada por su hermana mayor, que últimamente parece vivir en un mundo paralelo—. Ve a cambiarte de ropa, te has ensuciado el pantalón.

Vivianne suelta un resoplido por la nariz y sale de la cocina para ir hasta su habitación.

Abre el armario y se queda mirando los trajes para elegir otro que ponerse, sin darse cuenta de que el tiempo ha vuelto a pasar y ella no ha hecho otra cosa que revivir a Juliette follándola en el despacho, en el orgasmo tan potente que casi la hace desmayarse y en cómo fue ella misma la que le pidió que lo hiciera.

No entiende nada, está demasiado confundida y continuar así acabará con su cordura.

Da igual lo que sea que le pasa con esa mujer, tiene que cortarlo porque si sigue así se va a volver loca.

No puede seguir trabajando con tanta tensión, y después de lo que ha pasado será mucho peor.

Tiene que hacer algo, y lo más sensato que se le ocurre es alejarse de su jefa hasta que esta por fin se vuelva a Chicago.

—Joder, Viv, ¿qué haces?

Sloane está perpleja.

—Yo…

—¿Qué te pasa? —su hermana coge una de las perchas, elige un traje parecido al que su hermana lleva puesto y lo saca para que pueda vestirse—. Me estás preocupando, ¿te ha pasado algo?

—No es nada —reacciona al fin Vivianne, que empieza a desnudarse—. Solo tengo muchas cosas en la cabeza estos días, y trabajar con esa mujer todo el día en mi despacho es complicado; me cuesta concentrarme cuando ella habla por teléfono…

Vivianne deja de hablar porque si sigue acabará diciendo algo que ahora mismo no puede vocalizar.

—¿Cuánto tiempo falta para que se marche? —pregunta Sloane, recogiendo las prendas que Vivianne deja caer en el suelo conforme se las quita.

—No lo sé, espero que poco —miente, porque sabe que van muy retrasadas con la lista y calcula que, al ritmo que van, al menos estará por aquí otras tres o cuatro semanas.

—Pues intenta centrarte, porque pareces una zombie.

Sloane sale de la habitación para dejar la ropa sucia en el cubo, y Vivianne se siente mal por mentirle a su hermana, pero ahora mismo no puede decirle que ayer la follaron como nunca y que su mente trastornada está en un bucle donde solo ve una mano de Juliette Baxter en su garganta y la otra en su coño.

—Joder… —masculla angustiada, y sale de la habitación decidida a acabar con esto.

La jefa de oficina de Axis Nueva York atraviesa el pasillo hacia su despacho a paso rápido.

Saluda de forma mecánica a todos los trabajadores con los que se cruza y no mira hacia ninguna parte que no sea donde pone los pies.

No quiere que nada la distraiga, porque está decidida a hablar con Juliette y su mente está demasiado débil y dispersa como para meterse en cualquier conversación que la despiste.

—Buenos días, Amber —dice, pero no se detiene ni la mira.

Pone la mano en el pomo y abre, cerrando con un golpe un poco seco cuando entra.

El corazón le da un vuelco cuando la ve.

Juliette está de pie junto a su silla porque acaba de llegar y apenas ha tenido tiempo de sacar el portátil del maletín de trabajo y colgar la chaqueta detrás de la silla.

Hoy no lleva chaleco, solo una camisa entallada de color azul claro que hace juego con sus ojos y una corbata negra con un nudo perfecto que Vivianne se siente tentada de deshacer, pero sacude ese pensamiento de inmediato porque son precisamente este tipo de pensamientos los que no la están dejando vivir, y tiene que acabar con esto.

—Hola —saluda Juliette en tono bajo.

—Esto tiene que acabarse —empieza Vivianne sin responder a su saludo.

Deja su bolso sin mirar y, como empieza a ser costumbre, este cae al suelo.

—No lo soporto, no puedo venir a trabajar y tener ansiedad a todas horas, esto no es sano —sigue de carrerilla, hablando tan deprisa que a Juliette le cuesta unas cuantas frases adaptarse a su ritmo—.

Me gustó besarte, eso lo admito, y lo de ayer —Vivianne se aclara la voz y se contiene para no abanicarse con la mano—.

Bueno, no importa, da igual lo que sienta, lo que me gustara y lo que no.

Te vas a ir en unas semanas, así que lo mejor es que cortemos lo que sea que es esto de una vez.

Juliette está quieta junto a su mesa, como si estuviera congelada, aunque no lo está porque su corazón late desbocado.

Ella ha venido con una intención que al parecer es muy diferente a la de la mujer que tiene delante: quería hablar de lo que pasó de forma civilizada, invitarla a un café y aclarar las cosas entre ellas, pero Vivianne no parece estar por la labor, y Juliette no recuerda ninguna situación con una mujer que le afectara tanto como lo que está saliendo de la boca de la morena de ojos color avellana que tiene delante.

—Tú y yo no nos soportamos —Vivianne parece completamente ida, jadea y habla tan deprisa que alguna palabra se le traba—.

Joder, no me caes bien, así que es imposible que me gustes.

Esto que nos pasa está mal —señala entre ambas, y el movimiento de su mano es para Juliette como una bofetada, porque cada palabra que sale de la boca de Vivianne le duele más que la anterior—. ¿No dices nada?

Juliette ni siquiera parpadea, tampoco intenta abrir la boca porque todavía está procesando, y Vivianne, que está muy nerviosa y no soporta el silencio, decide dejar que su lengua siga lanzando todo lo que se le ocurre para justificar acabar con lo que pasa.

—Lo mejor es que no trabajemos juntas salvo para lo imprescindible.

Entiendo que el despacho que te ofrecí es ridículamente pequeño y nada acogedor, así que yo lo ocuparé hasta que te marches; tú puedes quedarte con este.

Por Dios, di algo —exige Vivianne—, ¿o tu lengua afilada solo sirve para decirme todo lo que hago mal?

Juliette se lleva la mano al cuello de la camisa.

Le empieza a faltar el aire y necesita detener esto porque no quiere derrumbarse delante de Vivianne.

Tira de la corbata con brusquedad y afloja el nudo hasta casi deshacerlo mientras su otra mano desabrocha los primeros botones de su camisa con torpeza, con los dedos temblorosos.

Abre la boca para decirle a Vivianne que no hace falta, que se va ella, pero cuando intenta hablar no tiene voz: esa parálisis que la asalta cuando se pone muy nerviosa acaba de hacer acto de presencia.

Ante esa incapacidad, su respiración se acelera y siente que todo se le nubla por los lados.

—¿Qué te pasa? —pregunta Vivianne, que no sabe si acercarse o quedarse donde está.

Juliette la mira solo un segundo antes de desviar los ojos y respirar con fuerza, intentando coger un aire que parece que no llega.

Solo ha sido un momento el que sus ojos han estado enganchados, pero Vivianne ha tenido suficiente para ver el terror en los de Juliette, y ahora, cuando su jefa se dobla hacia delante jadeando y se agarra al borde de la mesa, le queda claro que está teniendo un ataque de ansiedad.

—Espera… —susurra Vivianne, que cruza el espacio en un momento y se coloca al lado de Juliette, girándola para que se apoye en la mesa.

Juliette está demasiado concentrada en intentar respirar como para no dejarse hacer, así que apoya el trasero en la mesa y permite que Vivianne le abra un par de botones más en la camisa y se la ahueque.

—Tranquila —murmura Vivianne en un tono calmado que no tiene nada que ver con el recital nervioso que estaba soltando unos segundos antes, como si su mente supiera que si ella no se muestra calmada, no logrará conseguir el mismo efecto en Juliette—.

No intentes coger todo el aire de golpe, hazlo despacio.

Vivianne le coge una mano y la de Juliette se cierra sobre ella con fuerza mientras sigue jadeando.

Si pudiera hablar, le pediría que la deje en paz, le diría que no la necesita, que coja sus malditas cosas y se marche del despacho si es lo que tanto necesita; y por primera vez en su vida, la directora ejecutiva de Axis se alegra de sufrir esa parálisis, porque los ataques de ansiedad la angustian mucho, pero ahora, con Vivianne a su lado, no le parecen tan terroríficos.

—Más despacio —sigue susurrando Vivianne, que ahora ha colocado una mano de Juliette sobre su pecho para hacerle de guía—. Mírame, no te pasa nada, concéntrate en respirar conmigo.

Juliette exhala con fuerza y trata de hacer lo que le dice.

Se esfuerza por no pensar en nada, sobre todo en esa grieta que ha sentido que se abría en su pecho conforme las palabras salían de la boca de Vivianne.

Aunque no tienen nada que ver una con la otra, ha habido un momento en que le ha recordado a su madre, porque al escuchar a su empleada se ha sentido muy insegura.

Es perfectamente consciente de que no se llevan bien, pero Juliette creía tener una justificación para esa animadversión que parecen tenerse.

Ella estaba segura de que solo es consecuencia de ese deseo incontrolable que ha crecido entre ambas y que se niegan a admitir, pero cuando Vivianne le ha dicho que ni siquiera le cae bien, su teoría se ha desvanecido y se ha sentido completamente perdida, como todas las veces que su madre le decía que no servía para nada, que nadie iba a quererla con ese carácter raro que tiene y que tenía suerte de tenerla a ella.

—Vamos, Juliette, puedes hacerlo —dice Vivianne, que no se separa de ella.

La jefa siente un zumbido en los oídos y la invade otro tipo de angustia, porque Vivianne está aquí, tratando de cuidarla, cuando en la misma situación su madre la cogía de un brazo, la arrastraba a su habitación y le cerraba la puerta de un portazo, alejándose por el pasillo mientras le gritaba que además de rara era débil.

Juliette tiene la mirada fija en el suelo, incapaz de levantarla y conectarla con la de Vivianne, porque si lo hace se romperá del todo, y no quiere que esta mujer vea más debilidad en ella, y menos cuando le acaba de dejar claro lo que piensa de ella.

—Así, muy bien. Respira otra vez —la anima la morena cuando el aire empieza a llegarle de una forma más natural.

Se pasan así un par de minutos, puede que algo más, hasta que poco a poco la respiración de Juliette se normaliza y Vivianne, que se ha dado cuenta de que no se atreve a mirarla, da unos cuantos pasos hacia atrás para dejarle espacio.

Juliette empieza a abrocharse los botones de la camisa, y le cuesta horrores porque las manos le tiemblan.

Vivianne quiere acercarse y hacerlo ella, pero la expresión corporal de Juliette le deja claro que no debe hacerlo.

Se abrocha el último botón y se ajusta el nudo de la corbata antes de incorporarse.

Ni recoge su portátil ni mira a Vivianne; solo coge su chaqueta y el bolso y sale del despacho sin decir una palabra, no porque todavía no pueda, sino porque está tan avergonzada de que Vivianne la haya visto así que no sabría qué decir.