Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

J uliette tiene que reunir todas sus fuerzas para no gritar como una maniaca y que la saquen de ahí con una camisa de fuerza apretando su cuerpo para no matar a todos los que se le crucen hoy en su camino.

Ha dormido mal, esa maldita casa le sigue trayendo recuerdos horribles de una madre que la manipuló desde que Juliette se gestaba en su vientre y que la convirtió en una joven insegura, incapaz de no pensar al menos tres veces cada cosa que hacía o cada decisión que tomaba.

Además, no logra deshacerse de esa sensación entre celos absurdos y una excitación que parece haberse instalado en su cuerpo de forma permanente por culpa de Vivianne Fox.

Si todo eso no era suficiente, a las siete de la mañana ha recibido una llamada del Evergreen Medical Residence donde está ingresada Clarice, porque la mujer ha decidido entrar en una huelga de hambre hasta que su hija tuviera la decencia de ir a verla.

Juliette ha pedido un taxi y ha aparecido por allí, ha entrado a la habitación y su santa madre le ha dicho de todo menos guapa.

—¿No ves que estoy sufriendo? —ha gritado la mujer cerrando los ojos en una digna actuación que podría merecer un Óscar—. Tienes que cuidar de tu madre, no dejarla aquí recluida porque no estoy loca, Juliette Baxter.

Clarice ha llorado mientras se limpiaba los ojos torpemente con la única mano que aún le funciona.

Juliette la ha mirado durante varios minutos hasta que ha dado media vuelta y ha salido de la habitación.

Ahora está con uno de los responsables de la residencia, un hombre demasiado delgado para ser sano que tiene una mirada tan aguda como inquietante.

—Señora Baxter, entenderá que no podemos permitir que su madre rechace las comidas —el hombre se pasa un pañuelo gris por su sudorosa frente—. Lo primero que hacemos en estos casos es intentar cumplir las peticiones de nuestros pacientes, como hemos hecho al llamarla.

—Lo que yo entiendo es que estoy pagando casi diez mil dólares cada mes y lo último que espero es que se me llame para informarme de que mi madre se ha negado a comer y que vosotros, los responsables de su integridad, no seáis capaces de hacer nada al respecto más que llamarme para que yo haga vuestro trabajo —lo escupe con la voz blindada de acero y cristal.

El hombre se tensa y Juliette se aleja dando un paso hacia atrás: el tipo vomitará en cualquier momento.

—La comprendo, señora Baxter —Juliette mira la hora y clava los ojos azules en el hombre—, existen protocolos que aplicamos cuando un paciente…

—Hágalo —Juliette se cierra la chaqueta del traje y antes de girarse añade algunas palabras más—. Y si volvéis a llamarme por algo así, la cambiaré a otra residencia que estará encantada de hacer su trabajo por menos de lo que os pago.

Los tacones suenan como si estuvieran martillando el suelo y cuando Juliette atraviesa los pasillos de la Evergreen Residence, la gente va girando la cabeza para ver de quién se trata.

Ella no mira a nadie, sus ojos están clavados en la puerta de salida y su mente esforzándose por no sucumbir ante el ataque de pánico que empieza a treparle por las piernas.

Cuando pone un pie en la acera levanta la mano ante una hilera de taxis amarillos. De inmediato se sube en uno de los coches y suspira porque de alguna manera el encierro lejos de Clarice la hace sentir más tranquila.

Casi una hora después, está atravesando la puerta del despacho que, por desgracia, tiene que compartir con Vivianne Fox.

Hoy no tendrá que echarla porque la morena no está dentro; sabe que tiene reuniones toda la mañana y que por la tarde se verá con el directivo de una de las cuentas más importantes de Axis en Nueva York, por lo que apenas coincidirán en todo el día.

Eso hace que Juliette experimente una cantidad de sentimientos contradictorios que le cuesta comprender: por un lado, está tranquila, sus hombros no estarán tensos ante una posible discusión entre ella y Vivianne de forma espontánea, pero a su vez no puede evitar sentir el ligero vacío que supone no verla en todo el día.

—Heather —dice Juliette tras sacudirse esas tonterías que estaba pensando y abrir el portátil—. Ponme al día con la agenda de hoy.

Su asistente empieza a recitarle todas las reuniones que tiene hoy, a recordarle el informe que tiene que entregar antes de las cuatro de la tarde y le pregunta si se ha decidido por alguno de los pisos que le ha ofrecido la inmobiliaria.

—Búscame un hotel —es lo que dice como toda respuesta. Heather la conoce bastante bien e intuirá que los pisos eran una porquería o los trámites eran demasiado engorrosos para el poco tiempo que estará en la ciudad—. Para esta misma noche.

Heather baja la mirada para hacer dos apuntes y luego vuelve los ojos hacia su jefa.

La tensión en la línea de la mandíbula es evidente; sus ojos apenas se mueven.

Le gustaría preguntarle cómo está o cómo la está tratando Nueva York, pero sabe que esas cuestiones son como una sonora bofetada para Juliette, que jamás se le ocurriría mezclar el trabajo con algo de tipo personal. Si Heather supiera.

—En un par de horas te mando la dirección con la reserva. ¿Necesitas algo más?

Por un momento el impulso es claro: decirle que sí, que lo que necesita es un jet privado o un teletransportador que la saque de allí y la devuelva a la seguridad de su casa en Chicago. Se muerde la lengua; ella no es así y ni pretende serlo.

—Activa los recordatorios para las reuniones de hoy —le pide y, cuando la chica asiente, Juliette suelta un escueto «hablamos» y cuelga.

El día es una auténtica locura, con reuniones, llamadas que no estaban planificadas y decisiones apresuradas sobre el recorte de personal de la oficina de Denver.

A todo eso se le suma que Juliette tiene ese dolor que se le instala en la nuca y la deja casi sin poder moverla, una especie de carga que le hace tener los hombros tensos y la espalda demasiado recta.

Sabe que es culpa de Clarice —como siempre—, que aunque no compartan el mismo espacio, siempre logra la forma de desestabilizarla de cualquier manera.

Son las ocho y media de la noche cuando Juliette vuelve al despacho completamente agotada y su mirada se engancha a la de Vivianne.

Un escalofrío la recorre: verse ese día tan caótico era una necesidad absoluta para que ambas siguieran respirando.

La directora ejecutiva de Axis odia sentirse así de vulnerable y entonces, cuando se da cuenta de que la morena se levanta de su silla y se pone la americana, no duda en levantar la voz.

—¿A dónde crees que vas? —ladra Juliette como una auténtica perra.

Vivianne no detiene sus movimientos; simplemente se inclina sobre su mesa para apagar el ordenador.

—En el caso de que estés perdiendo la noción del tiempo, te informo de que casi son las nueve de la noche.

Juliette da varios pasos hacia ella y sube la barbilla, pero su espalda se tensa visiblemente ante la mirada brillante de Vivianne, cargada de rabia y desafío.

—Tengo un reloj —levanta la muñeca izquierda y lo muestra como si hiciera falta—, por lo que soy perfectamente consciente de la hora, pero lo que creo que tú estás perdiendo es el sentido de responsabilidad que trae el cargo que ocupas.

—Te equivocas —Vivianne también avanza un par de pasos, cansada de las malas formas de su jefa—. Sé cuáles son mis obligaciones, pero lo que no voy a hacer es quedarme hasta más tarde solo porque a ti te apetece, como si Axis fuera un campo de esclavos.

Juliette quiere morderse la lengua porque sabe que Vivianne tiene razón.

Ambas han pasado un día infernal justamente cumpliendo con sus obligaciones y ahora sería el momento perfecto para que ella pidiera un taxi que la llevara a recoger las maletas en la casa familiar e ir al aparentemente cómodo hotel que le reservó Heather, pero no puede.

Hay algo que no la deja dar su brazo a torcer, decirle a la morena un «nos vemos mañana» o simplemente darse media vuelta para marcharse.

—Me es muy difícil adivinar quién fue el incauto que te nombró jefa de esta oficina —Juliette niega con la cabeza como si estuviera reprochándole esa decisión a alguien en su mente y luego empieza a palparse los bolsillos en busca de su móvil—.

Porque desde donde yo lo veo, tuvo que ser un imbécil que ha pensado más con la polla que con la cabeza.

Es perfectamente consciente de que esta vez se ha pasado de la raya; lo sabe porque Vivianne es una mujer inteligente, capaz de mantener a flote una de las oficinas más importantes de Axis sin pedir ayuda externa, y también lo sabe porque la mujer frente a ella no está furiosa… está decepcionada.

Juliette necesita su móvil para poder huir de allí como una cobarde, pero no lo encuentra.

Se acerca a su mesa, rebusca en los cajones, en el maletín, y nada.

Se detiene un segundo a pensar y recuerda que estuvo hace un rato atendiendo una llamada en el despacho de mala muerte en el que Vivianne Fox pensaba meterla.

Camina hacia la puerta y solamente ha avanzado unos metros cuando siente unos pasos secos tras ella.

No se detiene, entra al pequeño tugurio y localiza el aparato sobre el archivador.

—No te voy a permitir…

Comienza Vivianne, pero todo se detiene muy deprisa.

Juliette se gira, sus cuerpos impactan porque una entraba como un vendaval y la otra intentaba salir como si la persiguiera un asesino en serie.

La directora de la oficina de Nueva York trastabilla y Juliette no la coge por la cintura para estabilizarla, sino que le pone una mano en el pecho y con un ligero empujón la pega a la pared.

No hay palabras, solo está el silencio pesado y el fuego en la mirada de las dos.

Juliette desliza con calma la mano que tiene en el pecho de Vivianne hasta que llega a su cuello y cierra los dedos sin ejercer demasiada presión.

Es el gemido de la mujer contra la pared el que hace que la jefa Baxter lleve la mano libre al cinturón de Vivianne, pero se sorprende cuando es la misma Vivianne quien se desabotona el pantalón y deja que se deslice por sus piernas.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Juliette se lo pregunta con la voz helada y los ojos clavados en la entrepierna de Vivianne.

Desde su posición puede ver una braga negra, delicada, que apenas le cubre el sexo y, antes de que pueda evitarlo, sus dedos empiezan a rozar la tela.

Vivianne abre más las piernas —todo lo que le permite la tela del pantalón en sus tobillos— y cierra los ojos.

Juliette Baxter tiene una forma muy concreta de acariciar: no es dulce, es directa e incluso brusca, pero a la morena parece que le encanta porque la humedad empieza a abrirse paso.

—¿Vas a follarme o pretendes quedarte ahí castigándome? —Vivianne lo dice con la voz ahogada por la excitación y por esa mano alrededor de su cuello que la está enloqueciendo.

Juliette no dice nada, al menos no con palabras; se limita a levantar la mirada y cuando el azul y la miel se funden, aparta la tela de la braga, moja los dedos en la incipiente humedad y la penetra.

—Mierda —Vivianne aúlla y de inmediato se lleva el puño a la boca.

Juliette es implacable: desde el segundo en que ha sentido el calor de ese apetitoso coño alrededor de sus dedos, ha empezado a bombear dentro de ella sin detenerse. La ve retorcerse, jadear y, al cabo de unos minutos, empezar a temblar.

—Ni se te ocurra cerrar los ojos —las embestidas frenan de golpe como una amenaza física que hace que un escalofrío le recorra el cuerpo y los abra de par en par—. Así me gusta, obediente.

La furia que traspasa a Vivianne al escuchar esa última frase se ve eclipsada cuando Juliette le suelta el cuello, se pega más a ella y con la mano libre empieza a masturbarla. Los círculos intensos y generosos van al mismo ritmo de las embestidas, haciendo que su cabeza cortocircuite.

—Joder, joder —gime Vivianne antes de morderse los labios con fuerza y empezar a correrse.

Quizá para algunos este sea el típico polvo del que luego presumen entre amigos.

No para Vivianne. No se puede quejar del sexo que ha tenido hasta ahora, pero que un par de movimientos hayan hecho que su coño se contrajera tan dolorosamente, se humedeciera como si estuviera en una jodida piscina y que con solo unos minutos de penetraciones profundas con algo de atención en su clítoris le hiciera experimentar el orgasmo más exquisito que recuerda en años, le deja la garganta seca y el cerebro en modo alerta.

Juliette sale de ella despacio, con cuidado de no hacerle daño. Luego se agacha y le sube el pantalón abrochándoselo como si la situación fuera de lo más normal.

Ninguna de las dos abre la boca: Vivianne porque no sabe qué viene a continuación y Juliette porque todo le da vueltas.

Se ha follado a Vivianne Fox contra la pared de un minúsculo despacho roñoso de la planta catorce de un edificio —espera— casi vacío, y la sensación ha sido extraordinariamente buena, satisfactoria y desconcertante, porque su corazón dio varios vuelcos no solo al sentir a la mujer que tiene frente a ella, sino al verla mientras contraía el gesto y luego separaba los labios mientras el orgasmo la abrasaba.

Una vez que Vivianne se ha repuesto, sale del despacho sin decir ni una palabra porque sabe que no le saldrá ninguna. Ese maldito mutismo que se apodera de ella cuando el estrés la golpea ha aparecido justo ahora y, antes de que colapse mostrando su vulnerabilidad, se marcha.

Vivianne se queda allí unos minutos intentando comprender lo que ha pasado y, tras pasarse la mano por los pantalones arrugados, sale del despacho con la convicción de que pasará mucho tiempo antes de que decida volver a acostarse con un hombre… si es que vuelve a hacerlo.