Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Vicky sonríe y levanta las manos, y ni ella —porque no la conoce— ni Vivianne se dan cuenta de que hay una persona que sí que las ha visto.

Juliette acaba de salir por la puerta y lo primero que le han encontrado los ojos son las manos de una pelirroja en el trasero de Vivianne; se ha girado hacia el otro lado para caminar hacia la inmobiliaria mientras intenta alejar de su cuerpo esa sensación que le aprieta y le retuerce el estómago y la ha puesto de mal humor.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Vivianne, poniéndole las manos en los hombros para asegurarse de que su amiga es real.

—Invítame a una copa en el Billi's y te lo cuento —dice Vicky, levantando la mano para detener al taxi que llega en ese momento.

—A una… —murmura Vivianne con expresión frustrada—, pienso beberme una botella entera en cuanto entremos.

Vicky levanta una ceja y abre la puerta del taxi para cederle el paso a su amiga.

—Parece que llego en buen momento entonces.

Cuando entran al Billi's, Vivianne tiene que esperar cinco minutos a que el dueño del bar abrace a su amiga y le haga preguntas que ella todavía no ha podido hacer.

—Sentaos —dice Bill—, a la primera invita la casa.

El hombre vuelve a su sitio detrás de la barra y ellas se sientan en la primera mesa libre que encuentran.

—Echaba de menos este sitio de mala muerte —comenta Vicky en voz baja, haciendo sonreír a su amiga.

—Todavía no me creo que estés aquí —Vivianne extiende una mano por encima de la mesa y coge la de su amiga—. ¿Por qué no me has avisado?

—¿Y perderme tu cara de sorpresa cuando me has visto? Ni hablar.

—Vale, pero entonces, ¿estás de vacaciones?

—No, exactamente. Lo que fui a hacer a Tokio prácticamente está resuelto, no es necesario que yo siga allí y tampoco quiero quedarme ni un minuto más en una ciudad donde follar se ha convertido en todo un reto.

—¿Te quedas? —los ojos de Vivianne se desorbitan de pura emoción.

—Todavía no. He venido para gestionar mi vuelta. Estaré por aquí un mes o un poco más y después tengo que volver a Tokio para terminar de zanjarlo todo. Imagino que estaré allí un par de meses como mucho, y luego —Vicky sonríe con maldad—, seré toda tuya.

Vivianne quiere saltar de alegría, celebrar la vuelta de su amiga como se merece, pero se da cuenta de que hoy está sin energía y que lo único que puede hacer es beber para celebrarlo.

—Aquí tenéis —dice Bill con una sonrisa amable—, me alegra ver a mis dos chicas favoritas juntas otra vez.

—Gracias, Bill —responden ambas a la vez.

—Vale, cuéntame qué te pasa, porque pareces tan ansiosa por esa copa como yo por encontrar un coño.

—Joder, Vicky, ¿puedes ser menos soez? —pide Vivianne.

—¿Qué pasa? ¿Sabes el hambre que he pasado estando allí?

—Claro que lo sé, me lo recuerdas cada vez que hablamos por teléfono.

—Porque es importante, Viv. No tienes ni idea de las veces que he llegado a masturbarme. Hasta he tenido tendinitis en la muñeca una vez.

Vivianne se echa a reír. Sabe que su amiga no bromea ni exagera; a Vicky le gusta tanto el sexo que, si fuera por ella, estaría con una mujer diferente cada noche.

—Pero dejemos mi drama, que eso empezaré a resolverlo esta misma noche. ¿Qué pasa contigo? ¿Es por lo de Sloane y la jodida lista?

—Más o menos.

Vicky da un sorbo a su vaso y paladea el whisky con deleite.

—¿Eso qué significa?

—Significa que la mujer que ha puesto a Sloane en esa lista es una perra que se ha instalado en mi despacho y me amarga la existencia cada día.

—¿En tu despacho? ¿Puede hacer eso? —pregunta desconcertada.

—Puede hacer lo que le dé la gana, o casi.

—Vale, te llevas mal con ella —concluye Vicky—, pero no estará ahí para siempre, ¿no? Cuando resuelva lo que sea que ha venido a hacer se marchará, solo has de tener paciencia.

—La besé.

Vicky tiene el vaso en la mano y estaba a punto de llevárselo a los labios, pero lo deja a medio camino y sus ojos verdes se convierten en dos rendijas cuando mira a su amiga.

—¿He oído bien? ¿Has besado a una mujer?

—Sí.

—Serás pedazo de perra —se ríe Vicky—. Te dije que si alguna vez querías liarte con una mujer empezaras conmigo.

—¿Y comerme las babas de mi hermana? No, gracias —resopló Vivianne.

—Vale, sí, centrémonos en lo importante porque estoy un poco desconcertada. ¿Por qué la has besado? ¿Desde cuándo te acuestas con mujeres? Esta es una información que yo, como tu mejor amiga, debería tener actualizada.

—No me he acostado con ninguna mujer, Vicky, ni me gustan; es decir, ella a lo mejor me gusta un poco.

La sonrisa de Vicky se tuerce y Vivianne entiende ahora por qué resulta tan irresistible a las mujeres. Su expresión cambia, la hace parecer más joven de los cuarenta que tiene, y también provocadora y seductora.

—¿Cómo se llama? —pregunta Vicky Bob.

—Juliette, ¿por qué?

—Porque hay que hacerle un monumento a esa mujer por lograr en semanas lo que yo no he logrado en años.

—¿Y eso es?

—Mostrarte el camino correcto —aplaude Vicky.

Vivianne levanta una mano para pedir otra ronda, segura de que la necesita.

—Bueno, ahora en serio —dice Vicky—. ¿Qué te pasa con ella? Porque no puede gustarte y repelerte al mismo tiempo, Viv.

—Te aseguro que no la soporto, me pone de los nervios. A veces me desespera tanto que solo quiero tirarme del pelo.

—O follártela.

La boca de Vivianne se abre para decirle que deje de hablar así y que ella no quiere follar con Juliette Baxter, que antes se arrancaría la…

Detiene sus propios pensamientos cuando descubre que lo único que se arrancaría sin dudarlo sería su propia ropa, porque sí que quiere follar con ella; lo piensa a todas horas, sobre todo en el despacho cuando Juliette suelta una de sus perlas y ella, además de estrangularla con sus propias manos, quiere devorarla por completo.

—Me estoy volviendo loca, te lo juro. No sé qué hacer.

Vicky le coge una mano.

—Tranquilízate, ¿vale? Es solo una mujer. ¿Por qué no hablas con ella? Trata de explicarle lo que te hace sentir y…

A Vivianne le sale una especie de suspiro raro que pretende ser una burla, pero que parece una pedorreta que hace detenerse a Vicky Bob.

—No pienso hablar con ella. ¿Sabes que hoy me ha echado de mi propio despacho? —explica, y suelta un resoplido.

Vicky no quiere reírse, de hecho, sabe que no debe, que Vivianne está confundida y enfadada y lo que necesita es que ella la escuche y la ayude a comprender lo que le pasa, pero cuando se imagina la escena, no puede contenerse y la carcajada le estalla en la boca con tanta fuerza que hasta Vivianne acaba riendo.

—Perdona, es que pagaría una fortuna por haber presenciado ese momento. Dios mío, Viv, necesito conocer a esa mujer.

Vivianne pone los ojos en blanco y Vicky se levanta y mueve su silla para sentarse a su lado.

—Tú sabes que del odio al amor hay un paso, ¿verdad? —pregunta muy en serio.

—No estoy enamorada de ella, Vicky, eso es imposible.

—No digo que lo estés, pero sí que pareces a punto de estarlo, por eso insisto en que necesitas una conversación con ella.

—Imposible, dejó muy claro que no quería que se repitiera.

——Oh —los ojos de Vicky se abren con sorpresa—.

Vaya, lo siento. Entonces, seguiremos bebiendo —Vicky levanta la mano para pedir la tercera ronda, y Bill prepara otros dos vasos en una bandeja que les lleva Meryl, que ha terminado de organizar las cajas del reparto de la tarde y ya está disponible para ayudarlo con las mesas.

—Aquí tenéis.

—Gracias —dice Vivianne, y se gira hacia Vicky para reprocharle que no haya dicho nada, pero se la encuentra con la boca abierta y la mirada fija en Meryl mientras se aleja.

—¿Y ese bombón? —pregunta su amiga.

—Ese bombón es la nueva camarera de Bill, así que olvídate de ella.

—¿Que me olvide? ¿Tú las has visto? No creo que pueda olvidarla nunca.

Vivianne se ríe, porque Vicky siempre dice lo mismo de cada mujer que entra en su radar, pero una vez se las lleva a la cama, se olvida de ellas al día siguiente. La única excepción que conoce es su hermana Sloane, con la que Vicky no dudaba en repetir cuando ambas coincidían.