Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 12
48%

Capítulo 12

J uliette camina por el pasillo de Axis haciendo resonar sus tacones con fuerza, pero conforme va llegando hacia la antesala del despacho de Vivianne —ahora también el suyo— afloja el ritmo hasta que se queda en la puerta bajo la atenta mirada de Amber, que no se atreve a preguntarle a la directora ejecutiva si necesita algo.

Con la mirada fija en la pared del fondo, Juliette recuerda la discusión de ayer con Vivianne.

Ha venido todo el camino pensando en que iba a retomarla y a recordarle a esa mujer de ojos marrones y labios exquisitos que las discusiones solo se acaban cuando ella lo decide, pero ahora, parada ahí mientras observa el cartelito con el nombre de Vivianne Fox junto a la puerta, se recuerda que todavía le quedan unas semanas aquí, no sabe cuántas —espera que pocas— porque parece que hacer esa lista es la tarea más complicada a la que se ha enfrentado nunca, y ya le genera bastante ansiedad estar en Nueva York por motivos ajenos al trabajo como para estar todo el día tensa esperando el momento de abrir la boca para que todo estalle entre ellas.

Reanuda el paso y toma la decisión de tratar de ser cordial con ella, de intentar firmar alguna especie de tregua que les permita trabajar sin sentir ganas de lanzarse objetos —o de saltarle encima y devorarla— durante el tiempo que tenga que seguir en la ciudad hasta finalizar la dichosa lista.

Pone la mano en el pomo y se queda quieta unos segundos otra vez —para desconcierto de Amber, que ya no sabe qué pensar de esta mujer— porque Juliette no tiene la costumbre de rebajarse, y esto es lo que pretende hacer, levantar una bandera blanca como si se estuviera rindiendo, pero si no lo hace ella, tiene muy claro que Vivianne Fox no lo hará.

Gira el pomo y atraviesa el umbral. Para su sorpresa, Vivianne está ahí, ha llegado antes que ella; lo primero que le viene a la cabeza es hacer un comentario mordaz al respecto, pero detiene su lengua a tiempo y se gira para cerrar la puerta.

—Buenos días —dice, y rodea su mesa para dejar sus cosas.

Vivianne levanta la mirada y abre la boca para responder, pero entonces ve que Juliette está de lado, quitándose la chaqueta para quedarse con otro de sus trajes entallados y una corbata color caoba de la que siente la tentación de tirar; lo que no sabe es si quiere asfixiarla con ella o simplemente dominarla para pegarla a su cuerpo y volver a tener acceso a su boca.

Juliette se gira al no obtener respuesta, irritada, pero se traga otro comentario cuando Vivianne al fin abre la boca.

—Hola.

La respuesta es seca y a Juliette le parece toda una provocación, justo lo que cualquier otro día le daría pie para recordarle cuál es la cadena de mando, pero se esfuerza y se traga sus pensamientos, y se sienta a encender el portátil.

—¿Qué tal la visita que hiciste ayer? —pregunta, y aprieta la mandíbula porque le ha costado una barbaridad hacer esto.

—Seguro que no fue tan interesante como la tuya con esa chica, ¿cómo se llamaba? ¿Tracy? ¿Tessa? ¿Te gustó todo lo que te enseñó?

Juliette necesita unos segundos para ubicarse, porque el comentario la ha dejado completamente descolocada.

Cae en la cuenta de que se refiere a la chica que la atendió en la inmobiliaria y no entiende del todo a qué viene el dardo que acaba de lanzarle, pero le da igual, porque ella lo ha intentado y ha sido Vivianne la que ha decidido no aceptar la tregua, y Juliette ha hecho el esfuerzo de rebajarse una vez, pero no lo va a hacer dos.

—Vete —dice, con un tono congelado que hace bajar la temperatura del despacho un par de grados.

—¿Perdón? —pregunta Vivianne, que no sabe si Juliette no la ha entendido al hablar o si simplemente ha perdido la cabeza.

—Ya me has oído. Hoy no tengo ganas de aguantar tus impertinencias y tengo un par de reuniones con la oficina de Chicago que voy a realizar desde aquí, así que coge tu portátil y vete a trabajar a la sala de juntas o al baño, me es indiferente —dice sin mirarla.

Vivianne se echa hacia atrás en su silla, tratando de entender si le toma el pelo o solo quiere provocarla, pero Juliette parece hablar en serio: se ha cruzado de brazos mientras espera a que se mueva.

—No puedes echarme de mi despacho —dice indignada.

—Por supuesto que puedo. Puedo echarte de aquí y también del edificio, así que agradece que sea benevolente. Vete.

El pecho de Vivianne se eleva con un suspiro repentino que casi la hace atragantarse.

—No pienso irme.

La directora ejecutiva de Axis estira el brazo y coge el teléfono de su mesa —una línea que pidió por capricho y que todavía no ha utilizado— y se lo lleva a la oreja por primera vez.

—¿Cuál es la extensión de seguridad?

Vivianne la mira, perpleja.

—¿No me la dices? No pasa nada, tu asistente es muy eficiente cuando se lo propone, ella se encargará.

Juliette se levanta dispuesta a abrir la puerta y Vivianne, indignada y viendo que va en serio, también se pone de pie.

—Espera —dice, y cierra su portátil con un golpe seco, se lo coloca bajo el brazo y se acerca al colgador, de donde coge su bolso.

—Buena chica —murmura Juliette, mirándola con la barbilla levantada.

—Puede que esto me cueste el despido —dice Vivianne cuando Juliette le abre la puerta—, pero eres una perra —susurra muy quedo—, es importante que lo sepas para que busques un adiestrador que te eduque.

Juliette le corta el paso cerrando un poco la puerta antes de que la mujer pueda salir.

—Las perras tendemos a morder —susurra Juliette muy cerca de su oído—, así que ten cuidado.

Abre la puerta de golpe y se aparta, pero Vivianne necesita unos segundos para que la orden llegue desde su cerebro hasta sus piernas, porque ha sentido tal latigazo en pleno coño que no es capaz de pensar en nada coherente ahora mismo.

Al fin, da un par de pasos y la puerta se cierra de forma seca a su espalda, sobresaltándola.

—Esta mañana trabajaré desde la sala dos, necesito estar sola —dice para salvar su orgullo cuando Amber la mira con los ojos como platos.

—Claro, ¿te paso las llamadas allí entonces?

Vivianne aprieta la mandíbula y asiente antes de salir.

A las seis en punto de la tarde, Vivianne, que ha vuelto a su despacho después de comer con Sloane en un bar cercano y desahogarse con su hermana sobre lo zorra que es su jefa, se levanta de la silla y cierra su portátil.

—Tendremos que seguir con esto mañana —dice mirando su reloj—, tengo cosas que hacer.

Juliette decide no protestar, básicamente porque tiene programada la visita a un apartamento y así no llega tarde. Aunque si le dieran a elegir, preferiría cancelarla y seguir revisando nombres en la lista para acabar de una maldita vez, porque hoy solo han podido revisar uno de ellos.

Vivianne rodea la mesa de Juliette sin dedicarle una sola mirada.

Desde que ha regresado, ha estado tensa todo el tiempo, respondiendo con monosílabos y aportando lo justo.

En cualquier otro momento, Juliette la habría despedido por su falta de interés, pero ha disfrutado tanto castigándola hoy que ha decidido pasar por alto su rabieta de la tarde.

—Muy bien, mañana seguimos. Ven temprano, tengo una reunión a las diez y quisiera quitarme otro nombre de encima antes de esa hora.

—Vendré a mi hora —zanja Vivianne antes de salir y dejar la puerta abierta.

Juliette la observa caminar por la antesala y suelta el aire de golpe, porque han sido tantas las veces que ha contenido sus ganas de cogerla por el pelo y cerrarle esa bocaza con la lengua, que su corazón no ha latido a un ritmo normal en toda la tarde.

Vivianne sale del ascensor en la planta baja y prácticamente corre hasta la entrada porque necesita que le dé el aire.

El guardia de seguridad la mira pasmado y murmura algo cuando ella pasa y se despide con un gesto.

Una vez fuera, Vivianne respira con fuerza y cierra los ojos un segundo para intentar dejar atrás el día entre espantoso y humillante que ha tenido por culpa de esa mujer.

Cuando abre los ojos tiene muy claro lo que va a hacer a continuación, que es ir directamente al Billi's y beber hasta perder el conocimiento.

Se gira para ir a la parada de taxis, pero algo la hace detenerse: es una especie de destello rojo que avanza por la acera en su dirección.

Vivianne parpadea: ese destello se convierte en una melena pelirroja que cae suelta por debajo de los hombros de su dueña en capas desordenadas.

Los mechones se mueven con el aire y se mezclan entre ellos mientras la mujer, vestida con su habitual estilo profesional pero sin la etiqueta de los trajes corporativos habituales, camina enfundada en una blusa clara con las mangas dobladas por debajo de los codos, un pantalón de tiro alto que la estiliza y unos tacones medios.

La jefa de la oficina de Axis da un paso adelante con el ceño fruncido, incrédula, y ve con el pulso acelerado cómo los ojos verdes de Vicky Bob la observan con esa mirada analítica que no tiene nada de ingenua, con esa expresión siempre despierta y un destello de diversión al ver la sorpresa que ha provocado en ella.

—¿Vicky? ¿Qué coño…? —Vivianne no termina la frase, porque cuando ve que realmente su amiga está a dos metros de ella, se lanza a sus brazos con tanto ímpetu que ambas están a punto de caerse.

—Me encanta provocar esta reacción en las mujeres —dice Vicky, apretándola con fuerza.

—Espero que no me estés confundiendo con uno de tus ligues y me toques el culo —murmura Vivianne.

Vicky se ríe y, de forma automática, baja ambas manos al culo de su amiga y lo aprieta con fuerza. Vivianne da un respingo y suelta una carcajada al mismo tiempo, con los ojos húmedos de la emoción de ver a su amiga en carne y hueso.

—Siempre he pensado que tienes un culo exquisito —dice Vicky Bob.

Vivianne se aparta, todavía sonriendo.

—Deja de meterme mano en la puerta del trabajo, ahora solo me falta que la gente comente que la jefa coquetea con mujeres en medio de la acera.