Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

—Estoy harta de que te quejes por todo —dijo Vivianne con los dientes apretados y las manos cerradas en dos puños.

—No creo que tenga que repetirte que cuides la forma en la que me hablas —la respuesta sale de Juliette con una calma que hace pensar que está tan tranquila que ni siquiera tiene que levantarse para discutir—. Te recuerdo que puedo incluir tu…

Vivianne bufa, interrumpiéndola, y se pasa la mano por el cabello corto. Está cansada de la situación, pero más molesta está por sentir ese fuego entre sus piernas cada vez que las cosas entre Juliette y ella se le escapan de las manos.

Llevan todo el día entre exigencias descabelladas y malas contestaciones.

Han tenido dos reuniones con el equipo de Recursos Humanos de Chicago y luego cada una ha estado concentrada en sus propias tareas.

La tensión que se respira en el despacho es tan insoportable que Vivianne se ha levantado al menos diez veces de su silla para salir de ahí durante unos minutos y, al volver, ha tenido que escuchar el murmullo quejumbroso de su jefa porque asegura que lo único que hace en la oficina es estar fuera de ella y no cumplir con su trabajo.

—Sí, mi nombre en la lista, ya lo has dicho —dijo Vivianne levantando la barbilla—. Haz lo que te dé la gana, Baxter.

El pecho le retumba, porque esta mujer la está llevando a la locura más absoluta.

Sigue pensando en lo mucho que detesta la ciudad de Nueva York, lo asqueada que está de experimentar tanta desesperación cuando está de visita, y ahora encima tiene que aguantar a la irritante mujer frente a ella.

El problema, sin embargo, es que esta situación, lejos de asfixiarla, le está causando un cosquilleo que le está costando controlar.

Se pone de pie con ímpetu y, por norma general, las personas siempre retroceden cuando su rostro cincelado se agría más de lo habitual y su lenguaje corporal anuncia que no está nada contenta. No es ninguna sorpresa que Vivianne Fox ni siquiera se mueva.

—Tu actitud deja mucho que desear —dijo Juliette con la voz helada y los ojos fijos en Vivianne—, y que te quede claro que no voy a permitir más insubordinaciones por tu parte.

No lo hace con un motivo macabro, pero es que a Juliette se le ha secado la garganta de golpe al estar tan cerca de esa impresionante boca y tiene que lamerse los labios en busca de algo de humedad, al menos en la parte superior de su cuerpo, porque la inferior es un río turbulento.

—Bueno, al contrario que tú, yo soy educada y mis empleados no me temen —escupió Vivianne con el pecho hirviendo de rabia.

Hay un imperceptible movimiento de labios por parte de Juliette y Vivianne se da cuenta de que, lejos de herirla, a esa bruja le encanta que la gente le tenga miedo. Puede ver en su rostro el regocijo y eso le molesta más aún.

—¿Crees que realmente me…

—No tengo tiempo para esto —la corta Vivianne una vez más, revisando la hora en su reloj y percatándose de que llega tarde a la cita con Oliver en la inmobiliaria—. Tengo que irme.

Juliette aprieta la mandíbula y da un paso adelante.

—No hemos terminado aquí —escupió con un siseo afilado.

Vivianne no se detiene a escucharla. Se acerca a su mesa, bloquea el ordenador y luego coge sus cosas.

Los ojos de Juliette son dos brasas que no dejan de mirarla y cuando la jefa de la oficina de Nueva York se está abotonando la chaqueta, el gesto hace que sus pechos se aprieten y sus muslos se le cierren de golpe.

—Aunque te parezca una locura, los horarios laborales se establecieron para algo —dijo Vivianne colocándose el bolso en su hombro—. Entre otras cosas, sirven para que nos podamos organizar con nuestra vida privada.

No vuelve a mirar a Juliette y sale de su despacho sin permitirle ni una palabra más.

El cerebro de Vivianne Fox es un carrusel dentro de un parque de terror: tiene demasiadas cosas en movimiento y, si no va controlando cada una de ellas, se volverá loca.

Una de ellas es la búsqueda de apartamento, porque a pesar de que su hermana ni siquiera le ha preguntado cuándo piensa marcharse de su casa, Vivianne sabe que no es saludable seguir ahí, ni para la relación que mantiene con Jenna ni para ella misma, que no recuerda cuándo fue la última vez que tuvo su propio espacio.

Suelta un suspiro tranquilizador cuando entra al ascensor, pero de inmediato se le corta porque, antes de que se cierren las puertas, la custodia de las puertas del infierno —Juliette Baxter— entra con la mirada clavada en su teléfono móvil.

Vivianne exhala ruidosamente, pero la rubia hace oídos sordos.

Las catorce plantas que tiene que descender la cabina de metal son los minutos más agobiantes que Vivianne experimenta ese día, porque el olor de Juliette, su respiración calmada y el calor de ese cuerpo entallado en un traje oscuro que le queda espectacular están haciendo que su entrepierna se estremezca con una fuerza imparable.

—Vivianne —una sonrisa que pretende ser coqueta se dibuja en la boca de Kevin Richardson, el gerente de una de las empresas de la planta dieciocho que no deja escapar ninguna oportunidad para invitarla a salir—. Cada vez más guapa.

Juliette aprieta con más fuerza de la necesaria el botón que lleva a la planta cero del edificio. Ese pinchazo molesto que le apuñala el pecho nada tiene que ver con el hombre que mira a Vivianne como si fuera el último trozo de pan caliente en todo el universo.

—Kevin —es el único saludo que sale de la boca de la morena. Está aturdida y enfadada, solo le faltaba encontrarse a este hombre en su camino.

—No has venido a la inauguración de nuestra nueva oficina —Kevin señala las puertas cerradas del ascensor—. Ahora también estaremos en la planta seis.

Vivianne sigue mirando al frente mientras asiente.

—No he podido —se cambia el bolso de hombro—. Demasiado trabajo.

Vivianne se tensa cuando un sonido parecido a una risa corta escapa de la mujer a su lado, como si se hubiera burlado de su comentario. No se gira, porque si clava su mirada en ese azul profundo, no podrá controlarse.

—Hay que disfrutar más y trabajar menos —Kevin intenta ser gracioso—. ¿Qué tal si a final de semana nos tomamos una copa al salir de aquí?

Las puertas del ascensor se abren y Vivianne camina a paso rápido, el mismo que lleva el bendito Kevin Richardson, porque sigue a su lado esperando una respuesta.

—Tengo que revisar mi agenda —le suelta para quitárselo de encima.

—Claro —sonríe el hombre celebrando anticipadamente lo que en realidad será un fracaso—. Me pondré en contacto contigo, entonces.

Vivianne sale a la calle mascullando un par de palabras que Kevin no logra comprender, pero que a él le parecen algo como «lo estoy deseando», y apresura el paso para perderlo de vista.

La inmobiliaria está apenas a un par de manzanas —la única decente de la zona, que eligió por la cercanía a la oficina— pero antes de que Oliver piense que no llegará a su cita, se detiene un segundo para sacar su teléfono.

Para su sorpresa, los tacones que oye tras ella son los de Juliette; podría reconocer esas pisadas llenas de odio en cualquier lugar, y antes de que la alcance, reanuda sus pasos mientras manda un mensaje al agente inmobiliario.

Cinco minutos después llega al local comercial y, con el ceño fruncido, se gira hacia su acosadora.

—¿Me estás siguiendo? —brama Vivianne irritada, mirándola a la cara—. Porque pienso poner una queja en Axis por ese comportamiento.

Vivianne incluso la señala con el dedo y Juliette ni siquiera le dedica un segundo para responder: se adelanta un par de pasos y empuja la puerta para acceder a la agencia inmobiliaria.

La jefa de la oficina de Nueva York boquea como un pez y la cara le arde de vergüenza. Se enfurece, más de lo que ya está, porque ese tipo de reacciones que últimamente no puede dominar son culpa de Juliette. Solo de ella y de nadie más.

—Señora Fox —Oliver se acerca a ella con la misma amabilidad que ha demostrado en cada uno de sus encuentros—. Pase por aquí, por favor.

Vivianne intenta no mirar a la mesa que está a pocos metros a su izquierda, donde se ha sentado Juliette frente a una mujer de unos treinta años que sonríe cada dos segundos como si tuviera un tic nervioso.

Se concentra en lo que le dice Oliver: tiene tres pisos que considera ideales —Vivianne está segura de que son un mojón como los que le ha enseñado antes— y le propone días para visitarlos.

Le habla de otras zonas, algunas bastante alejadas que ella no duda en rechazar.

Sabe que son más accesibles en todos los sentidos menos en el de pasar más de una hora por trayecto en ir y volver de la oficina.

—¿Le parece que veamos el primero pasado mañana? —pregunta el agente mientras teclea mirando la pantalla del ordenador.

Vivianne abre la boca para contestar, pero el sonido de una risa suave le hace girar el cuello como si acabara de ser poseída por un demonio.

No le importa quedarse mirando de esa manera tan poco educada: Juliette Baxter, esa mujer odiosa que nunca ha visto ser amable con nadie, está riendo de algo que ha dicho la chica que la está atendiendo.

La agente —Tracy, Tessa, qué más da— la mira con un coqueteo evidente.

Se toca el pelo con gracia, inclina el torso un poco hacia adelante e intenta mostrar de forma muy poco disimulada parte de sus pechos.

—Entonces quedamos así —Vivianne vuelve a la realidad y gira la cabeza para ver a Oliver. El hombre sonríe complacido y ella no sabe qué ha aceptado.

—Mándalo a mi correo, Oliver, así no se me olvida —le pide Vivianne para enterarse de lo que han estado hablando mientras ella miraba el coqueteo entre la agente y su jefa.

—Considérelo hecho —Oliver estira la mano y Vivianne se la estrecha, intentando alargar el momento todo lo que puede.

Cuando sabe que no tiene nada más que hacer ahí, decide salir a la calle.

Quedarse a espiar a Juliette es objetivamente lo más estúpido que puede decidir hacer, porque entre ellas no hay nada, solo ha pasado un beso —caliente y exquisito— que no va a ir a más, sobre todo porque la irritante rubia le ha dejado todo muy claro.

…y no vuelvas a besarme. ¿Lo has entendido?

Vivianne bufa y camina enfurruñada como si fuera una adolescente a punto de perder la compostura.

No lo entiende; le cuesta asimilar todo lo que está experimentando desde la llegada de Juliette a Nueva York, sobre todo ese fuego que le está abrasando la garganta en ese momento, porque se da cuenta de que lo que está teniendo justo ahora no es otra cosa que un tonto ataque de celos.

—Joder.