Capítulo 10
V ivianne está en el sofá del apartamento de Sloane; tiene un vaso de whisky —algo que está empezando a ser una costumbre que se repite demasiado— en una mano, y el móvil en la otra mientras observa la pantalla en negro con frustración.
No sabe cómo gestionar el día que ha tenido: la resaca que ha arrastrado hasta después de comer, llegar tarde al trabajo, la discusión con Juliette y el beso.
Nota un tirón en el estómago al recordarlo, y un pequeño jadeo de ansiedad se le escapa entre los labios.
No entiende qué tipo de fuerza divina la ha empujado a hacerlo y lleva todo el día tratando de convencerse de que ha sido culpa de la resaca: su mente estaba nublada, eso seguro, y no podía pensar con claridad.
Además, esa mujer no dejaba de regañarla; Vivianne estaba harta de escucharla y ha decidido cerrarle la boca de la peor manera que se le podía ocurrir.
Cuando ha salido de la oficina, quería ir al Billi's —era lo único que le apetecía—, sentarse en la barra como ayer y beber hasta caer redonda, o con suerte hablar un rato con Vicky Bob y contarle lo que había hecho.
Vivianne no puede imaginarse la reacción de su amiga cuando sepa que ha besado a una mujer, por más que lo intenta; Vicky es tan impredecible que puede aplaudir y decir que por fin ha encontrado el camino correcto, o quedarse callada porque su cerebro cortocircuita cuando recibe información que no comprende.
Quería ir allí, pero tenía una cita programada para ver un apartamento bastante cerca de la oficina que, por las fotografías que ha visto, le interesa bastante.
Ha venido a casa para ducharse y cambiarse porque la visita no era hasta las ocho, pero justo cuando acababa de salir de la ducha, el agente de la inmobiliaria la ha llamado para decirle que necesitaba aplazar la cita para el día siguiente.
Vivianne estaba desnuda en ese momento y, por un instante, ha pensado en vestirse y salir para ir al Billi's, pero ha decidido que ya había tomado demasiadas decisiones malas por hoy y que lo mejor era quedarse en casa.
Se ha servido una copa —esto también es mala idea y lo sabe— pero necesita anestesiar ese cerebro suyo que no para de recordarle que ha besado a Juliette Baxter, a esa jefa impertinente e insoportable que además es una mujer.
Ha llamado a Vicky Bob porque necesitaba soltarlo, pero su amiga debe de estar en alguna reunión —una mujer la descarta porque Vicky no conecta con las asiáticas y está en modo celibato hasta que vuelva— y no le ha cogido el teléfono ni le ha devuelto la llamada.
Así que sigue ahí, esperando a que vuelva su hermana mientras decide si le cuenta lo que ha hecho o no.
Escucha el tintineo de las llaves al otro lado de la puerta y la risa contagiosa de Jenna.
Vivianne mira su reloj y deduce que Jenna pasará la noche en casa y ella tendrá que ponerse tapones en los oídos —igual que su hermana todas las noches— porque no quiere escuchar nada que no debe, y menos ahora que ha besado a una mujer y su mente está tan confundida.
Sin duda, necesita un jodido apartamento de una vez y salir de este donde reina el lesbianismo, algo que ahora no necesita.
—Hola, Viv —saluda Sloane, con los ojos clavados en su vaso de whisky mientras Jenna cierra la puerta y le dedica una sonrisa amable al girarse.
—¿Qué tal? —pregunta Vivianne, con las piernas recogidas sobre el sofá y la mirada clavada en el líquido ambarino de su vaso.
Sloane se queda quieta junto a la puerta, mirando a su hermana con el ceño fruncido.
Está preocupada por ella; lleva un par de semanas muy irascible, visitando demasiado el bar de Bill y bebiendo cada tarde.
Deja su bolso en el colgador y camina directamente hacia el sofá, sentándose a su lado izquierdo mientras Jenna se sienta en un sillón sin saber si debe quedarse o irse a la cocina a preparar la cena, porque ha visto la cara de Sloane y sabe que lo que viene es una conversación seria; pero como su chica no le ha pedido que estén a solas, se queda.
—Viv —empieza Sloane, girándose hacia ella.
—He besado a Juliette Baxter —suelta Vivianne antes de llevarse el vaso a los labios.
Sloane se siente como si acabara de darse de frente contra una pared. La confesión de su hermana la deja tan impactada que le pasa como a Vicky Bob: el cerebro se le funde y no sabe qué decir, así que Jenna decide intervenir.
—¿A Juliette Baxter, la directora ejecutiva de Axis? —pregunta con un deje de humor que no puede controlar.
—Sí.
—Vaya… —dice Jenna, entre impresionada y divertida.
—¿Por qué la has besado? —reacciona Sloane, aunque todavía no está centrada del todo.
—No lo sé.
—Pero… —Sloane se detiene unos segundos, se aprieta el puente de la nariz y cierra los ojos con fuerza. Cuando los abre, se siente más despejada—. ¿Tenéis algo? Es decir, ¿desde cuándo te gustan las mujeres? Estoy muy confundida ahora mismo, Viv.
—Pues imagínate yo.
—¿Qué me imagino? ¿Estás confundida? ¿Te gustan las mujeres? Es que…
—Sloane, creo que no estás ayudando —la interrumpe Jenna.
Sloane coge mucho aire y lo suelta despacio, girándose por completo hacia su hermana.
—Vale, empiezo otra vez…
—No hace falta que empieces nada, Sloane; yo te lo cuento —suelta Vivianne, que se siente sofocada y saturada al mismo tiempo—.
No la soporto: es impertinente, maleducada, soberbia y no parece tener filtro para decir todo lo que piensa.
No la soporto, me saca de quicio la mayor parte del tiempo que paso con ella, que en el trabajo es todo, porque ha ocupado mi despacho —Vivianne se detiene para dar el último trago, que paladea con deleite—.
Me corrige y me dice lo que tengo que hacer, y no duda en señalar cada punto en el que considera que hago mal mi trabajo; hasta me ha amenazado con incluirme en la lista de despidos.
En resumen, es odiosa, y es una mujer, y yo la he besado, y ahora me siento más perdida que nunca.
Vivianne exhala con fuerza y deja el vaso vacío a su lado en el sofá. Sloane lo coge y lo pone sobre la mesa.
—Vale —dice Sloane—. Podemos desgranar esto un poco a ver si sacamos algo en claro, pero la primera pregunta que me viene a la cabeza es: ¿por qué la has besado si no la soportas?
—No tengo ni idea. Estaba ahí, delante de mí, con esos ojos azules clavados en mí mientras me amenazaba.
Necesitaba que cerrara la boca; me dolía la cabeza y estaba mareada, y no sé, de repente estaba ahí, recorriendo sus dientes con la lengua…
Dios mío —Vivianne cierra los ojos y se frota las sienes.
—¿Ella te ha devuelto el beso? —pregunta Jenna.
—Sí —contesta sin abrir los ojos.
—¿Te gusta? —pregunta Sloane—. Quiero decir, ya has dejado muy claro que no la soportas —aclara cuando su hermana abre los ojos de golpe—, pero una cosa no es excluyente de la otra, ¿no?
—A mí no me gustan las mujeres, Sloane; jamás he sentido ningún tipo de atracción ni he mirado a ninguna como…
El aire se le escapa de los pulmones y la deja sin aliento.
—Supongo que ibas a decir «como la miras a ella» —trata de ayudar Sloane.
Vivianne parpadea.
—Puede que la mire un poco —admite—. Me llama la atención su forma de vestir. Los trajes le quedan odiosamente bien y, aunque parece masculina en algunos aspectos, es muy femenina en otros. ¿Por qué estoy hablando de esto? —pregunta irritada.
—Porque has besado a Juliette Baxter —le recuerda Jenna, divertida.
La jefa de Axis Nueva York se deja caer hacia atrás, apoyando la cabeza en el respaldo mientras mira el techo del apartamento.
—¿Ella qué ha dicho al respecto? —pregunta Sloane.
—¿Al respecto de qué?
—Del beso, Viv —dice Sloane, con los ojos en blanco—. Algo habrá dicho, ¿no?
—Me da igual que estés resacosa y que eso no te permita comportarte como una mujer adulta; aquí se viene a trabajar. No vuelvas a llegar tarde, no vuelvas a venir en ese estado y no vuelvas a besarme. ¿Lo has entendido?
Vivianne recuerda sus palabras de golpe y la mandíbula se le tensa. ¿Quién se piensa esa mujer que es para decirle lo que tiene que hacer? O peor, para prohibirle cosas.
—Ha dicho que no volviera a hacerlo —susurra Vivianne.
Jenna ladea un poco la cabeza y se aparta algunos mechones de la cara que han caído de su desastroso recogido.
—No lo entiendo; dices que te ha devuelto el beso, ¿no?
Desde luego que se lo ha devuelto. Si se concentra, la presión de su lengua recorriendo su boca todavía está ahí, y la respiración forzosa de Juliette pegada a sus labios como una ventosa.
No parecía molesta en absoluto en ese momento, y a Vivianne le irrita de un modo inconcebible que después haya actuado como si no hubiera querido ese beso.
Juliette lo quería, y ella también, y el pensamiento hace que su entrepierna vibre y ella se sobresalte.
—Necesito ayuda; necesito saber qué mierda me pasa o me voy a volver loca.
—Podríamos ir a un bar de ambiente; a lo mejor… —empieza Jenna, pero Sloane la detiene negando con la cabeza.
—No necesito ningún bar, Jenna —dice Vivianne—. No me gustan las mujeres; me gusta…
Se vuelve a detener, aturdida.
—Te gusta ella —completa su hermana—. Y la odias, por supuesto —aclara jocosa.
Vivianne le dedica una mirada fulminante, pero no la rebate porque no encuentra ningún argumento para hacerlo. No la soporta y, al mismo tiempo, se siente atraída por ella de un modo que aún no puede explicar.
—¿Qué hago? ¿Cómo la miro a la cara mañana después de lo de hoy? —pregunta angustiada.
—Como si no hubiera sucedido —aconseja Jenna—. Es lo que está haciendo ella: te devuelve el beso y después dice que no vuelvas a hacerlo. Es contradictorio, pero parece que prefiere ignorar que ha pasado, así que haz tú lo mismo. Habla con ella como si el beso jamás hubiera existido.
—Salvo que quieras tener algo con ella, estoy de acuerdo con Jenna —dice Sloane—.
Estás demasiado confundida ahora mismo como para hablar de ese tema con ella.
Si no sabes lo que quieres ni eres capaz de determinar si te gusta o solo ha sido pura curiosidad, es mejor que pases del asunto hasta que ella tenga que volver a Chicago.
Vivianne asiente sin saber si se siente mejor o peor por haber confesado lo que ha hecho, porque ahora piensa en Chicago, en que Juliette Baxter solo está en Nueva York de paso, y el pensamiento la incomoda. Un hecho más que añadir a su lista de cosas que no entiende.